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¡Cuánto bien hacen los sacerdotes en el mundo!
Ignacio Sarre, LC
La Jornada mundial de oración por las vocaciones es nuestra oportunidad para rogar por ellos, que entregan su vida para nuestro bien.
 

 

 

 

Que un hijo se acerque confiado a pedir algo a su padre es una escena frecuente en el teatro de la vida. Si el hijo pide algo que no le hará bien, por ejemplo un arma, escuchará un rotundo no como respuesta. Si lo que desea es un capricho para estar a la moda, un buen padre le hará reflexionar. Si el niño pide algo provechoso, como un buen libro, probablemente escuchará un gustoso sí. Pero, ¿cómo responderá el buen padre si sabe que a su hijo le falta algo esencial, indispensable, para la vida? Sin pensarlo, sin escatimar el sacrificio implicado, hará hasta lo indecible para que su hijo viva.

 

Dios es el Buen Padre por excelencia. Él sabe lo que necesitamos urgentemente para la vida del alma, incluso antes de que se lo pidamos. Pero nunca viola nuestra libertad. Sabe esperar pacientemente que nos acerquemos y, a sus pies, con cariño y confianza, le pidamos eso sin lo cual no podemos vivir.

 

Es éste el sentido de la Jornada mundial de oración por las vocaciones que la Iglesia celebra cada año, el cuarto domingo de Pascua. No es casualidad que en esta recurrencia se escuche siempre el evangelio del Buen Pastor que da la vida por sus ovejas. ¡Qué mejor imagen para mostrarnos cuánto nos ama Dios!

 

Él podría haber optado por darnos directamente su gracia, pero misteriosamente ha preferido hacerlo con la colaboración de los hombres. Podría haberse presentado ante nosotros, en vivo y en directo, para ser nuestro Buen Pastor. Pero quiso que algunos hombres lo representaran para nosotros.

 

Necesitamos a Dios. Queremos el agua que da la vida. Pero no podremos beberla si no hay un canal que nos permita tener acceso a esa fuente que no se acaba. Necesitamos a Dios. Necesitamos sacerdotes, religiosos y religiosas, consagrados y consagradas, que nos ofrezcan el agua viva. Necesitamos hombres y mujeres de Dios, signos que nos ayuden a elevar la mirada al cielo. Necesitamos ver, en carne y hueso, el amor y el cuidado de Dios, por cada una de sus ovejas.

 

Por eso, siempre debe estar en nuestros labios la oración por las vocaciones. Señor, danos vocaciones. Sin duda que lo hace. Él elige, Él sigue llamando. Pero hay cosas que ya no dependen de Él, porque respeta nuestra libertad. Señor, da generosidad a los que escuchan tu llamada. Señor, da perseverancia a los que siguen tus huellas.

 

Es impresionante entrar en una iglesia y ver a una persona rezando, de rodillas, quizás con las manos cubriéndose la cara. A veces con los ojos cerrados o bien clavados en el sagrario o en el crucifijo. Uno sólo puede exclamar: ¡De verdad está hablando con Dios y sabe que Él le escucha! Cuando pedimos con fe lo que más conviene a nuestra alma, Dios no se hace esperar. No olvidemos que no estamos hablando al aire o a un ser que no se interesa por nosotros. Nuestro Buen Padre Dios hará hasta lo indecible para que sus hijos tengan vida.

 

Rezar por las vocaciones nos interesa, nos debe interesar si queremos vivir. Ya hay muchas: en América Latina, en Asia y en África crece cada año el número de seminaristas. Pero sabemos que no son suficientes. También en Europa empiezan a notarse signos de recuperación. Hace unos meses se abrió el seminario en Noruega, por primera vez desde el siglo XVI. En Francia hace años se abrió un seminario menor y muchos pronosticaron un fracaso casi inmediato; hoy no sólo sigue abierto sino que tiene más de 40 jóvenes preparándose para ser sacerdotes. Además, los nuevos movimientos ofrecen cada año abundantes vocaciones bajo diversas formas de consagración.

 

¡Cuánto bien hacen los sacerdotes en el mundo! Cuántas llagas del alma curadas. Cuántos corazones ablandados. Familias reunidas. Jóvenes que han vuelto a ver la luz. Vidas que han recuperado su sentido. Pero sobre todo: cuántas veces el sacerdote, en el nombre de Cristo, ha hecho ese milagro que nos da la vida del alma: la Eucaristía. Cuántas veces en la confesión nos ha ayudado a recuperar esa vida que habíamos perdido. Cuántas veces, oculto a los ojos del mundo, el sacerdote ha rogado a Dios por nosotros.

 

La Jornada mundial de oración por las vocaciones es nuestra oportunidad para rogar por ellos. Por lo que se sienten llamados a seguir las huellas de Cristo. Por los que están en camino, preparándose. Por los sacerdotes, que entregan su vida entera para  nuestro bien.

 

 

 

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