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Un buen día...El anuncio... Capítulo 4
La chispa de la vocación que brotó en el corazón infantil de Melchor, se ha convertido en un fuego incontenible que le abrasa por dentro. Ya empieza a serle casi imposible disimularlo por fuera. Su esposa le ha notado algo extraño desde hace tiempo y se lo ha hecho saber en más de una ocasión. -¿Qué te ocurre? Te noto preocupado, inquieto. Te veo absorto en algo, como que ya no estás aquí... -No te apures, mujer. Son sólo algunas preocupaciones que me quitan el sueño, pero nada más. Ya verás cómo pronto se me pasa... Pero no se le pasó. Los destellos de aquella estrella lo hipnotizaban aún noches enteras en el balcón de su casa. Su corazón se consumía en deseos cada vez más irresistibles de seguirla. Sentía la necesidad de hacerlo sin saber exactamente porqué. La decisión de irse al Oeste amenazaba estallarle dentro si no la comunicaba. Algo le impulsaba insistentemente a actuar ya. Sin embargo, su alma se debatía en una tempestad de miedos e incertidumbres que parecía paralizarlo. ¿Cómo se lo anuncio a mi esposa, y a mis hijos, y a mis amigos? ¿A quién se lo digo primero? ¿Cuándo será el mejor momento? ¿Lo entenderán? ¿Me tomarán por loco? ¿Estarán de acuerdo con mi decisión? ¿Me apoyarán? Es la lucha interior de todo el que se siente llamado por Dios y experimenta la necesidad de responder sin más dilación. Es parte de la historia de cada Melchor. Esté o no casado, tenga o no muchas amistades, sea rico o sea pobre. Es quizá tu situación. La decisión ya está hecha en el fondo de tu alma. La has mantenido en reserva como se guarda un secreto. Sabes que es algo frágil y delicado y tienes miedo a lastimarlo, ponerlo en peligro, perderlo. A medida que transcurren los días, el llamado empieza a quemarte por dentro. Te ves en la necesidad de darlo a conocer para poder actuar y seguirlo. Pero al mismo tiempo te atenazan el alma los temores y las dudas. ¿A quién, cómo, cuándo decírselo? ¿Qué pasará cuando lo sepan? Tu mente y tu corazón no descansan. Tienes unos padres maravillosos. Te han rodeado siempre de amor y cariño. Han hecho por ti y por tu educación sacrificios indecibles. Han puesto en ti grandes ilusiones y esperanzas. Te han dado siempre más confianza de la que te mereces. Te han soñado ingeniero como el abuelo o médico como tu padre o banquero como tu tío. Y ahora tienes que decirles que te vas. Que les dejas. Que has que seguir el llamado de Dios al sacerdocio. Que se quedan con sus sueños sobre ti en las manos. Probablemente no lo van a entender, ni aceptar. A lo mejor se van a oponer. Van a sentirse defraudados, no correspondidos. Quizá dejarán ya de estar orgullosos de ti para pasar a estar avergonzados. Tienes un montón de amigos. Muchos de ellos increíbles. Lo habéis compartido todo. Habéis pasado momentos super felices. Os habéis apoyado y defendido en toda circunstancia. Habéis llegado a prometeros amistad para siempre. Y ahora tienes que hacerles saber que algo ha cambiado, que vas a entrar en un convento y que ya no vais a poder estar juntos, aunque tú seguirás queriéndoles mucho. No sabes cómo van a reaccionar. Quizá dejarán de ser tus amigos y dejarás de ser alguien para ellos. No estás casado, pero tienes una novia estupenda. Lleváis saliendo juntos más de tres años. Os queréis muchísimo. A ella se le va a partir el alma cuando se lo comuniques, y a ti también. Os habéis amado tanto y tan limpiamente hasta ahora, para que todo termine así... Vas a amargarle la vida. Quizá piense que todo lo anterior fue una farsa y que ahora te vas buscando tu felicidad sin importarte sus sentimientos y lo que sea de ella. Todo eso se te cuelga del corazón como una gran bola de acero y te puede. Te puede mucho. Pero, por otro lado, parece que ya no resistes más esa tensión