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Dije que sí y desde entonces soy el hombre más feliz del mundo
Jesús tiene 23 años y es seminarista de 6º año de seminario en la Archidiócesis de Madrid, España.
Jesús Silva Castignani
Conoce la vocación sacerdotal de Jesús Silva, seminarista de la diócesis de Madrid, España y cómo descubrió el llamado de Cristo.


Yo nací en una familia numerosa, que me enseñó los contenidos de la fe, pero de la que no supe aprender a vivir la relación con Dios. Por eso fui creciendo como si Dios no existiera y no tuviera nada que ver con mi vida.

Ya desde pequeño empecé a meterme en serios líos. A los once años me dedicaba a robar chapas de coches para venderlas en el rastro y a forzar las cerraduras de los coches. Desde muy pronto me pasaba el día en la calle, y no paraba por casa.

Cuando estaba en octavo, iba con los amigos a un parque donde, desde unos matorrales disparábamos a la gente que iba por la calle con una pistola de aire comprimido que habíamos arreglado para que hiciese más daño. También llenábamos de agua las bolsas negras "para los perros" y concursábamos a ver quién acertaba a la gente que pasaba por la calle; en internet nos dedicábamos a mirar páginas "inapropiadas", etc. También empecé a salir con una chica del pueblo, y no era un modelo de pureza.

Cuento esto para que veáis que era un chico "normal", y no exactamente un modelo de comportamiento.

Pero a la vez que llevaba esta vida turbulenta, iba creciendo en mi interior una sensación de vacío. Tenía sólo quince años, pero veía cómo mi vida carecía de sentido, y me angustiaba ante el vacío que hallaba en mi interior. Muchos días me ponía a llorar sólo de ver lo absurda que era mi vida, y cómo no había nada que la llenara. Fueron años de mucho salir por ahí, muchas maldades, mucha diversión... y mucha tristeza. No quería enfrentarme a mi verdad.

El año noventa y ocho me fui de campamento con la parroquia, y allí pude cambiar de amigos. Empecé a salir con una chica que se llamaba Lola, muy buena y muy guapa -para qué lo vamos a negar-, y mi vida empezó a cambiar, porque ya no salía por ahí para hacer chorradas con mis amigos; ahí empezó una amistad de verdad.


Y aquel septiembre sucedió el cambio de mi vida. Yo me aburría, y decidí leer un tebeo sobre la vida de San Agustín. Él había nacido en una familia cuya madre era cristiana, pero no se bautizó, y empezó a vivir una vida de diversión, triunfo y chicas. Pero se sentía vacío, y empezó a buscar la verdad. Y tras mucho sufrir y mucho buscar, se encontró con Dios, y su vida cambió, y pasó de ser un vividor a ser sacerdote, obispo y santo. Cuando yo leí esto me sentí muy identificado con él, y me pregunté: ¿quién es este Dios que cambia así la vida de la gente? Y en ese momento, Dios se me hizo presente internamente, sentí su presencia, y me di cuenta de que Él me había creado y de que me había amado hasta encarnarse y dar su vida por mí, y sólo me pedía que yo le amase a él.

Cuando caí en la cuenta del amor que Dios me tenía, todo mi interior se resquebrajó y empecé a amar a Dios y a vivir orando y hablado con él, dándome cuenta de que yo no podía vivir como si Dios no existiese.

En mi corazón quedó una inquietud, como una voz que me decía: "yo quiero que seas sacerdote". Nunca me había planteado semejante cosa, y lo primero que dije fue... que no.

Pero con el tiempo, aquella inquietud se fue perfilando. Y hubo sobre todo una cosa que me hizo darme cuenta de que Dios me quería todo para él. Conocí a un chaval que iba siempre de negro -del que me hice muy amigo- y que me decía que su vida no tenía sentido, que todo era absurdo para él. Era lo mismo que yo sentía antes de conocer a Jesucristo. Entonces comencé a hablar con él para transmitirle la felicidad que yo había encontrado en Dios. En una ocasión llegó a decirme: "a mi la vida no me da nada; no me importaría morirme". Aquellas palabras se me clavaron en el alma, y aquella noche, mientras oraba y lloraba en presencia de Dios, me di cuenta de que había muchos en el mundo que, como ese chaval, no tenían sentido en su vida, aunque no se diesen ni cuenta, y noté cómo Dios me pedía que me entregase del todo a la misión de llevar el evangelio a los que no lo conocen.

Entonces decidí ser sacerdote.

Pero como no me atrevía a decírselo a mi novia, le dije a Dios: "Si realmente quieres que sea sacerdote, tú harás que ella lo deje conmigo". Y le faltó tiempo. Al poco fue ella la que me dijo que quería dejarlo conmigo, porque... ¡veía que Dios me llamaba a sacerdote, y que era más de Dios que de ella!

Fue la última prueba que necesité.

Dije que sí, y desde entonces soy la persona más feliz del mundo; he podido experimentar que merece la pena dar la vida por Jesucristo, porque sólo él tiene el secreto de la felicidad verdadera. Si escuchas la voz de Dios que te llama, no seas tonto: ¡dí que sí!

JESÚS SILVA CASTIGNANI

                                                                                                                                                                                                       
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