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Chiara Lubich, Fundadora de los Focolarinos (Extractos de diversas conferencias) Estaba en Loreto, en el santuario de María. Había ido a aquella ciudad porque había un congreso de estudiantes católicas. Estábamos en 1939. Todavía no conocía lo que el Señor quería de mí y no me preocupaba. La primera vez que entré en la casita, custodiada por una Iglesia-fortaleza, experimenté una gran emoción. No tuve tiempo para preguntarme si era o no históricamente cierto que aquella fuese realmente la casa donde vivió la Sagrada Familia. Me encontré sola, sumergida en aquel gran misterio, y entre un llanto casi continuo -cosa insólita en mí- me puse a meditar sobre todo lo que podía haber sucedido allí: el anuncio del ángel a María, la vida de los tres: Jesús, María y José. Tocaba con veneración aquellas piedras y aquellas maderas, reconstruyendo en mi fantasía la casa construida por José. Me parecía que oía la voz del niño Jesús, le veía atravesar la habitación, y miraba aquellas paredes privilegiadas en las que habían resonado la voz y los cantos de María. Mientras mis compañeras permanecían en el colegio donde nos hospedábamos, yo, aun siguiendo el congreso, no había día que no corriese a la casita. Y allí sentía siempre, más o menos, la misma impresión, la misma profundísima emoción como si una especial gracia de Dios me envolviese completamente, como si lo divino casi me aplastase. Era contemplación, era oración, era, en cierto modo, convivencia con los tres. Después el curso concluyó con la misa precisamente en aquella gran iglesia atestada de gente. Yo participaba con todo mi ser. De pronto comprendí: he encontrado mi camino y muchas, muchas personas, lo seguirán. A un sacerdote que me preguntó cómo me había ido en Loreto, le respondí: He encontrado mi camino, ¿Cuál? -continuó-, ¿el matrimonio? No, le dije. ¿La virginidad en el mundo? No. ¿El convento? No. La casita de Loreto había revelado a mi corazón algo misterioso y sin embargo cierto: un cuarto camino. Cuarto camino que después se concretaría, a imagen de la Sagrada Familia, en una convivencia de vírgenes y casados, todos entregados a Dios, si bien de distinta forma, es decir, el focolar. No hizo falta que me animaran o me sostuvieran, porque todo siguió como antes, hasta 1943. (...) Imaginad una joven enamorada; enamorada de aquel amor que es el primero, el más puro, aún no declarado, pero que empieza a quemar el alma. Con una sola diferencia: la joven así enamorada, en esta tierra, tiene en los ojos la figura del amado; no lo ve, ni lo oye, ni lo percibe, ni advierte su perfume con los sentidos del cuerpo, sino con los del alma, a través de los cuales el Amor ha entrado y ha invadido completamente. De aquí nace una alegría característica, difícil de volver a probar en la vida, alegría secreta, serena, exultante. (...) Me puse mi mejor vestido, aunque pobre, y me encaminé, atravesando toda la ciudad, hacia un pequeño colegio. Arreciaba una tormenta tan fuerte que tuve que abrirme camino empujando hacia adelante con el paraguas. También esto tenía su significado. Me parecía que expresaba que el acto que estaba haciendo encontraría obstáculos. Aquella furia de agua y de viento contrario me parecía el símbolo de que alguien era mi enemigo. Apenas llegué al colegio, cambió la escena. El enorme portón se abrió solo, automáticamente. Sensación de alivio y de acogida, como brazos abiertos de aquel Dios que me esperaba. La pequeña iglesia estaba adornada lo mejor posible. En el fondo destacaba una imagen de la Virgen Inmaculada. Delante del altar, más allá de la balaustrada, había un reclinatorio preparado con esmero. Antes de la comunión vi, durante un instante, lo que estaba a punto de hacer: había atravesado un puente con la consagración a Dios; el puente se derrumbaba detrás de mí, y ya no podría volver al mundo. Sí, porque mi consagración no era sencillamente como la fórmula que después leí ante la Eucaristía elevada frente a mí: Hago voto de castidad perfecta y perpetua; era otra cosa. Yo me desposaba, me desposaba con Dios. Y eso no significaba solamente pureza, ni matrimonio humano, sino dejarlo todo: padres, estudios, escuela, diversiones, todo lo que en mi pequeño mundo había amado hasta entonces. Aquel abrir los ojos sobre lo que estaba haciendo fue inmediato, breve, pero tan fuerte, que me cayó una lágrima en el misal. Trento había sufrido un violento bombardeo; también mi casa quedó destruida e inhabitable. Era necesario evacuar, buscar refugio. Ya había empezado algo el movimiento, por lo que yo sentía que tenía que permanecer en