Contenido Testimonios ![]() Preguntas frecuentes ![]() Multimedia ![]() Actividades vocaci... ![]() Camino vocacional ![]() Libros y Artí... ![]() Reflexiones ![]() Enlaces Oraciones ![]() Guía de Adora... Contáctanos
Boletín por E-Mail |
| |||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
Preferiría Casarme. Capítulo 12.
¿Y quién no? «Pues todo sacerdote y religioso que haya hecho el voto del celibato». No es verdad. Sí, no es verdad. Te parecerá difícil creerlo, porque he respondido a lo que has preguntado y no a lo que pensabas que estabas preguntando. Cuando nos hacemos esta pregunta: «¿Quién no quisiera casarse?», solemos creer en el fondo que estamos preguntando: «¿Es que no es atractivo para todos casarse?» La respuesta a esta última cuestión resulta, desde luego, evidente: «¡Claro que sí!» Entonces, ¿por qué hay gente que prefiere no casarse? ¿Por qué se decide alguien a mantenerse soltero? Cuando nuestro Señor enseñó a los discípulos una ley de vida muy normal: que ni el hombre ni la mujer debían divorciarse del cónyuge, se quedaron pasmados y exclamaron que, en tal condición, resultaba mejor no casarse. Entonces Cristo les respondió: «No todos entienden este lenguaje, sino aquellos a quienes se les ha concedido» (Mateo 19, 11). Aprovechó lo que pudo haber sido una reacción jocosa, satírica de sus apóstoles para decirnos una verdad como una catedral de grande. Vamos a reflexionarla. ¿Puro cuento? Antes que nada recordemos en qué se basan todas las historias de héroes. El héroe es quien hace lo que todos sabemos debería hacerse, lo que haríamos nosotros mismos si estuviéramos en su lugar y la ocasión se presentase, y que, sin embargo, probablemente no haríamos. Por eso le admiramos cuando lo hace. Mientras se va desarrollando la historia, le apremiamos, le animamos, le decimos que siga adelante, cueste lo que cueste, hasta realizar la noble gesta. Si nos topamos con que el protagonista que considerábamos un héroe resulta ser un cobarde (o alguien no mucho mejor que nosotros), nos quedamos totalmente desilusionados. Nos duele a fondo esta «traición». Echemos ahora un vistazo a lo que nos ocurre por dentro mientras leemos la historia. Nuestra mente, en primer lugar, determina que hay ciertas cosas que tienen valor, como por ejemplo, rescatar a una persona secuestrada. Admitimos, en segundo lugar, que este valor supera a otros que salen a flote de manera espontánea; por ejemplo, mantener la propia vida fuera de peligro. Tercer paso: reconocemos que es bueno sacrificarse; por eso admiramos y rendimos honores al salvador que ha sufrido heridas. Cuarto: sabemos que debe haber una proporción adecuada entre el buen resultado de la hazaña (el rescate) y el peligro (herida o muerte); seguramente no te meterías en la madriguera del oso para rescatar una muñeca de trapo, pero ¿y qué tal si hubiera una niñita ahí dentro? Sin embargo, se puede dar algo más profundo en las historias de héroes. Quédate con la última pregunta del párrafo anterior y reformúlala de este modo: «¿Y qué tal si fuera mi hermanito o hermanita quien estuviera ahí dentro de la madriguera del oso?» El amor nos puede convertir a todos en héroes. Amor, dolor y sacrificio El amor ilumina el sacrificio de modo totalmente nuevo. Lo hace asequible, comprensible, honroso, bueno. Nos lo esperamos. Más aún, el amor es capaz de transformarnos en los héroes que nunca hubiéramos soñado ser. Una de las personas que ha amado con más pasión en esta tierra escribía que el amor es amable, no busca su propio provecho, todo lo soporta, todo lo sufre, todo lo aguanta. «Por eso podía haber dicho , si quieres convertirte en héroe, aprende a amar». Seguramente no nos referimos a esta clase de amor cuando pensamos en él. Por lo general pensamos en el amor del matrimonio y sólo en la felicidad que conlleva, no en su sacrificio. Sin embargo, todo el que ama necesariamente se sacrifica. El amor implica poner a otra persona, y no a uno mismo, en el primer lugar, cosa que no se puede