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San Agustín. (De su libro Las confesiones) Mientras seguía en la angustia de mi decisión, me tiraba del pelo, me golpeaba la frente, me retorcía las manos, me apretaba las rodillas...; pero no puedo decir que eso lo hiciera sin querer, lo hacía porque quería. En cambio, por dentro me parecía a esos que quieren moverse y no pueden, por estar mutilados o estar débiles por alguna enfermedad o por estar atados e impedidos de cualquier otro modo. Cuando dudaba en decidirme a servir a Dios, cosa que me había ya propuesto hacía mucho tiempo, era yo el que quería, y yo era el que no quería, sólo yo. Pero porque no quería del todo ni del todo decía que no, por eso luchaba conmigo mismo y me destrozaba... (...) De esta manera me atormentaba a mí mismo con más dureza que nunca, una y otra vez, plenamente consciente de ello, revolviéndome entre mis ligaduras para ver si rompía ese poco que me sostenía, pero que, poco y todo, me tenía atado. Dios me movía, gritándome desde dentro de mí; y con su severa misericordia redoblaba mi miedo y mi vergüenza a ceder otra vez y no terminar de romper lo poco que me quedaba, para que no se rehiciesen otra vez mis viejas ligaduras, y me atasen otra vez y con más fuerza. Yo, interiormente, me decía: ¡Venga, ahora, ahora! Y estaba casi a punto de pasar de la palabra a la obra, justo a punto de hacerlo; pero... no lo hacía; aunque, al menos, no daba un paso atrás, sino que me quedaba como al borde de mi paso anterior; tomaba aliento, y lo intentaba de nuevo. Cada vez faltaba menos, y luego menos, y ya casi tocaba el fin, casi lo alcanzaba. Pero la verdad es que ni llegaba a él ni lo tocaba ni lo alcanzaba. Podía más en mí lo malo, que ya se había hecho costumbre, que lo bueno, a lo que no estaba acostumbrado. Me aterrorizaba cada vez más a medida que se acercaba el momento decisivo. Y si ese terror no me hacía volver atrás ni apartarme de la meta, me tenía paralizado y quieto. Eran cosas de nada lo que me retenía, vanidades de vanidades, mis antiguas amigas; y me tiraban de mi vestido de carne y me decían bajito: ¿Es que nos dejas? ¿Ya no estaremos más contigo, nunca, nunca? ¿Desde ahora nunca más podrás hacer esto... ni aquello? ¡Y qué cosas, Dios mío, me sugerían con las palabras esto y aquello! ¡Por favor, Dios mío, aléjalas de mi alma! ¡Qué suciedades me sugerían, qué indecencias! Aunque las oía ya como de lejos, menos de la mitad que antes, ya no enfrentándose a mí cara a cara, sino como susurrando a mi espalda y pellizcándome a hurtadillas, mientras me alejaba de ellas para que me volviese. Aún así, conseguían que yo todavía vacilase y tardase en romper y desentenderme de ellas e ir de un salto donde era llamado. Mientras, mi arraigada costumbre me decía: ¿Qué? ¿Es que piensas que podrás vivir sin estas cosas, tú? Pero esto me lo decía ya con poca fuerza; porque hacia donde yo miraba, y donde yo tenía miedo de saltar, podía ya ver la casta dignidad de la continencia, serena, alegre, acariciándome honestamente para que me acercara sin miedo; extendía hacia mí sus piadosas manos, llenas de buenas obras, para darme la bienvenida y abrazarme. Y ella me sonreía con una risa que me alentaba; parecía decirme: ¿Por qué no vas a poder tú lo que éstos y éstas han podido? ¿O es que te crees que éstos y éstas lo pueden con sus propias fuerzas? ¡No, es con la fuerza del Señor su Dios! El Señor su Dios me ha dado a ellos. ¿Por qué intentas apoyarte en ti si no puedes ni tenerte en pie? Échate en sus brazos, no tengas miedo; échate seguro de que te recibirá y te curará. Y yo me llenaba de una gran vergüenza, porque todavía escuchaba los susurros de aquellas atractivas vanidades, y dudaba, y seguía sin decidirme. Pero de nuevo la continencia parecía decirme: No escuches a tus sucios deseos, mortifícalos; ellos