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La Vocación, un encuentro personal. (Juan 1, 35-39.) Capítulo 8. Nuestra vida de católicos es algo sumamente personal. Desde luego, hay manifestaciones masivas, como por ejemplo cuando el Papa atrae a multitudes de medio millón o más. Con todo, basta ver en primer plano en televisión los rostros de esas personas cuando están rezando para darnos cuenta de que su asistencia y su oración no consisten sólo en un acto comunitario. En la oración buscamos lo que Dios nos dice a cada uno en particular. En otros campos de la vida podemos tender a preguntar a otros qué hacen para tomar de ahí nuestro punto de partida, pero en el campo de la fe, de la propia respuesta a Dios, eso no funciona. Tenemos que saber lo que Dios quiere de nosotros en particular. «Señor, ¿qué quieres que yo haga?» «Al día siguiente, Juan se encontraba de nuevo allí con dos de sus discípulos. Fijándose en Jesús que pasaba, dice: He ahí el Cordero de Dios. Los dos discípulos le oyeron hablar así y siguieron a Jesús. Jesús se volvió, y al ver que le seguían, les dice: ¿Qué buscáis? Ellos le respondieron: Rabbí que quiere decir, "Maestro" , ¿dónde vives? Les respondió: Venid y lo veréis. Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día. Era más o menos la hora décima» (Juan 1, 35-39). En un mundo como el nuestro siempre orientado al trabajo y a la carrera se tiende a pensar en la vocación sólo en términos de trabajo por realizar y de papel que desempeñar antes que como una consecuencia y una manifestación del amor personal que tenemos a Cristo y que Él tiene hacia cada uno de nosotros. Lo viejo y lo nuevo Si echamos una mirada a las vocaciones del Antiguo Testamento observaremos cómo resalta ante todo el llamado a realizar una obra específica. Dios tiene una tarea que llevar a cabo y llama al profeta para que la realice: liberar al pueblo de Israel (Moisés), guiarlo a la tierra prometida (Josué), predicar al pueblo y convertirlo de nuevo a los caminos del Señor (profetas), etc. En el cumplimiento de su misión el profeta encuentra oposición, a veces persecución despiadada; muchos de ellos llegarán incluso a perder la vida. Por eso se dirige a Dios como su único refugio. El profeta entabla una relación creciente y profunda con Dios. Acude a Él para desahogarse, para encontrar fortaleza, para discutir, para preguntar lo que debe de hacer, para expresar su frustración con el pueblo o su propio temor. Con todo, su experiencia y relación personal con Dios sigue dominada por el concepto veterotestamentario de la majestad absoluta de Dios y de la enorme distancia entre el hombre y Él. Después llega Cristo. Cambio radical. Viene como el Emmanuel, el Dios-con-nosotros. Se establece a partir de ahora una comunión y una amistad personales. En el Nuevo Testamento la experiencia fundamental de Dios es precisamente la de un Dios que ha venido a salvarnos de nuestros pecados al hacerse uno como nosotros y al morir por nosotros en la cruz. Es mi Salvador. Nos salvó a cada uno personalmente. Cada uno debe aceptarle personalmente para lograr que su salvación sea efectiva en nosotros. Resulta interesante constatar que Juan Bautista, aunque «que era más que profeta» y «el más grande entre los nacidos de mujer», se mantiene, según el evangelio, a una cierta distancia de Cristo. El camino de los dos se cruzan, como sucede en el bautismo en el Jordán, pero en realidad no les vemos juntos. Juan fue el último de los profetas, la encarnación final del antiguo orden. Para él Cristo era «el que había de venir». Juan era su profeta y no su discípulo. Fue llamado a señalar a Cristo y no a estar con Él ni a difundir el Reino que se inauguraba. ¿Será ésta la razón por la cual «el más pequeño en el Reino de Dios es mayor que él»? (Lucas 7, 28). Encuentro personal En el llamado Cristo parece trasponer la misión a un segundo plano; «estar con Jesús» emerge, en