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Discernir
Obra Pontificia para las Vocaciones Eclesiásticas. Fuente:Biblioteca Electrónica Cristiana.

« En el mismo instante se levantaron, y volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los once y a sus compañeros, que les dijeron: El Señor en verdad ha resucitado y se ha aparecido a Pedro. Y ellos contaron lo que les había pasado en el camino y cómo le reconocieron en la fracción del pan » (Lc 24,33.35).

Para que el camino de Emaús llegue a ser itinerario vocacional se requiere un paso decisivo tras la serie de « reconocimientos » y « autoreconocimientos »: la opción efectiva por parte del joven, a la que corresponde, por parte de quien lo ha acompañado a lo largo del camino vocacional, el proceso de discernimiento. Un discernimiento que ciertamente no concluirá con el tiempo de orientación vocacional, sino que deberá proseguir después hasta la maduración de una decisión definitiva, « para toda la vida ». (105)

a) La opción efectiva del llamado
Capacidad de decisión
En el relato evangélico que ha trazado el camino de nuestra reflexión, la opción viene claramente manifestada en el versículo 33: « Y al instante se volvieron... ».

La anotación temporal (« al instante ») proclama con fuerza la decisión de los dos, provocada por la palabra y por la persona de Jesús, por el encuentro con El, y se pone valientemente en práctica por una opción que supone ruptura con lo que eran o hacían anteriormente, e indica cambio de vida.

Es precisamente esta decisión la que falta a menudo en los jóvenes de hoy.

Por tal motivo, y con el fin de « ayudar a los jóvenes a superar la indecisión ante los compromisos definitivos, parece útil prepararlos gradualmente a asumir responsabilidades personales, (...), confiarles tareas adecuadas a sus posibilidades y a su edad, (...), favorecer una educación progresiva a las pequeñas opciones de cada día ante los valores (gratuidad, constancia, sobriedad, honradez...) ». (106)

Por otro lado, se recuerda que con mucha frecuencia estos y otros miedos e indecisiones denotan una débil planificación no sólo sicológica de la persona, sino también de la experiencia espiritual y, en particular, de la experiencia de la vocación como elección que viene de Dios.

Cuando es pobre esta certeza, el sujeto confía inevitablemente en sí mismo y en sus propios recursos; y cuando constata su precariedad, no es nada extraño que se deje dominar por el miedo ante una opción definitiva que tomar.

La incapacidad de decisión no es necesariamente característica de la actual generación juvenil; no es raro que sea consecuencia de un acompañamiento vocacional que no ha subrayado bastante la primacía de Dios en la elección, o que no ha sido formado a dejarse a elegir por El. (107)

« Vuelta a casa »
La opción vocacional indica cambio de vida, pero en realidad también es signo de una recuperación de la propia identidad, como una « vuelta a casa », a las raíces del yo. En el pasaje de Emaús, dicha « vuelta » la simboliza la expresión: « ...y volvieron a Jerusalén ».

Es muy importante, en la formación a la opción vocacional, afirmar la idea de que ella representa la condición para ser uno mismo y para realizarse según el único proyecto que puede dar felicidad. Muchos jóvenes piensan todavía lo contrario sobre la vocación cristiana, la miran con desconfianza y temen que no pueda hacerles felices; pero terminan después siendo infelices, como el joven del Evangelio (cfr. Mc 10,22).

¡Cuántas veces las mismas actitudes de los adultos, incluidos los padres, han contribuido a crear una imagen negativa de la vocación, en particular al sacerdocio y a la vida consagrada, poniendo toda clase de obstáculos a su seguimiento y desanimando a quien se sentía llamado a ellas! (108)

Por otra parte, no se resuelve este problema con una banal propaganda a favor de la vocación que acentuase los aspectos positivos y gratificantes de la vocación misma, sino subrayando, sobre todo, la idea de que la vocación es el proyecto de Dios sobre la criatura, es el nombre dado por El a la persona.

