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Capítulo 8.

Melchor ha salido de casa. Quiere estar a solas y despejarse un poco. Siente las bocanadas del aire. Lo que lleva entre manos es demasiado para él. Sabe que los suyos, sus padres que tanto le aprecian, sus hermanos que tanto lo quieren, sus amigos que tanto lo estiman, su esposa que tanto lo ama, no lo entienden ni lo acaban de digerir. Melchor aprieta el paso. ¿Dónde se dirige? No importa.

 

Por dentro le sube un bramido, y está a punto de echarlo todo a perder, y de decirle a Dios que al Oeste se vaya... Pero no, Melchor sabe que esa es la voluntad de Dios. Sabe que es la única forma de realizarse en la vida. Sabe que sólo así será feliz él y las personas que le rodeen. No puede ni quiere engañarse.

 

Los deseos, los mandatos de Dios hay que seguirlos y cumplirlos en primera persona. Se siente solo y responsable ante Dios. No se puede esconder entre los demás. Para Dios no existen los demás, en genérico. Tampoco somos un número. Nos conoce y nos ama a cada uno. Melchor traga saliva. A Melchor le bate con más fuerza el corazón. Siente más coraje.

 

Sería tan fácil hacerse el tonto ante Dios. Total, Él no se va a quejar. Dios no va a poner un anuncio en todos los periódicos del mundo, diciendo: Melchor, amado desde toda la eternidad, elegido para una misión muy concreta, me ha rechazado y va a ser infeliz por toda la eternidad. ¡No! Dios no obra así. Dios nos respeta, nos deja libres. Es capaz de soportar la silla vacía.

 

¿Una silla vacía?  Melchor ha escuchado una historia. Doblando la esquina, junto al pozo, un extranjero narra leyendas fantásticas y cuenta historias. Los niños escuchan atentamente, sin pestañear. Son historias del Oriente. Melchor presta atención. Algo se le está clavando en el alma como una flecha encendida.

 

En un país maravilloso -comienza el extranjero poniéndose de pie, con una voz profunda- había un Rey. En su fabuloso castillo ofreció un gran banquete, al que invitó a todos los ciudadanos y huéspedes. Cada uno tenía su puesto asignado, su silla. Las mesas, adornadas con ricos manteles, estaban servidas. Por todas partes resuman botellas de vino de solera. Las mismas ventanas destilaban un aroma que abría el apetito más feroz. Muchos músicos amenizaban el convite.

 

-¿Y esa silla vacía? -preguntaban los convidados al gran Rey.

-¿Dónde se ha metido?

 

Ante la pena del gran Señor, unas voces adelantaron atrevidas respuestas:

 

-Se enfadó y no quiso sentarse.


-Prefirió seguir su gusto.

-No quiso su puesto.

-Prefirió ser como los demás.

-Hizo como todos.

 

Melchor escucha, inmerso en sus pensamientos. Los niños se divierten, pero él... Quiere penetrar en la escena y conocer el final. Siente que en esa historia hay otro personaje; que el extranjero está hablando para él. Y Melchor sigue viendo, sigue soñando una silla vacía.     

 

-Es un trabajador incansable.

-Hace el bien a todos.

-¡Qué buen padre de familia!

 

El extranjero cambió el gesto:

 

-Y el elegido nunca se sentó en su silla. Por eso no fue feliz. Su corazón nunca se llenó, siguió siempre vacío, como su silla.

 

Melchor sintió entonces tentaciones de entrar en el relato. Quería sentarse en aquella silla y llenar el vacío. Pero no pudo. Una extraña fuerza se lo impedía.

 

Cubriéndose con su manto, el peregrino se separó de los niños, levantó el brazo y se despidió. Luego paseó la mirada y la centró en Melchor. Se le escucharon unas últimas palabras, lentas, sentidas:       

 

-La silla es como la vida; es única y  personal. Nadie se puede sentar en la de otro. Está hecha a la medida. Si tú no ocupas la tuya, quedará eternamente vacía. Nadie podrá sentarse en tu silla. Será siempre una silla vacía.

 

El extranjero no quiso decir más. Había narrado su historia y debía retomar su camino. Los niños continuaron sus juegos, entre gritos y peleas. Melchor, ¡pobre Melchor!, le gustaría haber soñado lo de la silla. Pero no...