cambio, como el elemento principal que da sentido a la misión. «Subió al monte y llamó a los que él quiso; y vinieron donde él. Instituyó Doce, para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar con poder de expulsar los demonios» (Marcos 3, 13-15). Llama a cada uno por su nombre. En su primera llamada varios de los apóstoles escucharon la palabra «sígueme» y, algo después, «os haré pescadores de hombres». Otros escucharon simplemente la llamada a seguirle sin recibir ninguna pista sobre la propia misión futura, como aconteció, por ejemplo, en el caso de Mateo, el recaudador de impuestos. La misma experiencia en san Pablo. Cristo le salió al encuentro camino de Damasco. Un encuentro personal en el que Pablo recibió por primera vez el don de la fe. Un encuentro exclusivo, pues los que iban con él sólo pudieron escuchar la misteriosa voz, pero no vieron nada; durante la visión se quedaron estupefactos, mas no sabemos de ninguno cuya vida se haya transformado como la de san Pablo. El apóstol de los gentiles prolonga su experiencia de Cristo en la oración. Nos cuenta en su carta a los Gálatas que se fue a Arabia por unos años. Muchos comentaristas piensan que se trataba de un tiempo de soledad, oración y penitencia. Varios años pasaron sin que recibiera Pablo ninguna indicación acerca de su propia misión. Primero tenía que conocer a Cristo íntimamente en la oración. Era lo más importante. Llamada personal, amor personal, misión personal «Le dice por tercera vez: Simón de Juan, ¿me quieres? Se entristeció Pedro de que le preguntase por tercera vez: ¿Me quieres? y le dijo: Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero. Le dice Jesús: Apacienta mis ovejas» (Juan 21, 17). Antes que nada Cristo verifica el amor de Pedro hacia Él y después le encomienda su misión personal de predicar y extender el Reino. En sus horas de agonía en Getsemaní Cristo pronuncia palabras que nos permiten entrever que Él mismo vive esta jerarquía en su propia vida y actividad; ora, su naturaleza humana se rebela contra el sufrimiento y la muerte inminentes, pero su amor al Padre le lleva a decir: «No se haga mi voluntad, sino la tuya». En este encuentro con su Padre en la oración renueva su amor. Y en este amor su voluntad humana encuentra los motivos y la fuerza para hacer lo que quiere el Padre, a pesar de la repugnacia interior que siente. El lugar del encuentro Nuestro encuentro con Cristo se realiza al poner en práctica la fe que recibimos en el bautismo. Ejercitándola, podemos descubrir a Cristo principalmente en la Eucaristía y en el evangelio, y platicar ahí con Él, alimentando nuestro amor. Conforme vayas creciendo en tu amor a Él en este encuentro, irás descubriendo lo que quiere que tú hagas en concreto. Conforme vayas enseñándote a amarlo, irás conociendo a la vez lo que quiere para ti. No se te va a poner de repente a pormenorizar el plan que tiene para tu vida. Sólo se puede descubrir su proyecto paso a paso. En cada paso que vayas dando te irá preparando para el siguiente. Ahora bien, mientras más lo amemos, más llegaremos a pensar como Él y más desearemos cumplir su voluntad. Un día Jesús le dirigió a Pedro unas palabras que nos revelan cuál debe ser el objeto de nuestras preocupaciones: no debemos tratar de encontrar la respuesta para todo, curioseando sobre sus planes para los demás, sino que debemos más bien concentrarnos en vivir nuestra propia misión. «Viéndole Pedro, dice a Jesús: Señor, y éste, ¿qué? Jesús le respondió: ‟Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿qué te importa? Tú, sígueme» (Juan 21, 21-22). Conclusión Tenemos que buscar a Cristo. Nada más importante. Todo lo demás tiene sentido cuando le tenemos a Él. Como repite el Santo Padre: «¡No tengáis miedo! Abrid las puertas de vuestro corazón a Cristo». En la oración. En la acción. En la caridad. |
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