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El único camino para ser feliz
P. Marcelo Bravo



 

Nací el 15 de mayo de 1970 en el seno de una familia sencilla, de mucho amor y poco dinero. Segundo de cuatro hermanos -dos varones y dos mujeres-, de pequeño me gustaba pasar buenos ratos en la capilla del colegio para «pensar». Hasta 1985 la práctica religiosa en casa había estado reducida a su mínima expresión: Misa las grandes fiestas o en ocasión de bautizos o bodas; rezos, de vez en cuando; confesión, las de la primera comunión y de la confirmación; y desde el punto de vista moral, «bueno, éramos católicos ¡pero no fanáticos!».

En casa se vivían ciertos valores humanos y cristianos; mis papás se preocuparon por darnos la mejor educación social y cultural, no obstante la estrechez económica. El vínculo familiar era férreo y la unidad, nuestra mayor riqueza; pero la fe tenía poco peso en nuestras decisiones, especialmente en los hijos.

La irrupción de Dios en mi vida y en la vida de mi hermano mayor sacerdote desde hace diez años daría un vuelco radical en cada uno de nosotros.

Hasta mis 16 años mis mayores ilusiones consistían en acabar mis estudios, trabajar, hacer dinero, comprarme una casa grande, encontrar una buena mujer y tener muchos hijos. Además, por aquellos años estaba luchando duro para hacerme con un puesto en la selección nacional de Judo, deporte que absorbió gran parte de mi tiempo libre y que me puso a salvo de vicios.

Por esos años yo tenía grandes sueños: quería triunfar, salir de la situación económica que había heredado, hacerme una vida en la que yo fuese el protagonista y en la que los demás, como satélites programados, girasen entorno a mí...

Y para el despuntar de mi juventud, deseaba disfrutar del gran banquete de baratijas que el mundo aparentemente ponía a mi alcance: fiestas, placeres, diversión, sexo...

Mis 16 años fueron el momento de la crisis. Perdí el interés por los estudios, dejé de lado el deporte, tuve que enfrentar la realidad de un futuro más difícil del que me esperaba. Y sobre todo, la conciencia de que nada de lo que me atraía podría saciar mi sed de felicidad.

En ese momento crucial de mi vida, Dios me mandó un mensajero de esperanza: Juan Pablo II. En su encuentro con los jóvenes, reflexionó sobre el pasaje evangélico de la hija de Jairo. Las palabras de Jesús «la joven no está muerta, duerme» y «joven, a ti te lo digo, levántate» resonaron en mi conciencia como la solución a mi inquietud y a mi sed. Pero sobre todo fue la personalidad de Juan Pablo II la que me cautivó desde el primer instante.

«Quiero ser un hombre íntegro como él; vivir y luchar por un ideal como él vive y lucha por su ideal me decía en mi interior Quiero amar de verdad como él ama». Comencé a comprender, a la luz del testimonio del Papa, que no debía buscar tanto mi felicidad, sino hacer felices a los demás, no buscar ser amado, sino el amar y entregarme al servicio de los demás. Como decía la Madre Teresa de Calcuta: no debía preguntarme tanto por mi felicidad sino por la felicidad que quienes estaban a mi alrededor.

En aquel momento aún no sabía que Dios me quería sacerdote. Lo que sí sabía era que ese hombre vestido de blanco comenzaría a tener una gran incidencia en mi vida.

El terremoto de Santiago de Chile en 1985 me había sorprendido sentado en la ventana en el tercer piso de mi casa. Este pormenor me hizo reflexionar y convencerme de que había que estar bien con el Jefe, no fuera a pasar algo...

Después de que se calmó un poco lo del terremoto, algunos amigos de la parroquia y del barrio nos juntamos en casa para divertirnos, bailar, fumar, beber y conversar.

Recuerdo que estaba bailando con Lucy un popurrí de canciones brasileñas onda disco; yo me reía, hablaba y acompañaba a mi pareja ocasional. De pronto, algo pasó dentro de mí. Sentí una voz interior que me decía: «Marcelo, ¿eres feliz?».

Por fuera todo siguió igual. Creo que ni una sola expresión de mi rostro reflejó el terremoto que comenzaba a agrietar los muros de mi corazón. El baile continuó, siguieron las copas, las conversaciones... Dios entró en el juego de mi vida, había apostado y estaba decidido a ganar.

Desde ese momento comencé a vivir cada vez con más coherencia mi vida cristiana, a acceder a la confesión frecuente y a la comunión dominical. También mis papás se fueron acercando más a la Iglesia. En la parroquia fundamos un coro, luego el grupo juvenil, y comencé a trabajar como catequista. Junto con mi hermano y otros amigos fundamos la revista de la parroquia. En su primera editorial hice alusión al episodio de la resurrección de la hija de Jairo.