lograr sin sacrificio. Eso es precisamente el sacrificio: un dolor voluntario. Podemos dejarnos el pellejo jugando futbol o basketball y terminar deshechos; al escalar podemos resbalarnos y pagar las consecuencias; podemos tener una muela picada. Todo esto nos duele, nos causa dolor. Pero hay una diferencia abismal entre eso y el sacrificio. El sacrificio es el dolor asumido a propósito por amor o por dedicación. Sacrificio es lo que hace un futbolista al quedarse entrenando cuando podía tirar la toalla y salir por ahí de fiesta con sus amigos. Se obliga a sí mismo a entrenar más para alcanzar su sueño: unas sentadillas más, una vuelta más al campo, unas lagartijas más... aunque tenga su cuerpo molido y no sepa con certeza si le van a sacar a jugar o dejar en la reserva. Sacrificio es lo que hace la madre que se queda noches enteras junto a la cama de su hijo enfermo. Es la preocupación, angustia y oración de un padre o de una madre que ven a su hijo o a su hija alejarse por primera vez del hogar. Es la entrega del misionero que se despide de la familia para partir a tierras lejanas sin saber si volverá a verles algún día. Sacrificio es todo lo costoso que hacemos porque arde el amor en nuestro corazón. Dios nos da la posibilidad de convertir incluso el dolor y el sufrimiento inevitables de la vida como la enfermedad en sacrificio, en acto de amor, aceptándolo y ofreciéndolo por amor a Él. El amor, cuando sale airoso de la prueba y se demuestra con el sacrificio, crece. Y cuando el amor va creciendo, acepta y se abraza al sacrificio con mayor disponibilidad, con más naturalidad. Amor e imitación Podemos mencionar otra faceta del amor ahora que estamos hablando de este tema. Imita. Habrá gente que llega a los extremos más ridículos en su imitación de lo que aman, pero todos somos testigos de expresiones más normales de la imitación por amor, como por ejemplo, la influencia recíproca que se da entre dos novios enamorados, y todavía más, el niño o la niña que imita a su papá o a su mamá. El amor siempre nos transforma. Nos afectan las cosas o personas que amamos precisamente porque nos inducen a imitar lo bueno que admiramos en ellas. En nuestros modales y comportamiento reflejamos las cosas y las personas que valoramos. Impepinablemente. Desde la imitación superficial del muchacho que lleva el retrato de su ídolo en la camiseta hasta la imitación más intensa y profunda de quien cambia su estilo de vida siguiendo el de la persona amada. Así sucede en una conversión. Una persona se convierte cuando descubre lo mucho que le ha amado Cristo y trata entonces de corresponderle amándole de la misma manera. Implica siempre un cambio de vida, aún en el caso de que hasta ese momento se esté llevando una buena vida. Una auténtica conversión se demuestra cuando uno se adentra en la Biblia para descubrir a la Persona que le ha cautivado, cuando busca el Sagrario para estar con Él, cuando acude al sacramento de la confesión para reconciliarse de nuevo con Él. Como en san Pablo, convertirse conllevará siempre dejar lo viejo, que es del mundo, por lo nuevo, que es de Cristo. Significará pensar como Cristo, esperar como Cristo, amar como Cristo, perdonar como Cristo, darse a los demás como Él se dio. Algo así sucede también en todo amor humano que sea auténtico y profundo. Nuestra primera pregunta Al inicio queríamos responder a esta cuestión: «¿Por qué los sacerdotes no se casan?» O, si se prefiere en otros términos: «El hecho de que me atraiga el matrimonio, ¿no será una señal clara de que no tengo vocación?» Ahora nos preguntamos: con todo este discurso que hemos hecho hasta aquí, ¿no nos hemos ido por las ramas? Pues no. Con estas reflexiones hemos llegado precisamente al núcleo de toda vida cristiana. Ahora sólo nos toca ver su aplicación. Celibato = no casarse + mucho más No sería justo afirmar simplemente que los sacerdotes no se casan. Con este punto no se empieza ni siquiera a raspar la superficie de la promesa del celibato. Si se tratara