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Abril: La guerra interior Capítulo 4 Se acercaba Luis confiaba mucho en mí. No tenía empacho en platicarme cosas íntimas, cosas personales. Confidencias de amigos. Yo sabía cómo le movían las cosas de Dios. Poseía un corazón como pocos. No es fácil internarse en lo íntimo del corazón del ser humano. Cuántos experiencias dentro de cada uno de nosotros que no se perciben al exterior. Luis no era la excepción y sólo él sabía lo que pasaba en su vida interior. Más bien, todos lo conocían por las noches de serenata y lo asociaban con las canchas de tenis: si ese muchacho se tomara el tenis en serio... decía con frecuencia uno de los entrenadores del club. Yo no tenía ese gusanillo interior que movía a Luis; ni tenía el radar que parecía poseer mi amigo para percibir los detalles del amor de Dios. Gracias a estas andanzas terminamos haciendo buena amistad con el P. Carlos. Pero la suya no fue la única amistad que floreció en esos días. Resultó que Ana Fer y sus amigas asistían también a las pláticas. Yo las vi desde el primer día y pensé que no podía desaprovechar esa oportunidad. Al terminar la plática del segundo día, vencí los nervios y decidí salir a buscarla. Desde el primer momento sintonizamos de maravilla. Sus amigas, con una discreción que agradecí, se adelantaron y yo le acompañé a su casa. Cuando llegamos, después de media hora de caminar, yo pensé que estábamos apenas saliendo de la iglesia. Sus amigas ya estaban esperándole para satisfacer la curiosidad en cuanto yo me hubiera marchado. Poder coincidir con ella en las pláticas y reuniones preparatorias de las misiones me hizo asistir con una motivación extra. Por fin llegó el día y salimos a las misiones. Me despedí de Ana Fer en la central camionera porque estábamos destinados a puntos diferentes. Viajamos 18 horas, primero en camión hasta la cabecera municipal; luego, por terracería, en un camión que bien merecía un puesto de honor en algún museo de antigüedades del volante y un último tramo a pie por vereda entre las montañas. Los pueblitos que debíamos atender, ciertamente no eran un destino turístico que digamos. La hermosa vegetación tropical, el sol, la humedad, el calor se combinaban para prepararnos un clima que llegaba a ser agobiante. Casi todas las tardes caía un chaparrón violento. Parecía estar agazapado detrás de las montañas, esperando para caer sobre nosotros tomándonos desprevenidos. Con la misma prisa que parecía llegar, se marchaba dejando olor a tierra mojada y el aire acariciante, delicioso. Luis parecía disfrutar todas las pequeñas incomodidades. Conociéndolo yo sabía que su entrega era sincera. Durante esa semana volvió a su rostro la expresión luminosa, viva, que siempre había tenido y que se había eclipsado en la última temporada. Todo era entusiasmo, se acabaron las melancolías. Ni rastro de esas conversaciones en las que se ponía a filosofar de la vida y que tanto me incomodaban porque no le entendía nada. Por ese lado yo estaba contento porque volvía a ver a ese Luis que conocía. Sentía que había recuperado a mi amigo. El miércoles santo nos mandaron a Luis y a mí a la ranchería más alejada de todas cuantas debíamos atender. Nuestra misión era invitar a las familias para que vinieran a la cabecera a participar de Llegamos a lo que parecía ser el centro social del pueblo: una pequeña placita de perímetro más que irregular con un remedo de quiosco en el centro y un solo edificio sólidamente construido sobre cuya puerta, cerrada a cal y canto, se podía leer en letras desproporcionadamente grandes: PRESIDENCIA. Nos sorprendió aquella soledad porque, según nos habían dicho, el catequista del pueblo estaba avisado de nuestra visita y nos estaría esperando junto a la presidencia. Nos sentamos a la sombra del quiosco para aliviarnos del calor y a los pocos minutos apareció junto a nosotros un niño de 10 años aproximadamente: sin mediar saludo nos dijo con urgencia: - Padrecitos, vengan enseguida que don Aurelio está muy mal. Obedecimos sin saber exactamente por qué y comenzamos a caminar tras él ladera arriba. Después de los primeros pasos se acumularon demasiadas preguntas sin respuesta en mi cabeza. Di dos zancadas, alargué el brazo y detuve al niño obligándole a dar media vuelta y quedar frente a