
Segunda Estación: Jesús traicionado por Judas, es arrestado.
Desde la primera vez que se le menciona,
Judas es indicado como
"el mismo que le entregó" (Mt 10, 4; Mc 3, 19; Lc 6, 13);
el trágico apelativo de "traidor"
quedaría unido para siempre a su recuerdo.
¿Cómo pudo llegar a tanto uno que Jesús había elegido
para que lo siguiera de cerca?
Judas, ¿se dejó arrastrar por un amor frutrado a Jesús,
que se volvió en sospecha y resentimiento?
Así lo haría pensar el beso,
gesto que habla de amor,
pero que se convirtió el gesto de entrega de Jesús a los soldados.
¿O fué quizás vícitma de la desilusión ante un Mesías
que huía del papel político de liberador de Israel del dominio extranjero?
Judas no tardaría en percatarse que su sutil chantaje
terminaba en un desastre.
Porque no había deseado la muerte del Mesías,
sino sólo que se recobrase y asumiese una actitud decidida.
Y entonces: vano arrepentimiento de su gesto,
de rechazo al sueldo de la traición (Mt 27, 4),
cediendo a la desesperación.
Cuándo Jesús habla de Judas como "hijo de la perdición",
se limita a recordar que así se cumplía la Escritura (Jn 17, 12).
Un misterio de iniquidad que nos sobrepasa,
pero que no puede superar el misterio de la misericordia.