Descubrir y responder a la vocación como creyentes quiere decir encontrar aquella piedra sobre la que está escrito el propio nombre (cfr. Ap 2,17-18), o volver a las fuentes del yo.

Testimonio personal
En Jerusalén los dos « encontraron reunidos a los once y a sus compañeros, que les dijeron: « El Señor en verdad ha resucitado y se ha aparecido a Simón ». Y ellos contaron lo que les había pasado en el camino y cómo le reconocieron en la fracción del pan » (Lc 24,33-35).

El dato más significativo de este fragmento, respecto a la opción vocacional, es el testimonio de los dos, un testimonio particular, porque sucede en un contexto comunitario y tiene un preciso sentido vocacional.

En efecto, cuando llegan los dos, la asamblea está proclamando su fe con una fórmula (« En verdad el Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón ») que sabemos figura entre los testimonios más antiguos de fe objetiva. Cleofás y el compañero añaden, en algún modo, su experiencia subjetiva, que confirma cuanto la comunidad estaba proclamando, y ratifica también su particular camino creyente y vocacional.

Es como si aquel testimonio fuese el primer fruto de la vocación descubierta y reencontrada, que viene puesta prontamente, como es propio de la vocación cristiana, al servicio de la comunidad eclesial.

Viene a la mente, por tanto, cuanto ya se ha dicho acerca de la relación entre itinerarios eclesiales objetivos e itinerario personal subjetivo, en una relación de sinergia y complementaridad: el testimonio individual ayuda y hace crecer la fe de la Iglesia, la fe y el testimonio de la Iglesia estimula y anima la opción vocacional de cada persona.

b) El discernimiento por parte del guía
En la Exhortación Apostólica postsinodal Pastores dabo vobis Juan Pablo II afirma: « El conocimiento de la naturaleza y misión del sacerdocio ministerial es el presupuesto irrenunciable, y al mismo tiempo la guía más segura y el estímulo más incisivo, para desarrollar en la Iglesia la acción pastoral de promoción y discernimiento de las vocaciones sacerdotales, y la de formación de los llamados al ministerio ordenado ». (109)

Y por analogía se podría decir lo mismo cuando se trata del discernimiento de cualquier vocación a la vida consagrada. Presupuesto irrenunciable para discernir tales vocaciones es, ante todo, tener presente la naturaleza y misión de ese estado de vida en la Iglesia. (110)

Dicho presupuesto deriva directamente de la certeza de que Dios es quien llama, y por tanto de la búsqueda de aquellas señales que certifican la llamada divina.

Se indican ahora algunos criterios de discernimiento, divididos en cuatro epígrafes:

La apertura al misterio
Si cerrarse al misterio, característica de cierta mentalidad moderna, inhibe cualquier disponibilidad vocacional, su contrario, o sea la apertura al misterio, es no sólo condición positiva para el descubrimiento de la propia vocación, sino que es indicador de una recta opción vocacional.

a) La auténtica certeza subjetiva vocacional es la que deja espacio al misterio y a la sensación de que la propia decisión, aunque firme, deberá permanecer abierta a una continua investigación del misterio.

Por el contrario, la certeza no auténtica es no sólo la débil e incapaz de hacer tomar una decisión, sino también su contraria, que es, la pretensión de haber comprendido todo, de haber agotado todas las profundidades del misterio personal, pretensión que no puede sino crear intransigencias, y una certeza no pocas veces desmentida por el devenir de la vida.

b) La actitud típicamente vocacional es manifestación de la virtud de la prudencia, más que ostentosa capacidad personal. Precisamente por esto, la seguridad de esta lectura del propio futuro es la de la esperanza y la confianza que nace de la fe depositada en Otro, de quien uno se puede fiar; no es deducida de la garantía que dan los propios talentos entendidos como algo exigido por el rol que se ha elegido.