que amenaza desgarrarte el alma entre secundar la decisión de seguir el llamado y los riesgos de comunicarlo a los de tu entorno. Así le ocurrió a Melchor. Y un buen día tuvo que desvelar su secreto. Un buen día se armó de valor y ante su esposa e hijos, a mitad de la comida, derramó su alma incandescente delante de ellos con esta frase: AMe voy al Oeste@. Esas cuatro palabras atrajeron hacia él, como un imán, las miradas de sus seres queridos; y luego, una por una fueron filtrándose en sus aturdidos entendimientos hasta tocarles el alma. Cada uno reaccionó a su modo. Los niños de Melchor se apuntaron uno detrás de otro para acompañarlo en el (según creían ellos) fascinante viaje hacia el Oeste apenas anunciado. Es la primera reacción superficial de los que no alcanzan a ver más allá de lo sugerido por su imaginación en ese instante y siempre en función de sí mismos. Son los que no saben lo que es la vocación. Ni se lo imaginan siquiera, o se imaginan algo totalmente diverso. Luego, cuando empiecen a darse cuenta de lo que es y de lo que implica, cambiarán de actitud. Así sucederá de hecho cuando de pronto tu hermano pequeño se dé cuenta de tú (con quien él se llevaba genial) te has ido y ya no estarás en casa porque has entrado al seminario. Él entonces se pondrá melancólico. Sentirá profundamente tu falta. Un cierto vacío parecerá envolver todo su pequeño mundo. Y cada vez que debas partir de nuevo, tras unos días de convivencia familiar, se te echará al cuello y te dirá casi llorando: ¡No te vayas, no te vayas! La mujer de Melchor lo primero que hizo fue tratar de quitarle importancia al tremendo anuncio, acusando al cansancio acumulado de hacer desvariar a su esposo. Sin embargo, ella, su esposa, intuía de sobra que la cosa iba en serio. Pudo no haber estado casado; y entonces hubiera sido su madre y su novia la que reaccionase en modo semejante. Es la reacción de quienes te conocen bien y te aman más íntimamente. Son ellos los que primero querrían que lo que has anunciado fuera mentira; y segundo desearían poder persuadirte de que hay algo que te está haciendo no hablar cuerdamente. Pero en el fondo son ellos los únicos que percibirán que lo tuyo no es broma. Como el día que tú habías quedado por última vez con tu novia. Fue una fresca tarde otoñal. Caminabais por un parque cogidos de la mano. En un momento dado, se te escapó de los labios la típica frase: - Tengo algo importante que decirte. Ya estaba dado el primer paso y no podías echarte para atrás. Ella, con su mirada y un ligero apretón de mano, te urgió a seguir hablando y tu afirmaste sin rodeos: -Parece que Dios me llama a ser sacerdote, e intuyo que sólo seré feliz si le sigo por ese camino. Se soltó de tu mano y fijó su mirada en la tuya. No pudo articular palabra alguna, pero viste claramente dibujarse en sus ojos trazos de incomprensión, dolor y rabia que acabaron mezclándose con sus lágrimas. Después no sabes qué empezaste a decirle para tratar de consolarla. Te cortó en seco, te tomó la cara entre sus manos y te dijo: -Tengo que dejar que te vayas porque no quiero oponerme a tu felicidad, pero me da rabia no poder hacerte lo feliz que tú deseas y puedes ser. Ella admirablemente había intuido que no podría competir con Dios en capacidad de hacerte feliz. Intuyó que tu corazón sólo podía ser colmado por Él y que ninguna mujer en el mundo lo haría en tal medida. Y es que cuando Dios quiere un alma exclusivamente para sí, nada ni nadie fuera de Él podrán llenarla en plenitud. También alguno de los amigos de Melchor, sabida su Aalocada@ decisión, se vio forzado a intervenir. Mohammed, uno de sus colegas, intentó por su parte persuadirlo de que estaba padeciendo un agudo cansancio mental y psicológico debido a sus incesantes trabajos y desvelos. Que debía tomarse las cosas con calma, sin exageraciones