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La propia vida: Habla el hombre. Segunda parte. Introducción y capítulo 11. Introducción Si es verdad que Dios es unidad y simplicidad, también es verdad que nosotros somos división y complicación. Las dos partes que nos componen la material y la espiritual , en vez de aliarse para trabajar juntas en el mismo objetivo, como Dios había pensado al crearnos, ahora nos tiran en direcciones opuestas. La materia que hemos heredado, estando debilitada y miope, actúa contra el espíritu y trata de apartarlo del fin último para el que Dios lo ha había creado. Después de la caída Dios le dijo a Adán: «Con el sudor de tu rostro comerás el pan». Asimismo, en el campo del espíritu, la vida se mantiene y se desarrolla sólo a base de mucha fatiga. La unidad de nuestro ser puede reconquistarse únicamente con trabajo y esfuerzo: la cruz vivifica. Por eso no nos debe sorprender el hecho de sentir, por un lado, que estamos de acuerdo con todo lo que nos dice Dios en la Biblia acerca de nuestra vida y llamada, y sentir, por otro, una auténtica resistencia a la acción de Dios. «El espíritu está pronto, pero la carne es débil», afirma Cristo con profundo espíritu comprensivo y genial perspicacia. A nosotros, de hecho, nos dan ganas de decir: «Sí, gracias, pero... No, gracias». La madre Teresa contaba una vez que trataba de consolar a una de sus enfermas diciéndole: «El sufrimiento es el beso de Jesús». La mujer, acostada, levantó su mirada y le rogó con una simplicidad desarmante: «Por favor, madre, dígale a Jesús que deje de besarme». La comprendemos bien. En cierto sentido somos como ella. Aquella enferma resumía bien nuestros sentimientos. Admiramos al que se echa clavados, pero no nos atrevemos a subir al trampolín. Así pues, después de considerar parte de lo que la Biblia tiene que decirnos sobre el llamado, echemos ahora una mirada a varias de las razones o excusas que podemos tener contra la vocación. No hace falta que andemos buscándolas, ya que éstas y otras muchas nos vienen a tocar a la puerta antes incluso de que nos diera tiempo a enviarles una invitación. 1. «ME ESTÁN PRESIONANDO» ¿Presionando? ¿Quién? ¿Cómo? Si es verdad, estás fuera di sitio. ¡No te puede aceptar ningún seminario ni orden religiosa! A lo mejor te sorprende, pero es la pura verdad. La vocación es una llamada de Dios. Te llama libremente porque te ama. Pero te llama a ti. Con todo lo que tú eres. Como persona humana que eres, una de tus principales características es la de ser libre. La única clase de respuesta que Dios quiere de ti y la única que es digna de Él es una respuesta libre. Así que tendremos que analizar este asunto con atención. Presión e influencia Quizás damos la impresión de estar descubriendo América, pero conviene recordar ante todo que no somos islas independientes en el mundo. Mucha gente a nuestro alrededor y la misma cultura en que crecimos y vivimos influyen en nuestra vida. Adquirimos, por consiguiente, ciertos gustos y puntos de vista que forman parte de nosotros mismos y en cierto sentido nos definen. Así llegamos al meollo de la cuestión. Tenemos que distinguir entre presión e influencia para saber aceptar la positiva realidad de la influencia y poder captar la diferencia entre presión buena y mala. Por lo general llamamos presión a toda «influencia indebida», o sea, que elimina o pisotea la libertad. Por otro lado, la podemos considerar también como una «fuerte influencia», que puede ser buena si no atropella la libertad. Segundo punto que hay que tener presente: somos seres complejos. Estamos hechos de muchos elementos. No sólo de componentes físicos, sino también de emociones, sentimientos, inteligencia (por lo general), voluntad, memoria, apetitos, instintos, ideales, esperanzas, espíritu, pecado y gracia... Cada uno de ellos ejerce una influencia en el conjunto. No eres una isla. Tienes padres, parientes, amigos, vecinos, grupos a los que perteneces, gente que te pide cuentas, gente que te requiere. Y por si fuera poco, sabes bien que nuestro mundo no se limita únicamente a la gente que vemos o a las cosas que sentimos por dentro. Vivimos, además, otra vida: la vida del espíritu, el mundo de la interacción amor, interés, salvación entre Cristo y uno mismo. Hay todavía otra interacción engaño, seducción, malogro que Satanás trata de entablar, si bien terminaría seguramente rojo de vergüenza en caso de que tuviera que decirlo en público; ése es, ya ves, su código moral privado y no tienes derecho a