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Escarlata y negro: los Cardenales de la Iglesia.
Manuel Cevallos Alcocer. Fuente: Cónclave 2005.

Pocos acontecimientos han despertado tanta expectación como la muerte de Juan Pablo II. Sería demasiado pretensioso clasificar las reacciones, efectos y consecuencias que ha tenido la muerte de Juan Pablo el Magno, como ya se le empieza a llamar. Sin embrago, hay algo que reviste una particular importancia en estos momentos del interregnum: la delicada misión que tienen por delante los cardenales de la Santa Iglesia Romana en el cónclave.

No es extraño que hoy en día se considere a estos prelados como un grupo de políticos que se reunirán para deliberar, después de un cansado tira y afloja, sobre quién deba ser el sucesor de Pedro. Algunos  creen que son el equivalente de los ministros de un jefe de gobierno, el gabinete del Papa en el que están representadas todas las tendencias; de la izquierda hasta la derecha pasando por varias tonalidades de centro. Esta forma de ver las cosas es una herencia de los abusos cometidos por un exiguo número de cardenales de la época del Renacimiento (abusos causados por la falta de conciencia de su verdadera misión) y del pensamiento ilustrado de la revolución francesa. Conviene aclarar quiénes son los cardenales y qué papel tienen en los próximos días que se celebrará el cónclave.

¿Quiénes son estos señores vestidos de sotana negra y banda roja, o completamente de rojo en ciertas ceremonias? Echemos un vistazo a lo que dice la ley de la Iglesia en el Código de Derecho Canónico -promulgado por cierto, por el recientemente fallecido Juan Pablo II en 1983- en su canon 349: «Los Cardenales de la Santa Iglesia Romana constituyen un Colegio peculiar, al que compete proveer a la elección del Romano Pontífice, según la norma del derecho peculiar; asimismo, los Cardenales asisten al Romano Pontífice tanto colegialmente, cuando son convocados para tratar juntos cuestiones de más importancia, como personalmente, mediante los distintos oficios que desempeñan ayudando sobre todo al Papa en su gobierno cotidiano de la Iglesia universal».

Son pues, un conjunto de obispos o arzobispos que con su servicio directo o indirecto al Santo Padre, le ayudan en el gobierno de la Iglesia. De hecho, el origen histórico de este grupo de estrechos colaboradores del Papa muestra muy bien el sentido de su misión dentro de la Iglesia. En la primitiva comunidad cristiana de Roma, su obispo -el Papa- era el responsable del cuidado pastoral y doctrinal de los fieles. Con el tiempo,  el número de cristianos se incrementó, de modo especial en las zonas rurales. El obispo de Roma, y en general los obispos de las ciudades más importantes del orbe cristiano como Jerusalén, Antioquía y Alejandría, se vieron en la necesidad de nombrar de entre los presbíteros a obispos que les ayudaran con las comunidades rurales y con las que habían sido las Iglesias madre de éstas, o sea, aquellas en donde se reunían los fieles que habitaban en una zona determinada. En el caso de Roma, algunas de estas Iglesias madre tenían designados lugares específicos de culto que ostentaban un titulus, o sea, un letrero que indicaba que esa era el lugar de culto. Con el tiempo, se llamaron a éstas Iglesia titulares. Los diáconos de ciertas zonas de la ciudad  jugaban también un papel importante en la tarea organizativa y ministerial de la Urbe. De esta manera, los cardenales surgieron de los presbíteros de los 25 iglesias cuasiparroquiales (titulares) de Roma, de los 7 diáconos regionales, 6 diáconos palatinos y de los 7 obispos suburbicarios (es decir, de las comunidades  rurales aledañas a la ciudad) y empezaron a fungir como consejeros y colaboradores del Papa. Desde el año 1059 son electores exclusivos del Papa y a partir del año 1150 formaron el Colegio Cardenalicio con un Decano, que es el Obispo de Ostia, y un Camarlengo en calidad de administrador de los bienes.

