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Volví a Chile con un gran tesoro en mi corazón Tuve la profunda convicción de que para eso me quería Dios en esta vida ¡ser apóstol del amor! México, 18 de abril de 2006. Gastón Vicuña Larraín nació el 10 de enero de 1983 en Santiago de Chile. Estudió en el Colegio Cumbres de Santiago y posteriormente la carrera de Economía en la Universidad Anáhuac, México Norte. Profundizó en temas de ciencias religiosas y fue miembro del equipo directivo del centro de formación orientado al discernimiento de la vida consagrada masculina del Regnum Christi, en México. Ha trabajado en la formación de colaboradores del Regnum Christi en México y Roma. Actualmente estudia una Maestría en Economía y Gobierno en la Universidad Anáhuac México Norte. Ofrecemos a continuación su testimonio vocacional. ***** Soy el mayor de 7 hermanos de una familia a quien considero llena de valores, alegre y unida. Mi relación con Dios se fue dando en mi vida de forma natural y espontánea, a través del ejemplo de mis padres y el ambiente cristiano del hogar y del colegio. Durante esos años pasé una infancia normal y feliz. A los 12 años me incorporé al ECYD. Lo conocí en el colegio en que estudiaba, el Cumbres de Santiago. Me gustaban mucho las actividades que se organizaban, especialmente los retiros de fin de semana con sus juegos, dinámicas y competencias. Recuerdo en especial uno de ellos, cuando en una reflexión evangélica escuchamos «Quien deja casa, familia, amigos... recibirá el ciento por uno en esta vida y la vida eterna». Estas palabras se clavaron en mi corazón. Empezaba a comprender que la vida era sólo el paso previo a la vida eterna, y que tenía que invertir entonces todo lo que había recibido de Dios por alcanzar esta meta y ayudar a otros a alcanzarla. Sentí un gran deseo de gastar mi vida por algo trascendente, hacer todo lo posible para poseer a Dios y reunirme con Él después de la muerte. Estas verdades se quedarían en lo profundo de mi alma y edificarían una cercana relación con Cristo, a pesar de mis ingratitudes y olvidos para con Él. Seguía mi vida normal, con las experiencias comunes de todo adolescente. En los estudios me iba relativamente bien, lo que me daba mucho tiempo para hacer otras cosas. Me gustaba mucho salir por las noches a fiestas, jugar fútbol, tenis, básquetbol, cantar con mi grupo de música, etc. Tenía un buen grupo de amigos y, en aquellos años, también las amigas y los amoríos se hicieron presentes. En el ECYD seguía participando con mucho interés en las diversas actividades, campamentos, apostolados. Fui responsable de un equipo, al cual me entregué en cuerpo y alma por sacarlo adelante. Puedo decir que disfrutaba mi vida con intensidad y sanamente. Descubría que mientras más me daba a los demás, más feliz era. Me gustaba mucho todo lo que fuera organizar apostolados (y perder clases), ir de misiones, hacer más llevadera la vida de los demás, especialmente la de los más necesitados. A mis 15 años, me ofrecieron la oportunidad de ser colaborador durante un verano, es decir, ofrecerle a Cristo unos meses trabajando en algún club del ECYD del mundo, durante mis vacaciones de verano. Recuerdo que me desconcertó: una cosa era hacer apostolado en mi tiempo libre y otra muy distinta era gastar mis vacaciones en ello. No tuve la generosidad para aceptar esta invitación que seguramente Cristo hacía a mi corazón. Durante ese verano, mientras veraneaba con mi familia, volvía a mi cabeza la negativa que había dado. Me preguntaba si mi entrega y compromiso con Dios era algo serio o sólo un juego, un pasatiempo. ¿Era realmente un seguidor de Cristo? ¿Podía Dios confiar plenamente en mí en todo momento, me podía pedir lo que quisiera? Esas semanas vacacionales fueron transformadoras para mí y sentí la mano amorosa de Dios que me ayudaba a entender sus designios y a ser más de Él. De regreso al colegio todo se me hizo más claro. A pesar de las dificultades naturales y mayores compromisos académicos, me entregué más al apostolado y me comprometí más con el ECYD. Experimenté a un Dios que llenaba mi corazón de plenitud y felicidad, muchas veces en medio de pruebas y cruces. Cuando me ofrecieron nuevamente la oportunidad de ser colaborador de verano, no lo pensé dos veces. En vez de ponerme a pensar lo que me costaría, como la vez anterior, le di gracias a Dios. Él me daba una segunda, y tal vez última, oportunidad; no la podía desaprovechar. Ese verano de 1999 fue una gran experiencia. Éramos 13 colaboradores chilenos. La mayoría fuimos a México y junto a otros dos compañeros
Si el verano anterior había sido transformador, éste lo fue mucho más. En esas semanas me sentí en lo mío. Era como si desde toda la eternidad Dios hubiera estado esperando ese momento para abalanzarse sobre mi corazón y colmarlo por completo. La misión, la Iglesia, las almas, predicar el amor de Dios todo tenía sentido, todo finalmente cuadraba. Tuve la profunda convicción de que para eso me quería Dios en esta vida ¡ser apóstol del amor! Volví a Chile con un gran tesoro en mi corazón. Me hice un miembro más activo del Regnum Christi y fui profundizando en mi relación con Dios y dedicándome más al Movimiento. Pasaban los meses y la verdad es que no sabía aun cómo concretaría mi entrega total a Dios, qué es lo que Él me estaba pidiendo. Finalmente me mostró el camino en la fundación del Centro Estudiantil que se llevaría a cabo en Chile el año entrante, junto con otros 4 chicos del ECYD. La fundación fue toda una experiencia, en la que sentí la mano de Dios que nunca me dejó y me sostuvo en el afianzamiento de mi llamado a ser un apóstol de Su Reino. Recuerdo que siempre había asociado mi inquietud a una mayor entrega con un llamado al sacerdocio. Fue en estos meses de fundación del Centro Estudiantil cuando descubrí la maravillosa vocación de la consagración seglar dentro del Movimiento. La consagración fue para mí como el paso lógico de lo que había sido mi entrega en el ECYD y luego en el Movimiento. Vi al hombre consagrado como el apóstol de cuerpo entero que Dios siempre me había llamado a ser, apasionado por la extensión del Reino de Cristo entre los hombres, con una formación y preparación sólida dispuesto siempre a trabajar en cualquier lugar y condición para predicar el amor de Dios en todo momento con su palabra y sus obras. Fue así como me consagré un 11 de marzo del 2001. Dos días después estaba volando para México para comenzar esta aventura de amor y poder llegar a ser un instrumento útil en las manos de Dios.
Para saber más sobre la vida consagrada en el Regnum Christi o para contactar a uno de los miembros consagrados puede escribir a consagrados@regnumchristi.org. |
Silvestre pregunta:
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