Con la venida del Papa, Cristo quería hacer que todos los jóvenes chilenos se levantaran para dar testimonio de su fe.

En medio de este trabajo y compromiso cristiano, una inquietud se fue haciendo cada vez más evidente: ¿y por qué no dar todo por Cristo? Esta pregunta me asustó. No me respondí el sacerdocio no es para mí.

Era el año 1987. Traté de convencerme a mí mismo de que era normal que un joven comprometido en la Iglesia sintiera esta inquietud, que todo era cuestión de tiempo, que cuando comenzase la carrera todo se iba a pasar, que Dios seguro no me escogería a mí... Tomé la seria decisión de no pensar en ello hasta no haber acabado mis estudios universitarios, allá por el 1992. Sin embargo, Dios tenía otros planes. Al año siguiente, 1988, ya estaba en el seminario.

Cuando descubrí con claridad que Dios me quería sacerdote, -tengo que confesarlo- no me llené de alegría. Recuerdo que me encontraba con mi hermano y un amigo sacerdote tomando un refresco en una zona céntrica de la ciudad. Mi hermano ya había hecho su opción por Cristo y estaba pensando en hacer cuanto antes las maletas.

Yo no tenía las cosas tan claras. El mundo me seguía seduciendo, ya no bajo los aspectos de una vida lejos de Dios, sino presentándome sus posibilidades más nobles, bellas y elevadas. ¿Por qué dejar todo cuando se puede servir a Dios también en el matrimonio? ¿Acaso no era posible formar un hogar, tener hijos, y vivir como buen cristiano mi profesión?

Sinceramente eso del celibato no me convencía del todo. Ser sacerdote era algo demasiado elevado para mí. Y así anduve un tiempo perdido en medio de la incertidumbre.

En el fondo sabía lo que Dios me ofrecía y que su plan me haría mucho más feliz que el alternativo que le estaba contraponiendo.

Dios me quería sacerdote. Tuve que rendirme ante la evidencia. Lo que aún me quedaba por descubrir era dónde. No tenía mucha idea de qué era una congregación religiosa y las diferencias entre este estilo sacerdotal y el diocesano.

Un amigo sacerdote nos recomendó dos institutos religiosos. Uno de ellos era la Legión de Cristo. Llamamos al noviciado y asistimos a una convivencia vocacional. Mi hermano también llamó al otro Instituto y asistimos a un retiro. Al final, ya solos mi hermano y yo nos quedamos uno frente al otro. Había llegado el momento de la decisión.

Mi hermano mayor, que siempre había caminado delante de mí marcándome el rumbo, descubrió que su camino estaba en ese Instituto religioso. Por primera vez, no le seguí. Yo quería ser legionario de Cristo. Desde entonces nuestros pasos siguieron dos vías diversas, pero sé que nos reencontraremos al final, en la meta.

Así fue como entré en la congregación de los Legionarios de Cristo. Ahora, a catorce años de aquella fecha, cada vez me convenzo más de que no fui yo quien eligió seguir a Cristo en el sacerdocio, ni los pasos que me llevaron a esta decisión, tampoco escogí la congregación.

Dios me fue llevando, respetando siempre mi libertad, pero mostrándome la grandeza de la misión a la que me estaba destinando; mostrándome, sobre todo la posibilidad de un Amor más grande, el de Jesucristo: nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos.

Desde que di cabida a Dios en mi corazón, siempre he sabido responder a esa pregunta que me surgió a mis 16 años: «Marcelo, ¿eres feliz?»

Sí, soy feliz. El gozo que Dios me hizo probar el día de mi ordenación sacerdotal no se puede comparar con ningún otro en el mundo.

Sé dónde se encuentra la verdadera, la única, la genuina felicidad, en Dios. Toda mi vida en adelante está destinada a ayudar a otros jóvenes perdidos en la encrucijada de la vida, sin sentido y sin amor, para que encuentren el camino de Dios; es decir, el camino de la felicidad.


Sé dónde se encuentra la verdadera, la única, la genuina felicidad, en Dios. Toda mi vida en adelante está destinada a ayudar a otros jóvenes perdidos en la encrucijada de la vida, sin sentido y sin amor, para que encuentren el camino de Dios; es decir, el camino de la Felicidad.

                                                                                                                                                                                                       
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Un apostolado de los Legionarios de Cristo y del Movimiento Regnum Christi al servicio de la Iglesia.

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