nosotros. - Oye, pero a ver, explícame una cosa: ¿quién es don Aurelio y para qué necesitas que vayamos a su casa?. - Don Aurelio es mi abuelito y vive en aquella casa - volvió su cara hacia la cima de la ladera y señaló la última casa que se veía. - Sí, muy bien, ¿pero para qué nos llevas a su casa? - insistí ya un poco impaciente. Con sus ojos grandes intensamente negros el niño me miró fijamente con un cierto aire de perplejidad y compasión. Con su silencio parecía quererme decir que me ahorraría la humillación de tener que responder a semejante pregunta cuya respuesta era tan clara para su lineal lógica de niño. Luis entendió perfectamente el diálogo sin palabras y abrevió: - Vamos. El niño comenzó a caminar y yo miré, no sin cierto desánimo, la casa encima de nosotros. Mascullé para mis adentros: - Tenía que ser la de mero arriba. - ¿Cómo te llamas?- preguntó Luis al niño. - Chava- contestó directamente con el apócope. - ¿Sabes donde está el catequista?. Se supone que nos iba a esperar en la plaza. - Tiene tres días que se fue a la capital porque se enfermó su esposa y la llevó al hospital. Pero él nos dijo que ustedes vendrían hoy. Por eso, los vimos llegar desde casa de Don Aurelio. - ¿Siempre le dices don Aurelio a tu abuelito?. - Si alguien no le dice así se enoja y da miedo. Aquí todos le tienen miedo: es bien bravo. Luis y yo intercambiamos una mirada pensando lo mismo: ¿dónde nos estamos metiendo?. Unos minutos de caminar cuesta arriba y, jadeantes y sudorosos, llegamos a la casa. Chava se detuvo en el quicio de la puerta como indicándonos por dónde teníamos que pasar. Una mano de mujer retiró la cortinilla que trata de impedir la entrada de moscas y otros insectos. Dimos un paso dentro algo encandilados por el sol y saludamos: - Buenas tardes. - Pasen por favor. Don Aurelio dijo que quería hablar con ustedes y les está esperando - nos respondió la misma mujer de la entrada. - Es mi abuelita Chabela explicó Chava apoyado en el marco de la puerta sin terminar de entrar. Después de unos segundos nuestros ojos se acostumbraron al cambio de luz. La casa era de una sola pieza. Junto a una de las paredes una vieja cocinilla de carbón con una cacerola tapada. Sobre la cocina colgaba un calendario antiguo con la imagen de la virgen de Guadalupe como señalando que Doña Chabela hizo un gesto con los brazos abiertos hacia la puerta como invitando a todos a salir. Obedecieron mansamente. Después dijo en voz baja como si no quisiera que su marido oyera: - Lleva varios días muy mal y siempre que despierta pide que le traigan al padrecito. - ¿No ha venido un doctor a verle?- pregunté con curiosidad. - ¿Pa qué?. El ya lo sabe: de que se muere se muere.- El realismo y la frialdad de doña Chabela nos dejaron algo desconcertados. Después se acercó a su marido, lo sacudió suavemente del hombro para que despertara y le anunció antes de salir en la misma dirección que los demás familiares: - Don Aurelio, aquí están los padrecitos que vienen a verle. Comprobamos lo que Chava nos acababa de decir: hasta su esposa le llamaba don Aurelio y le trataba de usted. Pero lo que me desconcertó por completo fue entender algo que hasta ese momento no había captado: esas gentes pensaban que Luis y yo éramos sacerdotes. Pensé que nos deberíamos ir inmediatamente, que había sido un error subir hasta la casa de don Aurelio. Antes de que pudiera decirle a Luis que nos fuéramos de ahí, él ya estaba sentado junto al enfermo y yo presenciaba la escena de pie a dos pasos de la cama sin atreverme a intervenir. - Don Aurelio, hemos venido a visitarle. - Me quiero confesar. Luis titubeó y tratando de encontrar las palabras adecuadas le explicó que ninguno de nosotros dos podíamos administrarle el Sacramento de - He sido un hombre muy malo, padrecito. Yo sé que Dios me va a castigar y tengo mucho miedo. - No don Aurelio. Dios no nos castiga. Usted pídale perdón por sus pecados y recuerde que la misericordia de Dios es muy grande. Luis le habló por un rato largo de la misericordia de Dios y le ayudó a hacer un examen de conciencia y un acto de sincero arrepentimiento de sus pecados. Don Aurelio necesitaba confesar sus pecados y Luis no pudo evitar que nos contara la parte de ellos que recordaba. Yo escuchaba atónito y entendía por que todo mundo le tenía miedo en la zona, según