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Quizás me voy al Oeste...
Capítulo 3

           Melchor desde los 12 años soñaba con el Oeste. Sus abuelos todas las tardes, después de las faenas en el campo, le contaban historias de personajes legendarios. Le pintaban montañas extrañas, tierras salvajes y estrellas fugaces que surcaban los cielos. Y entonces los sueños del pequeño jugueteaban con las llamas del hogar...¡El Oeste! ¡Las estrellas!... Quizás me voy al Oeste.

 

Una buena noche observó el firmamento. Era una noche normal, como todas las anteriores, como todas las demás. Pero la luz de una estrella le penetró el alma. Para otros no tenía quizás nada de especial. A él le bastó una simple mirada, un pensamiento, una sugerencia, un chispazo de la gracia. En una milésima de segundo se encontró con un tesoro más en su conciencia: algo, Alguien que no podía echar fuera. Y eso -lo intuye- le va a cambiar la vida. Quizás me voy al Oeste -musitó para sus adentros.

 

Una estrella fugaz, rápida, instantánea que inocula su llamada...

 

 

Había venido al pueblo un sacerdote -nunca supe su nombre- capellán militar en Marruecos, convaleciente de unas heridas graves. Recuerdo que era bretón y que olía a tabaco. Se creía ya suficientemente fuerte para dar un largo paseo por el camino solitario que une el pueblo con nuestra casa. Pero una tarde, a mi regreso, a trescientos metros de mi casa, debajo de unas hayas, vi a aquel sacerdote tumbado, echando sangre por la boca. Me acerqué sin miedo y, ¿sabéis lo que me dijo?

-Voy a morir y estoy pidiendo a Dios una persona que me sustituya. ¿Quieres ser tú?

Murió el sacerdote. Y yo le he remplazado. Entonces yo tenía doce años; ¡hoy tengo cuarenta!.

 

Esta historia la firma Aimé Duval. Un nombre y un apellido, porque la llamada es un hecho personal. Dios que se fija en mí. Es la estrella que me busca a mí primero. Me llama como persona y quiere que le responda como persona. Una historia que no deja lugar a la indiferencia. Ese Quieres ser tú? golpea el alma con violencia.

 

¿Por qué no? ¿Por qué yo? ¿Por qué? ¿Por que a mí? Es Dios que una día, una noche fijó su mirada en ti y te susurró con su idioma: Ven y sígueme. De una forma sencilla, directa o retorcida. Eso no importa. Así de sencillo y así de comprometedor. Con la rapidez de una centella o con la amplitud y extensión de una galaxia. ¡Qué misterioso es Dios! Se sirve de Aestrellas, de voces, de nostalgias, incluso de simples yedras para llamar nuestra atención.

 


 

Muchos Magos había en Oriente. Todos sus habitantes quizá vieron la estrella ¿Cuántas noches brilló y se columpió en el cielo frío? Todos la vieron, pero sólo Melchor la contempló, y desde su tierna edad. Otros Melchores lo harán más adelante. Dios no tiene tiempo y sabe encontrar el momento para cada alma. ¿Por qué? Porque esa estrellaya desde antes se había fijado en él. Y le habló de un modo nuevo, inusitado para él, más personal. Le pedía algo. ¿Qué? Ni el mismo lo sabía. Por ahora no pasa de ser inquietud, un simple deseo, una posibilidad. Dios es lento y requiere tiempo. Irá mostrándose y descubriendo su voluntad al modo humano, poco a poco. A veces la luz de la estrella. dura unos años y madura el corazón. No siempre el llamado tiene que ser claro, directo, atractivo, imperioso y tajante como los labios de un hacha.

 

Contaba Madre Teresa su pasión por el trabajo de los misioneros. Le estremecía. Cuando llegaban de países lejanos, los visitaba y escuchaba con gran atención. Uno de ellos le dijo una vez: Cada hombre tiene su camino y debe seguirlo. Esas palabras llegaron a lo más profundo de su joven corazón. Los días pasan con toda normalidad, aparentemente, pero en el corazón de esa niña algo grande se fragua. Siente deseos de pertenecer completamente a Dios.

 

-(Estuve durante seis años rogando y pensando! A veces me parecía que no tenía vocación! Por primera vez oí la voz divina, mi vocación, en nuestro santuario de Letnica..., y con un cirio en la mano y el corazón ardiente decidí: Deseo ser sólo de Dios.

