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Pero sé que es voluntad de Dios.
Capítulo 7.

 

 Un camino. Melchor, imagínate que tu vida es como un camino. Un camino que nace en un determinado punto. Un camino llano que avanza y luego vacila; a veces duro, lleno de piedras y flores. Más adelante ese camino dobla y serpentea en zigzag... Cada vida es un camino, como el que sale de tu casa y recorres todos los días; como el camino verde -de la canción- que va a la ermita.

 

Imagínate que un buen día el Señor se detiene delante de uno de los muchos caminos que cruzan por la tierra -podría ser el tuyo-, y le dice:

 

-Quiero convertirte en carretera. Lo he pensado mucho, desde toda la eternidad. Si tú quieres y me dejas, haré de ti una carretera. De esta forma, infinidad de personas podrán viajar con seguridad, sin miedo alguno ni riesgo de ninguna clase. Serás carretera para que por encima de ti pasen innumerables, incontables coches, camiones, carros, caballos y bicicletas. Mejorarás la situación del país. Sobre ti correrán los transportes, las ambulancias y  los bomberos con sus sirenas encendidas. Salvarás muchas vidas. Tu existencia quedará unida a la de muchos hombres y mujeres, niños y grandes que se toparán contigo, te pisarán, pero avanzarán en la vida gracias a ti.

 

-Señor Dios -le podría contestar el camino- que esto es muy duro para mí. Preferiría seguir siendo camino, un simple camino perdido, solo, que corra por donde él quiera; a quien no pisen mucho. Un camino tranquilo que viva a su antojo.

 

¡Pobre camino! Llamado a ser carretera, quizás autopista y se conforma con sus tristes y cortas distancias. ¡Qué egoísmo! ¡Qué miopía!

 

Imagínate en otro lugar dos caminos. Dos caminos que un buen día se encuentran y deciden caminar juntos, para siempre, hasta el final. Dos caminos entre los muchos que se cruzan delante de ellos. El Señor los había creado el uno para el otro. Descubrieron que el uno sin el otro serían  infelices. No soñaron con llegar a ser autopistas, ni simple sendero. Caminos, simplemente caminos. Con los años se escucharán unas voces. Voces de niños que saltan y corren, juegan y crecen. Eso es lo que obra y realiza la gracia del Matrimonio. Dos caminos que descubrieron su vocación, la realizaron y son felices.

 

Finalmente, Melchor, hay otro camino. Más bien, un sendero. No llega ni siquiera a camino. Nunca se convertirá en carretera, ni se encontrará nunca con otro camino. Seguirá su curso solitario, desconocido, quizás olvidado por los demás. Pero ahí será feliz y se realizará. Podrías preguntar: ¿para qué sirve ese sendero, tan solo, tan hermoso y tan olvidado? Y Dios te podría contestar: A mí me gusta pasear todos los días al atardecer. En esos momentos libres, al final de la jornada, busco los senderos solitarios y silenciosos de las almas que han consagrado su existencia a la oración.

 


Ahora Melchor, según tú, ¿cuál es el mejor? Difícil responder, ¿verdad? ¿Qué es mejor: ser carretera o  ser camino con sonrisa de niños o un simple sendero, llano y solitario, por donde se pasee Dios con toda confianza?

 

Quizás te gustaría... Pero sabes que no es la mejor respuesta. De hecho, tú solo no deberías responder. ¿Cómo? No se trata de elegir lo que aparentemente y en un primer momento parece colmar nuestros gustos y aspiraciones más íntimas y personales. Nos va en ello la vida. Y no podemos equivocarnos. Lo que más nos gusta es, muchas veces, lo que menos nos conviene. Y lo que más nos duele, lo que verdaderamente cuesta, suele ser lo mejor. Dios suele hablar por medio de la prueba, del dolor y de la cruz.

 

Melchor, tú lo sabes bien. Has visto la estrella. No te engañes. Se te presentan no uno ni dos, ni tres, sino muchos caminos en tu vida, muchas posibilidades. Pero sabes que Dios te quiere en una muy concreta. Lo único que importa en la vida es entregarse a Dios, vivir para Él, realizar sus planes de predilección. Yo te pregunto, ¿hay un ideal más grande, una  vida más realizada que gastar todos los minutos, todas las energías en ayudar a los demás, en salvar almas, en levantar a los demás del polvo de la tierra y acercarlos a Dios?

 

Sí, existe un famoso Ingeniero de Puentes, Caminos y Senderos único e incomparable. Todo lo que construye, resiste y perdura. Se ha pasado la eternidad dibujando, planeando, diseñando planos de felicidad y de realización personal. Desde siempre ha soñado con carreteras bien pavimentadas, con caminos felices y con senderos tranquilos. No te preocupes, Melchor, a nosotros nos corresponde solamente descubrir su voluntad.

