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¿Cómo explicar?
Capítulo 5.

          ¿Ha pensado usted con qué cara le explica a ella que usted ha recibido en sueños un llamamiento del cielo, y que ha visto una estrella más gorda y que tiene que seguir a esa estrella, hasta encontrar...?

 

Después del sueñoo de la estrella, después de esa primera decisión: Quizás me voy al Oeste, después de la primera manifestación compartida en la confianza, surge la necesidad de explicarse a uno mismo la llamada. El corazón anhela. No descansa. Y la escena se vuelve a repetir: ¿Qué buscáis?. Hay mil maneras de buscar. Pero quizás existe una sola cosa que cualquier corazón persiga. ¿Se llama felicidad, dicha, alegría, realización, amor? Melchor, como todos los nacidos de mujer, buscaba la misma cosa.

 

Es una gran suerte y fortuna que detrás de lo que el corazón anda ansioso, tome vida. Y además se le acerque a uno, se deje ver y pase delante. Entonces los pies se ponen en movimiento y una voz -una voz que antes quizás nunca se había escuchado, pero que estaba ahí- te pregunte: ¿Qué buscas?. No basta el arranque inicial. No es fácil explicarlo al primer momento. Se requiere hablar largo y tendido, a solas, con uno mismo. ¿Qué buscas? ¿Qué busco?.

 

A cualquier edad se puede descubrir a Dios. Pero hay algunas almas privilegiadas, como Melchor, que han percibido una invitación muy especial. No la merecen. Y ellos mismos lo saben. No son dignos, pero la llevan en las entrañas.

 

Si Dios existe, ¿por qué no va a seguir llamando? Si Dios no se ha olvidado del mundo, necesariamente tiene que echar mano de hombres y mujeres que le ayuden. ¿Por qué yo no puedo ser uno de ellos?

 

A solas intentamos comprender... Le damos vueltas. Nos sucede lo que a esos científicos de la Nasa que trazan planos, miden distancias, calculan materiales... Y así fabrican cohetes -según ellos perfectos- que envían al espacio sideral. Pero esto que ahora llevamos entre manos, esa idea que no puedo desechar, ese gusano que me corroe por dentro, esa Allamada@ no sigue ecuaciones ni fórmulas lógicas. Viene de Dios. 

 

Melchor lo sabía. Sabía que esa estrella más gorda escondía algo, Alguien. La vocación, como Dios, no es algo que construir o que hacer, sino Alguien que recibir. Una niña de dieciocho años llamada Teresa, carmelita de Lisieux, escribía a su hermana: Antes se cansará él de hacerme esperar que yo de esperarlo.

 

¿Cómo se las ha ingeniado Dios para que yo vea y perciba algo diferente, quizás nuevo y extraño? ¿Por qué ahora? ¿Por qué yo? ¿Por qué?

 


Melchor daba vueltas a los signos del cielo. Uno a uno los volvía a considerar. Consultaba pergaminos. Y siempre lo mismo: No es evidente. Y otra vez ese tira y afloja de pensamientos, de cálculos. Entonces el alma se esponja y el corazón se convierte en un péndulo que va desde Dios hasta los más secretos apegos. Melchor, al inicio, no quería fiarse de la estrella, ni de la llamada. Le parecía que sería suficiente con seguir donde estaba, ser mejor y no hacer mal a nadie. La estrella seguiría brillando en las alturas. ¿Qué importaba si el no le hacía caso? ¿Dejaría de lucir? Prefería tenerla lejana, en lo alto. Nada de compromisos. De ninguna manera debería entrometerse en su vida: -Tengo familia, esposa, un porvenir asegurado, ...Melchor había cerrado su telescopio. De noche no se atrevía ni a apoyarse en la ventana. Era incapaz de contemplar el tapiz estrellado. Sabía y temía. Pero la estrella la llevaba dentro, clavada en su alma. Lo sabía.

 

Y otra vez el péndulo del pensamiento se columpia entre Dios y nosotros mismos. Un poco de mundo, un poco de tiempo, un poco de bienestar. Miedo ante el futuro. ¿Y si me equivoco? ¿Y si la cosa no funciona? ¿Y si...? ¡No estoy seguro!

 

Melchor un día -lo tiene bien apuntado en su diario- se decidió a seguir el llamado, porque comprendió, porque entendió que la estrella le llevaba a un Niño que acababa de nacer, a un Niño que era Rey. No se trata de seguir un lucero nocturno, por blanco y luminoso que parezca. La estrella un día morirá y no dejará rastro. La estrella, gorda y brillante, bailaba en la noche para indicar el camino. Una estrella no puede dar amor. Por una estrella no se entrega la vida. No valdría la pena entregarse a un ídolo de luz.

 

Es tremendo tener que reducir a la simplicidad el problema. Se trata simplemente de seguir. Por ahora, no hacen falta más datos. Tampoco cabe escapatoria. Ya entiendes algo más. Ya vesmás claro. Ya comprendiste. Sabes que una persona divina, Jesucristo, te ha salido al paso en la vida. Y eso -¡normal!- te ha producido inquietud y temor.