 

No fue fácil. Su llamada crecía y maduraba lentamente, como los atardeceres veraniegos. Seis años entre oraciones, lecturas, formación religiosa y vida familiar. Madre Teresa buscaba por todos los medios Apagar la estrella. Esos deseos, esos pensamientos eran tentaciones de vocación. Casi logró convencerse a sí misma de que no era apta para una vocación y una entrega a Dios. Pero fue inútil. Dios no la dejó. Su voz no violenta, no atosiga. Nos susurra su voluntad y nos deja casi a la deriva y vaivén de nuestros deseos, pero sigue reclamando y llamando a la puerta.

 

Más adelante en la mente y en el corazón de Madre Teresa penetrarán los gritos angustiosos de sus hermanos los hombres, las manos arrugadas de sus pobres y el clamor de la India. ¿Qué pueden pesar los pequeños planes personales en la balanza de Dios? La niña que era Madre Teresa acababa de penetrar en un mundo nuevo. Sus ojos quizás se poblaron de lágrimas. En el exterior había dolor, injusticia, males y espantos. Niños como ella: caras, manos, ilusiones, ojos, curiosidad, alegrías, temores, odio... En el Quizás me voy al Oeste de Madre Teresa había esto: el mundo está lleno de dolor e injusticia, padece de males infinitos y yo puedo hacer algo para remediarlos. Simplemente eso. En su interior, en el alma sentiría asombro, pena, protesta. Eso que en el lenguaje de los mayores se llama responsabilidad.

 

Quizás me voy al Oeste. Además de la estrella había algo en el alma que tira hacia el Oeste. No se sabe, no se puede explicar, pero nos cuelga como un amuleto. ¿Qué pasa? ¿Por qué siento esto? Es imposible describirlo. No bastarían todos los diccionarios del mundo. Las primeras inquietudes, las llamadas, los rayos de la estrella tienen un morse indescifrable y un código muy personal, a prueba de beduinos. Sólo el que recibe el mensaje entiende, capta algo. Poco, muy poco, pero ya es algo.¿Entenderlo? ¿Se puede explicar la amistad? ¿Podrías contar el amor? Imposible. Cada amigo es diferente; cada amor es único. Lo mismo nos sucede. Esta agua se nos escurre de las manos.


 

Nunca lo había pensado... No será que... Y si yo... ¿Yo puedo serlo? ¿Por qué sí? ¿por qué no? Quizás me voy al Oeste. Pronunciar estas cinco palabras no implica más de un segundo. Pero abarcan una distancia infinita. Son un primer puente, una pasarela entre Dios y uno mismo. Hasta el momento tu vida quizás giraba como meteorito en torno a ti mismo. Ahora habrás descubierto con la potencia del telescopio que tú también podrás ser estrella; que quizás irradiarás luz y calor a los demás.

 

Cinco palabras que Melchor pronunció con la mente, en silencio, temiendo ser espiado. Pero cinco palabras que valen el universo. Y todo comienza a dar vueltas, como una visión de borracho. El sueño, la estrella, el Oeste, el camino, la aventura, el futuro. Una espiral. Pero por ahora es tu secreto y tu tesoro. Lo sabes tú y Dios. Dios desde siempre, que por eso es Omnipotente y Padre. Tú, comienzas a balbucear, a percibir algo nuevo, grande, que te compromete. Tú intuyes que eso implicará lágrimas, sangre, renuncia,...

 

Quizás me voy al Oeste... ¿Puedo yo ser sacerdote? ¿Mi vida en un convento? ¿Servir, limpiar, ayudar a los pobres? ¿Consagrarme? Frases que pronuncian con cautela los labios del alma. Porque después del primer chispazo de la estrella, la habitación del alma comienza a llenarse de luz.

 

A Melchor le gustaba mirar. Por las noches contaba estrellas. Por el día miraba detenidamente las cosas y las personas. Su mirada desde ese "flechazo" parecerá siempre misteriosa, perdida, lejana como una galaxia. Pero Melchor sabía ver las cosas con profundidad...