cuestionarlo. Bueno y todo esto, ¿a qué viene? Piensas que a lo mejor tienes vocación, pero sientes que te están forzando. Pues bien, lo que tendrás que hacer es definir lo que quieres decir con eso. Imagínatelo: álguien está ahí delante de ti, te está apuntando con el dedo y te dice: «Ya tenemos un abogado, ya tenemos un doctor, y ahora tú tienes que ser el sacerdote de la familia». Dicen que estas cosas solían suceder en el pasado. No lo sé. Se trataría, desde luego, de un caso de presión. Por mi parte, nunca lo he visto. Bueno, sí, en realidad sí lo he visto... sólo que en dirección contraria: «Ni se te ocurra ir al seminario después de lo que tu madre y yo hemos gastado en tu educación...» Para nosotros lo más común es sentir la inquietud vocacional y luego empezar a cuestionarla: «¿De dónde me vino esta idea? ¿No me la sugirieron las monjas del colegio? ¿No lo estaré pensando sólo para complacer a mis padres? Me parece que me vino la idea de la vocación de tal y tal circunstancia, de tal persona que me la mencionó... ¿Cómo puede tratarse realmente de vocación si nunca se me hubiera pasado por la cabeza de no haber ido a ese retiro?...» Todas esas incertidumbres sinfín que parecen obligarnos a concluir: «Bueno, a lo mejor lo estoy pensando o lo estoy haciendo por influencia de otra persona. A lo mejor no estoy tomando una decisión libre». ¿Hasta qué puntos somos libres de verdad? Mucho depende de lo que esperamos de nosotros mismos. Puede suceder que en el discernimiento de nuestro vocación esperamos demasiado. Quisiéramos ser totalmente libres. Quisiéramos que todo estuviera perfectamente claro para nosotros, tan claro como el agua. Pero somos hombres. Nada más. En realidad nunca podrás librarte de influencias. La propaganda te lo hará sentir. La razón fundamental, de hecho, se halla en tu misma naturaleza humana. Sucede en las cosas materiales y también en las espirituales. Los libros que hayas leído te acompañarán siempre, incluso mucho tiempo después de haber olvidado sus contenidos. Las parábolas que has oído de Cristo en el evangelio volverán a inquietarte o a reanimarte, según el rumbo que vayas tomando en tu vida. El recuerdo de las buenas obras que otros hayan hecho contigo ablandará tu espíritu. Tu selección de música reflejará lo que llevas dentro de ti. Si perteneces a la cultura occidental, tal vez nunca llegarás a sentirte a gusto del todo con palillos chinos a la hora de comer. Las influencias, pues, no son un intruso ni un obstáculo ajenos a nuestra condición. Por el contrario, dado que forman una parte importante de ti mismo, Dios las va a tomar muy en cuenta y se va a servir de ellas cuando te escoja. También el diablo, su enemigo, va a tratar de servirse de ellas para impedirte que cumplas la misión que Dios te confía. Entonces la pregunta que hay que hacerse a la hora de discernir sobre la vocación no es: «¿Me están influenciando?», sino más bien: «¿Será éste el modo como Dios me está influyendo; será ésta la voz de Dios?» Más adelante tendremos que considerar el modo como Dios nos habla normalmente y examinar varias de las señales de su presencia o influencia. Pasemos ahora a una segunda reflexión importante sobre este tema. No lo olvides: la forma como reaccionas a las influencias de tu derredor te indicarán qué clase de persona eres. En la práctica, la libertad consiste fundamentalmente en poder decidir lo que vas a permitir que te influya. Como persona tu libertad consiste en decidir si aceptarás y actuarás bajo la influencia de la llamada a los ideales más altos y nobles o si te hundirás bajo las exigencias de tus instintos más bajos con los que la sociedad se está cebando con tanta facilidad. Como cristiano tendrás que preguntarse si vivirás bajo el influjo de tu fe en Cristo y de su mensaje evangélico o si te conformarás al mundo, si dedicarás tu vida simplemente a acumular cosas de este mundo o si te esforzarás por alcanzar esos bienes que perduran a la tumba. Lo importante, en definitiva, es el modo de reaccionar ante las influencias reales que siempre te acompañan y no el hecho de tenerlas. Algunos beneficios Otra consideración sustancial: las presiones e influencias fuertes pueden resultar de mucho provecho. La presión de los rivales y de los aficionados suele incitar a los campeones a dar lo mejor de sí mismos. La presión que ejercen las expectativas sobre nosotros y nuestras posibilidades de las personas que estimamos puede estimularnos a superarnos a nosotros mismos. De hecho hay ocasiones en que, a pesar de saber