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La Sagrada Escritura: Habla Dios.
Capítulos 1 y 2.
P. Anthony Bannon L.C.

(Lucas 5, 11)

Susurraba la brisa en aquella gélida noche, mientras los hombres se encaminaban hacia la orilla.

¡Qué agradablemente familiar era el bullicio de la oscuridad! Ahí quedaba grabado el modo de vivir de incontables generaciones. Ahí permanecía anclada la estabilidad de muchas tradiciones familiares.

¡Cuánto se podía reconocer en la oscuridad! La sombra singular del cojo Bartolomé; a los cinco años le había tirado un caballo salvaje. El inconfudible tosido de Jonás que, por no se qué manía, duraba sólo desde la puerta del hogar hasta la orilla. Siempre terminaba de toser al subirse a la barca y nadie, ni siquiera él mismo, sabía porqué. Pero siempre se podía saber a ciencia cierta cuándo llegaba y cuándo salía de su barca.

En la oscuridad se podía olfatear también la vergüenza que abrumaba a Josué, sin necesidad de escuchar ninguno de los numerosos consejos con que su madre y su hermana expresaban su cuidado y su preocupación por él. Desde que había enviudado tan joven, se había convertido de nuevo en el niño de la familia necesitado de protección, si bien ellas se aferraban a él desesperadamente, ya que era el único sostén que les quedaba. Su salud y su pesca diaria eran lo único que les apartaba de la indigencia.

Tampoco se podía uno perder a los niños juguetones de Felipe. Mientras dormían los demás niños del pueblo, estos tres correteaban por todas partes. Al final terminaban suplicando que les dejasen subir a las barcas y Felipe siempre terminaba dándoles palmaditas en la cabeza de cada uno, del mayor y de los dos gemelos, dejándoles quehaceres para ayudar a mamá y al viejo rabino, y concluyendo con la vaga promesa de «pronto». Felipe inclinaba sus hombros hacia la barca mientras escuchaba pacientemente a su hijo mayor decirle una y otra vez de mil maneras que «ya era mayor». Junto a él se le aparecía la sombra de Simón que se encogía para empujar también. Los tres niños se sumaban a la labor con sus enclenques músculos y gritos de entusiasmo. Simón le guiñaba el ojo a Felipe: «Ahora toca la de José, ya sabes».

Cuando ya estaban en el agua, José llamó a sus hermanos gemelos: «Bueno, muchachos, vamos por la de Simón».

Simón se quedó atarantado. ¿Qué podría decirles? ¿Qué iban a pensar ellos?

«Bueno, pues..., no, gracias, ahora no».

Miradas curiosas de los niños de siete años y del de nueve.

Simón era siempre el primero en todo. Se enojaba mucho con cualquiera que se hiciera el remolón o perdiera el tiempo o no pusiera todo de su parte. Era un tipo divertido con sus rápidas respuestas y sus discusiones con los recaudadores de impuestos. Por eso, antes de que le llovieran las preguntas, se puso listo para excusarse a tiempo: «Hoy no voy a ir con ustedes, pero, muchachos, les voy a necesitar mañana para que me ayuden a checar las redes. Ya verán los tipos especiales de nudos que les voy a enseñar».

La curiosidad se convirtió en entusiasmo. Simón levantó los ojos al cielo estrellado. La pesca iba a ser buena. Lo sabía.

La mayoría de las barcas ya estaba en el agua. Simón se inclinó a la suya que reposaba en la orilla. Su barba se ocultaba entre las manos. Todo ahí dentro era tan familiar. Una parte de él estaba ahí fuera, en el agua. Sí, la pesca iba a ser buena; lo sabía.

Todo a su alrededor le decía «vete». Pero sus pies no se movían. Las olitas que iban muriendo en la playa lengüeteaban sus pies. Su corazón le pesaba. Algo le estaba pasando que no llegaba a comprender.

Con una mano acariciaba los ásperos tablones de la barca. ¡La barca! Antes había pertenecido a su padre, pero desde que tenía diez años, cuando las manos de su padre empezaron a entumecerse, había sido Simón el que la había lijado, pintado, calafateado, reparado, el que había repuesto las clavijas, manufacturado las cuerdas, mantenido las redes, clavado el mástil, remendado las velas...