 

Y no importa si la estrella fue grande o pequeña, si lucía o titiritaba de frío entre sus compañeras. Más aún, no importa si en vez de estrella "el medio divino", el instrumento de la llamada ha sido otro: una voz, un pastor, un silbido, un atardecer, una invitación. ¿Qué más da? Lo importante es que hay un reclamo que amerita una respuesta personal, única, irrepetible como cada flor.

 

David era el mejor amigo de Melchor. David era un crío. Juntos habían cursado la materia de jeroglíficos y acertijos nivel elemental. Ya sabían construir pirámides de papel y habían ganado un concurso de trabajos de arena. Ambos soñaban con el Oeste. Todas las tardes se encontraban en el pozo, junto al pequeño oasis donde el ambiente es menos pesado y el aire del desierto traía nostalgias y recuerdos. Los padres de David eran gente mayor. Ellos sabían lo que el pequeño David quería, porque los niños no pueden saber lo que quieren. Vocación es una palabra de gente mayor. Un niño, una niña no pueden pronunciar esta palabra aguda. ¡No! Ni que se les pase por la cabeza... Es un tabú, una especie de maleficio o de palabra prohibida. Y la lista de porqués y de excusas y de razones se alarga como un hilo telefónico. Y entonces una especie de vapor parece calmar y adormecer la conciencia de los grandes.

 


 

¡Los niños! ¿Qué sabrán de vocación? Y entonces creemos que Dios, por ser Dios tiene que haber tomado en cuenta todos los gustos y preferencias de los mayores. ¡Sería injusto si no lo hiciera! Y nos olvidamos que Dios ya ha establecido desde toda la eternidad quiénes son sus elegidos. Con amor les ha infundido el germen de la vocación en un preciso instante -¡maravilloso momento!-, al crearles el alma.

 

La vocación no viene, sino que se manifiesta a cualquier edad. Cristo escoge desde la eternidad, luego a cada uno se lo manifiesta cuando Él quiere. ¿Por qué no va a ser posible que la llamada se muestre desde la infancia? Aunque el niño o la niña, antes de una prudente edad no sepan exactamente explicar lo que sienten y llevan entre manos. No importa. Es Otro quien actúa en su interior.

 

Cuando yo era niño, debía tener once o doce años, sentía en mi alma una nostalgia permanente, un vacío, la necesidad de algo que nunca terminase. Me iba a las orillas de mi pueblo, a una pequeña loma, y ahí me sentaba en la tarde a contemplar el horizonte, a pensar qué había detrás de todas aquellas montañas. Yo quería hacer algo grande que perdurara en mí y que perdurara eternamente. Tenía nostalgia, verdadera nostalgia de algo que tuviese sabor de eternidad, que no pereciese. Y recuerdo que esta idea siempre venía a mi mente en aquellas tardes: ¿De qué me sirve a mí todo, si soy polvo, ceniza y nada? Lo que me debe preocupar es salvar lo esencial, ir al cielo, ganar a Dios.

 

Y recuerdo que iba al cementerio. Veía los sepulcros, los sepulcros de... Me impresionaba mucho el que tenía un angelito, un niño en una cruz, unos versitos. Y pensaba con qué cariño habían hecho los papás de ese niño ese sepulcro, porque había muerto el pequeño, y después ellos murieron. Pasado el tiempo las yedras del cementerio agrietaron los mármoles y aquello estaba un poco olvidado.

 

Iba al monumento de los señores..., gente de mucho dinero, de mucho dinero, de mucho prestigio. Me acercaba y me decía:  Esta gente que fue tanto, ahora es un puñado de huesos, polvo, ceniza, nada. ¿Qué hay en el mundo que a mí me pueda interesar, que me arranque de esta nada, que me perpetúe más allá del tiempo, que no deje que me agarren estas yedras y este tiempo frío que todo lo va matando? Y  yo mismo me contestaba... ¡Dios!

 

Entre las yedras y Dios... Vivir, seguir agotando los segundos, los días, los años para acabar como todos los demás o invertir la vida en algo que valga la pena y perdure...  Es Dios quien ha salido al camino de su vida. Una mirada, una invitación, una sugerencia, un anhelo y una nostalgia. Un panorama amplio: detrás de las montañas hay hombres, mujeres, niños que buscan a Dios a tientas, que necesitan dar un sentido a su existencia. La experiencia de la felicidad, de la dicha que se asoma a la ventana de nuestra vida y a los balcones de nuestros prójimos. El corazón respira más profundamente. El alma se esponja y se siente un reclamo para emprender el viaje al Oeste, porque en la vida hay valores superiores al divertirte y pasarla.

