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Kiko Argüello, Iniciador del Camino Neocatecumenal. (De una conferencia en Asís el 1 de noviembre de 1996)
Me fui alejando de la Iglesia hasta dejarla totalmente. Había entrado en una profunda crisis buscando el sentido de mi vida. En Bellas Artes hice teatro. Conocí el teatro de Sartre y milité en esta línea un poco atea. Me dediqué a pintar, a hacer exposiciones... (...) Bien, Dios permitió que yo hiciese una experiencia de ateísmo, o, si queréis, una kénosis, un profundo descenso al infierno de mi existencia, una existencia sin Dios. Dios ha permitido que yo cortase todos los lazos con la trascendencia. Me escandalizaba profundamente de la indiferencia de mucha gente. Todas las personas de mi alrededor eran personas que iban a misa, pero en definitiva su vida no era profundamente cristiana... Desde mi misma familia, en la que mi madre iba a misa todos los días, y mi padre era católico. Pero el dios de mi casa era el dinero. La mayoría de las conversaciones en mi casa eran sobre el dinero. No estaba Dios en el centro de mi familia ni en el centro de la mentalidad que se tenía en mi casa, y eso era lo normal. Lo mismo puedo decir de mis tíos, y de todo el ambiente en que me movía. La religión era un aspecto más, una especie de barniz cultural, que al menos a mí no me convencía. Tal vez porque era pintor, artista, y tenía una profunda sensibilidad y un absoluto deseo de coherencia, de verdad. No aceptaba ser un burgués como mis padres, ni vivir una vida así, como supongo que les habrá sucedido también a muchos jóvenes. Recuerdo que entonces iba a misa el domingo y, con quince años, con algunos amigos, estando la iglesia llena, nos quedábamos al fondo -era antes del Concilio- y aguantábamos allí de pié..., se oía una campanilla y nos poníamos de rodillas, nos levantábamos y esperábamos a que terminase para poder largarnos... Yo me daba cuenta de que aquella no era una manera de practicar. Aunque parezca extraño, la misa así de mal vivida fue la situación por la que me iba dando cuenta de que tenía que dejarlo, tenía que buscar otros caminos. Una cosa tenía clara: no podía engañarme a mí mismo. No podía ser un cretino, un estúpido: o creía en Dios o, si no creía, era mejor dejarlo todo... y así es como lo dejé todo. Entonces intenté ser coherente con un tipo de existencialismo: con el absurdo total de la existencia humana. Y comencé a sufrir mucho porque ante mí todo el mundo se convertía en ceniza: se convertía en ceniza mi existencia, se convertía en ceniza todo. No tenía interés por nada, ni siquiera por pintar. Y tuve la fortuna, o si queréis la desgracia, de ganar un Premio Nacional de pintura muy importante en España. Entonces salí en televisión, en los periódicos, me había abierto camino profesionalmente, y eso ya fue la última gota, porque veía que aquello no daba ningún sentido a mi vida. Había muerto interiormente y sabía que mi fin seguramente sería el suicidio, antes o después. Y, de hecho, estaba literalmente sorprendido de que la gente fuese capaz de vivir cuando yo no era capaz de vivir. La gente se ilusionaba por el fútbol, por el cine... A mí no me decían nada. El fútbol no me gusta, y el cine me parecía estúpido. Vivir cada día significaba todo un sufrimiento. Cada día lo mismo: ¿para qué levantarme?, ¿quién soy yo?, ¿por qué vivimos?, ¿para qué ganar dinero? ¿para qué casarme? Y así todo ante mí carecía de sentido... Podría deciros muchas otras cosas, pero acorto para no aburriros... Recuerdo que sentía como si el cielo estuviese hecho de cemento, y yo me encontrase bajo una gran cloaca. Tenía esa imagen... El cielo, totalmente cerrado ante mí... Preguntaba a la gente a mi alrededor: Perdona un momento, ¿tú sabes por qué vives?, y no sabían ni por qué ni para qué vivían, pero vivían... Tal vez tenía que ser así, simplemente, vivir: uno se levanta, va a clase, come, después se va al cine o llama a un amigo... ¡Benditos los que son capaces de vivir así! Yo no lo era. Me refugiaba, escapaba de mí mismo. Se abría un gran abismo dentro de mí. ¡Abismo que en el fondo era una llamada profunda de Dios, que me estaba llamando desde el fondo de mí mismo! Entonces me ayudó mucho -por eso leer siempre es bueno- un filósofo que se llama Bergson. Bergson es el filósofo de la intuición. Dice que la intuición es un método de conocimiento superior a la razón. Dios permitió que ésta fuese para mí la primera chispa que me iluminase un poco, porque me había dado cuenta de que en el fondo yo era un racionalista, que me estaba destruyendo a mí mismo, porque en el fondo de mí algo no podía aceptar el absurdo de todo lo creado. Porque soy pintor, y entendía la belleza de la naturaleza: el agua, los árboles, los pájaros, las montañas. Me di cuenta de que para negar que todo tenía un sentido, para negar que Dios existe, se necesitaba tanta fe como para creer que existía. Y yo había dado el paso de aceptar que Dios no existía. Pero era una acción racionalista que chocaba con algo dentro de mí. Y entonces me dije: Mira que la razón no lo es todo, que en el hombre también