Contenido
Contáctanos
Obtener ayuda    
Guía Vocacional en tu Area
Encontrar un Director Espiritual
Haz tu pregunta
Boletín por E-Mail
Introduce tu dirección de e-mail para suscribirte ahora:

  

leer el último número...

MultimediaRecursos para la oraciónGuía vocacional personalNoticiasAdoración por las VocacionesEventos
Opciones de página
Volver a Pedro junto al mar
Anterior
Siguiente
Añadir a favoritos
Haz tu pregunta
Envíe por correo electrónico esta Página
Versión imprimible.
Contáctanos
Vocación y Realización Personal.
Capítulo 6.

 

            «Y les dijo: Mirad y guardaos de toda codicia, porque, aun en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes» (Lucas 12, 15).

            «El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará» (Mateo 10, 39).

            «Ya sabe vuestro Padre que tenéis la necesidad de eso. Buscad más bien su Reino, y esas cosas se os darán por añadidura» (Lucas 12, 30b-31).

 

¿Tener o ser?

 

            Para abordar el tema de la vocación y de nuestra realización personal voy a simplificar la descripción de dos cuadros. Quisiera ante todo que se tuviera en mente que las situaciones que voy a delinear no son ficticias, sino reales; simplificarlas no significa distorsionar o crear un pseudoproblema, sino más bien dejar a un lado una serie de circunstancias atenuantes, personales y subjetivas, con el fin de resaltar mejor la esencia de la cuestión

            Dos cuadros: dos parejas.

            A la primera todo le va bien. Ambiciona más éxitos todavía. Se han decidido posponer la formación de una familia porque sus carreras no les permite dividir su atención. Si continúan viviendo del mismo modo, ninguno de los dos estará dispuesto a sacrificar su carrera y su empleo con su salario correspondiente. ¿En qué consiste su estilo de vida? Un piso bien amueblado en el centro de la ciudad, comidas fuera, largas horas extra en sus empleos, absoluta disponibilidad para los clientes, vacaciones bien necesarias por la gran presión del trabajo, un buen Lexus y un Mercedes.

            La otra pareja vive a las afueras de la ciudad. Ya tienen niños. Al marido le acaban de ofrecer  una buena promoción. Ya pueden jugar con la idea de aspirar a más. Sin embargo, rechazan la oferta; tal vez tengan más niZos y, de todos modos, su interés pecuniario está en ahorrar para la educación de los hijos (primaria, secundaria, preparatoria, universidad). Por lo que tienen en casa se nota en seguida que no ansían ni lujos ni adornos de «caché», pero en el trato personal se descubre que no escatiman nada con tal de proveer las mejores oportunidades para sus hijos: educación, aficiones, música, deportes...

            En los esbozos de estos dos cuadro salen a la luz dos modos radicalmente distintos de concebir la vida. Salen a flote, por consiguiente, dos series radicalmente diversas de metas en las cuales se basan las decisiones particulares: «¿Cómo voy a usar mi tiempo? ¿Qué voy a hacer con mis ganancias? ¿Qué puesto va a ocupar el dinero en mi vida?...»

            La primera concepción de la vida se focaliza en cosas, posesiones y el estatuto social que proporcionan... La podríamos llamar «cultura del tener». La otra se centra en la persona humana, su crecimiento como persona, que busca hacer de cada una la otra y yo mismo una persona mejor.  Se trata de la «cultura del ser».

            Una busca tener más, la otra ser más.

 

Auténtico individualismo

 

            Al revés de lo que normalmente se piensa y dice, la auténtica vida cristiana hace más por el individualismo que el materialismo y el consumismo.

            Cuando nos obsesionamos por tener más, sobre todo en nuestra época de producción masiva,  casi en seguida se nos evapora la propia individualidad: nos la absorben las masas que nos arremolinan en los centros comerciales. Procuramos tener lo mismo que los demás o algo mejor que lo que tiene el vecino y siempre para sobresalir. Vamos en pos de la última novedad, como una gota en la gigantesca ola de consumidores al asalto del último modelo de coche o de vídeo, siempre dispuestos a recambiarlo por el próximo modelo de lujo tan pronto como nuestro bolsillo o nuestro crédito lo permitan. Nos convertimos en estadísticas anónimas que afectan el índice de los gastos del consumidor. Nada más. Y encima, la mayor parte de las veces ni siquiera usamos a fondo lo que compramos. Ahí está en los escaparates el coche último modelo, que sólo se diferencia del anterior en que puede correr a más velocidad una velocidad a la cual, de todos modos, nunca manejaremos  , y, sin embargo, apremiados por el tamboreo implacable y veleidoso de los comerciales, nos convertimos en esclavos compradores de la última novedad anunciada.

