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¿De qué sirve ser simpático si no se es santo?

El P. Albarto Avi, L.C. nació el 26 de noviembre de 1966. Ingresó al noviciado de la Legión de Cristo en 1996. Estudió filosofía y teología en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum en Roma. Además ha colaborado en centros de formación y tareas administrativas. Actualmente ayuda en la atención y formación de señores del Regnum Christi en Roma. Presentamos a continuación su testimonio vocacional.

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Soy el P. Alberto Avi, nací un 26 de noviembre y soy sacerdote Legionario de Cristo, queriéndolo Dios, para siempre. El P. Marcial Maciel, Fundador de los Legionarios de Cristo, nació al sacerdocio un 26 de noviembre. Algunos dirán que es casualidad. Yo lo veo como un impulso más para mi sacerdocio.

Mi tierra, el Alto Adige, en italiano, o Südtirol, en alemán, es tierra de frontera, cuyas poblaciones la consagraron hace más de dos siglos al Sagrado Corazón de Jesús. Mi Congregación, la Legión de Cristo, se llamaban en tiempo de fundación Misioneros del Sagrado Corazón de Jesús y de la Virgen de los Dolores. Algunos dirán que es casualidad. Yo sé que no es casualidad que sea sacerdote legionario de Cristo.

Comenzó todo un 26 noviembre de hace 40 años. De hecho, soy un nuevo sacerdote ya entrado en años, pero Dios sabe lo que hace: unos precisamente maduran más lentamente que otros.

He estado siempre muy feliz, desde que yo recuerdo. ¡Qué don de Dios! He tenido una niñez muy bonita. Era buen niño, indeciso, entre tímido y espabilado. Muy vivaz: me llevaron varias veces al hospital por golpes en la cabeza, malherido pero milagrosamente salvado cayendo de cabeza de 8 metros de altura del árbol del vecino del que estaba tomando cerezas. Viéndolo ahora, ¡cuántas veces Dios y la Virgen me mantuvieron en esta vida! ¿Para qué? Tal vez precisamente para ser sacerdote. Mi relación con Dios era muy sencilla, como la de todos los niños: el Dios que salva del fracaso en los exámenes en la escuela. Pero Él siempre me llevaba serenamente de la mano y protegía mi fe. Sin embargo, no quería acolitar en la misa y me escapaba del párroco que tal vez ya veía en mí lo que hubiera debido hacer.

No sé porqué, pero en mi adolescencia, viendo a muchos de mis amigos abandonar con mucha superficialidad su fe, yo me puse a defender la fe y la Iglesia. A los 12 o 13 años (la escuela italiana es o era muy politizada) me peleaba con compañeros ya declarada y agresivamente ateos. Me acuerdo mucho de la batalla social, perdida, para la defensa de la vida naciente y contra la legalización del crimen del aborto. Mi párroco montó una radio parroquial y qué aventura para un chico de 14 años el ser improvisado locutor de radio: ¡qué desastres técnicos, pero qué aventuras humanas y espirituales!

De adolescente, quería ser guapo. Más adelante, me di cuenta que esto es un don que algunos tienen y otros no. Así comencé a aspirar a ser simpático. Fueron los años donde uno deja de ser niño, pero todavía no es hombre, los años de los estudios universitarios. Era muy deportista y aventurero. También los libros, ¡qué aventuras! Estudié en el extranjero, en Alemania y Austria, con muy buenos amigos que me ayudaron a crecer y a formarme en la fe. Con 19 años se asomó más concientemente la vocación de seguir a Cristo más de cerca en mi vida. Me acuerdo que fue durante una confesión, no sé porqué, pero me puse a llorar, pero no lágrimas amargas, sino lágrimas de amor y de felicidad. No obstante, las múltiples actividades no me dejaron espacio para reflexionar más profundamente: Me fui a visitar a un amigo en África, estuve en Inglaterra para aprender inglés trabajando en una granja. Quería ser independiente, pagarme los estudios por mí mismo, trabajando como jardinero y profesor de italiano.

En estos años, también hubo experiencias, no siempre positivas, con las chicas. Me gustaban, ¡cómo no iban a gustarme!, pero Dios ponía en mí la nostalgia de la eternidad. ¿Por qué a los otros no y a mí sí? ¿Por qué los demás se conforman con una familia, un automóvil, una casa, un jardín y yo no? Una sed de trascender esta vida. Hacía algo para ayudar a los demás, a los pobres, para ayudar en la parroquia con niños y jóvenes. Comenzó un tira y afloja con Dios: Él llamaba, pero, por el otro lado, ¡qué bonito es el mundo y qué guapas las chicas! Estuve a punto de decirle definitivamente que sí un par de veces a Dios, pero nada, al final ganaba el miedo o el egoísmo. Los años pasaban, terminé la carrera universitaria de ingeniería agrícola y forestal, hice también el servicio militar, encontré un buen trabajo, pero sentía que faltaba algo y que tenía que salir de esta situación de indecisión. Fue ahí cuando me encontré con la Legión de Cristo, en la personas de dos legionarios de Cristo irlandeses, curiosos y simpáticos como todos los irlandeses. Y fue amor a primera vista hacia el modo de ser sacerdote de los legionarios de Cristo.

¿Por qué me enamoré de la Legión de Cristo? No lo sé, como uno no puede explicar por qué se enamora de una chica. Me acuerdo que la decisión definitiva de dejarlo todo para seguir a Cristo en la filas de la Legión la tomé en un retiro espiritual, en el mes de mayo, de las manos de María. No fue fácil dejarlo todo, sobre todo la familia. El corazón sangra, pero al mismo tiempo el alma se abre a horizontes infinitos. Sin la ayuda especialísima de la gracia de Dios, creo que es imposible hacer este salto al vacío. Fue así que entré en la Legión de Cristo, donde gracias a Dios pude confirmar y afianzar lo que había sólo intuido en el enamoramiento inicial. Si antes lo que quería era ser simpático, caer bien, me di cuenta que ahora no servía de nada ser simpático, si no era santo, o intentaba serlo.

Comprendí también la importancia del amor y del amor de Dios en mi vida y sigo pidiendo a Dios que me dé la gracia de crecer en este amor. Ser santo no es otra cosa que sentirse profundamente amado por Dios. ¿Qué he hecho en estos años de formación en la Legión de Cristo precedentes al sacerdocio? He estudiado, he trabajado, pero sobre todo he vivido un pedazo de cielo por el ambiente de caridad y de sincero esfuerzo por la caridad. ¡El amor, el amor! ¿Qué otra cosa, si no el amor de Dios, salvará al mundo? Lo que pido al Señor, ahora que soy sacerdote, es ser un portador de su amor en el mundo.


                                                                                                                                                                                                       
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Un apostolado de los Legionarios de Cristo y del Movimiento Regnum Christi al servicio de la Iglesia.

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