P. Juan Luis Cendejas LC
Mi familia, un gran don Dios para mí
Mis papás siempre fueron buenos católicos. Mi papá siempre nos inculcó la misa dominical, el rezo del rosario, la bendición de los alimentos y el pedir su bendición antes de salir de casa. De él aprendí el amor al Santo Padre. Recuerdo que él nos sentaba a todos enfrente del televisor para acompañar las visitas del Papa a México. Mi papá fue siempre un hombre honesto y trabajador, se preocupó por darnos una buena educación y siempre fue muy cercano a cada uno de sus hijos.
De mi mamá también tengo recuerdos muy hermosos. Todas las noches nos reunía enfrente de la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe para rezar, fue ella quien me enseño que la Consagración es el momento central de la Santa Misa, el valor del trabajo y el amor hacia los más necesitados.
Guardo recuerdos maravillosos de cada uno de mis hermanos. Un aspecto que ayudó bastante en la unidad de la familia fue un negocio familiar, en el que todos colaborábamos, además, por supuesto del fútbol, que jugábamos cada domingo, muy de mañana, con mi papá.
La mano de Dios siempre me cuidó y protegió
Mi infancia fue muy tranquila. Recuerdo que pasaba muchas horas jugando con mis amigos en la calle. Siempre tuve buenas amistades y Dios me cuidó mucho para no hacer verdaderas tonterías, sobre todo en preparatoria, cuando el ambiente era mucho más difícil.
Mi gran ilusión era jugar fútbol profesional, y dedicaba gran parte de mi tiempo a practicar este deporte. Durante el tercer año de preparatoria conocí al P. Juan Pedro Oriol, LC. Recuerdo que llegó en el momento más oportuno, ya que yo no había hecho una tarea y aproveché su charla para hacerlo. Solo recuerdo una frase que él dijo «de aquí va a salir un sacerdote». Pensé, posiblemente, pero no seré yo. Pasó una ficha, pero no manifesté el más mínimo interés, por lo cual no me llamó, pero mi mejor amigo sí se interesó en el asunto vocacional, y un día cuando fue a dirección espiritual, lo tuve que acompañar, pues él llevaba el coche. Al final de haber atendido a todos los jóvenes, el Padre me mandó llamar. No recuerdo de qué conversamos, pero en un momento me dice: «¿alguna vez has pensado en el sacerdocio?», le dije que sí, era una opción en mi vida. Una opción si no me casaba, si no tenía trabajo, si me iba mal en los estudios. Era, más bien, la última opción en mi vida.
No sé cómo, ni por qué pero acepté ir a un retiro de Semana Santa. Lo último que me imaginaba era encontrarme con más de 60 jóvenes que deseaban descubrir su vocación. Pasé cuatro días increíbles y fue un momento decisivo para mi vocación. Recuerdo muy bien la adoración nocturna y las demás celebraciones del Triduo Sacro que me ayudaron a ir encontrando a Cristo en mi vida.
Volví a casa y seguí mi vida ordinaria. Ir a la escuela, trabajar en la cremería de la familia, jugar fútbol, reuniones con los amigos y la misa dominical. No recuerdo el día en que el Padre me invitó al Candidatado. No recuerdo que le respondí. No recuerdo si hablé de estos con mis papás, pero resolví participar en el Candidatado de 1988. Cuando llegué no tenía claro lo que quería. Fueron días muy buenos, pero que creo que no los aproveché, pues pensaba todo el tiempo en jugar fútbol, además, justo en ese momento, como es costumbre en toda vocación sacerdotal, la chica que siempre me había gustado empezó a poner interés en mí, pensaba mucho en ella.
