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La pieza que le faltaba al rompecabezas.
Aunque ha pasado poco tiempo desde que consagré mi vida a Dios en totalidad, cada día que pasa me convenzo más de mi vocación y me enamoro más de Jesucristo.

Roma, 11 de mayo de 2005. Lourdes Zorrilla Garza nace el 9 de septiembre de 1970 en la Ciudad de México. Estudió la licenciatura en Educación Especial en la Universidad de las Américas y una especialidad en Educación en la Universidad Anáhuac. Cursó estudios de humanidades y filosofía en el Centro de Educadoras Internacionales de Monterrey. Actualmente trabaja en la dirección de un centro educativo en la ciudad de Roma. Ofrecemos a continuación su testimonio vocacional:

Durante mucho tiempo en mi vida tuve una sensación de insatisfacción que llegué a pensar era normal. Lo tenía todo, una vida perfecta, el trabajo perfecto, la familia perfecta, los amigos perfectos, apostolado, vida de oración y sacramentos. Pero no me sentía plena, algo faltaba; como si a mi rompecabezas le faltara una pieza.

Conforme avanzaban los días y los meses, más me afanaba en el empeño por resolver la necesidad de trascender, en medio de un ambiente materialista y superficial. Dios debía tener algo preparado para mí, pero no sabía dónde buscarlo o, mejor dicho, por dónde empezar a buscarlo.

Nací en México y me crié en un ambiente en que la fe era connatural a la propia vida. Desde muy pequeña me impresionaba escuchar la pasión de Cristo, no podía creer que Dios nos amara tanto y que fuera capaz de sufrir esas atrocidades para que nosotros nos salváramos. Y mientras fui creciendo, aprendí a encontrar a Dios en todo lo que me rodeaba.

Era natural que habiéndome desenvuelto siempre en un ambiente de fe, cuando llegó mi adolescencia, ese periodo de la vida en que todo son interrogantes, me surgiesen muchas dudas e inquietudes de por qué la gente no amaba a Dios. La respuesta me la dio un sacerdote; me contestó que la gente no lo amaba porque no lo conocía realmente, y que yo tenía que prepararme para llevar el mensaje y ser apóstol.

Quería ser una cristiana auténtica. Puse manos a la obra y me dediqué a estudiar, a leer sobre mi fe y a fortalecer mi relación con Cristo. Cuando entré a estudiar en la universidad, rodeada de un ambiente más contrario a la fe, procuré cuidar mis ideales y luchar para llevarlos adelante. El primer semestre de la carrera fui a la playa con unas compañeras. Me tocó compartir la habitación con una chica que pertenecía al Movimiento Regnum Christi que hasta entonces no había conocido. Me llamó mucho la atención su testimonio y fidelidad. Se divertía mucho, bailaba, jugaba, cantaba como cualquiera, pero dedicaba varios momentos del día a rezar. Y esa combinación era justo lo que yo necesitaba.

Poco tiempo después, me invitó a conocer el Movimiento Regnum Christi. Me gustó tanto que me comprometí seriamente con la formación cristiana que ofrece, con el apostolado, con la vida de oración. Había encontrado mi lugar. Pasó un año en el que viví feliz y realizada, y al término del cual me surgió la idea de dar un año de mi vida al servicio de Dios y de la Iglesia a través del Movimiento. Hasta ese momento no me había cuestionado ante Dios cuál era su voluntad para mí, pues había creído que el compromiso mayor ya estaba realizado con mi entrada al Movimiento. Sin embargo, ahora me daba cuenta de que tal vez Dios me quería en la vida consagrada y yo nunca me lo había planteado. No es que de natural me atrajese la idea, pero lo importante era el querer de Dios y no el mío.