¿Cuántas tormentas sorpresivas no habían pasado juntos esta barca y Simón? ¿Y qué tal aquella vez cuando pensó que los romanos iban a quemar toda su pequeña flota...? ¿Cuántas veces no había bailado en la proa, riéndose a carcajada limpia, cuando sacaba del agua una pesada carga, y sobre todo cuando veía que Juan y Santiago no acertaban a ver los peces y él se permitía el lujo de hacérselo saber? Y también, ¿cuántas veces no se había golpeado el pecho con su puño en señal de frustración después de largas horas en el agua, sin nada de qué alardear, sin nada que traer a casa?

Acariciaba el costado de la barca.

Era su barca. Y era él. Era un pescador, nada más. Cada viruta y cada abolladura de su pequeña embarcación formaban parte de él mismo. Por alguna razón el verso de un salmo cruzó su mente en ese instante: «Pusieron su confianza en caballos y carretas». Y yo, ¿estaré poniendo mi confianza en mi barca? Nunca se lo había preguntado antes.

La pequeña flotilla se había adentrado ya bastante en el mar. La brisa aleteaba en el velamen y se escuchaba la voz de Set que guíaba la comitiva con su remo. Set siempre cantaba. Canciones populares, canciones nuevas, canciones sinsentido, canciones de niños, canciones de trabajo. Sabía incluso canciones griegas y romanas. Y podía imitar cualquier acento y tono de voz. Se puso a imitar la voz de Mateo, el recaudador de impuestos, y gritaba a Zebedeo que fuera honrado e informara hoy mismo de toda su pesca. Grandes carcajadas. Tenían los ánimos levantados. Magnífico d ía para pescar. Pedro murmuraba: «Un poco más afuera, después al norte: allí les estarán esperando los peces. Será un gran d ía».

Distraído, inclinado aún sobre la barca, jugaba con los pequeños guijarros que merodeaban entre los dedos de sus pies, los cogía y los lanzaba casi sin fuerza. El volcán de sus sentimientos se iba serenando mientras escuchaba el chasquido de los remos golpeando el agua y formando pequeñas ondas circulares. Por primera vez en años no estaba ahí al frente, bromeando, provocando, haciendo carreras, discutiendo...

Todo había cambiado el día anterior, precisamente con la más grande pesca de toda su carrera. Ironías del destino.

Suspiraba. Una última mirada. El cielo ya tenía una pequeña rendija de luz.

Ya antes de dar la vuelta, sintió que dos ojos le traspasaban. Ella había salido para ver lo que iba a suceder, para verificar si era verdad. Su suegra comprendía aún menos que él. Jesús la había curado una vez y ella, mujer práctica, se había levantado inmediatamente para servirles a todos. Podía entender que Jesús ayudara a Simón a conseguir una gran pesca. Pero no entendía lo que ellos le contaron que Jesús les había dicho poco después: «Dejen las barcas. Ahora pescarán hombres». Recordaba aún la fría punzada de temor que había sacudido su corazón. ¡Simón podía irse! ¿Qué sería de ellos?

Había venido a ver. Ahora lo sabía. Aquel hombre le había conquistado. Simón le seguiría.

Entre la confusión y el miedo se fue dando vueltas, buscando algún lugar para estar sola...

Simón la vio. Se le hizo un nudo en la garganta. Hubiera preferido tal vez una discusión o un berrinche. Aquella mirada silenciosa, lastimosa y amedentrada le traspas ó el corazón.

Caminaba por la playa con pies de plomo.

¿Qué le había pasado ayer cuando reveló a todos el gran éxito de su vida y vio la exaltación de la multitud que se aglomeraba alrededor?

Seguramente había visto la abundancia que los profetas habían prometido que llegaría con el Reino de Dios. Todos esos peces sacados de la nada. Jesú s tenía que ser el Mesías. Habían llegado los buenos tiempos; habrá comida y paz y libertad. Jesús lo haría. Y Jesús hab ía escogido a Pedro para que estuviera con Él en el establecimiento de su Reino.