te hablan de placeres, sí, pero no son conformes con la ley del Señor tu Dios. Esta era la lucha que tenía lugar en mi corazón, yo contra mí mismo. Me fui al jardín como empujado por esta explosión afectiva, para que nadie me interrumpiese el acalorado combate que yo había entablado conmigo mismo. Quería estar solo para resolver de una vez lo que Dios ya sabía. No hacía más que torturarme, y eso me daba vida; me moría y a la vez resucitaba; me daba perfecta cuenta de lo mal que me encontraba, pero no sabía lo bien que iba a sentirme poco después. Me fui al jardín, como he dicho, y Alipio (su amigo) me siguió. Aunque él me acompañara, no por eso me sentía menos solo (...) Y yo, no sé cómo, me eché bajo una higuera y di rienda suelta a mis lágrimas. No con estas mismas palabras, pero sí con este mismo sentido, dije a Dios muchas cosas como estas: Tú, Señor, ¿hasta cuándo? ¡No quieras acordarte ya más de mis pasadas maldades!. Me sentía todavía preso por ellas y daba gritos gimiendo: Hasta cuándo, hasta cuándo, mañana, mañana! ¿Por qué no hoy? ¿Por qué no ahora mismo y pongo fin a todas mis miserias? Mientras decía esto y lloraba con amarguísimo arrepentimiento de mi corazón, de repente oí de la casa vecina una voz, no sé si de niño o de niña, que, cantándolo o repitiéndolo muchas veces, decía: -Toma y lee, toma y lee. De repente, se me demudó la cara, e intenté recordar si había algún juego en el que los niños soliesen cantar algo parecido, pero no recordaba haber oído nunca nada semejante; conteniendo mis lágrimas, me levanté, interpretando esa voz como una orden divina que abriese el libro y leyese lo que se me apareciera al abrirlo. (Es que había oído decir de Antonio que, por una lectura del Evangelio hecha por casualidad, y aplicándose a sí mismo lo que leía -Vete, vende todo lo que tienes, dalo a los pobres y tendrás un tesoro en los cielos, y después ven y sígueme-, se había convertido a Dios en aquel mismo momento, con aquella lectura.) Por eso, de prisa, me volví al sitio donde estaba sentado Alipio donde yo había dejado el libro del Apóstol al levantarme de allí; lo tomé, lo abrí y leí en silencio lo primero con lo que me encontré; decía: No andéis ya en comilonas y borracheras; ni en la cama haciendo cosas impúdicas; dejad ya las contiendas y peleas, y revestíos de Nuestro Señor Jesucristo, y no os ocupéis de la carne y de sus deseos. No quise leer más, ni era necesario tampoco, pues en cuanto terminé de leer ese párrafo, como si me hubiera inundado el corazón una fuertísima luz, se disipó toda la oscuridad de mis dudas. Cerré el libro poniendo punto con el dedo o quizá con alguna cosa, y ya tranquilo se lo expliqué todo a Alipio. Después entramos a ver a mi madre, se lo dijimos todo y se llenó de alegría. (...) (¡Señor! Soy siervo tuyo e hijo de tu sierva. Rompiste mis ataduras; yo te ofreceré un sacrificio de alabanza. Que mi corazón te alabe y mi lengua, y que todos mis huesos digan: Señor, ¿quién es semejante a Ti? Que lo oigan, y que Tú respondas y digas a mi alma: Yo soy tu salvación. ¡Qué dulce fue para mí verme de repente privado de la dulzura de aquellas cosas de nada! Cuanto temía antes perderlas, tanto más gozaba ahora por haberlas dejado; Dios, mi grande y verdadera dulzura, las había echado de mí. Él las arrancaba de mí, y en su lugar entraba Él, más dulce que toda dulzura, pero no a la carne; más luminoso y claro que la misma luz, y al mismo tiempo más oculto que cualquier secreto; más sublime que todos los honores, aunque no para los que buscan su propia honra. Mi alma estaba libre de las devoradoras preocupaciones de la ambición, del dinero, de las pasiones en que se revolcaba, de la sarna de la sensualidad. No hacía otra cosa que hablar de Dios, mi luz, mi riqueza, mi salvación, Señor mío. |
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