 


 

Un tranquilo atardecer. Un niño como todos los demás. Un lugar en la geografía del mundo y un horizonte misterioso. ¿Quién es Dios? ¿Quién soy yo? ¿Qué es la vida? Y en el centro, cosiendo estos hilos su voz humilde, sugerente, preñada de amor. Un horizonte misterioso se acaba de revelar. En el ánimo pueril, con la ingenuidad y la mente de un niño se debaten los interrogantes más sublimes. Un niño puede sentir hondamente y puede tener más decisión y fidelidad que un adulto. Quizás tú, tan pequeño, tan jovencito... Quizás tú serás instrumento, eslabón,...

 

Como la vocación es un don y un regalo, Dios llama cuándo quiere y cómo quiere. La llamada no tiene edades, ni segundos. Puede suceder en cualquier instante. ¿No es Dios misterioso? ¿No es Omnipotente? Y no siempre será una estrella. A Dios le basta cualquier instrumento. Se acabaron las revelaciones extraordinarias. El ángel Gabriel hace ya casi 2000 años que no pisa el globo terráqueo.

 

Dios se vale de la lectura de un libro para sembrar inquietudes en el corazón. Estabas aburrida. No sabías si salir o no. Te pusiste a ojear un libro y ¡ ahí sientes el llamado de Dios! Dios anda entre los pucheros -decía Santa Teresa, que de eso entendía-, ¿por qué no va a estar el Señor entre unas páginas, o entre las palabras de una simple conversación?

 

En otras ocasiones ese Quizás me voy al Oeste surgirá a raíz del testimonio y ejemplo de otras personas. Nos impresionan grandemente. En medio de la madeja de humanidad, estas personas sobresalen como reclamos. No nos dejan indiferentes. Y admiramos de ellos la felicidad que prueban y las obras que realizan. Entre tantos hombres y mujeres que vegetan una vida absurda, inflada de sexo, drogas, vicios..., éstos gigantes golpean la conciencia. No se reservan para sí mismos. Se entregan. Han decidido darse a los demás. Viven con otros ideales y, además, ¡son más felices!

 

Testimonios como éste...

 

No hace más de tres semanas vinieron a buscarme de un pueblo un poco lejano, para que asistiera a un enfermo. Yo ya tenía lleno mi programa para ese día, así que les prometí acudir sin falta al día siguiente; y seguí mi recorrido. Pero no podía quitarme de la cabeza la idea del enfermo. A medio día, en vez de regresar a casa decidí ir a visitarlo. Me suponía quedarme sin comer y tener que apresurarme para llegar a tiempo a los demás pueblos que debía recorrer por la tarde. -No importa -me dije-, quizás esté grave. Pasé más de media hora zarandeado por los baches del camino. El polvo se me adhería por todas partes y el sol castigaba sin clemencia: 40 grados a la sombra. Llegué. Lo atendí. Sufría lo indecible. Dos veces había intentado quitarse la vida. Respiraba con dificultad. Lo confesé. Era su primera confesión en 42 años; la segunda de toda su vida: rondaba los 50 años. A cada palabra tosía penosamente y escupía sangre. Le administré la Unción de los enfermos. Hice una oración y, después de decir dos palabras de aliento a su mujer -llorosa y resignada- me marché. Cuando regresé al día siguiente, ya estaba sepultado. Había muerto media hora después de mi partida. (Lo firma un misionero)

 

El mundo necesita personas generosas, dispuestas a dar la vida, ese puñado de años que somos. Momentos como el vivido por este misionero bastan para dar sentido y colmar una existencia. Sé de varios chicos y chicas que sintieron una sacudida y se dijeron: Quizás me voy al Oeste, como este misionero...

 


Dios tiene un modo muy suyo, muy personal por el que da a conocer su llamado. Hay que saber leerle a Dios entre líneas. No es muy complicado, pero requiere un alma grande y generosa, abierta como el día. Dios no tiene momentos, ni horas... Quizás te espere en el Oeste.

 

 

                                                                                                                                                                                                       
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