Había, con todo, muchas otras cosas que Jesús decía sobre el Reino que no parecían encajar. Habrá dificultades. Y Simón tendrá que dejar lo que más amaba.

Pescadores de hombres.

Sentía que la epopeya de ayer era decisiva. Lo sentía cuando, después del milagro, sacaba la barca del agua y la encallaba en la playa. Alguien habí a puesto entonces una mano sobre su hombro. ¿Habrá sido Juan?

Y ahí estaba ahora, recorriendo la solitaria playa con los pies a rastras y su mente alborotada. Las otras barcas andaban ya a lo lejos perdidas en el horizonte. La suerte estaba echada. Pedro se había quedado. Ya no más peces... Hombres... ¿Qué querría decir eso?

Por poco no se tropieza con otra barca en la playa. Dos figuras a su lado. Juan y Santiago. Los tres permanecieron en silencio por un tiempo.

Les había penetrado. Les había sucedido a los tres. Las palabras de ayer habían calado hasta lo más hondo de su corazón. ¿ «Pescadores de hombres»? Pescadores de hombres. Pero, ¿qué quería decir eso?

No necesitaban muchas palabras. Se pasaron un buen rato contemplando el agua y su vida pasada.

Al fin dijo Pedro: «Será mejor que lo encontremos».

«Seguramente estará en su lugar de costumbre. Anoche se escabulló de nuevo», señaló Juan inútilmente. Los tres sabían bien dónde estaba.

Y así, tras una última mirada al mar, los tres atravesaron la playa, tomaron el sendero y se perdieron en la oscuridad.

Para encontrar al Maestro.

A aquel que les iba a hacer pescadores de hombres.

 

1. EL PLAN ETERNO DE DIOS,

O SEA, EL CUADRO COMPLETO

(Jeremías 1, 5; Efesios 1, 3-5)

 

 

 

 

 

«Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que nacieses, te tenía consagrado: yo profeta de las naciones te constituí» (Jeremías 1, 5).

Ahora compara este texto con los siguientes:

· Una madre hablando a sus hijos: «Yo no sé cómo aparecisteis en mis entrañas, ni fui yo quien os regaló el espíritu y la vida, ni tampoco organicé yo los elementos de cada uno» (2 Macabeos 7, 22).

· «Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo; por cuanto nos ha elegido en él antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor; eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad,...» (Efesios 1, 3-5).

 

Una verdad maravillosa

 

Vale la pena que releas estos pasajes de nuevo y los dejes ir penetrando en tu interior. Son palabra de Dios, capaces de introducirnos en un nuevo modo de pensar y de vivir. Nos arrancan de nuestra mentalidad terrena, mundana, y nos libera para hacernos entrar en la vida, en las dimensiones y en los criterios de la fe. Podrían convertirse de verdad en palabras revolucionarias para ti. Podrían cambiar tu percepción del mundo de arriba abajo. Podrían marcar un cambio radical en tu vida. A condición de que se acepten con fe.

Volvamos a estos textos para considerar lo que nos dicen. Antes que nada, dediquemos un pensamiento a quien las dice. Las palabras del libro de Jeremías son de Dios. Jeremías nos relata lo que Dios le dijo cuando le llamó. Por lo mismo, se trata de palabras que hay que tomar en serio. Palabras de una auténtica noticia sensacional en exclusiva. Su fuente de información es fiable por completo. Nada de adivinanzas. Oro puro. No tan fácil de descartar.

Jeremías era como uno de nosotros. No veía más allá de sus narices, se enredaba en sus problemillas diarios, andaba a la caza del plato siguiente. Un buen día Dios irrumpió en su vida.

¿Cómo se lo explica Dios?

No le dice: «Oye, ¿qué tal este nuevo plan que acabo de ingeniarme para ti?» Todo lo contrario. Le dice una cosa que deja pasmada nuestra inteligencia humana: «Antes de que te concibieran en el seno de tu madre, yo te conocía y te había separado para una misión especial». En otras palabras: «La llamada que apenas estás percibiendo no es un nuevo acontecimiento que te sucede por casualidad. Había constituido desde siempre mi proyecto para ti. Nunca te he pensado de ninguna otra manera».

