
La búsqueda de la felicidad
P. John Doyle LC
Todo hombre quiere ser feliz. Gastamos mucho dinero persiguiendo la belleza del cuerpo. Se han escrito muchos libros sobre cómo encontrar la fórmula mágica que nos dé la respuesta nuestro ansia de felicidad eterna. Este incesante anhelo, grabado en el corazón del hombre, motiva cientos de decisiones. Pero la felicidad parece dormir para muchos de nosotros, precisamente en el momento en que pensamos tenerla en nuestras manos, o suponemos que debería aparecer a primera vista.
Recuerdo que tenía unos ocho años, y disfrutaba mucho de mi cumpleaños. Solía esperar cada cumpleaños con la misma alegría con la que esperaba la llegada de la Navidad. Aquel año me regalaron un helicóptero Legos. ¡Estaba encantado! Era amarillo brillante, con hélices negras, y hasta podía poner a un hombrecito en su cabina. Estaba tan contento... Estuve muchas horas volando con él por toda la casa.
Una semana después, lo guardé en el armario de los juguetes, mientras mi madre se iba de compras. Era el juguete que más me había gustado. De repente todos me volvieron a encantar. Volví mi vista sobre mi Estación Espacial Legos; quería que fuese mi juguete preferido. Mi fascinación por el helicóptero de juguete se desvaneció en un instante. De repente, todo lo que yo quería era la estación espacial, y no dejé de insistir a mis padres hasta que me lo compraron, además de otro kit para mi Legos.
Pero cada vez me sucedía la misma historia: conseguía lo que quería, y cuando ya lo tenía moría la emoción que antes albergaba por alcanzarlo. Una o dos semanas después, ya estaba insistiendo a mis padres para tener algo más. Empleé mi infancia buscando y usando las últimas novedades en Legos, videojuegos, monopatines, bicicletas y muchas cosas más.
Un día, cuando tenía unos 14 años, llegó al mercado lo último en tecnología electrónica. Se trataba de la primera videoconsola Nintendo. Para mi mente joven, era un gran atractivo; en cuestión de minutos me volví a convencer de que estaba embarcándome en el último escalón de mi viaje hacia la felicidad. Por fin iba a ser verdadera y definitivamente feliz. Mi madre era la primera que debía conocer ese descubrimiento. Mamá, ¡por favor! Tienes que comprarme un Nintendo. Te prometo que no te pediré más cosas, ¡de verdad!. Había hecho un serio propósito para mi edad, y tenia que cumplirlo. Podría aburrirme con los primeros juegos, pero conseguiría más y más juegos nuevos. Era una de mis primeras ideas sobre el infinito, y me parecía que era la solución para disfrutar sin fin.
Después de muchas súplicas, platos lavados y césped cortado, conseguí lo que quería. Por mi cumpleaños me regalaron un maravilloso Play Station Nintendo. ¡Me llené de alegría! La monté llamé a mis amigos, y explotábamos cada vez que ganábamos un juego. Entonces tenia que comprar otro juego y otro y otro... Tras comprar alrededor 10 juegos de 40 dólares cada uno, decidí que necesitaba un tipo de felicidad más económico. No. Lo que de verdad necesito es un ordenador Lo pensé y lo conseguí. Sin embargo, todavía estaba buscando algo más. Más tarde tuve un coche, mi propia cuenta bancaria, tarjeta de crédito, chequera, etc. Tenía sólo 16 años, pero sentía que estaba perdiendo algo...
Recuerdo claramente el momento en el que, por fin, despertó en mí la idea de que la felicidad no podía ser comprada. Fue durante una clase de religión, que siempre me parecía, interminable. Ese día el profesor nos puso un vídeo sobre una monja que trabajada con gente pobre en India. Era la persona más anciana y arrugada que yo había visto, pero ¡qué sonrisa! Madre Teresa de Calcuta y sus monjas rezaban mucho y gastaban más de 12 horas diarias ayudando a enfermos y moribundos por las calles de La India. Comían poco, apenas dormían, y se lavaban con agua fría, pero ¡qué sonrisas! La cara de alegría de esa monja anciana me estaba invitando a penetrar en las profundidades de mi alma. Sabía que mi búsqueda de la felicidad debía tomar un nuevo rumbo. Su sonrisa me enseñaba una de las lecciones más importantes de la vida: la felicidad no está en tener algo, sino en ser alguien.