está la intuición. Entonces con la intuición llegaba a reconocer que todo tenía un sentido, que existía Dios, que Él sabía por qué existo yo. Pero no sabía cómo encontrarlo. Luego leía el Evangelio que dice: no oponer resistencia al malvado... si alguno te abofetea en la mejilla derecha..., si alguno te roba... Recuerdo que una vez mi padre se enfadó y le dije: Mira lo que dice aquí. Tú eres católico ¿no? Y él me dijo que eso eran cosas de los santos, de San Francisco, y no sé de quién... Entonces le contesté: Este libro, la Biblia, lo puedes tirar por la ventana porque he entendido que no tiene ninguna relación con la realidad. Me niegas que esto se pueda vivir, que las cosas son como son..., que la vida es otra cosa: estudiar, ganar dinero, vencer... Entonces, ¿la Biblia, la fe, para qué os sirve...? Entré entonces en mi cuarto y me puse a gritar a ese Dios que no lo conocía. Le gritaba: ¡Ayúdame! ¡No sé quién eres! Y en aquel momento el Señor tuvo piedad de mí, pues tuve una experiencia profunda de encuentro con el Señor que me sobrecogió. Recuerdo que lloraba amargamente, me caían las lágrimas, lágrimas a ríos. Sorprendido me preguntaba: ¿por qué lloro? Me sentía como agraciado, como uno a quien delante de la muerte, cuando le van a disparar, le dijesen: Quedas libre, gratuitamente quedas libre y entonces aún no se lo cree y llora por la sorpresa de que le han liberado. Esto fue para mí pasar de la muerte a ver que Cristo estaba dentro de mí, y que alguien dentro de mí me ha dicho que Dios existe. El testimonio de Dios que da el Espíritu de Cristo a tu mismo espíritu. Fue un toque, un testimonio profundo que me decía no sólo que Dios existe, sino que Cristo es Dios. De hecho me presenté a un sacerdote y le dije que quería hacerme cristiano, y él me dijo: ¿cómo?, ¿es que no estás bautizado? Sí estoy bautizado, le contesté. Entonces, ¿qué quieres?, ¿hiciste la primera comunión?. ¡Sí!, pero mira que yo... ¡Ah, que quieres confesarte!... No me entendía. Pero yo sabía que lo que quería era hacerme cristiano, y para eso, ¿ir a confesarme un día y ya está? Yo sabía que hacerse cristiano tenía que ser mucho más serio. Así es cómo por fin hice Cursillos de Cristiandad, una iniciativa que surgió en España por esos años. Y me ayudó. Comencé una verdadera búsqueda del Señor. Iba a la Iglesia y decía a los demás: ¡Ayudadme a hacerme cristiano! (...) El Señor me permitió encontrar una persona que sufría. Entonces lo dejé todo y a todos. También mi prometedora carrera de pintor. Me fui a vivir a las chabolas. En Charles de Foucauld encontré la fórmula para vivir: una imagen de San Francisco, una Biblia -que sigo llevando conmigo porque la leo todos los días- y una guitarra. Entre las chabolas hechas con cartones, muy parecidas a las de Brasil, encontré una barraca que servía para los perros vagamundos y me metí allí. Hacía un frío terrible y venían todos los perros vagabundos a darme calor. Era algo gracioso estar allí con los perros, que de repente se encontraron con un nuevo huésped en su perrera que era yo. Allí en las chabolas ocurrió un milagro. Mis vecinos, la mayoría gitanos, me preguntaban quién era yo. Tenía barba, hablaba de forma distinta a la de ellos, pero hacía la misma vida: pedía limosna, trabajaba ocasionalmente como obrero... Entonces ellos me preguntaban, pero yo no quería hablarles. De Foucauld había aprendido la imagen de la vida oculta de Cristo: estar silenciosamente a los pies de Cristo-deshecho de la humanidad, destruido. Ser el último en estar ahí, a sus pies. Pero el Señor empezó a llevarme, en primer lugar, a dos chicos perseguidos por la policía por vender droga, y después a un indigente borracho. Al poco tiempo éramos un grupo de diecisiete personas en mi chabola de tres metros cuadrados. Lleno total. Allí me encontré con la sorpresa de que tenía que hablarles, darles una razón de mi fe. Tomaba la guitarra, cantábamos, abría la Escritura y decía: ¡Señor, ayúdame. Yo no sé predicar, no sé hablar!, del profeta Ezequiel. Ha visto que el Señor me daba un significado a la Palabra para amarles a ellos, por amor a estos pobres que traían las manos llenas de pecados. Uno había estado siete veces en la cárcel, otra era una vieja y fea prostituta. Había ladrones, vagabundos que recogían cartones por la calle y los vendían, gitanos que andaban vagabundos. Tuve muchos problemas y conflictos. Intentaron matarme dos veces... Una historia que es mejor no contar. (...) Cada vez que me he sentido desalentado, he sentido una voz dentro de mí que me decía: ¡Coraje, Kiko, ánimo, que te quiero! ¿De verdad me quieres? En serio, ¡te quiero mucho, muchísimo! Cristo me ha prometido: ·Kiko, ¡tú no morirás! ¡Un bautizado que viva coherentemente la fe ya ha resucitado con Cristo en el bautismo y forma parte del cuerpo de Cristo resucitado! Aquella gitana que me decía: ¿Cuándo has visto tú un hombre venir del cementerio? Yo ahora le puedo contestar: Yo he visto a este hombre que ha salido de la tumba y ha venido a decirme: ¡la paz esté con vosotros, yo he vencido al mundo! |
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