 

Hasta ese momento Jesucristo sólo había sido para ti un ser lejano, quizás histórico, la segunda persona de la Trinidad y el Hijo de Dios que nacería,... Jesucristo para ti no pasaba de una simple idea, a lo mucho un nombre pronunciado por la abuela en el calor del hogar. Ahora, en cambio, se presenta en persona. Y para no violentar tu libertad, envía sus mensajeros: aquellas palabras, aquel buen ejemplo, ese libro que leíste durante las tardes de invierno, el testimonio de aquel misionero, la vida de aquellas monjitas, las yedras del cementerio, el deseo de ayudar a los demás...

 

Y entonces el Niño de Belén, que anuncia la estrella, te parece cercano, grande, majestuoso, bello. ¡Sublime! Y no viene solo, porque junto a él apareces tú, tu familia, tus seres queridos. La felicidad y la dicha se asoman a tu vida. El panorama es inmenso, como el universo. En vez de estrellas ves almas: hombres y mujeres, jóvenes y viejos que gracias a una pizca de generosidad serán eternamente felices, para siempre, para siempre...

 

Ese Apara siempre@ vuelve a martillear tu alma, dejándola esponjosa, suave. Entonces experimentas los mismos reclamos: las misiones, el carmelo, la vida religiosa, el sacerdocio,... Es el eco fresco y cercano de aquel: Venid y veréis. Dejarlo todo -poco o mucho-, por el Todo, porque Él lo merece todo.


¡Venid y ved!. Jesucristo habla. Jesucristo invita. ¿Ir junto a Él, caminar a su lado? ¿Para qué? Ir con Él, oírle, sentir cómo el corazón se apacigua y se colma. Palpar cómo la vida adquiere de repente peso, fuerza y gravedad. Jesús habla. Sigue hablando por medio de sus mensajeros, de sus estrellas. Es la continuación de un diálogo que puede durar toda la vida y -¡maravilloso!- toda la eternidad.

 

 

¡Venid y ved!. No existe todavía un compromiso serio. Simplemente ocurrió que Dios y Melchor coincidieron; que Dios y tú coincidisteis en aquel preciso momento, en aquella circunstancia, con aquella persona,... Ya no te es posible seguir viviendo como antes. Te sucede lo mismo que a aquellos pescadores de Galilea. Trabajar de noche, dormir de día, preparar las redes y las barcas, salir otra vez al mar al atardecer, pescar, no pescar... ¿Para qué?

 

Los ojos de Melchor son grandes como platos. Su mirada se ha dilatado. Su telescopio apunta a más personajes: Jesucristo, los demás, el bien, la eternidad. Melchor ha recibido una carta, como cada uno de los llamados. Aunque te empeñes en romperla, no por eso habrás dejado de recibirla. Una carta te plantea un problema: contiene una llamada y te trae la felicidad.

 

Otro forcejeo. ¿Cómo explicarme que Jesucristo y las almas valgan más que todas las bellezas y vanidades de este mundo? En una balanza imaginaria pones de un lado todos los placeres, el dinero, diversiones, chicas, confort... Pesan poco, porque sin Jesucristo son simplemente una carga que tarde o temprano acarreará la infelicidad.

 

Es imposible entender el porqué de esta predilección. Muchos Magos había en Egipto y en Madagascar y en la Conchinchina, pero sólo tres Avieron@ la estrella. Más bien, sólo tres fueron vistos por la estrella con tanta predilección. Melchor pensó seguramente en tantas almas que no conocían ni jamás conocerían al Niño; en tantos Magos de la vida que vivirían amargados, esclavos de sus apetitos; en tantos amigos, conocidos y compañeros de generación -sin duda mejores, más inteligentes y mejor dotados- que el Niño no había elegido. Melchor mirándose las manos, contemplaría sus dedos. No las quería ver vacías al final de su existencia. Melchor sabía -si es que alguna vez llega a ser evidente- que de esas manos dependería la felicidad de muchas personas.

 

¡Melchores!, la vocación no se puede comprender ni con la inteligencia ni con los ojos humanos. ¿Oscuridad? ¡Misterio! Sólo quien posee un corazón grande, tamaño estrella, podrá amar y dejar que Dios penetre e inunde su alma.

 

Realmente no hay motivos objetivos, definitivos. No es verdad que Jesucristo llame a los mejores. Lo único cierto es que Dios, adaptándose a cada persona, hace comprender a cada uno que le pide una decisión. Por encima de tus razones o sinrazones están las de Dios. Te quiso sacerdote... Te pidió consagrarte... ¿Por qué? Quizás lo sepas con certeza el día de tu muerte. En tu sí asentarás la felicidad eterna. Probablemente sea esto lo único que puedas explicar.


                                                                                                                                                                                                       
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