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Provisiones para el Viaje. Capítulo 10.
-¿Y qué le digo a ella? -Déjala sollozando -respondió Eleazar. -Luego baja a la cuadra a preparar el camello más fuerte. Después amontona todo lo necesario para ese viaje que sabe Dios cuánto va a durar. - No te olvides de nada -agregó: -ni de las mantas, ni de los dátiles secos, ni de los higos pasos, ni del puñal para defenderte, ni de las cantimploras para el agua, ni del hacha para cortar leña... El viejo Eleazar está en todo. No se le escapa ningún detalle. Sabe que eso de ir al Oeste siguiendo una estrella no es de poca monta. Melchor va a emprender un viaje, una aventura que durará toda la vida y, también, toda la eternidad. Melchor repite las palabras, intentando dejarlas bien impresas en su memoria. Hará falta un buen camello. ¿Un camello? Es necesario, pues la vocación consiste en salir, en ir, en partir. Un camello para marcharte. Un camello para ser feliz. Jesucristo hablaría también de los camellos, quizás viendo en las lejanías a unos comerciantes nómadas que venían de Arabia. Con ese recuerdo todavía fresco en su memoria nos dejó un gran lección. Una vez, viendo que ciertas personas se olvidaban de Dios y de su estrella y que obraban sólo para ser admiradas por los hombres, dijo que dentro estaban llenos de rapiñas y de codicias, porque cuelan el mosquito y se tragan el camello. Melchor, no te tragues el camello. ¿Cómo lograrlo? Vive siempre de cara a Dios, cueste lo que cueste. Sé idéntico, sé auténtico, sé generoso, déjate a ti mismo, sé señor y dueño de tus pasiones: conócete cada día más, controla tu corazón, tus miradas, tus palabras. Desde hoy eres otro. No te perteneces. Eres propiedad de Dios y de las almas. Sé lo que eres y serás feliz. No te olvides de nada, Melchor. Esta frase en lenguaje oriental se traduce por una extraña trasposición de términos: Aprende de la nieve. ¿De la nieve? Sí, de la nieve. Vive siempre envuelto en la blancura sin mancha de la nieve. No permitas que tu corazón se manche. Desde ahora te fijarás más en el alma que en el cuerpo. Tus ojos no se lanzarán como panteras ante cualquier estímulo de la carne. Las mujeres no serán objeto de pasión, sino personas que tienes que amar con un amor más sublime y espiritual. Sólo los limpios de corazón verán a Dios. ¡Aprende de la nieve! Aprende a relativizarlo todo. Lo único absoluto es Dios y sus cosas. Lo demás es secundario. A fin de cuentas todo se diluye como la nieve frente al sol. Lleva clavada en tu alma esta convicción: Dios te ama, Dios lo quiere. Lo hago. Frente a esta realidad todas las cosas del mundo se hacen pequeñas: el pasado, la sensibilidad que va y viene, las quejas, los temores, las mismas ilusiones. Lleva también unas mantas, porque las noches son largas y frías. Recuerda que te estás adentrando en el desierto. ¿Qué es el desierto? Tierra, arena, más tierra, más arena. El desierto es un paisaje inhumano, propio del segundo día de la creación. Anterior al hombre, a los animales, a las plantas. El desierto era para el profeta Jeremías: tierra de arenales y barrancos, tierra árida y tenebrosa; tierra donde nadie vive, donde nadie podría habitar. En el desierto el corazón se encoge y la mirada duele. Pero el desierto tiene además otra cara. Es el lugar donde Dios habla al oído, mediante la prueba. Eso te parecerá al inicio tu nueva vida, pero recuerda que Cristo también estuvo allí y salió victorioso. Carga también unos dátiles secos y unos higos pasos. Y no te los comas. ¿Entonces qué hacer con ellos? Los dátiles te recordarán tu origen, tu cuna: el Oriente; los higos te traerán a la mente el fin de tu vida: dar fruto. Aprende a encontrar a Dios en cualquier situación: en unos dátiles, en unos higos, en un campo, en el cielo... Todo momento puede ser una oportunidad para la gracia y la acción de Dios. Toda realidad material, por más humilde y despreciable que parezca, puede ser tiempo y lugar para Dios. Y tú serás su instrumento. Melchor, que los higos sean siempre un reclamo para tu conciencia. ¿Recuerdas aquella escena cuando Jesucristo buscó fruto en la higuera y no lo encontró? ¿De qué sirve una vida entregada a Dios aparentemente si en el fondo del alma no está entregada? ¿Con qué cara nos vamos a presentar el día del juicio? ¿Qué le diremos? ¿Dejarás que tu vida sea como la de la higuera estéril que fue cultivada y nunca produjo frutos? También un puñal para defenderte, porque te saldrán al camino muchos enemigos. Especialmente hay una criatura que te odia a muerte. Eres su peor enemigo. Me refiero al demonio. Pero no tienes qué temer. El demonio es grande, es fuerte, pero sólo es eso: el demonio. La gracia de Dios te acompaña. El demonio nunca te forzará a pecar. A lo mucho te tentará, te presentará paisajes