            Cuando nos empeñamos en crecer, en ser más antes que en tener más, abrimos nuestra vida al horizonte de la moralidad. Pensamos entonces en clave de lo bueno y de lo cabal. Ejercemos nuestro dominio sobre las cosas. De entre la espléndida variedad y calidad de bienes que la economía de consumo nos ofrece seremos capaces de escoger aquellos que nos sirven a fin de crecer como personas y sabremos también decir no a las cosas que nos impiden u obstaculizan alcanzar las metas que nos hemos trazado.

            Quien busca «ser» más sabe que no se necesita ver ni leer la última película de cine y el último «best-seller». Hará bien incluso en evitar algunas películas y libros que socavan sus principios, su sentido moral y su integridad humana. Por otro lado, muchos clásicos son sumamente beneficiosos. Hará bien, pues, en buscarlos aunque no se estén promocionando.

 

Felicidad y autorrealización

 

            Vamos más a fondo todavía. ¿No habrás escuchado por casualidad a alguien que haya viajado a un país o visitado una región subdesarrollada y se haya quedado pasmado en estos o en términos parecidos: «No puedo creerlo. Esa gente no tiene nada. Viven en chabolas, sin drenaje, y aún así se ven tan felices...»?

            No siempre será así, pero hay una verdad de fondo en esta reacción.

            En nuestra sociedad nos hemos acostumbrado a hacer la conexión, en sí misma falsa, entre «tener» y «ser feliz». Con este principio tratan de vendernos todos los productos. ¿Comprarías un carro nuevo si sospecharas que te iba a aburrir? Por eso la publicidad nos enseña la relación: compra esto y así comprarás tu felicidad garantizada. Y para colmo, nos lo «tragamos».

            Cierto, las cosas nos hacen la vida más fácil. Pueden aligerar la carga y aliviar la pena. Nos pueden complacer y dar cierta satisfacción, sobre todo si alguien admira lo que tenemos y nos envidia. Pero no nos pueden hacer felices. Si pudieran, no habría suicidios en una sociedad tan opulenta, al menos entre la clase alta. No sentiríamos la necesidad de conseguir más y más. No se buscaría un escape en las drogas.

            La felicidad y la realización personal están a un nivel mucho más profundo. Se dan en proporción directa con nuestra integridad como personas humanas y como cristianos. Por eso Cristo podía asegurar que todo el que da la cara por su fe y sufre persecución será feliz.

            La felicidad y la realización personal no se basan en lo que tenemos, sino en lo que encontramos cuando miramos dentro de nosotros mismos y descubrimos qué clase de persona somos.  Tenemos un alma que sobrevivirá a la tumba. Esta verdad nos garantiza que nuestro subconsciente estará siempre buscando lo que sobrevive a la tumba, la riqueza que «los ladrones no pueden robar ni la polilla carcomer». Terminaríamos miserablemente insatisfechos y frustrados si nos percatáramos que todo lo que tenemos como personas no son más que unas cuantas fruslerías, a merced de las fluctuaciones del mercado, incapaces incluso de garantizarnos la vida física y la salud necesarias para disfrutarlas. Por eso no es de extrañar que los ricos y las estrellas del mundo puedan tener depresiones igual que el resto de los mortales.

            Nos realizamos y conquistamos la verdadera felicidad como seres humanos al esforzarnos con honestidad por ser lo que debemos ser como personas humanas: buenos, honrados, responsables, virtuosos. Como cristianos nos realizamos y conquistamos la verdadera felicidad al esforzarnos por ser lo que debemos ser como cristianos, viviendo como Cristo quiere que vivamos, permaneciéndole fieles y haciendo con nuestra vida lo que Él quiere que hagamos.

            Sin embargo, por paradójico que parezca, la realización personal y la felicidad humanas y cristianas no vienen «naturalmente», por más que nuestra naturaleza las pida a gritos.

 

Tarea

 

            Estás ahora en condiciones para responderte a ti mismo una pregunta conocida: ¿Cómo es posible que Cristo nos prometa la felicidad si para seguirle hay que renunciar a tantas cosas?

 

                                                                                                                                                                                                       
Buscar
  Ok
Adoración por las Vocaciones
Hoy
(En tiempo GMT)
7:00 P.MCapilla Nuestra Señora de Lourdes (Padre Hurtado...)
9:00 P.MColegio Cumbres Masculino (Chile)
11:30 P.MColegio Cumbres Femenino (Chile)
Mañana
MedianocheSección Señoras Santa María de Guadalupe (Santiago de C...)
Ver semana entera..

¿Qué es esto?...

Un apostolado de los Legionarios de Cristo y del Movimiento Regnum Christi al servicio de la Iglesia.

Microsoft VBScript runtime error '800a01a8'

Object required: ''

/content.asp, line 805