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Las campanadas de Dios
Vocación de Luly Clariond
Así es la historia de mi vocación: hechos ordinarios que se hacen extraordinarios porque Dios, por medio de ellos, muestra su designio y su amor.

Pocas cosas son tan difíciles de contar como la historia de la propia vocación. Quizás se debe a que, en una vocación, hechos de lo más normales y ordinarios -una conversación, una visita a la capilla, el ejemplo de alguien a quien se admira -, se convierten en extraordinarios porque, a través de ellos, Dios llama. Son "campanadas de Dios".

Así es la historia de mi vocación: hechos ordinarios que se hacen extraordinarios porque Dios, por medio de ellos, muestra su designio y su amor. Una vida "común y corriente" que, por una invitación de Él, comienza a pertenecerle por completo.

Nací en una familia maravillosa, siendo la tercera de cinco hermanos. Tuvimos el primer contacto con el
Regnum Christi antes de que yo naciera: al buscar un colegio para mis dos hermanos mayores, mis padres escogieron el Colegio Irlandés, dirigido por Legionarios de Cristo
. Creo que nunca se imaginaron que esta decisión embarcaría a toda la familia en una buena aventura.

Desde los tres años estudié en el colegio CECVAC. Ahí las "consagradas" (así llamábamos a las señoritas consagradas del
Regnum Christi
) fueron parte normal de mi vida y, aunque las admiraba y quería mucho, no me planteaba seriamente la posibilidad de ser como ellas. Lo pensaba en ocasiones, pero eran sólo breves "campanadas de Dios", nada duradero.

La primera vez que recuerdo haberlo considerado fue cuando tenía diez años. Lo comenté a mi mamá y me respondió que era normal que las niñas de mi edad quisieran ser monjas, que ella también lo había pensado a esa edad, pero que luego había pasado y estaba felizmente casada. Ante esta respuesta, resolví la primer "campanada". Se cerraba ese capítulo y terminaba como yo quería.

A los once años comencé a formar parte del ECYD y a través de él conocí también lo que serían y son mis dos grandes motivaciones: Jesucristo, el gran y fiel Amigo y la Misión apasionante que Él me confiaba: salvar a las almas, ayudar a la Iglesia. Esto se enmarcaba en un ambiente divertido: todas las actividades de formación, de apostolado, los retiros y sobre todo las aventuras y proyectos ´en grande´ que hacíamos los vivía con mi grupo de 30 amigas. Era algo así como una "adolescencia ideal".



Un año después recibimos en casa una noticia: mi hermano mayor, Benjamín, después de haber iniciado con éxito su carrera de ingeniería, decidió dejarlo todo para entrar en la
Legión de Cristo
. Fue un golpe duro e inesperado, a todos nos costaba no tenerlo ya en casa. Sin embargo, creo que a mí fue a quien menos me costó. No porque no le extrañara, sino porque, en cierto modo, su opción me parecía lógica e intuía cuán feliz sería viviendo sólo para Dios.

Mientras mi hermano estaba en el candidatado -periodo de discernimiento antes de ingresar a la Legión- escuché por segunda vez las "campanas". Una noche, mientras cenábamos, mi padre nos pidió que ningún otro miembro de la familia tomara una decisión como la de Benjamín sin antes haber acabado una carrera profesional. Pensé para mis adentros: "O sea... ¡¡me faltan 11 años para poderme consagrar!!". Fue un pensamiento que a mí misma me sorprendió.

Pocos días después fuimos a visitar a mi hermano, quien quiso hablar con cada uno de nosotros, a solas. Cuando llegó mi turno, le conté mi problema: "Papá acaba de decirnos que nadie más se podrá consagrar antes de acabar carrera. Eso quiere decir que a mí me faltan 11 años más...". Y esta vez, el sorprendido fue él. Recuerdo que me preguntó: "¿Tú crees que tienes vocación?" . Y sólo le contesté "". En ese momento, pasábamos por delante de una imagen de la Santísima Virgen, nos detuvimos ante Ella y mi hermano me dijo: "Hagamos un trato. Cada noche, a partir de hoy, vamos a rezar tres avemarías: la primera, por las intenciones del Papa; la segunda, por mi fidelidad a mi vocación; la tercera, por tu fidelidad a la tuya". Han pasado once años, lo hemos cumplido todos los días.

Sólo que a los pocos meses de haber hecho este acuerdo, yo hice una variación en las intenciones. Conocí a un chico que comenzó a ser mi novio. Por lo tanto, mi tercera avemaría de cada noche comenzó a ser por mi fidelidad a mi "vocación al matrimonio"... y durante los cuatro años que siguieron, las campanas no volvieron a sonar.

Cuando cumplí quince años, fui a estudiar a un colegio en Suiza, y un par de meses después de haber regresado a Monterrey, mi novio me dijo que había decidido dar años a la Iglesia a través del Movimiento, a partir del siguiente verano. Fue una noticia inesperada, y sobre todo una exigencia: "Y yo... ¿no podría hacer lo mismo?".

Pocos días después tomé la decisión. Obtuve el permiso de mis papás y comencé a prepararme para realmente poder "dar" algo: llenarme nuevamente de Dios, entregarme a un apostolado, etc.

Al siguiente verano salí de mi casa para ir al curso de preparación para todas las jóvenes que darían años a la Iglesia. Durante la tercera semana del curso, tuvimos un retiro en silencio. Estos días fueron los primeros momentos de verdadero silencio que tenía desde hacía mucho tiempo: la música, el teléfono, las películas, no dejaban mucho espacio a un silencio que me habría permitido escuchar a Dios.

Durante el segundo día de retiro, el sacerdote que lo predicaba nos habló de nuestra realidad de criaturas, de cómo Dios nos había hecho por amor, para una misión particular y para darle gloria a Él cumpliendo su voluntad. Esta verdad que había oído muchas veces, en ese momento caló verdaderamente en mi corazón. Al ir a la capilla, estando delante de Jesucristo Eucaristía, sin saber bien cómo ni por qué escribí: "Señor, si Tú quieres, Tú sabes que dejaría todo para pertenecerte a ti". Era la tercera campana, la tercera y definitiva llamada. Recuerdo que pasé una buena media hora allí preguntándole: "¿Es en serio?, ¿eso es lo que quieres?".

Ya no era una campana, era un concierto de campanas... sabía lo que Dios me estaba pidiendo. Y así se lo dije a mi orientadora. Al día siguiente decidí ir al candidatado, y, lo que aún era más difícil, informar de esto a mis padres, a mi novio y a mis amigas.

Para mis papás, al inicio fue muy difícil aceptar esta decisión, pero después de haber visto, con los ojos de la fe, que éste era el camino que Dios quería para mí, y que por lo tanto sólo en él sería plenamente feliz, me apoyaron totalmente, como siempre habían hecho y como hoy siguen haciendo.

A unos años de distancia, doy gracias a todas las personas que me han ayudado en este camino y sobre todo a Jesucristo, que nunca perdió su paciencia conmigo y que aún hoy toca para mí el concierto de campanas.

María de Lourdes Clariond Domene nació en Monterrey, México, el 26 de junio de 1978. Cursó estudios de humanidades, filosofía y teología en el International Centre of Educational Sciences de Roma. Trabajó durante varios años en la secretaría general del Movimiento
Regnum Christi en Roma. Actualmente trabaja en la formación de adolescentes y jóvenes en esa misma ciudad.

                                                                                                                                                                                                       
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Un apostolado de los Legionarios de Cristo y del Movimiento Regnum Christi al servicio de la Iglesia.

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