Trento. Pero, ¿cómo podía dejar sola a mi familia, a la que amaba muchísimo, en aquellas condiciones y sin un sitio adonde ir...? Estuve pensando en esto toda la noche y lloré mucho bajo la bóveda del cielo estrellado. En un determinado momento recordé una frase de Virgilio, que había aprendido en el instituto: Omnia vincit amor, y la tomé como inspirada desde lo alto. Todo, todo, todo, ¿también eso tenía que vencer el amor? Y pronuncié mi sí. Mi padre me comprendió enseguida, y me dio su consentimiento. Mi madre, en cambio, se opuso. En aquella época, yo era la única que ganaba algo, dando clases particulares, y ella no conseguía explicarse por qué precisamente yo, que siempre había ayudado a la familia, en aquel momento, el más terrible, había decidido dejarles solos. Pero después mi madre siempre me apoyó y vivió serena junto a nosotros, hasta los 94 años. Tras dejar a los míos, que se encaminaron hacia la montaña, angustiada pero segura -era de madrugada-, me dirigí hacia el centro de la ciudad bombardeada. Calles vacías, árboles arrancados, todo destrozado. Fui a buscar a mis compañeras para ver si todavía estaban sanas y salvas. Por la calle me salió al encuentro una mujer. Parecía enloquecida. Se me han muerto cuatro, me repetía asiéndome por los hombros. Frente a aquel dolor, mi dolor me pareció muy pequeño, y decidí desde entonces olvidar mis lágrimas para acoger las de toda la humanidad. Estábamos en tiempo de guerra; las bombas caían por doquier destruyendo parte de la ciudad y causando víctimas. Precisamente por medio de las bombas, el Señor parecía darnos a nosotras, jóvenes, su propia lección: ya que todo se derrumbaba a nuestro alrededor, nuestros ideales tampoco podían realizarse. Por ejemplo, yo no podía continuar mis estudios de Filosofía en otras ciudades por la barrera de la guerra, y mi compañera no había podido realizar su ideal porque el novio no había vuelto del frente. Y así las otras habían visto derrumbarse las casas, las escuelas, las obras de arte..., todo lo que ellas amaban. En fin, la lección que el Señor nos estaba dando se podría resumir en una frase: todo es vanidad de vanidades, todo pasa. A pesar de ser muy jóvenes, podíamos morir de un momento a otro, porque en los refugios donde íbamos no se tenía una defensa segura contra las bombas. Estábamos, por tanto, continuamente, ante la ocasión de presentarnos delante de Dios. Y fue esta meditación constante la que acrecentó en nosotras el deseo de encontrar el modo de que Dios fuese, verdaderamente y lo antes posible, nuestro ideal. Nos preguntábamos: ¿habrá un ideal al que poder dedicar toda nuestra existencia?, ¿un ideal que no pase nunca?, ¿un ideal que ninguna bomba pueda destruir? Y llegó la respuesta: Sí, existe este ideal. Es Dios. Decidimos todas juntas hacer de Dios el porqué de nuestra vida. Y, en medio del furor de la guerra, fruto del odio, Dios se nos manifestó, bajo la acción de una gracia especial, como Él es verdaderamente: como amor. También antes creíamos en Él y tratábamos de amarlo. Pero en aquel momento lo comprendimos de una manera nueva. Fue como una fulguración, como el descubrimiento de una verdad que hasta entonces no habíamos comprendido. Dios es amor. Por tanto, nos ama. Entonces todo lo que nos sucede, alegrías y dolores, todo está previsto por Él, todo ha sido querido o permitido por su amor. Y nuestra vida adquirió un significado novísimo. Dios se revelaba como Padre. Y nosotras nos sentíamos hijas. Esta convicción, esta fe en su amor, fue tan fuerte, y penetró tan profundamente en nuestro espíritu, que nos llevó a la conclusión de que, si hubiéramos sido víctimas de la guerra, habríamos deseado tener como nuestro nombre, sobre una sola tumba, las palabras: Nosotras hemos creído en el amor. Para resguardarnos de los bombardeos, nos encontrábamos en un sótano oscuro. A la luz de una vela abríamos el Evangelio. Fue el inicio de un nuevo y no menos fulgurante redescubrimiento de todo su contenido: No todo el que dice (Señor, Señor!, (...) sino el que cumple la voluntad de mi padre, éste es quien me ama. ¿Pero habrá una voluntad de Dios que le agrade especialmente, de forma que si fuéramos inmediatamente ante Él, estuviese contento de nuestra elección? Sí: el suyo y nuevo mandamiento de Jesús, Que os améis los unos a los otros como yo os he amado. No hay amor más grande que dar la vida por los amigos, parecería ser la respuesta. Inmediatamente, puestas en círculo, se miraron la una a la otra declarándose: Yo estoy dispuesta a dar mi vida por ti. Y yo por ti. Y yo por ti. Todas por cada una. |
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