Inspirado por el ejemplo de esta pequeña monja, me volví al Señor en oración y Él empezó a mostrarme que debería recorrer un camino difícil para alcanzar la felicidad que ya antes estaba buscando. Empecé a sospechar una posible llamada al sacerdocio: una vida totalmente dedicada a Dios y a los demás. Dios había plantado la semilla de la vocación muchos años antes, en la fecunda tierra de mi familia, muy creyente, pero las malas hierbas del mundo habían amenazado con estrangular esta tierna planta.
El nerviosismo aumentó cuando recibí la llamada telefónica de un sacerdote con el que mi madre había contactado. Vino a visitarme y hablamos un rato. Me sugirió ir a un retiro. Al año siguiente, el último de mi escuela, la llamada del Señor se hizo cada vez más fuerte así que tomé la decisión de hacer la prueba e ir un período de tiempo al seminario. Durante el verano volé a la Costa Este de los Estados Unidos para participar en un programa de discernimiento vocacional llamado candidatado.
Tres días fueron suficientes para convencerme de que esto era para mí. Encontré a personas tan normales, yo que pensaba que el sacerdocio era para gente que reza mucho de rodillas y es muy santa. Aquí había 40 jóvenes entregados y que vivían dando a Dios el primer primero en sus vidas y dedicando su vida a servir a los demás. ¡Eran tan felices! Reinaba un ambiente de caridad. Cuando terminaron los tres meses, regresé a mi casa durante unos días, empaqueté las últimas cosas y partí hacia el seminario. Estaba seguro de que dejaba detrás algunas cosas, pero no había perdido mucho. Había descubierto una felicidad que el dinero no puede comprar, una felicidad que crece más y más a medida que pasan los años. Creo que esos Legos están todavía donde yo los dejé, y mi bici se estará probablemente oxidando en el garaje de mi casa. Mi ordenador, polvoriento ¿Conoces a alguien que quiera un Apple II, de 64k, como pieza de museo?
Han pasado 12 años desde que dejé mi casa, y fui ordenado sacerdote hace muy pocas semanas. ¡No puedo expresar lo feliz yo soy! Me gustaría darte alguna idea de lo que significa ser feliz precisamente estando cerca del Señor y sirviéndole a Él en los demás.
Quizás todavía no conozcas qué es lo que he conseguido. A lo mejor te has rendido en tu búsqueda de la felicidad, convencido de que nunca podrás alcanzarla. O quizás es más sencillo para ti. ¿Has intentado algo? A menudo decimos a Dios que queremos que se haga su voluntad (Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo). Pero sólo escuchando en el silencio de la oración la verdadera voluntad de Dios para nuestras vidas y siguiéndola, aunque sea con pasitos pequeños, alcanzaremos el camino de la felicidad en nuestras propias vidas.
El secreto de la felicidad verdadera sólo se encuentra cuando descubres y aceptas esos pequeños quereres de Dios para ti, y te das cuenta de que nada puede separarle de su amor. En contra de la mentalidad moderna, tú no te preocuparás de qué comes, qué utilizas, quién está o no está a tu lado... qué coche conduces o qué casa tienes. Él no es como la gente que tú conoces; Él hace que tú existas. Pero Él es verdaderamente alguien para ti cuando tú vives para Él y para los demás. Éste es el mensaje que aprendí de Madre Teresa de Calcula, hace ya más de 12 años. Éste es el mensaje que Dios ha estado aumentando en mi alma durante estos años en el seminario, de intensa preparación para el sacerdocio. Éste es el mensaje que quiero que tú mismo aprendas y experimentes.
«El P. John Andrew Doyle LC nació el 17 de junio de 1973 en Anaheim, California en los Estados Unidos. Es el mayor de ocho hijos. Estudió la primaria y secundaria en Saint Marys Elementary y la preparatoria en Paraclete High School. Ingresó a la Legión de Cristo en 1991. Se trasladó a Dublín, Irlanda donde hizo dos años en el noviciado seguido por un año en el centro de humanidades y ciencias de la congregación en Salamanca, España. Estudio filosofía y teología en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum de Roma (Italia). Durante sus prácticas apostólicas fue activo en trabajo juvenil con el ECYD y en la búsqueda de vocaciones en Alemania, Hungría, Eslovaquia y México principalmente. Actualmente es Prefecto de Estudios de la escuela apostólica de la Legión de Cristo recién fundada en California, Estados Unidos.<