 

Solamente cuando hacemos aquello para lo que fuimos creados somos felices. No nos engañemos. No seamos ingenuos. Dios habla, pide, exige, expresa su voluntad por medio de  estrellas. Su voz, su luz es humilde, respetuosa, pero portadora de un querer.

 

Un domingo fui a misa mayor a la iglesia de los dominicos. Me encontraba en un estado crítico. Cuando vi a un hermano lego encargado de la colecta pasar con el rostro tranquilo, me dio mucha envidia y pensé de repente: ¿No podrías tú llegar a ser como él? Entonces tendrías paz. Pero luego me dije: ¡Pero podría ser sacerdote! Y entonces fue como si todo adquiriese tranquilidad y claridad. Volví a casa con un sentimiento de felicidad que desde hacía mucho tiempo no había vuelto a sentir.

 


Esta fue la experiencia de Romano Guardini, una de las mentes más brillantes del siglo  XX. De joven había perdido la fe. La recuperó leyendo el Evangelio. Un día se topó con su estrella: la cara de paz de un sacristán a mitad de una misa. Ahí descubrió su llamado a la vocación sacerdotal. Ahí, ese domingo Dios le expuso su querer. Así de fácil y así de sublime.  Podría haber seguido con su novia. La cosa hubiera durado unos meses más; luego el matrimonio y los hijos. Una vida más o menos feliz. Pero su corazón nunca se hubiera llenado plenamente. Cuando Dios llama, ninguna mujer, ninguna familia, por grande y fabulosa que sea, podrá llenar el corazón del elegido. Podría también haber sido simplemente un hermano lego, como el que le había llenado de paz en aquella misa. Pero dentro de sí sentía que ése no era su camino. El hermano lego era el reclamo de Dios, un instrumento. Dios lo quería...

 

Pero podría haberse dado el caso contrario. Súbete a un tren por la noche. Quizás en ese viaje te encuentres con alguien al lado que te dice: -Tengo un hijo que es un cielo. Y entonces te cuenta toda la historia de su vida. Después de alabar sus muchas cualidades intelectuales, saca una foto y te la muestra. Es el orgullo de todo buen padre.

-Es una pena que quiera ser hermano lego -me confiesa con una cierta lástima. -A mi mujer y a mí nos gustaría que fuera cura o misionero para que dijese misa, pero, ¿lego? ¿solamente un hermano lego?

 

-¡Pero bueno! -le respondí suavemente -Piense usted que san José no fue cura y es uno de los santos más grandes que han existido.

 

El buen hombre se rió. Entrados en confianza, le dije que Dios es muy caprichoso y que lo mejor es dejarle salir siempre con la suya. Le pregunté si rezaba el Padrenuestro.

 

-Todas las noches antes de acostarme.

 

Pues cuando rezamos el Padrenuestro le pedimos que se haga siempre su voluntad. Es la petición más difícil, porque es la que más cuesta. Si la voluntad de Dios es que su hijo sea hermano lego, le aseguro que será plenamente feliz. Esa es su vocación. El mejor zapato es el que coincide con nuestro pie.

 

La vocación..., nadie tiene vocación. Es ella quien nos tiene a nosotros, como la fe. Y sólo desde ahí se entiende. Es Dios quien pasa, mira y elige. Dios es caprichoso: escoge a quien quiere, como quiere, cuando quiere y donde quiere. En el fondo lo que cuenta y lo que nos hace felices no es lo que queremos, sino lo que Dios quiere.

 

Por encima del gusto, del sentimiento, del ambiente que te rodea, de la facilidad o dificultad, la voluntad de Dios. Plantearse la vida en términos de: ¿Me gusta? ¿Es más fácil? ¿Podré?..., es equivocarse.

 

Pienso en la santa patrona de las misiones. Jamás salió de su conventito en el corazón de la Francia. ¡Y es la patrona de las misiones, junto con san Francisco Javier!

 

La joven Teresa también dudó. Algo le dejaba intranquila en su interior. No alcanza a ver completamente. Quiere entregarse al Señor. Está decidida, pero le asaltan dudas y quebrantos. Es la experiencia del alma enamorada que quiere acertar.

 

Melchor, tú también probarás las mismas inquietudes. Si has visto la estrella sentirás quizás los mismos  reclamos. Sí, la voluntad de Dios...., pero ¿por qué al Oeste y no al Este? ¿No me estaré equivocando? Me tira más...