Hasta aquí, a grandes rasgos, la parte histórica. Obviamente, ha habido un  sinfín de cambios en la estructura y en el modo de ejercitar esta acción colegial a lo largo de los siglos, pero el objetivo de estas líneas no permite extendernos en ello. Consideremos mejor lo que tienen que tener en cuenta los cardenales de cara a la elección del Sumo Pontífice.

En primer lugar, tienen que considerar la situación en la que se encuentra la Iglesia universal en el momento presente y cuáles son las necesidades más apremiantes, sea en el campo pastoral, sea en el doctrinal y disciplinar. Un segundo aspecto que considerarán en los días previos al cónclave, en las distintas reuniones que sostienen entre ellos, es la de dar continuidad a la labor del difunto Pontífice. En este campo se amplían las perspectivas de análisis, pues el largo y fructífero pontificado de Juan Pablo II ha tocado prácticamente todos los puntos de acción de la Iglesia, desde el cuidado pastoral y el contacto directo con las almas en sus diversos viajes hasta el diálogo ecuménico e interreligioso. Y finalmente, consideran a un nivel más particular las situaciones de los diversos continentes y países. Son estos aspectos los que de una manera muy sumariamente expresados aquí habrán de ser materia de reflexión y oración para los cardenales.

De lo anterior se puede ver con mayor claridad que la visión politizada que tiene la mayoría de la gente de lo que significa la dignidad cardenalicia no es lo más cercano a la realidad. Es muy cierto que en un grupo tan extenso de obispos y arzobispos haya una gran variedad de opiniones, percepciones y modos de pensar que derivan de su propia experiencia pastoral o de colaboración en la curia romana. No es lo mismo la percepción de la realidad de la Iglesia que puede tener el Card. Julius R. Darmaatmadja, que es Arzobispo de Yakarta (Indonesia), a la que puede tener el Card. Giovanni Battista Re, que es un obispo que ha trabajado toda su vida ministerial en la curia romana. También resulta obvio que habrá diferencia en sus líneas de acción para afrontar un mismo problema, pero esto no significa que sus visiones estén impregnadas por una lucha de poder. No va por ahí el asunto que traen entre manos. Las diferencias son una muestra de la universalidad de la Iglesia y, vistas desde el ámbito de la fe, enriquecen.

Hay un aspecto que los acomuna a todos: su vocación de servicio a la Iglesia. A este respecto son significativas las palabras que el ritual del consistorio (la ceremonia en la que se inviste a los nuevos cardenales) pone en labios del Papa mientras les impone el birrete cardenalicio: «(Esto es) rojo como signo de la dignidad del oficio de cardenal, y significa que estás preparado para actuar con fortaleza, hasta el punto de derramar tu sangre por el crecimiento de la fe cristiana, por la paz y armonía entre el pueblo de Dios, por la libertad y la extensión de la Santa Iglesia Católica Romana». Independientemente de las múltiples visiones y percepciones al interno del colegio cardenalicio sobre el mundo y la Iglesia, son hombres que han prometido fidelidad al Santo Padre y que han aceptado llevar sobre sus espaldas el peso del gobierno de la Iglesia en la medida en que a cada uno la Providencia les ha asignado. Son hombres que han dado su vida por esto y su nombramiento no es una mera condecoración a sus méritos -muchos de ellos han vivido una fidelidad heroica a la Iglesia en medio de persecuciones- sino una invitación a tomar parte de modo especial en la cruz de Cristo.

Una cosa queda firme: que es el Espíritu Santo quien a través de todas las vicisitudes humanas guía la Iglesia de Jesucristo, de especialísimo modo en lo que ve a la elección del Sumo Pontífice. No es una tarea fácil y los señores cardenales de la Santa Iglesia Romana necesitan el apoyo de nuestras oraciones para tan alta meta. No es cosa fácil, pues, llegar al Habemus Papam.


                                                                                                                                                                                                       
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