Toma tu tiempo. Vuelve despacio sobre ello. Lleva contigo este pensamiento la próxima vez que te detengas y visites a nuestro Señor en la Eucaristía o vayas a Misa o recibas la comunión.


 

 

Lo que Dios mismo nos está revelando en la Biblia es que Él mismo nos ha dado la vida con una tarea asignada en mente. Nuestra vocación tiene un origen mucho más antiguo que nuestro primer encuentro con un misionero o con un sacerdote o con una monja, mucho más antiguo que aquel primer pensamiento sobre la vocación que nos agitaba por dentro, que aquel primer «quizás» que tal vez nos intranquilizaba. El plan de Dios, nuestra vocación, cuenta con unas raíces mucho más hondas y misteriosas que todo eso.

Por esta razón, cuando nos preguntan sobre la vocación, debemos cambiar por lo general nuestra perspectiva y punto de referencia. Algunos han reconocido su llamada «desde siempre», la han querido desde que eran niños. Para la mayor parte de las personas, en cambio, la llamada les ha caído de sorpresa; a unos se les ha acercado sigilosamente; a otros les ha salido de repente de no se sabe dónde. En cualquier caso Dios nos revela que la vocación es algo que en realidad ya tenía en mente para nosotros mucho antes de que naciéramos.

En conclusión, no podemos responder ni resolver nuestros interrogantes sobre la vocación  mirándonos sólo a nosotros mismo o refiriéndonos exclusivamente a nuestras «experiencias». Hay, además, otra dimensión. El horizonte es más vasto. El cuadro que tenemos que ver es más grande.

 

El cuadro incompleto

 

Por naturaleza tendemos a reducir el horizonte y a ver sólo una pequeña parte del cuadro.

· Así lo hizo Abraham y se rió del plan de Dios: «¿A un hombre de cien años va a nacerle un hijo?, ¿y Sara, a sus noventa años, va a dar a luz?». En otras palabras: «Lo que me estás prometiendo es imposible» (Génesis 17 y 18).

· Así también Moisés: «No sé hablar». En otras palabras: «Mira, no estoy hecho para la misión que me estás confiando» (Éxodo 4).

· Lo mismo Jeremías: «Mira que no soy más que un niño». En otras palabras: «Mira que es demasiado pronto, aún no estoy preparado» (Jeremías 1).

· Del mismo modo Jonás: intentó escaparse de Dios. En otras palabras: «Olvídate de tus planes, ya tengo otras ideas para mí mismo» (Jonás).

· También Isaías: «¡Ay de mí, que estoy perdido, pues soy un hombre de labios impuros!» En otras palabras: «No soy digno de la misión a la que me estás llamando» (Isaías 6).

Nuestra experiencia y nuestra mente chiquita sin el auxilio de la fe nos dejan ver sólo un detalle mínimo del cuadro. Ese detalle es nuestro hábitat natural. No nos exige ningún cambio ni esfuerzo personal. Es lo inmediato. Nos parece más real que cualquier otra cosa, porque nace como fruto de la experiencia ordinaria. Ese detalle del cuadro es lo que vivimos y sentimos y tocamos y oísmos y olemos, lo que deducimos de toda nuestra experiencia de vida sin haber levantado la cabeza o el corazón más arriba. Ahí estamos bien a gusto y nos sentimos seguros.

 

La reacción de Dios

 

¿Cómo reacciona Dios a las respuestas que le dan sus profetas, llenas de reservas porque sólo saben fijarse en un detalle del cuadro? Les dice: «Soy yo, no , el que tiene la clave de la cuestión». Les corrige y les hace ver todo el cuadro, el cuadro que seremos capaces de ver sólo cuando veamos las cosas desde su perspectiva. Después de darles su encargo, Dios no da marcha atrás ni cambia su misión para ajustarla a su falta de fe.


 

 

Cuando Abraham primero y posteriormente Sara se ríen de la idea de que tendrán un niño a su edad tan avanzada, Dios les pregunta: «¿Hay algo demasiado difícil para Dios?» Y después les repite la promesa.