nos había dicho su propio nieto. Poco a poco el arrepentimiento interno y el acto de contrición que Luis dijo varias veces en voz alta y muy pausada para que Don Aurelio repitiera fueron llenando su corazón de paz. En cierto momento dos lágrimas rodaron brincando entre las arrugas profundas de sus mejillas hasta la almohada mientras asía con fuerza la mano de Luis y le repetía: - Pídale a Dios que me perdone, padrecito. - Bueno, Don Aurelio, nos tenemos que ir. Quede usted tranquilo porque con su arrepentimiento es como si se hubiera confesado, pero yo trataré de que el sacerdote venga a verle en estos días. Ya le dije que yo no soy sacerdote. - Lo será, lo será le dijo el hombre con una mirada de profundo agradecimiento. Por fin cayó agotado y se quedó dormido. Salimos de la casa y nos despedimos de la familia. Doña Chabela para despedirse nos besó la mano a los dos, firme en su convicción de que éramos sacerdotes. Chava nos acompañó a recorrer las demás casas para invitar a Una de las últimas noches de misiones Luis se había dejado caer rendido en una hamaca. Después de un rato de contemplar el cielo limpio y cuajado de estrellas dijo, sin referirse específicamente a nadie: mi cuerpo puede estar hecho polvo pero no cambiaría esta experiencia por nada. Yo, por mi lado, tenía la cabeza muy lejos de allí y no dejaba de pensar en Ana Fer. Con comentarios como el que Luis acababa de hacer, yo estaba seguro de que todavía no se daba cuenta de lo que yo sentía por Ana Fer. Me equivocaba. Sin moverse de la hamaca ni dejar de mirar el cielo y con una sonrisa maliciosa, me soltó repentinamente este comentario: - andas más embobado de lo normal. No me vayas a salir con cosas raras. Lo primero que hice cuando regresé de misiones fue ir a buscar a Ana Fer. Quedé desconcertado y muy desilusionado cuando no contestó mis llamadas telefónicas de tres días consecutivos y decidí averiguar qué estaba pasando. En mi cabeza bullían sucesivamente las más dispares cavilaciones pero la que más me preocupaba era que algún rival se me hubiera adelantado. Claro que para hacer el ridículo no se estudia pero, en fin, ya traía la idea fija en mi cabeza. Pasé por Luis para ir a casa de Ana Fer. Seguramente pensó que se trataría de una visita rápida. Cuando llegamos estacioné el coche en la acera de enfrente de casa de Ana. No podía acerarme porque mi coche difícilmente pasaba desapercibido. Era un Volkswagen sedán y yo le llamaba basurati. Lo había comprado en un remate de coches chocados organizado por una aseguradora. Poco a poco había ido reconstruyendo lo más esencial y mi siguiente objetivo era ponerle las dos polveras para cubrir las llantas traseras, que hasta ese momento estaban al aire. Intenté pintarlo pero el experimento no salió como estaba previsto y le quedó un color amarillo canario que ya no pude corregir por falta de recursos. Me estacioné a unos cincuenta metros de la cochera de Ana Fer. En lugar de bajarme e ir a pulsar el timbre, como hubiera sido lo normal, más bien me arrellané en el asiento. Luego, apoyando las manos en el volante, miré a Luis y con sonrisa ingenua dije: ¡listo! Luis no podía creer que quisiera espiar a Ana Fer. - No inventes -dijo- ¿de verdad pretendes esperar aquí?. Antes de responder vi que Ana Fer salía de su casa. Me apresuré a encender el coche y sonriendo respondí a la pregunta de Luis: - Parece que no será necesario. La seguí hasta la escuela de idiomas. La verdad no sabía cuánto duraría su clase de francés y optamos por recoger a Chagui y Rafles y así, amenizar el rato de espera. Cuando Rafles subió al coche se presentó con unas cervezas y dijo: - Por si hay que esperar. La tarde de primavera era preciosa: la temperatura tibia, el azul intenso del cielo y una ligerísima brisa hacían inaceptable encerrarse en un coche. Nos tomamos las cervezas de Rafles y todos me insistían en que la táctica estaba equivocada y que si alguien se daba cuenta haríamos un ridículo fenomenal. De todos modos, antes de partir no me contuve las ganas de pasar a vuelta de rueda frente a la escuela de idiomas. Mis amigos me bromeaban y exigían que terminase el sainete cuando Luis cambió la expresión de su el rostro y señalando con el dedo casi gritó: - ¡Ahí está!. Salía Ana Fer de - ¡Agáchense!