diferentes, otras posibilidades, oasis de placer,... Al fin y al cabo, buscará simplemente separarte de la vocación. No le hagas caso. Usa el puñal. Ante este ser cargado de cuernos, defiende enérgicamente el tesoro de tu vocación, de tu vida consagrada, de tu misión en el mundo. Y una cantimplora para el agua. Porque después de tanto camino, de tanta lucha, de tanta aventura, sentirás sed. ¡El agua! La felicidad es una fuente. El amor de Dios es una fuente que salta hasta la vida eterna. Agua porque Cristo tiene sed de almas. Agua para las almas sedientas de Dios. ¡Qué bellamente lo expresó el Papa Pablo VI!: La vocación quiere decir que se tiene la capacidad para escuchar las voces implorantes del mundo, de las almas que sufren, de las almas sin fe, sin paz, sin consuelo, sin dirección, sin amor, y de hacer callar las voces lisonjeras y muelles del placer y del egoísmo. Agua, porque las cisternas de este mundo están rotas, incapaces de retener el agua que salta hasta la vida eterna. ¡Qué hermoso es seguir a Cristo, que se hace agua para apagar nuestra sed de felicidad! Por el contrario, muchos hombres beben la felicidad a gotas, y unas gotas que saben a infelicidad. Piensa, Melchor, que desde ahora serás un pozo que debe llenarse de agua fresca y saludable. ¿Sabes los cientos de personas que vendrán para beber? Te aseguro que nunca llegarás a saber perfectamente el alcance de tu acción en provecho de los demás. Los buenos pozos, los profundos, nunca saben la distancia que corren sus aguas. A muchas almas tendrás que darles de beber. Y no sólo vendrán a beber su amor a Cristo, también vendrán a beber conocimiento del Evangelio, de doctrina católica y de fe cristiana. Muchos hombres y mujeres vendrán a buscar soluciones a tantos problemas y dudas que les surgen. Serás tú, Melchor, quien deberá saciar esas ansias de Dios, esa sed infinita. Quizás en el futuro, -y esto puede ser una profecía- el agua se convertirá en vino, y el vino en sangre. Es la vocación sacerdotal. El vino y la sangre se asemejan en el color y en la fuerza. Por último, un hacha para cortar leña. Con la leña harás fuego. Y en esa hoguera de la renuncia quemarás las amarras que aún te tienen atado. En ese fuego quemarás también los planes y sueños personales que te tiran fuera del querer de Dios. Déjate quemar, si quieres alumbrar. Todo eso está bien, Melchor. Quizás te pese, pero te ayudará. Ahora bien no es ni lo único ni lo más importante. Todo esto (el camello, la nieve, los dátiles, los higos,...) lo podrías dejar. Son simples objetos, utensilios, cosas externas, medios que puedes o no llevar contigo. Lo más importante, lo que no te puedes olvidar es lo que te llevas por dentro: ese cofre de oro, que es tu tesoro interior. Con mucha razón lo expresaba Georges Chevrot: Los que le siguen dejan todo: su patria, su familia, el oficio que tenían. No es la cantidad lo que da la medida plena del sacrificio, sino la totalidad. El que al dar poco deja cuanto posee, es más generoso que el que da mucho reservándose algo. Entonces, ¿Qué es lo que no puedes dejar fuera de tu cofre? ¿Qué sería lo que no te puedes olvidar? Eso que nadie te puede dar, ni lo podrás comprar en ningún mercado del desierto. Lo primero sería una gran fe. Ver y creer, creer y ver. Es duro vivir sin ver, sin que el corazón y los ojos descansen en alguna seguridad, por pequeña que sea. ¿Qué vieron aquellos Apóstoles y discípulos que siguieron a Jesús? Lo mismo que vemos los que le seguimos en otros tiempos. La fe, grande o pequeña, amplía o reduce el horizonte, enciende o apaga luces. Son más felices los que no viendo, creen. Pero esto también hay que creerlo. Fe. Melchor, mucha fe. La fe sencilla allana las dificultades. Sé en quien he creído y estoy seguro, repetía por doquier san Pablo, que de esto sabía mucho. Fe para verte con los ojos de Dios, con la mirada con que Él te ve. Escucha esa voz interior. Hay alguien que camina junto a ti, a tu lado. Te defenderé. Sostendré tu corazón. Hablaré con tu lengua. Cuando levantes la mano para absolver, será mi mano la que perdonará. Cuando consagres el pan, serán mis palabras las que lo transformen en mi cuerpo. Hablarás sabiendo que soy yo quien digo. Los frutos serán míos. No te pertenecen. Melchor, no permitas que nada ni nadie empañe la frescura de tu alma y la decisión de entrega a la vocación, llena de juventud. No pongas jamás límites a los planes de Dios. Cuídate del espejismo del desierto: una vida más fácil. Muchas veces, en los momentos de dificultad que todos pasamos, te vendrán a la mente los recuerdos del pasado. Todo te parecerá un fantasma, una alucinación. Pero tú sabes bien lo que el mundo te puede ofrecer: una chica más o menos guapa, un amor, un deleite, un hogar, unos hijos, un puesto en la sociedad, unos billetes en el bolsillo