 

Melchor volvió al hogar. No podía seguir igual. Tiene que responder. Siente el peso de la responsabilidad. La respuesta a Dios es una respuesta personal. Nadie más puede decidir por él. Nadie le puede suplir. Muchas almas dependen de él. ¿Se salvarán o se condenarán? Un poco depende de él. ¿Cuántas sillas quedarán vacías en el cielo? ¿La mía?

 

Unos siglos después de Melchor, escribía Newman: Dios me ha creado para que cumpla una misión concreta. A mí me ha encomendado una tarea que a otro no se la ha encomendado. Tengo una misión, que puedo no llegar a conocer en esta vida, pero que se me dirá en la otra. Sí, la haré bien. Realizaré su obra si hago lo posible por cumplir sus mandatos.

 


Me imagino que el bueno de Melchor al llegar a casa, fue directamente a la sala de estar. Allí contó las sillas. Seguramente se sentó en una de ellas y pensó... Dios me ha creado. ¿Por qué? Me ha llamado a la existencia... He nacido de estos padres, me he desenvuelto en este ambiente, he crecido con estos amigos, he vivido estas experiencias... ¿Por qué?

 

Melchor, Dios, con su dedo divino,  ha abierto el mapa mundi del universo y te ha señalado un lugar concreto: el Oeste. No te engañes. Ya conoces su voluntad: ahora, aunque no lo veas todo claro, sabes que te pide dejarlo todo y seguirle. La estrella, más adelante, te indicará el camino concreto. Piénsalo bien, entre todas las personas de la tierra, se ha fijado especialmente en ti y te ha susurrado: te quiero aquí, en este momento de la historia, con estas personas, realizando esta vocación concreta.

 

 Síguela, Melchor, acéptala, vívela y serás feliz tú y otras muchas personas que dependen de ti. Todas las circunstancias, los sucesos, las amistades no han sido pura carambola. Las coincidencias en el lenguaje de Dios se llaman: providencia.

 

La vocación es un hecho personal. Dios me llama a mí, a ti. Y la respuesta a Dios, positiva o negativa, es también personal. Quiero o no quiero. Melchor, sólo tienes que dejarlo todo y seguir. ¿Has sido elegido? Ya no tienes nada que elegir. ¡Cuánto se te necesita! Tú, Melchor, ya no necesitas nada. No tienes que hacerte planes.

 

Y aquí no nos podemos escudar en los demás. No podemos excusarnos en los otros para justificar la falta de generosidad y de coraje.

 

La vocación es como la fe. No se puede creer como todo el mundo. Se cree en primera persona. Hace poco leí una experiencia de Jacques Loew que me ayudó a entender por qué la vocación es algo personal. Jacques a la edad de veinticuatro años descubrió a Dios. Al convertirse exclamó: Dios existe y me ama.

 

Preguntando a diversas personas amigas, siempre obtenía la misma respuesta, casi automática:

-¿Por qué lleva usted a bautizar a su niño?

-Para hacer como todo el mundo

-¿Por qué quiere usted que su hijo haga la primera comunión?

-Yo quiero que sea como todo el mundo

-¿Usted se va a casar por la Iglesia?

-Naturalmente. Todo el mundo se casa por la Iglesia. Figúrese lo que dirían mi tía, mi suegra, el tío...

-¿Por qué vas a la escuela? -Un día preguntó a un chico.

-Porque hay que ir, todo el mundo va.

 

El mismo día, yendo por la carretera, tuvo que esperar a que pasara un rebaño de ovejas. Se acercó a la primera que se puso a su alcance y le preguntó:

-¿Cómo haces tú?

Le respondió: Bee... Bee...


Se quedó sorprendido. Era la primera vez que no le respondían a sus preguntas: como todo el mundo.

 

Y concluía: Decir que somos hombres es decir que somos capaces de pensar y de guiar nuestra vida. Si yo como, no es por hacer como todos..., sino porque tengo hambre. Si voy a la escuela, es para instruirme. Si voy a misa, es porque creo en Dios y sé que lo encuentro allí. Soy feliz porque mi vida tiene un sentido. Yo no quiero ser como todo el mundo.

 

Melchor, ni Dios ni tú ni yo queremos ser como todo el mundo. Recuerda que no hay sillas para todo el mundo. Los mandatos de Dios hay que cumplirlos personalmente. La silla es personal y tú eres el único que se puede sentar en la tuya. ¿Dejarás una silla vacía para siempre?

 

 

 


 

                                                                                                                                                                                                       
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