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El Discipulado en el Cristianismo
Capítulo 5

A la vista de las observaciones anteriores, se debe solamente esperar que el cristianismo, que reconoce la naturaleza supremamente personal de lo divino, debe depender enteramente de una sola persona, del Dios-hombre el único que tiene acceso inmediato a la vida más íntima de Dios. "Nadie ha visto a Dios jamás: el Hijo unigénito que está hablando y actuando con el Padre, es el que le ha dado a conocer". (Jn. 1:18) porque Dios se hizo hombre y manifestó la vida divina en forma humana, nuestro conocimiento de Dios como el ser infinitamente personal fue elevado a su más alta perfección. El conocimiento de Dios que adquirimos a través de otros hombres o de las creaturas es mucho más inferior.

Sin embargo, es solamente adhiriéndose a Cristo que el discípulo puede hacer suyo el conocimiento que Cristo nos trae sobre la vida íntima de Dios. El discípulo debe ser su íntimo para aprender lo que Dios es y para descubrir en él la garantía por la verdad de lo que él mismo no comprende.

Mediante la intimidad con Cristo el discípulo no adquiere ciencia o erudición, sino la sabiduría que se refiere a la salvación y al correcto acercamiento a Dios. Este es el motivo por el que el discipulado es la mera esencia del cristianismo. Además, puesto que solamente el Dios-hombre encarna la perfecta revelación de la vida íntima de Dios, sólo Cristo puede traernos a Dios.

La adhesión a Cristo no está abierta a los peligros y limitaciones que trae el discipulado bajo la tutela de un maestro meramente humano. Las profundidades más íntimas de cada corazón humano se abren delante de él como Dios. Con él, por lo tanto, ni necesitan ser ni debe haber cualquier reserva. Más bien, por su asociación con Cristo, el discípulo debe ser transformado de tal manera por la mente y actitudes de Cristo que pueda decir, "Cristo vive en mí" (Flp. 2:5; Gál. 2:19 s.). De hecho, tan íntima es su viva unión con Cristo que puede ser comparada a la unión entre la vid y sus sarmientos o entre la cabeza y sus miembros. Él permite que Cristo posea el mero meollo de su ser de modo que su vida entera pueda irradiar a Cristo.

En el curso del tiempo nada en el discípulo permanece sin ser tocado por la influencia transformadora de Cristo. Esta santificación, sin embargo, es un trabajo común para Cristo y el discípulo, y el discípulo acepta libremente su influencia y coopera con ella. La parte de Cristo es pura gracia no merecida; la parte del discípulo es plena libertad.
El nuevo elemento del cristianismo que causa felicidad es su inigualable discipulado, del cual se deriva todo lo demás en el cristianismo. Hay, por supuesto, leyes y reglas, pero su intención es fomentar más el discipulado.
                                                                                                                                                                                                       
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