Dios también le hace a Moisés una pregunta: «¿Quién hizo la lengua?» Y luego le repite su orden: «Vete, yo estaré contigo».

Jeremías obtiene la misma respuesta: «Vete, yo estaré contigo».

Y a Jonás no le salen las cosas de otro modo. Dios le da una buena lección y, cuando el pez le echa de nuevo a la orilla, lo único que hace Dios es repetirle su mandato.

A Isaías le purifica los labios y entonces él se ofrece como voluntario para la misión.

¿Sucede algo distinto con los apóstoles y discípulos? La Biblia no registra sus objeciones de palabra, pero por ciertas cosas que Cristo les dice podemos inferir que, aunque ellos no expresaran sus dudas, las tenían de todos modos almacenadas en su corazón. Y el Señor, que sabe leer todo lo que hay en el corazón del hombre, les dijo: «Os entregarán a los tribunales y os azotarán en sus sinagogas; y por mi causa seréis llevados ante gobernadores y reyes, para que deis testimonio ante ellos y ante los gentiles. Mas cuando os entreguen, no os preocupéis de cómo o qué vais a hablar. Lo que tengáis que hablar se os comunicará en aquel momento» (Mateo 10, 17-19).

¿Llegaron a aprender la lección a la primera? De hecho, incluso después de la resurrección les vemos encerrarse con llave y candado por temor de los judíos.

 

La vista desde la cima

 

Hay otro texto de la Biblia que deberíamos leer ahora que estamos platicando de este tema. Se trata de un pasaje sumamente hermoso, que nos ayudará muchísimo a ir comprendiendo cada vez más la propia vocación y a Dios mismo. En esta ocasión Dios habla del pueblo escogido, pero todo lo que dice se puede aplicar perfectamente a nuestras almas:

«Cuando Israel era niño, yo le amé, y de Egipto llamé a mi hijo. Cuanto más los llamaba, más se alejaban de mí: a los Baales sacrificaban, y a los ídolos ofrecían incienso. Yo enseñé a Efraím a caminar, tomándole por los brazos, pero ellos no conocieron que yo cuidaba de ellos. Con cuerdas humanas los atraía, con lazos de amor, y era para ellos como los que alzan a un niño contra su mejilla, me inclinaba hacia él y le daba de comer» (Oseas 11, 1-4).

¿Podía el Señor haber expresado de modo más bonito y emocionante el cuidado y el amor que tiene para con tu alma? ¿Acaso seremos capaces de leer estas palabras y quedarnos después tan anchos, sin dejarnos emocionar profundamente por la conclusión a la que tenemos que llegar: que Dios ha estado cuidando de la vida de cada uno de nosotros con cariño, compasión, misericordia, amor, con una confianza imperturbable de que algún día íbamos a caer en la cuenta de lo que estaba haciendo por nosotros e íbamos a regresar a Él? Con una confianza indestructible de que algún día íbamos a contemplar y a aceptar todo el cuadro completo?

 

Conclusión

 

En pocas palabras, tu vida está insertada en un cuadro más grande, que consiste en lo que Dios ha proyectado para ti, lo que tiene pensado para ti en su mente desde toda la eternidad. Es lo que ha estado preparando para ti y a lo que te ha ido conduciendo suavemente, con insistencia pero sin forzarte ni destruir tu libertad.

Consiste básicamente en lo que quiere hacer Él mismo por medio de ti.


 

 

Dios sabe bien lo que hay en el corazón del hombre. No se engaña. Nos conoce siempre. No podemos sorprenderle. No se deja llevar por las apariencias. No le podemos pillar distraído en nuestras entradas y salidas.

Todo lo que te ha sucedido que no haya sido producto de tu propio mal y malas obras forma parte de su plan. Si quieres saber lo que quiere, mira lo que ha estado haciendo, lee sus signos y observa por donde te ha ido llevando. Abre tu corazón y tu mente. No seas alguien que tiene «ojos (de fe) para ver, pero no ve, y oídos (de fe) para oír, pero no escucha».

 

 

(No te pierdas el siguiente capítulo la próxima semana...)

 

                                                                                                                                                                                                       
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