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La Vocación y la Cruz.
(Lucas 24, 13-32; 9, 23-24).
Capítulo 9.

 

           

            Eliminar la cruz de la vida de Cristo sería tan imperdonable como pasar por alto su resurrección.

            Ambas realidades forman parte del mismo misterio de Cristo. La cruz sin la resurrección no sería la cruz de Cristo y la resurrección, sin la muerte, sería una contradicción.

           

 

El punto focal de la vida de Cristo

 

            Dos de los discípulos de Cristo se pusieron en seguida a rehacer sus vidas después de ver morir en la cruz a su Maestro, de quien esperaban «que sería él el que iba a librar a Israel». Se pusieron en camino hacia sus hogares tan pronto como la ley les permitía viajar, a pesar de que se sentían aún muy apesadumbrados y sin poder dejar de hablar de lo sucedido. Cristo les alcanza en el camino hacia Emaús. Ya sabes lo que aconteció (Lucas 24, 13-32).

            Cuando le informaron de su tristeza a causa de sus esperanzas frustradas por la cruz... «Él les dijo: ‟¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria? Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre él en todas las Escrituras».

            ¡Qué lección aquella! No fue precisamente la fría explicación de un catedrático indiferente:

«¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino  y nos explicaba las Escrituras?», se dijeron al final.

            Cristo les hablaba con calor de la cruz y de la necesidad de sufrirla. Era una convicción que tenía enraizada en su corazón. Una destino que conocía perfectamente y al cual se preparó desde el inicio. La cruz no cayó de sorpresa, como un accidente, un mal día en que empezaban todas las cosas a salir bastante mal. Viendo a los soldados dispuestos a la acción, Jesús no invocó a su Padre para que enviara legiones de ángeles a rescatarlo de la muerte. Tenía un bautismo «con que ser bautizado» y se sintió «ansioso hasta que se cumpliera».

            Juan nos transmite las siguientes palabras de Cristo, cuando su voluntad humana sentía ya la cercanía del momento supremo del sacrificio: «Ahora mi alma está turbada. Y ¿que voy a decir? ¡Padre, líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto! Padre, glorifica tu Nombre» (Juan 12, 27-28a).

            Hacía mucho tiempo que Cristo anhelaba afrontar a su destino en Jerusalén. Su cruz no constituyó ninguna supresa y ningún error. Se convirtió en sorpresa sólo para sus discípulos, ya que, cuando Jesús les había predicho su final, ellos no le habían hecho caso y habían seguido pensando con los criterios de los hombres y no con los de Dios.

 

 

Condición para seguirle

 

            Durante su vida Cristo predijo su propia pasión y muerte y predijo también la cruz en la vida de cada uno de sus seguidores.

            «Decía a todos: ‟Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará» (Lucas 9, 23-24).

            Fíjate que Cristo lo dijo a todos los que le seguían. Así que se aplica aún más a todos los que le siguen más de cerca a través de una vida consagrada de pobreza, castidad y obediencia, y, de un modo especial, a todos aquellos que se identifican con Él en el sacerdocio.

            Cristo es bastante claro en advertir a todos que su camino no es un camino de rosas. «Entrad por la entrada estrecha; porque ancha es la entrada y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son  muchos los que entran por ella; mas ¡qué estrecha la entrada y qué angosto el camino que lleva a la Vida!; y pocos son los que lo encuentran» (Mateo 7, 13-14).

            Y tampoco nos deja la menor duda de que su cruz será nuestra cruz si le seguimos. «El siervo no es más que su seZor. Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros» (Juan 15, 20a).

            Sin embargo, Cristo, paradójicamente, nunca separa la cruz de la esperanza, de la vida y del gozo. «Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos» (Mateo 5, 11-12a).

            Recuerda, en efecto, que hay que escoger el camino estrecho, porque es el que conduce a la vida.

 

Condición para dar fruto

 

            «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto» (Juan 12, 24). Observemos de nuevo el énfasis que pone nuestro SeZor en lo positivo. Su Padre es el Dios de la vida, no de la muerte. Antes nos subrayaba cómo este morir a nosotros mismos es la condición para la vida. Ahora hace resaltar los otros frutos. Le cuesta mucho convencernos. No damos el brazo a torcer poruqe estamos acostumbrados al falso oropel de «vida» que el mundo y nuestra naturaleza caída nos enseZan y solicitan.

            Todo seguidor de Cristo tiene que pedirle en la oración que nos desbarate esta mentalidad mundana que tenemos. De lo contrario, si no creemos y predicamos este mensaje de Cristo, ¿qué vamos a ofrecer al mundo? ¿Más de lo mismo? No se darán conversiones si no predicamos la cruz. Estéril será nuestra predicación si no vivimos la cruz que predicamos. En ese caso sería la nuestra una predicación vacía como la de los fariseos, que ataban pesadas cargas a las espaldas de los demás pero que no movían un dedo para llevarlas.

            «La sangre de mártires es semilla de cristianos». Este aforismo se remonta a los primeros tiempos de la Iglesia y sintetiza su misma experiencia sobre la fecundidad de la cruz, cuando la muerte de los cristianos por su fidelidad a Cristo no tuvo como consecuencia el fin de la Iglesia, sino, por el contrario, su extraordinaria expansión.

 

 

 

Un mensaje especial para el mundo

 

            Optar por tomar nuestra cruz no significa tanto escoger entre una vida sin cruces y una vida con cruces; significa más bien decidir qué cruz tomar o qué sentido dar a las cruces que forman ya parte integrante de nuestra misma existencia. La cruz y el sufrimiento son realidades ineludibles. No son sólo los cristianos quienes tienen que ir al hospital o padecer sufrimientos morales o pagar el precio para alcanzar sus ideales.

            El misterio del sufrimiento toca a toda a vida humana. Cada persona que nace en este mundo tiene que afrontar su propia mortalidad. El modo de afrontarla depende de su forma de vivir y de sus imposiciones a quienes le rodean.

            Nuestra sociedad consumista ya ha fijado sus parámetros dentro del mundo material: ha optado por sus efímeras satisfacciones y comodidades y por el culto al cuerpo. De este modo ha dado a luz a un a cultura de la muerte y del egoísmo; ha deshumanizado al hombre reduciéndolo a un ser meramente material, que ya no posee un valor mayor que el árbol o que las especies en peligro de extinción.

            Para salvar a nuestra sociedad y darle un poco de esperanza tendremos que tomar en serio la palabra de Cristo, creer que su cruz es el único camino que lleva a la vida, vivirla y predicarla, transmitiendo esta misma esperanza a quienes nos rodean. En el discernimiento sobre nuestra vocación no debemos cometer el error de buscar el camino ancho y espacioso. Aún menos deberíamos cometer la injusticia de predicar este camino fácil y amplio como el auténtico camino hacia la vida. Ha sido, de hecho, el camino que ha conducido a la desesperación y al suicidio hacia donde está cayendo nuestra sociedad occidental.

 

                                                                                                                                                                                                       
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