Después de ocho días, hablando con el H. Claudio García (ahora sacerdote) me dijo; ve a la capilla y dile a Cristo que no quieres seguir aquí. Me pareció una idea excelente, primero porque era más fácil decírselo a Cristo que al director del Candidatado, y segundo, porque Cristo no bajaría de la cruz para detenerme. Me fui a la capilla, entré, me coloqué de rodillas y comencé a llorar. No conseguía parar. Salí de la capilla y me propuse calmarme, tomar aire y entré de nuevo, cuando comencé a hablar comencé a llorar de nuevo. Esto sucedió tres o cuatro veces. Al final nunca pude decirle a Cristo que me quería ir. Después de una semana hablé con el P. Juan Pedro, y volví a casa.
Entré en la Universidad para estudiar Administración de empresas. El tiempo transcurrió muy normal, hasta que llegó de nuevo la Semana Santa. El Jueves Santo del 1987 después de pasear toda la tarde con un amigo, fue a dejarme a casa, sin embargo, resolví no quedarme, y cuando apenas habíamos avanzado dos cuadras, un borracho no respeto un alto, y chocamos. Pregunté a mi amigo si estaba bien, me respondió que sí, sin darme cuenta de la gravedad del accidente, también le respondí que sí. Intenté salir del coche pero no conseguí, no tenía fuerzas, además me vi todo bañado en sangre y el brazo derecho con una herida profunda a la altura del codo.
Me ayudaron a salir y, gracias a Dios, una persona que me conocía me llevó al hospital. Recuerdo que al entrar lo único que hice fue decir: «Señor, ayúdame». Gracias a Dios el único médico que podía hacerme la operación cardiovascular, no se había ido aún de vacaciones, porque había hecho una intervención al medio día. La operación duró 5 horas, y pasé más de tres meses en recuperación. Con esto, la oportunidad de jugar fútbol profesionalmente ese verano, se esfumo y francamente fue lo más duro en la recuperación: el sueño de mi vida se me escapaba de las manos.
Después de un tiempo, el P. Juan Pedro apareció de nuevo para invitarme al candidatado y acepté. Ahora, ya sabía a lo que iba y estaba más convencido de lo que Dios quería de mi vida. Llegué el 29 de junio de1990, y recibí la sotana de Legionario de Cristo el 14 de septiembre del mismo año en Salamanca, España, donde inicié mi Noviciado.
Mi vida en la Legión
Agradezco a Dios, y a mis formadores su cercanía y su ejemplo durante mis años de formación, el ambiente entre los hermanos fue siempre de alegría y caridad. Después de estudiar Humanidades y Filosofía, realicé mis prácticas apostólicas en Viña del Mar, Chile, en dónde permanecí cinco años, que fueron una gracia especial de Dios para mi vida.
Volví a Roma en el mes de febrero de 2.000, para iniciar mis estudios de Teología. En ese período, tuve la gracia de ayudar en la fundación de la Oficina Vocacional del territorio de Italia. Me ordené diácono el 1 de julio del 2002, después de lo cuál inicié mi trabajo apostólico en São Paulo, Brasil. Fui ordenado sacerdote el 24 de diciembre del 2002 en Roma. ¡Qué experiencia el poder dar la Eucaristía a toda mi familia! Recuerdo que cuando mis padres se acercaron para recibir por primera vez el Cuerpo de Cristo, pensé: «Ellos me dieron la vida, ahora les estoy dando la Vida».
Debo dar las gracias a Dios por llamarme al sacerdocio. También quiero agradecer a Nuestro Fundador, el P. Marcial Maciel, todo su apoyo y cercanía en estos 13 años como legionario. Quiero agradecer a mis superiores sus consejos y ayuda en todo momento. De manera especial quiero agradecer a María que siempre me haya llevado de su mano.
«Gracias, Señor, por haberme llamado
a jugar en tu equipo»
El P. Juan Luis Cendejas nació el 12 de noviembre de 1970 en la Ciudad de México, siendo el segundo de cinco hermanos. Ingresó a la Legión de Cristo en 1990, estudió Humanidades en Salamanca y Filosofía y Teología en Roma. Fue ordenado sacerdote en Roma, el 24 de diciembre de 2002. Ha trabajado apostólicamente como orientador juvenil, en Chile, México, Italia y en Brasil desde agosto del 2002.