c) Son, también, buen indicador vocacional las capacidades de acoger e integrar aquellas polaridades contrapuestas que constituyen la dialéctica natural del yo y de la vida humana. Por ejemplo: posee tal capacidad el joven que es suficientemente consciente de sus inclinaciones positivas y negativas, de sus ideales y sus contradicciones, de la parte sana y de la no tanto de su mismo proyecto vocacional, y que no presume ni desespera ante lo negativo que hay en él.

d) Está bien familiarizado con el misterio de la vida como lugar en el que percibir una presencia y una llamada, el joven que descubre las señales de una llamada por parte de Dios, no sólo en los sucesos extraordinarios, sino en su historia; en los sucesos que ha aprendido a leer como creyente en sus interrogantes, ansias y aspiraciones.

e) Pertenece a esta categoría de la apertura al misterio otra característica fundamental del verdaderamente llamado: la de la gratitud. La vocación nace en el terreno fecundo de la gratitud, y se manifiesta con impulsos de generosidad y radicalidad, precisamente porque nace del conocimiento del amor recibido.

La identidad en la vocación
El segundo orden de criterios gira en torno al concepto de « identidad ». En efecto, la opción vocacional muestra y contiene verdaderamente la definición de la propia identidad; es opción y realización del yo ideal, más que del yo real, y debería llevar a la persona a tener un sentido substancialmente positivo y estable del propio yo.

a) La primera condición es que la persona manifieste estar en grado de separarse de la lógica de la identificación a los niveles corporal (=el cuerpo es fuente de identidad positiva) y síquico (=las propias dotes como única y preeminente garantía de autoestima), y descubra, en cambio, la propia positividad radical unida firmemente al ser, recibido como don de Dios (es el nivel ontológico), y no a la precariedad del tener o del parecer. La vocación cristiana es la que lleva a término tal positividad realizando al máximo grado las posibilidades del sujeto, pero según un proyecto que normalmente lo supera, porque es pensado por Dios.

b) « Vocación » quiere decir fundamentalmente « llamada »: es, por tanto, un sujeto externo, una llamada objetiva, y una disponibilidad interior a dejarse llamar, a reconocerse en un modelo no diseñado por el llamado.

c) Sobre la motivación o la modalidad de la opción vocacional, el criterio fundamental es el de la totalidad (o ley de la totalidad); esto es, que la decisión sea manifestación de una implicación total de las funciones síquicas (corazón-mente-voluntad), y sea al mismo tiempo decisión mentalética-emotiva.

d) Más en concreto, hay madurez vocacional, cuando la vocación se vive e interpreta como un don, pero también como una llamada exigente: a vivir para los otros y no sólo para la propia perfección, y con los otros, en la Iglesia madre de todas las vocaciones, en un específico « seguimiento de Cristo ».

Un proyecto vocacional rico de recuerdo creyente
La tercera área sobre la que iría centrada la atención de quien discierne una vocación, es la referente a la relación entre pasado y presente, entre recuerdo y proyecto.

a) Ante todo es importante que el joven esté substancialmente reconciliado con su pasado, con lo inevitable negativo, de todo género, que forma parte de él, y también, con lo positivo, que debería estar en grado de reconocer con gratitud; reconciliado, además, con los modelos significativos de su pasado, con sus cualidades y debilidades.

b) Se considera ahora, con atención, el tipo de recuerdo que el joven tiene de su propia historia, qué interpretación hace de su propia vida: ¿en clave de gracia o de queja? ¿Se siente consciente o inconscientemente como acreedor, y por consiguiente, todavía en espera de recibir, o abierto a dar?

c) Particularmente significativa es la actitud del joven frente a los traumas de la vida pasada, más o menos graves. Proyectar consagrarse a Dios quiere decir siempre re-apropiarse de la vida que se quiere dar, en todos sus aspectos; tender a integrar las componentes menos positivas, reconociéndolas con realismo y adoptando una actitud responsable, y no simplemente auto-conmiserativa, ante ellas. Joven « responsable » es aquél que se empeña en adoptar una actitud activa y creativa en la constatación del suceso negativo, o trata de aprovechar de modo inteligente su experiencia personal negativa.