lo que es mejor para nosotros, sabemos que no somos capaces de lograrlo por nuestras propias pistolas y buscamos ese apoyo de la «presión» de las esperanzas que otros tienen en nosotros. Esta reflexión nos lleva a considerar otro punto. La «presión» de la conciencia Dentro de nosotros mismos hay presiones: las que provienen de nuestra conciencia y provocan un buen número de luchas interiores; las presiones del amor, del deber, de los imperativos morales. Admiramos a las personas que pueden resolver sus luchas interiores con acciones apropiadas (al héroe que se enfrenta a todo tipo de contrariedades y se juega el pellejo por el bien de los demás). No los podemos imitar, ciertamente, cruzándonos de brazos. Hay ocasiones en que preferiríamos ignorar lo que está bien para hacer lo que nos resulta más cómodo. Cristo mismo nos puede comprender después de aquella noche en Getsemaní. ¿Es buena o mala esta presión que ejerce nuestra conciencia sobre nosotros mismos? Gracias a ella podemos saber, en fin, si algo está mal o puede serlo. Esta presión es como el dolor: sería peor si no fuéramos sensibles a él, pues en tal caso nunca llegaríamos a percatarnos del peligro que corremos. La conciencia nos pone aún en mejor situación. Es como la información de primera mano: sin ella no podríamos saber nunca cuáles son las oportunidades que tenemos. La «presión» de la verdad Si nuestra conciencia es buena y su voz benéfica, ¿qué no deberíamos decir de un auténtico amigo que nos respeta de tal modo que siempre nos dice la verdad sobre nosotros mismos? ¿Y si la verdad que ese amigo percibe es que tú podrías tener vocación? ¿Y si discute contigo y sabe bien que estás tratando de engañarte? ¿Dirías que te está presionando por ser fiel y honesto contigo al decirte no lo que quisieras escuchar, sino la verdad que ve? Cuando la gente habla de presión a menudo se refiere a este tipo de casos: un amigo cabal quizás un amigo o director espiritual que no consiente con los sofismas y los pone sobre el tapete de la verdad. Claro que duele cuando, por dentro, sospechas que el otro podría tener la razón. La aceptación madura de la influencia Aunque no seamos perfectamente libres en el modo como nos gusta soñar, seguimos siendo, sin embargo, libres. Resumiendo lo dicho hasta ahora, podemos afirmar que tenemos inteligencia y fe para analizar con espíritu crítico todas las influencias a las que estamos sometidos. Basados en este análisis la conciencia nos irá indicando las determinaciones que debemos tomar. No llegaremos a madurar como personas mientras la presión por hacer el bien nos venga exclusivamente de fuera. Sólo cuando proviene de nuestro interior o cuando nos llega de fuera pero la aceptamos totalmente en nuestro interior podemos asegurar que hemos alcanzado el estado de madurez en el uso de la propia libertad. La «presión» del amor Por lo general nos huele a chamusquina que alguien empiece la conversación con un «¿Me quieres?» Intuimos que hay segundas intenciones. Los papás se muestran cautos cuando escuchan la pregunta, sobre todo si se la hace la hija que tiene la mirada en las llaves del coche. El amor ejerce sus presiones. El amor nos lleva a hacer cosas que no queremos. El amor desbarata muchos de nuestros planes y nos trae de cabeza. Y sin embargo, ¿podríamos vivir sin amor? El amor a nuestros padres, a la nación, o a Dios mismo , ¿no nos suele hacer acaso mejores personas? Si amas a Dios vas a sentir presiones que quien no lo ama no tiene. Se reirá de ti y te dirá que tienes complejos de culpabilidad. Tu amor a Dios no sólo te va a «presionar» para que evites ciertas cosas que tu amigo considera normales e incluso saludables, sino que también te va a «presionar» para que hagas otras cosas que encontrará completamente absurdas, como por ejemplo que des tu vida a Dios para realizar su obra. Conclusión Por eso considero que deberías analizar la raíz de la presión que sientes. Si proviene del exterior y nada más, no le des más vueltas al asunto. No dejes que una mera presión externa se convierta en el motivo por el cual vas a hacer algo tan importante como es escoger tu camino en la vida. Si la presión, en cambio, comienza afuera pero te molesta de verdad porque hay algo que está bullendo en tu interior, si tu conciencia te está sugiriendo que «a lo mejor es verdad», entonces es hora de tomar una determinación. Es hora de ponerse de rodillas, si es que no lo has hecho aún. Tú y tu Amigo tienen mucho de qué hablar. |
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