y una cierta sensación de libertad..., ¿y qué más? Nada más. Por el contrario, siguiendo hacia el Oeste, adentrándote en el desierto llenarás de sentido no sólo tu vida, sino la de tantos hombres y mujeres perdidos en mil desilusiones. Serás padre, madre de infinidad de almas. Serás fecundo en el servicio de los demás. Serás faro, estrella que ilumina el camino de millares de personas. Y quizás lo más importante para ti: tendrás la satisfacción de saberte en el camino previsto por Dios desde toda la eternidad. Todo porque seguiste la estrella. ¿Con qué te quedas? Además de la fe, llévate un libro. Cualquier vida debe sostenerse en un minúsculo libro de no muchas páginas que se llama: Evangelio. Ahí está todo, Melchor. Es suficiente, inagotable, único, inigualable. Ábrelo en cualquier página. Ahí encontrarás a Cristo y te encontrarás también a ti mismo. No es un libro escrito por hombres. Los evangelistas son cuatro, pero el Evangelio es uno. ¿Qué importa si Lucas y Juan prohíben a los discípulos caminar sin bastón y Marcos, por el contrario, lo permite? El mensaje es el mismo: hace falta desapego, desprendimiento para seguir al Maestro. En eso coinciden. No escribieron los evangelistas el Evangelio para saciar nuestra curiosidad, ni para explicarnos todo acerca de Jesús. ¿Entonces, para qué? Juan nos responde: Para que creáis que Jesús es Cristo, Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis la vida en su nombre. Hay que clavar el evangelio en el pecho, hasta transformarlo en una biblioteca de Cristo, decía con mucha pasión san Jerónimo. Por lo tanto, no lo leas como un erudito, no utilices el microscopio. Acércate a estas páginas con fe. Estos párrafos que leerás en el silencio y en la paz de tu alma, son los mismos que se repiten cada semana en las misas. Son los mismos que millones de fieles escuchan indiferentes, distraídos, atentos,... Son también los mismos que siglos atrás, en los albores del cristianismo escuchaban los cristianos perseguidos, escondidos en catacumbas, anhelando esa presencia que los evangelios hacían tan viva y eficaz. No tengas pena -le consoló una vez el Señor a santa Teresa- yo te daré un libro vivo. Es Cristo y seguirá siendo Él mismo quien te guiará, y te explicará su mensaje. ¿No lo hizo aquella tarde con los discípulos de Emaús? La fe moverá tu corazón. Entonces te alimentarás de evangelio. Tendrás páginas escogidas, frases favoritas y subrayadas como ésta: "Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por los que ama". Frases como ésta han arrebatado millones de corazones a lo largo de la historia y han enamorado hasta la locura. El libro te llevará a la oración. Llévala siempre contigo. Será tu alimento. Vigilad y orad, recomendaba Jesús a sus apóstoles. Muchas personas, al verte seguir la estrella te preguntarán: ¿Cómo es Dios? Dios es... Los egipcios lo vieron como un sol. Para los griegos era una mente impasible, un pozo de sabiduría. Los romanos se contentaron con un Gran César, emperador del orbe, en cuyas manos estaba el destino de los pueblos. Pero Dios es... Cristo. Y entonces les abrirás tu corazón y los llevarás a Él. Recuérdalo siempre, sin oración eres un hombre perdido. Algo que no puedes olvidar es un guía experto en la vida espiritual. Para los grandes viajes consultamos mapas y derroteros. Lo mismo sucede en esta aventura del alma. Necesitas un Eleazar en quien poner toda tu confianza. Acude a él para contarle tus tentaciones, tus luchas, tus victorias, tus ilusiones. Te aseguro que te ayudará a encontrar con realismo y objetividad el querer de Dios. Será luz para tu alma y calor para tu corazón. No te olvides de Ella. Sí, me refiero a María Santísima. Ella sabe mucho de "estrellas" y de vocaciones. También Ella fue llamada y tuvo que salir hacia el Oeste. Pídele su ayuda. Acude a Ella. Pon en Ella tu vida entera. Ofrécele todo. Conságrate a Ella. Cógete de su mano. Ella te enseñará a caminar con fidelidad y entusiasmo, diciendo siempre: sí. Así que, Melchor, manos a la obra y a prepararlo todo. A salir, ir, partir. Tal vez ahora los Melchores y Melchoras seamos más conscientes de la voz de Cristo que nos ha invitado: Ven y sígueme. Y qué tristeza se siente al saber que algunos, después de ver la estrella, probando las dificultades y los retos que conlleva, deciden apagarla y alejarse de Cristo. No irán al Oeste. Preferirán marchar hacia tierras lejanas y poder vivir infelices, sin Dios y sin almas. Tú, en cambio, prepárate a salir. Además del cofre, Melchor, llévate ¡corazón y coraje! El camino que nos espera no va a ser nada fácil. Será como el de aquellos setenta y dos discípulos, como el de los doce primeros... Una aventura de mucha alegría y de muchas dificultades. Pero algo que valdrá la pena. |
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