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Perdí el Rose Bowl, pero gané a Dios.
Vocación de Matthew Reinhardt
Renuncié a todo ese mundo de "éxito" por una vida dedicada a la Iglesia y al Regnum Christi, y lo que aprendí fue que en realidad no renuncié a nada, sino que lo recibí todo.

Viví lo que podría considerarse una infancia normal. Recibí mi enseñanza básica en escuelas católicas. De joven, leía la Biblia, iba misa y rezaba mis oraciones antes de dormir. Y, de vez en cuando, también rezaba el rosario.

En la secundaria pública, los deportes, el estudio y el deseo de convertirme en una estrella llenaban mi vida. Estos objetivos se hicieron realidad cuando llegué a la preparatoria con una buena calificación. También tuve buena suerte en los deportes.
Mi agenda de actividades fue consumiendo mis prácticas piadosas, hasta que caí en la trampa del "ya no tengo tiempo para Dios". Lo cierto es que tampoco tenía tiempo para meterme en problemas. Por alguna razón, parecía que siempre me perdía las "mejores" fiestas. "Tengo una carrera mañana, no puedo salir. Además, hoy en la noche juego baloncesto, ¡lo siento, chicos! ¡De veras, tengo que descansar para el gran juego de la semana próxima! Será en otra ocasión". Mi vida activa y la gracia de Dios, de alguna manera me mantenían alejado de muchas "cosas buenas".

En marzo de 1993 me llené de alegría cuando recibí la noticia de que me habían otorgado una beca para la Universidad de Oregon, para jugar en su equipo de fútbol americano: Fighting Ducks . Mis sueños de la infancia se habían hecho realidad.

Recuerdo perfectamente mi primer domingo en Eugene, Oregon: lejos de casa por primera vez, una ciudad nueva, sin padres, ni hermanos... ¡Al fin libre!

Un buen día me desperté sin ningún pendiente, cuando de repente recordé: "Hoy es domingo; mis padres no están aquí para decirme que hay que ir a Misa. La verdad, no tengo ganas de ir a Misa". En cuanto caí sobre la almohada de nuevo, vi mi vida pasando de golpe ante mis ojos y entonces pensé: "Si no voy a Misa hoy, que es mi primer domingo solo, poco a poco me iré alejando de la Iglesia y perderé mi fe". Así que tomé el directorio telefónico y mis dedos comenzaron a buscar hasta que hallé una iglesia católica cercana y aquella mañana asistí a Misa.

Veo esto como el primer gran paso hacia mi vocación. Pero no vayan a pensar que todo se arregló: este primer escalón fue seguido de continuas caídas y tambaleos. Dios luchaba por mantenerme católico, por conservarme la fe y por mantenerme como niño, pero las presiones y tentaciones de la vida universitaria fueron distanciándome de Él lentamente.
Al poco tiempo ya estaba viviendo en un apartamento fuera de la universidad, y de esta manera fue cómo agregué a mi agenda de actividades todas las fiestas que me había perdido durante la preparatoria.

El equipo de fútbol americano de Oregon siempre estuvo entre los mejores de la liga. Al llegar a segundo año de carrera, ya jugaba en todos los juegos. Era una victoria tras otra. Anhelábamos ganar el campeonato, lo cual sucedió cuando vencimos a la Universidad de Washington. Era el campeonato PAC 10, lo cual significaba que nos enfrentaríamos con la Universidad Estatal de Pennsylvania en el más importante de todos los juegos: El Tazón de las Rosas.

Nunca olvidaré lo que sucedió aquel 2 de enero del 1995: La emoción de correr por el pasto y contemplar un océano verde-amarillo de fanáticos de los Patos de Oregon; 105,000 gargantas abarrotando el estadio de la Universidad del Sur de California; sólo el pensar en los millones que nos veían por televisión, todo aquello me dejó boquiabierto. Jugar el Tazón de las Rosas, ¿qué más podía pedir un jugador de fútbol? Bueno, tal vez pediría ganar el Tazón de las Rosas, ¿no? ¡Pues ganamos..., pero el segundo lugar! Lo cierto es que tenía al alcance de las manos todo lo que el mundo me podía ofrecer.

Pero aun entonces, teniéndolo todo, me sentía vacío por dentro. Cuando las fiestas y los partidos terminaban, me tiraba en la cama y pensaba: "¿Eso es todo? ¿Eso es todo lo que hay en la vida? Lo tengo todo, debería ser feliz por ello" Pero no, no lo era; algo me faltaba.
Durante el tiempo que jugué fútbol americano en Oregon, conocí a un chico que resultó ser miembro del
Regnum Christi
. Me animó a involucrarme en actividades eclesiales, a realizar alguna labor apostólica y, sobre todo, a poner a Cristo como lo más importante de mi vida.

Aunque a veces me sentía en la cima del mundo, poco a poco fui captando que el éxito en esta vida no perdura. Así, comencé a asistir a misa entre semana y también me confesaba. Poco a poco se acrecentó mi interés por el
Regnum Christi
e incluso oí decir sobre la esperanza que la Iglesia y el Papa depositaban en el Movimiento.

Dios luchaba por obtener mi amor, y cuando escuché la invitación a consagrarme a Cristo, fue cuando tomé la decisión de ponerle en el tan largamente deseado centro de mi vida. Así fue cómo renuncié todo ese mundo de "éxito", por una vida dedicada a la Iglesia y al
Regnum Christi. Lo que aprendí en todo ese tiempo es que en realidad no renuncié a nada, sino que lo recibí todo.

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Un apostolado de los Legionarios de Cristo y del Movimiento Regnum Christi al servicio de la Iglesia.

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