 


Siento en mi interior muchas vocaciones: siento la vocación de guerrero, de sacerdote, de apóstol, de doctor, de mártir. En una palabra, siento la necesidad, el deseo de realizar por ti, Jesús, las más heroicas hazañas...¡Oh, Jesús, amor mío, mi vida...!, ¿cómo hermanar estos contrastes?... ¿Quisiera anunciar el Evangelio al mismo tiempo en las cinco partes del mundo, y hasta en las islas más remotas... Quisiera ser misionero no sólo durante algunos años, sino haberlo sido desde la creación del mundo y seguirlo siendo hasta la consumación de los siglos... Pero, sobre todo y por encima de todo, amado Salvador mío, quisiera derramar por ti hasta la última gota de mi sangre...¡El martirio!...

 

La luz y la fuerza la encontró  en la oración. Leyendo el Nuevo Testamento, puso su mirada en la Carta de san Pablo a los Corintios y concluyó: No todos pueden ser apóstoles, o profetas, o Doctores. La Iglesia está compuesta de diferentes miembros, y el ojo no puede ser al mismo tiempo mano...Comprendí que sólo el amor podía hacer actuar a los miembros de la Iglesia; que si el amor llegaba a apagarse, los apóstoles ya no anunciarían el Evangelio y los mártires se negarían a derramar su sangre...Comprendí que el amor encerraba en sí todas las vocaciones, que el amor lo era todo, que el amor abarcaba todos los tiempos y lugares... En una palabra, ¡que el amor es eterno...! Así lo seré todo...

 

Así otros Melchores han aprendido a  creer de veras y a fiarse de la voluntad de Dios. Porque siendo lo que Dios quiere, seré TODO siempre, todos los días y a todas horas. ¿Cómo? El amor abarca todo y hace grande y sublime lo más insignificante. Lo que Él quiera y como Él lo quiera: Porque lo que salva, redime y hace feliz no es lo que nosotros hacemos, el fruto de nuestro esfuerzo y nuestros sudores. Cumplir la voluntad de Dios, Melchor. Y eso se puede hacer en cualquier parte, a cualquier hora  y en cualquier lugar.

 

Hay unas palabras de Urs von Balthasar que explican maravillosamente el querer de Dios. Yo se las repetiría a cada sacerdote el día de su ordenación. Valen también para ti, Melchor, que estás intranquilo en tu interior, deliberando si sí o si no: No tienes que elegir, has sido elegido; no necesitas nada, se te necesita; no tienes que hacer planes, eres una  piedrecita  en un mosaico ya existente. Sólo tienes que dejarlo todo y seguir.

 

Seguramente conocerás a un jovencito que vivió la segunda guerra mundial. Cada día podría haber sido detenido en su casa, en la cantera o en la fábrica donde trabajaba. Podría haber perecido en un campo de concentración. Muchos amigos y compañeros murieron. Se preguntaba: ¿Por qué yo no?  Hoy, muchos años después, sabe que no fue una casualidad. Aquellos momentos le ayudaron a madurar su vocación. ¿Fue una simple coincidencia temporal?

 

Él mismo cuenta su proceso en primera persona: Ante la difusión del mal y las atrocidades de la guerra, era cada vez más claro para mí el sentido del sacerdocio y de su misión en el mundo. El estallido de la guerra me alejó de los estudios y del ambiente universitario. En aquel período perdí a mi padre, la última persona que me quedaba de los familiares más íntimos. También esto supone, objetivamente, un proceso de alejamiento de mis proyectos precedentes; en cierto modo era como desarraigarse del suelo en el cual hasta el momento había crecido mi humanidad. Pero no se trataba de un proceso únicamente negativo. En efecto, en mi conciencia contemporáneamente se manifestaba cada vez más una luz: el Señor quiere que yo sea sacerdote. Un día lo percibí con mayor claridad: era como una iluminación interior que traía consigo la alegría y la seguridad de una nueva vocación. Y esta conciencia me llenó de gran paz interior.


Hoy, ese jovencito que encontró su vocación entre bombas y muerte, es Juan Pablo II. Fíjate en esa frase: El Señor quiere que yo sea sacerdote.

 

Melchor, te invito a realizarte, a encontrar en tu vida la voluntad de Dios. Además del Padrenuestro, quizás te ayude esta oración. Es bellísima, pero muy comprometedora. ¿Te atreverás? Muchos la han rezado no sólo con sus labios, sino con su propia vida, todos los días, y son felices. Se han realizado, porque encontraron lo que Dios quería de ellos.

 

Padre,

me  pongo en tus manos.

Haz de mí lo que tu  quieras.

Sea lo que sea,

te doy las gracias.

Estoy dispuesto a todo.

Lo acepto todo,

con tal que tu voluntad se cumpla en mí

y en todas tus criaturas.

No deseo nada más, Padre.

Te confío mi alma,

te la doy

con todo el amor de que soy capaz,

porque te amo

y necesito darme,

ponerme en tus manos

sin medida,

con una infinita confianza,

porque Tú eres mi Padre.

 

                                                                                                                                                                                                       
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