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Soy demasiado joven.
Capítulo 13.

 

            Podrá sorprender, pero en mi experiencia nunca he conocido a un joven con inquietudes vocaciones que se haya considerado demasiado joven como para seguir a Cristo. Se trata más bien de una objeción que alguien le ha metido en la cabeza.

            Desde luego que se pueden encontrar buenas razones para proponerla. Nadie quiere que un jovencillo cometa un grave error en su vida. Interesa, pues, hacer las preguntas de modo pertinente. Soy demasiado joven... ¿para qué? ¿Qué clase de factor es la edad? ¿Es la edad lo único que cuenta?  ¿Tiene de suyo la más mínima importancia?

            La edad es sólo uno de los aspectos dentro del negocio de la vocación. Importa, pues, no reducirlo todo únicamente a la cuestión de la edad. Ya hemos visto en la Biblia que Dios llama en cualquier momento de la vida.

 

Los niños prodigios

 

            Aunque la vocación sea mucho más que una carrera, puede resultarnos útil establecer una comparación con ella para comprender mejor algunos aspectos de la vocación y de la respuesta a la misma.

            Hoy en día estamos acostumbrados a ver desfilar cada cuatro años a muchachos y muchachas cada vez más jóvenes gimnastas, nadadores, patinadores... , que en sus respectivos deportes consiguen récords fabulosos, superando los límites que considerábamos insuperables. Resulta, pues, extraño que nos sorprenda el hecho de que alguien, desde una edad tan temprana, parezca ser capaz  de saber ya cuál es su camino en la vida y sepa prepararse a pleno pulmón para sobresalir en él.

            Cuando un violinista de trece años llega a sorprender al mundo por su virtuosidad, nos quedamos pasmados y embelesados, los vendedores de boletos hacen su agosto, y todos no sabemos  decir más que «es un prodigio».

            A estos niños prodigios Dios ha dado unos talentos físicos y musicales que han sabido cultivar con una rara combinación de dedicación e ideal, con la simplicidad típica de la niñez, con la exclusión de otras muchas actividades que otros niños de su edad tienen por atractivas e indispensables, como son, por ejemplo, largas horas delante de la televisión y chucherías que se comen entre horas. De hecho, precisamente porque están dotados de esos talentos tan particulares, se les oye a veces considerar los intereses de los niños de su edad como «infantiles».

            Hay otros muchos niños prodigios a quienes Dios ha dado gracias especiales. Han sentido el atractivo de la vocación desde tempranísima edad. A menudo han tomado opciones de sorprendente profundidad espiritual, de impresionante sencillez y pureza. A los doce años y durante su adolescencia ya están preparados para hacer cosas extraordinarias por Dios. Poseen un sentido de Dios y un amor a Él que pocos tienen. Pueden llegar incluso a polarizarse por sus metas en la vida de modo excepcionalmente maduro.

            Con facilidad se podría uno mofar de tal determinación. Pero estaría cometiendo, seguramente, un grave error.

            Por el contrario, ¿no tendría más sentido tomar algo tan bonito y tan frágil a la vez como es la vocación, preservarla, fortalecerla y hacerle desarrollar su potencial al máximo? Hoy en día se ha puesto de moda pensar que tratar así a un adolescente con estas inquietudes supone traicionarlo y hacerle un daño. Pero, ¿será prudente y justo pensar así?

            Me parece que hay mucha materia que considerar aquí.

            ¿Qué hay detrás de nuestra oposición, aparentemente instintiva y natural, a las «vocaciones de menores»?

           

¿Decisión precipitada?

 

            Todos tienen desde luego «el deseo de ayudar a un adolescente a no cometer errores». Debido a su inexperiencia nos sentimos obligados a ejercer sobre él la cautela que parece faltarle o estar echando por la ventana.

            Tenemos toda la razón al considerar que aún no sabe en la práctica, por experiencia personal, todo lo que implica la dirección que está dando a su vida. Aún no ha sentido en su propia carne el aguijón de la ambición. Su corazón no ha descubierto todavía la fuerza arrolladora que ejerce el atractivo por otra persona. Tiene que enfrentarse aún a muchas cuestiones de la vida. Al fin y al cabo, «no es más que un niño, no es más que una chiquilla...»

            Probablemente el amor sea el área de la vida que más nos preocupa cuando vemos a un joven optar por la vocación. ¡Con qué facilidad se olvida que el amor se experimenta como atracción y exclusión! Mientras el amor no sea exclusivo será un amor débil, pero en realidad no será un auténtico amor.

