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Carta de Eleazar, el sabio. Amigo Melchor: Ayer mismo llegaban a mis manos tus páginas. Me las entregó un conocido mercader originario de esta región que por lo visto se cruzó contigo allá por Judea y al que tú le encargaste que me las trajera. Te lo agradezco mucho, Melchor. He leído con detenimiento esos pliegos en los que vas contando todos los acontecimientos y las experiencias de tu viaje y permanencia en el Oeste. Me dio mucho gusto saber que te fueron muy útiles las provisiones que te recomendé: las mantas, los dátiles e higos, el puñal, la cantimplora... y todo lo demás... Recuerdo muy bien tu partida. Vi en tus ojos lo que pasaba en tu corazón. Sabía que ese desgarrón y esa amargura al alejarte te acompañarían varios días. Y por lo que cuentas, después no han dejado de reavivarse de vez en cuando. Es normal. No eres de palo. Sabes amar. Dejar y distanciarte de lo que amas cuesta. Cuando se vuelvan a despertar esos sentimientos, no te abatas ni te aflijas. Renueva tu amor por quien lo has dejado todo y que ahora debe llenar tu vida. Me alegro de que hayas mantenido firme tu fe en la estrella, a pesar de habérsete ocultado varias veces. Sé que no es fácil seguir confiando cuando parece reinar en el alma la más densa oscuridad. A nadie le gusta seguir avanzando a tientas, sin otra seguridad que la de saber que la estrella del llamado sigue brillando aunque ahora no se alcance a ver. No dudes nunca de su existencia; aunque se espesen las tinieblas y arrecien las pruebas. La vocación es para siempre, es eterna, como el amor de Dios que te llama. No puede extinguirse. Tal y como me pediste, he saludado de tu parte a Ramsés, el peregrino. Volvió a pasar por aquí hará un par de semanas, sembrando por doquier, como de costumbre, buenas inquietudes con sus historias. Se alegró mucho al saber de ti. Me dijo que quizá te escribiría pronto. El otro día me encontré en la plaza a David, tu amigo. Charlamos un rato. Hablamos de ti. También él desde niño quiso irse al Oeste (¿recuerdas?), pero sus padres no lo dejaron entonces porque era pequeño, ni lo dejaron después, porque les era demasiado útil en casa. Por cierto, ya se casó. Con todo, aún percibo en él rasgos de insatisfacción y sé que difícilmente se le borrarán. Bien, Melchor, empiezo a fatigarme. Ya sabes que a mi edad me cuesta mucho escribir. A decir verdad, me cuesta ya hacer cualquier cosa. Siento que mis días se acortan. He hecho muchas cosas en mi larga vida y muchas de ellas me han hecho muy feliz. Pero hay una que me ha colmado de dicha como ninguna otra: el haber podido ayudarte a cumplir la voluntad de Dios. Moriría satisfecho sólo por eso. Verás cómo el día que tú lo hagas por alguien sentirás lo mismo. No insistas en darme las gracias, mi recompensa es tu misma felicidad y la de aquellos a los que tú ayudes a ser felices. Un fuerte abrazo. Eleazar. |
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