y abandonar ocurrencias tan descabelladas como el partir hacia el Oeste. Que a él no se le había perdido nada por aquellas lejanías y que se olvidase ya de una vez esos sueños y estrellas que ya le andaban trastornando el caletre... Sí, Melchor fue tomado por loco, como tantos Melchores y Melchoras lo han sido y lo son por parte de algunos de sus amigos y amigas. -¿Tú, de cura? Pero, ¿estás loco? ¿Qué mosca te ha picado? -¿Tú, de monja? No sabes lo que haces. Has perdido la cabeza. Te has vuelto loca. En el fondo, algo de locura tiene que haber para tomar semejante decisión. Pero locura de la buena; de esa que acompaña el amor auténtico. Todo amor tiene algo de locura. Es estar loco por alguien. Los que deciden seguir el llamado de Cristo es porque están locos por Él. ¿Por qué si un hombre puede volverse loco por una mujer (o al revés), no va a poder alguien volverse loco o loca por Cristo? Una de las cosas que más tristeza pueden llegar a causar en el alma de alguien que se ha entregado totalmente a Cristo es escuchar comentarios como estos: (Qué pena de hombre! ¡Qué desperdicio! Como si Cristo no se mereciese, mucho más que cualquier mujer, el amor exclusivo de un alma escogida por Él. Como si el entregar la propia vida al amor de Cristo y al servicio de los demás fuera desperdiciarla. Cristo es el único que merece todo y de todos porque lo ha dado todo por amor a cada uno. Y no hay mejor manera ni más sublime de aprovechar e invertir la vida que dándola por Él y por los demás. Melchor había hecho buena amistad con un venerable anciano, de nombre Eleazar, reconocido como el hombre más sabio y de vida más ejemplar de toda la comarca. Solía acudir a él con frecuencia y siempre aprendía algo nuevo. Fue de él quien aprendió a leer en el firmamento y descifrar sus mensajes. En aquel anciano Melchor encontró siempre comprensión infinita, consejo acertado, apoyo incondicional. Juntos vieron crecer y madurar el llamado. Fue con él con quien compartió sus inquietudes ante la irresistible invitación de aquella estrella de encaminarse hacia el Oeste. Fue su sabio amigo quien le hizo comprender las tres cosas fundamentales para saber si irse al Oeste era el rumbo que debía tomar su vida: primera, que esa invitación era algo de Dios; segunda, que él tenía las cualidades y aptitudes para realizarla; y tercera, que lo demás dependía de su generosidad personal para responder que sí. También fue él quien recomendó a Melchor tantas veces calma y paciencia para esperar el oportunoAbuen día@ en que había de dar a conocer su decisión a los demás. Le hizo esperar aunque el llamado le hervía en el alma a Melchor desde hacía tiempo. Melchor y Eleazar hablaron a solas muchas veces; como se hablan los temas importantes con personas que nos importan y a las que les importamos. El tema de la vocación hay que tratarlo primero a solas, pero no con cualquiera. Hay que saber con quién. Un buen porcentaje de las vocaciones han sido descubiertas, cuidadas y maduradas gracias a muchos buenos guías de almas. Por lo visto, un día la joven Ganxhe (que después sería Madre Teresa) le formuló a su confesor y director espiritual una pregunta que le atormentaba el alma desde hacía tiempo: Padre, ¿cómo saber si Dios me llama y para qué me llama?