Es preciso prestar mucha atención a las vocaciones que nacen como consecuencia de enfermedades, desilusiones o accidentes varios todavía no bien curados. En tal caso se requiere un más atento discernimiento, incluso recurriendo a consultas especializadas para no cargar pesos imposibles sobre hombros débiles.

La « docibilitas » vocacional
La última fase del itinerario vocacional es la de la decisión. En referencia a tal fase los criterios de madurez vocacional parecen ser estos:

a) el requisito fundamental es el grado de « docibilitas » de la persona, o sea, la libertad interior de dejarse guiar por un hermano o hermana mayor; en especial en las fases estratégicas de la reelaboración y reapropiación del propio pasado, en particular el más problemático, y la consiguiente libertad de aprender y de saber cambiar.

b) En la base del requisito de la « docibilitas » está la condición de ser joven, no tanto como cualidad anagráfica, cuanto como actitud global existencial. Es importante que quien solicita entrar en el seminario o en la vida consagrada sea verdaderamente « joven », con las virtudes y vulnerabilidad típicas de esta etapa de la vida, con la voluntad de dar el máximo de sí, capaz de socializar y de apreciar la belleza de la vida, consciente de las propias limitaciones y de las propias aptitudes, consciente del don de haber sido elegido.

c) Una área particularmente digna de atención, hoy más que ayer, es la afectivo-sexual. (111) Es importante que el joven demuestre que puede adquirir dos certezas que hacen a la persona libre afectivamente, o sea, la certeza que viene de la experiencia de haber sido ya amado y la certeza, siempre por la experiencia, de saber amar. En concreto, el joven debería mostrar el equilibrio humano que le permite saber estar en pie por sí mismo, debería poseer la seguridad y autonomía que le facilitan la relación social y la amistad cordial, y el sentido de responsabilidad que le permite vivir como adulto la misma relación social, libre de dar y de recibir.

d) Por cuanto atañe a las inconsistencias, siempre en el área afectivo-sexual, un prudente discernimiento debería tener en cuenta la centralidad de esta área en la evolución general del joven y en la cultura (o subcultura) actual. No es, pues, extraño o raro que el joven muestre específicas debilidades en este sector.

¿Con qué condiciones se puede prudentemente acoger la solicitud vocacional de jóvenes con este tipo de problemas? La condición es, que se den juntos estos tres requisitos:

1° Que el joven sea consciente de la raíz de su problema, que muy a menudo no es sexual en su origen.

2° La segunda condición es que el joven sienta su debilidad como un cuerpo extraño a la propia personalidad, algo que no querría y que choca con su ideal, y contra el que lucha con todas sus fuerzas.

3° En fin, es importante comprobar si el sujeto está en grado de controlar estas debilidades, con vistas a una superación, sea porque, de hecho, cada vez cae menos, sea porque tales inclinaciones turban siempre menos su vida (incluso la síquica) y le permiten desarrollar sus deberes normales sin crearle tensión excesiva ni distraer indebidamente su atención. (112) Estos tres criterios deber ser tenidos en cuenta para realizar un discernimiento positivo.

e) La madurez vocacional, en fin, es decidida por un elemento esencial que da verdaderamente sentido a todo: el acto de fe. La auténtica opción vocacional es a todos los efectos manifestación de la adhesión creyente, y es tanto más genuina cuanto más es parte y epílogo de un camino de formación a la madurez de la fe. El acto de fe, en el interior de una lógica que deja espacio al misterio, es precisamente el punto central que permite mantener juntos los extremos, contrapuestos a veces, de la vida, perennemente tendido entre la certeza de la llamada y la conciencia de la propia ineptitud, entre la sensación del perderse y del encontrarse, entre la grandeza de las aspiraciones y la pesantez de los propios límites, entre la gracia y la naturaleza, entre Dios que llama y el hombre que responde. El joven auténticamente llamado debería demostrar la solidez del acto creyente, manteniendo juntos estos extremos.


                                                                                                                                                                                                       
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