            Por lo general no se descubre el amor por medio de un proceso de eliminación: al ver que no se ama a nadie más, se concluye que la única persona que queda es la que se ama...; no sería precisamente el modo más halagüeño de pedirle la mano a una persona.

            De hecho el proceso suele funcionar más bien en dirección contraria: amas a una persona y por consiguiente vas excluyendo a todas las demás y todo el resto. Así pasa, ni más ni menos. Mientras olvidemos que seguir la vocación consiste primordialmente en un ejercicio de amor (en un «enamoramiento»), nos resultará muy difícil entender cómo puede ser «exclusiva», pues excluye otras opciones incluso antes de conocerlas. Lo mismo ocurre con un joven o una joven enamorado/a: no se inquieta por no haber conocido a todos los chicos o chicas del mundo para cerciorarse de que ésta es la mejor elección. Sabe, por supuesto, que hay chicos o chicas por ahí más ricos, más atractivos... Pero está dispuesto a darse a sí mismo al 110% a quien ha escogido, y eso es todo lo que importa entre ellos dos.

            Una vocación, incluso la más joven, no es diferente.

 

¿Se pierde algo?

 

            Se da también «el miedo a que el joven pueda perderse cosas y experiencias de la vida». Un miedo éste bien injertado en nuestra naturaleza humana y producto, además, de nuestra cultura. No se puede vivir en nuestra época sin inclinarse a pensar en términos puramente materialistas.

            Lo tangible nos imanta por naturaleza. Así somos. No es algo nuevo en la historia ni se trata en sí mismo de un signo de decadencia cultural. Nuestra cultura ha contribuido en facilitarnos la satisfacción inmediata de nuestra tendencia con placeres, comodidades y posibilidades materiales impresionantes. Resulta por eso más duro pensar en renunciar lo que tienes que lo que aún no tienes. Con tantas cosas a nuestro alrededor es difícil ver más allá de nuestras narices.

            La cultura actual, con su superabundancia de cosas, nos absorbe en lo sensual. Para colmo nos enreda en lo material, tratándonos de convencer, a veces directamente y sin rodeos, otras muchas de modo muy sutil, que es lo único que importa.

           

¿Demasiado impresionable?

 

            Se da, por último, la preocupación de que «es joven e impresionable; se le va a influir por eso en algo que no es lo mejor para él o para ella».

            Se trata más bien de un juicio precipitado sobre quienes dirigen institutos para vocaciones menores. Presupone que no se va a respetar la libertad del joven, que la van a atropellar. Sin embargo, no se considera para nada la otra mitad de la ecuación: el joven seguirá siendo impresionable estuviere donde estuviere, sea en la calle, sea en un colegio en que se prepara para ser sacerdote. La pregunta apropiada será, en definitiva, la siguiente: ¿Dónde se respetará mejor su impresionabilidad y su conciencia? ¿Qué modelos de vida encontrará en un lugar y en otro?

            Cierto, para la mayor parte de las buenas familias, que es el semillero natural de las vocaciones, no se trata de escoger para sus hijos entre el seminario y la calle. De todos modos, cabe siempre el peligro de dejarse influenciar por estos argumentos.

 

Pensándolo más a fondo

 

            Dios llama por caminos diversos, en horas diversas.

            Sobra decir que no todo el mundo descubre su vocación a temprana edad. Es un don que Dios

da a un número selecto de niños o muchachos para el bien de la Iglesia. La Iglesia, en efecto, así como  necesita de testimonios de conversión, penitencia y reparación, necesita también del testimonio de la pureza y totalidad de vidas entregadas a Cristo por amor desde la inocencia de la niñez pasando por la adolescencia, la juventud, la vida adulta, la madurez y la perseverancia hasta el final. Recibir tal llamada y ser capaz de responder a ella establece una relación muy especial entre Cristo y la persona llamada. ¿Le podemos negar este privilegio?

            Los padres que tengan hijos que estén pensando en la consagración de su vida deben preguntarse qué es lo mejor para ellos. No será, cierto, un sacrifico ni fácil ni pequeño. Parece ser que Dios escoge familias muy buenas y unidas para plantar la semilla de la vocación en niños o adolescentes. Precisamente por eso la necesaria separación suele ser todavía más costosa desde el punto de vista humano y el sacrificio espiritual suele ser también mayor.

            Si el paso a una preparatoria para vocaciones de menores no resulta lo mejor para el hijo, los padres deben renovar de todos modos su dedicación para fomentar la vocación bajo su techo y bajo su cuidado para que continúe creciendo y madurando.

 

 

                                                                                                                                                                                                       
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