@ Él le contestó: Ahija mía, dale tu felicidad. Si eres feliz pensando que Dios te llama para servirle y para servir mejor al prójimo, entonces esta es la mejor prueba de tu vocación. El gozo profundo es como una brújula que indica la dirección de la vida. Es necesario comportarse así también cuando el camino no está claro y el sendero es difícil... Esa respuesta y los consejos y orientaciones de su director espiritual fueron decisivos para que Madre Teresa descubriese y siguiese el llamado de Dios. Es con personas de confianza, de las que te conste que pueden ayudarte e iluminarte en las cosas de Dios, con las que primeramente debes tratar el tema de la vocación. Ayuda mucho tener un buen director espiritual y tratar confiada y frecuentemente con él. Solos, muchas veces, no somos capaz de descubrir y descifrar lo que Dios trata de comunicarnos. Necesitamos de alguien que nos entienda y que entienda de Dios y de cómo Él llama, para que nos enseñe a discernir sobre nuestra vocación y el momento apropiado para dar a conocer nuestra decisión de seguirla. En cada vocación, como en toda historia de amor, tiene que llegar ese buen día en el que se desabrocha el propio corazón y se deja salir el gran anuncio: Me voy al Oeste. Pero hay que saber cuándo es el momento oportuno. Porque a partir de ese buen día tendrás que librar la batalla de la coherencia ya no sólo de cara a ti mismo, sino también de cara a todos aquellos que ya son sabedores de tu propia elección. De ahí la importancia de no destaparlo hasta que te sientas lo suficientemente fuerte y seguro para mantenerte firme ante cualesquier reacción de los demás. La vocación, apenas descubierta y acogida, es como una planta tierna aún y delicada. No hay que exponerla imprudentemente si no quieres que sucumba y se pierda. Tan cierto es que nadie te obligó a aceptarla, como lo es el que nadie tiene derecho a molestarte para que la abandones. A fin de cuentas, eres tú el que eliges razonablemente entre ser fiel a Dios y a su voluntad o hacer caso a los demás exponiendo tu vocación. Es verdad que nadie puede revocar tu decisión personal, pero también lo es que puedes irresponsablemente dejarte influir. Porque puedes tener amigos que al comunicarles la decisión que has hecho, tomen una actitud hacia ti que tenga sobre tu vocación un efecto semejante al de una ráfaga de viento gélido sobre una plantita recién sacada del invernadero. ¡Cuántas vocaciones se han quemado y marchitado a causa de las ironías o de las burlas de algunos compañeros irreverentes e irrespetuosos! Puede haber personas muy allegadas y queridas que no te comprendan y se opongan al camino que has decidido seguir. Y, con buena o mala voluntad, harán todo lo posible por apartarte de él. ¿Cuántos llamados sofocados y truncados por las presiones y chantajes de unos padres o de una novia egoístas e insensibles a las cosas y los intereses de Dios? Hay casos muy tristes. Un padre ha llegado a decirle a su hijo: Si te vas de sacerdote, para mí es como si ya no existieses, ya no te consideres hijo mío. Y una madre ha llegado a gritarle a su hija: prefiero que seas una mujer de mala vida a que te alejes de mí para ser monja. Se ha sabido de padres que desheredan, marginan, rechazan y olvidan a sus hijos por idénticos motivos. Y se ha dado incluso el caso, muy actual, de un padre que perpetra el secuestro de su propia hija, ya de 26 años y desde hace 5 monja en un convento, para hacerla desistir de su vocación y obligarle a hacer algo que ella no quiere. El que a un padre o a una madre le duela en el alma la partida de un hijo que decide consagrase a Dios, es lo más normal del mundo. A cualquiera le cuesta desprenderse de un hijo a quien ama. Sin embargo, la oposición rotunda de los padres a la vocación religiosa o sacerdotal de su hijo o hija, resulta algo tristísimo. Porque es señal de que esos padres padecen una miopía avanzada ante el don maravilloso de Dios que es toda vocación. Y el que un padre llegue a usar la fuerza y la coacción física para impedir que uno de sus hijos siga el llamado de Dios, es ya demasiado. Es un verdadero atropello, manifestación de un egoísmo sobresaliente y, a la vez, de una ceguera total para las cosas de Dios. Y aquí hay que decir algo fuerte. Pero que es verdad. Ningún padre o madre tiene derecho alguno de oposición sobre su hijo cuando lo que está de por medio es el querer infinito y