Durante el año que trabajé a tiempo completo como colaboradora, tuve inquietudes de mayor entrega; algo en mi interior me decía que estaba llamada a dar más, pero nunca vi claro qué quería. Después de hablarlo con mi orientadora espiritual y con mi confesor, regresé a mi casa. «No me habéis elegido vosotros a mí», había dicho Jesucristo a sus apóstoles, y quedaba claro que así era, pues aunque había tratado de ser generosa con Dios y permanecer abierta a su voluntad, regresaba a casa sin ninguna señal de vocación a una mayor entrega. Dios no esperaba mi elección, era Él quien me iba a elegir a mí, pero tenía su momento.

Terminé la carrera de Educación especial y entré a trabajar a un colegio. Por las tardes desarrollaba un apostolado de mucho compromiso que sabía combinar muy bien con la vida profesional y social. Todo parecía ir muy bien, pero a pesar de ello, la sensación de insatisfacción seguía presente en mi vida y ya no sabía cómo encauzarla.

Tuve entonces la oportunidad de participar en la Jornada Mundial de la Juventud con el Santo Padre en París. En medio de toda aquella manifestación de fe, de entrega de tantos jóvenes a la transmisión del Evangelio y de los valores, percibí con claridad que Dios me pedía una entrega mayor. ¿Qué era lo que quería?

Traté de nuevo el tema con mi orientadora espiritual, y después de un tiempo Dios me expuso con claridad su voluntad. Debía comprometerme más apostólicamente. Me trasladé a vivir a otra ciudad para dirigir un colegio del Movimiento y apoyar con el trabajo de formación en grupos de jóvenes y adolescentes.

Este paso implicaba cambiar de ambiente y alejarme físicamente de mi mundo, para vivir sola en una ciudad que no conocía, pero con la seguridad de estar haciendo lo que Dios quería. Empecé a trabajar y poco a poco me sentí a gusto en aquel nuevo camino. Dios me bendijo con excelentes amistades, el mejor de los trabajos, un buen novio, éxito profesional, la unión y amor de mi familia que seguía en pie a pesar de la distancia. Todo volvía a ir bien; sin embargo, la sensación de insatisfacción seguía y cada vez con mayor intensidad.

Después de un año y medio de buscar entregarme en plenitud y ver que la inquietud seguía, le comenté a mi orientadora la necesidad que tenía de saber qué era lo que Dios quería de mí y por qué nada me llenaba. Quizás sólo era una exageración mía, quizás estaba buscando algo perfecto y, según yo, lo perfecto no estaba a mi alcance. ¡Qué equivocada, Jesucristo es perfecto! Intensifiqué mi vida de oración y sacramentos, pero Dios seguía reservándose su momento. Hasta que el momento llegó.

Fue en Semana Santa, el Viernes Santo, cuando acompañaba a Jesucristo, en adoración, minutos antes de las tres de la tarde. Le contaba aquella sensación que me invadía de creer que no me hallaba en el lugar preciso, haciendo lo que tenía que hacer, pues nada me llenaba. Justo en ese momento en que Él volvía a entregar su vida por mí en la cruz, cuando moría otra vez por mi salvación, experimenté con mucha claridad que mi vida tenía que ser totalmente para Él. Él me había elegido.

No esperaba aquella petición. Me sorprendió. Al mismo tiempo sentía en mi interior una paz inexplicable. El sentimiento de insatisfacción se esfumaba y aparecía la respuesta a tantas preguntas. Yo era para Dios. El rompecabezas de mi vida quedaba completo y en él se dibujaba el rostro de Cristo.

Aunque ha pasado poco tiempo desde que consagré mi vida a Dios en totalidad, cada día que pasa me convenzo más de mi vocación y me enamoro más de Jesucristo. Tengo que hacer que su mensaje llegue hasta el último rincón de la tierra, como una vez me dijo aquel sacerdote cuando era apenas una adolescente.

 

                                                                                                                                                                                                       
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¿Qué es esto?...

Un apostolado de los Legionarios de Cristo y del Movimiento Regnum Christi al servicio de la Iglesia.

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