- grité. Todos bajaron la cabeza. En ese momento me ganó el desatino. Como no quise que ella me viera, deslicé mi espalda sobre el respaldo todo lo que pude hasta calcular que mi cabeza no se apreciara desde el exterior. Si acaso lo único visible serían mis manos o la punta de mi nariz. - ¿Qué haces? - me increpó Luis en voz baja y con la cabeza casi metida en la guantera. Mis amigos me regañaron el resto de la tarde. Yo me convencí de que no era forma de manejar las cosas. Me presenté en casa de Ana Fer para saludarle y platicar un rato. Ahí me di cuenta de que habían sido alucinaciones mías. Tanto así que quedamos en ir juntos a una fiesta ese fin de semana. No me imaginaba que por ahí vendrían otras sorpresas. En la fiesta nos presentaron a la prima de Ana Fer, quien más que su prima era su mejor amiga. Sin duda, una chica muy atractiva. De ojos claros y sonrisa abierta. Se llamaba Paola y la reconocimos de inmediato por su intervención en aquel pleito fuera del colegio. Tenía un trato sencillo y muy agradable. Todos pasamos un rato estupendo. Los amigos nos dimos cuenta de que Luis y Pao se simpatizaron de forma especial. Para ser sincero a mí me cayó de maravilla la idea de que yo saliera con Ana Fer y la mejor amiga de ella saliera con mi mejor amigo. Para confirmar mi presentimiento, después de la fiesta cuando íbamos de regreso a casa, le pregunté a Luis por Pao. No dijo nada. Yo, en cambio, le dije que cada vez me gustaba más Ana Fer. Sin duda me estaba enamorando. Así como no queriendo la cosa, le propuse que invitara a salir a Pao para ir los cuatro juntos. - No lo sé respondió - me gustaría esperar. - ¿Esperar a qué? - pregunté. - Sólo creo que debería esperar. Hay algo por lo que no me gustaría comprometerme. - Tranquilo, sólo se trata de salir los cuatro juntos. - ¡Cómo me desesperaba cuando empezaba con sus misterios!. Cambié de tema pero después de un rato, volví a la carga. - Y, ¿si me enamoro? - me respondió inmediatamente. - No es pecado. Un día hay que enamorarse - dije encogiendo los hombros. - Yo creo que me ando metiendo entre las patas de los caballos. Pero mira, de todos modos no hagamos de esto un lío. Tú invita a Ana Fer a cenar y yo le hablo a Pao. - ¡Perfecto! exclamé - . Pero Luis, con toda confianza, si lo prefieres no vamos. - No te preocupes - y lo aprobó con un gestó de confianza - lo que pasa es que debo resolver un asuntillo. - Pues ánimo, y si quieres que te ayude en lo que sea, ya sabes. - Gracias pero, la cosa no es tan fácil. Es una decisión que sólo yo debo tomar. No se lo digas a nadie porque te cuelgo, pero llevo unos meses pensando la posibilidad de irme al seminario. - ¿Qué dijiste? - exclamé casi gritando. Me quedé helado. La verdad es que en el fondo no me extrañaba tanto. Yo intuía y más de una vez había pensado que Luis acabaría saliendo con algo parecido. Yo también había tenido esas mismas inquietudes pero nunca había querido enfrentarlas. Por todo esto, las palabras de Luis me produjeron una mezcla de sorpresa y de incomodidad. Pero Luis siguió su reflexión en voz alta dando por respondida mi pregunta. - No creas, estoy bien confundido. Estos meses han sido una verdadera guerra interior. A veces me asalta una inseguridad enorme. De repente me vienen a la cabeza mil argumentos a favor e inmediatamente otros mil en contra. Luego me harto del debate y digo que estos pensamientos son puras loqueras que, la verdad, yo prefiero seguir mi vida normalita, pero poco después vuelve, sin que yo lo pida, esa espinita que me pica el alma. Me pregunto por qué se me tienen que ocurrir a mí estas cosas. Lo que sí te puedo decir, Marco, es que no pienso quedarme con la duda. Y terminó diciendo- a Dios, si quieres no le pases el balón, pero no le hagas un regate, que te lo va a quitar. Yo feliz, con tal de salir con Ana Fer pero nunca imaginé la lucha interior que vivía Luis. ¿Desde cuándo? ¿Cómo había nacido? No lo sabía. En algún momento yo había pensado que por andar con lo del tenis muy en serio, no quería compromisos. Él mismo me dijo una vez que el deporte era como una novia celosa. Pero el tema de una vocación era un asunto mucho más complejo y delicado. De momento parecía que el asunto estaba suspendido y quedaba sin respuesta, pero conociendo a Luis yo sabía que no se quedaría con la duda. |
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