los intereses de Dios sobre él. Porque de eso se trata en la vocación: de seguir la voluntad de Dios. Y si Dios llama a un hijo, ningún padre o madre puede arrogarse el derecho de rechazar, obstaculizar o impedir el cumplimiento de su santísima voluntad por parte del propio hijo. Ninguno. Porque nadie está por encima de Dios y su voluntad. Además, podríamos preguntar a ese padre o a esa madre que rechaza y combate la vocación del hijo, si se dan cuenta del dolor, de la aflicción, del tormento que pueden estar causando en el alma de aquel por su obstinada actitud. No, muchas veces no se dan cuenta. No se fijan más que en sí mismos y en sus intereses egoístas. Y ni se imaginan siquiera la pesadumbre interior del hijo que, tratando de hacer la voluntad de Dios (que ya es de suyo muchas veces difícil y hasta heroico), tiene que cargar además con el peso y la amargura de la incomprensión y resistencia de sus mismos padres y seres queridos. No es justo, ni cristiano, ni humano. Y también aquí hay que decir clara otra verdad: ningún padre ni ninguna madre tiene derecho de causar ese sufrimiento al propio hijo. Es una lástima porque son precisamente ellos los primeros que deberían sentirse felices de ver a su hijo feliz. Esa sí que sería una magnífica prueba de su verdadero amor por él. Hay también, gracias a Dios, muchos padres y madres que ante el don de una o más vocaciones entre su prole, sin dejar de sentir el dolor de entregarle a Dios alguno de sus hijos, lo hacen con gran fe, amor y desprendimiento. Y aunque con el corazón sangrando y lágrimas en los ojos, le devuelven a Dios lo que Él les dio antes y ahora reclama para sí; y lo dejan partir, disimulando con una sonrisa sincera lo que sienten por dentro. ¡Qué hermoso el testimonio de tantos padres de familia que aceptan, agradecen, apoyan y sostienen con sus oraciones y sacrificios la vocación de alguno de sus hijos! Todos ellos están así agradando a Dios, mereciendo ante Él, dando fecundidad al propio sufrimiento y soledad. Y, además, están haciendo más llevadero y feliz, para el propio hijo, el seguimiento del Señor, que tantas alegrías y satisfacciones traerá consigo para él y para ellos también. Es muy importante el clima, la atmósfera de familia. Los gestos, las actitudes de la familia impregnan al niño hasta lo más profundo. Los niños son esponjas. Lo absorben todo. De los papás se adquiere ese sexto sentido para las cosas de Dios. Sin darse cuenta, de la manera más suave, los padres enseñan la vocación. Los sacerdotes -decía con razón cierto autor- no caen del cielo con los bolsillos repletos de estrellas y la boca llena de bendiciones. Los sacerdotes nacen en una familia. Es en su familia donde han aprendido a decir padre, hermanos. Al principio sólo con minúsculas. Luego, sólo luego, con mayúsculas: Padre (que están en los cielos), Madre(de Jesús y nuestra), Hermanos (todos los hijos de Dios). ¡Es tan fácil comprender el amor de Dios cuando nuestros padres se han amado, cuando nuestros padres nos han amado! Basta vivir sencillamente el evangelio. En las familias que no se cierran, que sienten las alegrías y tristezas ajenas, que viven todo como si fuera propio, es natural que brote ese regalo tan maravilloso que se llama: vocación. Los padres son un esbozo de Dios. A esas personas que le copian a Dios, el Señor les tiene que haber preparado cataratas de bendiciones en la tierra y la vida eterna. La mamá de un sacerdote será la más feliz del mundo. Feliz en el sentido pleno, porque lo ha logrado, se ha realizado. ¿Cómo? Porque ha engendrado no sólo material, sino espiritualmente a otro Cristo. No hay duda de que si no tuviéramos padres, no podríamos responder al llamado de Jesús. Son ellos quienes silenciosamente nos enseñaron y prepararon a seguirlo. |
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