simplemente de una cosa personal, de una elección privada, de «mi asunto», sin mayor importancia o significado, no molestaría a tanta gente. Muchos no se casan y basta; a nadie se le calientan los humos por eso. El celibato es diferente. Para algunos resulta fácil darse cuenta de que no han recibido esta llamada. Cuando tienen que elegir su estado de vida, no se les pasa por la cabeza la posibilidad del celibato y por tanto no les provoca ningún malestar a la hora de planear su matrimonio. Otros, en cambio, han sido llamados a vivir célibes y se resisten al sacrificio. La idea del celibato les perturba, ya que, por necesidad, están profundamente divididos: entre satisfacer o no una aspiración humana perfectamente legítima o seguir o no la llamada de Dios. El celibato, un desafío para los demás He aquí el mensaje que, sin palabras, comunica toda persona que se ha consagrado como célibe: «Dios me lo ha pedido y lo hago. ¿Eres tú capaz de hacer lo que Dios te pide, sea como soltero, sea como casado?» El celibato del sacerdote, del religioso y del seglar consagrado suele resultar problemático para quienes no han sido llamados a vivirlo y sobre todo para quienes no creen en la fe católica. Se halla en el nivel de las hazañas heroicas que provocan en los espectadores interrogantes sobre sí mismos. El desafío que el celibato lanza a todos, casados y solteros, creyentes y no creyentes, es simple, directo y total: ¿Qué buscas en la vida? ¿Sabes controlarte a ti mismo? ¿Sabes usar bien los dones que Dios te ha dado? El celibato cuestiona su concepto de felicidad, la fascinación por el placer que tiene el mundo y, concretamente hoy día, su búsqueda alocada de lo sensual. El celibato tiene mucho que ver con nuestro concepto de persona humana y de su destino. El celibato, un desafío para el sacerdote El sacerdote acepta el celibato como llamada de Cristo a imitarle y a servirle a Él, a la Iglesia y a la gente del mejor modo posible. Nos conviene ahora volver a las ideas mencionadas sobre nuestros presupuestos a la hora de aceptar y de desear el heroísmo. Decíamos que dábamos por supuesto el hecho de que algunas cosas tengan valor. Ahora en concreto nos referimos al valor de la llamada de Cristo, llamada a servir a los demás a través de una plena dedicación de toda la persona, sin ninguna distracción, para darles al Jesús de la salvación (cf. 2 Corintios 7). Considerábamos, además, que algunos valores (aquí el servicio total) son mayores que otros que nos salen al encuentro de modo espontáneo (ahora nos referimos a la constante compaZía de otra persona en el matrimonio y a la satisfacción de ser padre o madre). Este sacrificio, decíamos, es bueno; ¿no admiramos a lo mártires que prefieren morir antes que ser infieles a su compromiso?. Y en nuestro caso también se da, finalmente, un proporción entre el sacrificio y el fruto obtenido: Cristo mismo hubiera dado toda su vida por una sola alma. De todos modos, esta explicación del celibato sigue siendo muy pobre. Si sólo nos quedamos aquí, lo veremos nada más como una camisa de fuerza que hay que llevar de mala gana. Amar más, amar con más profundidad No puedes llegar a ser célibe por Cristo si no eres capaz de amar apasionadamente, de amar con constancia, de amar fielmente. Hay gente que se queja de que el celibato es una mera imposición de la Iglesia. Si así fuera, entraría sólo en la categoría del dolor, que antes explicábamos, no en la del sacrificio. Aún suponiendo, con todo, que no consistiera más que una dura condición que la Iglesia impone en todos los que desean ser sacerdotes, una vez que la aceptas porque quieres ser sacerdote de Cristo, ya la estás convirtiendo en un acto de amor. Prefieres de este modo responder a la llamada de Cristo al sacerdocio en un estilo de vida y con unas condiciones que no resultan nada fáciles para ti. Has hecho un acto de amor. Has hecho un sacrificio por tu amor. Tu amor ha crecido muchísimo, te lo aseguro. Y continuará creciendo a un ritmo extraordinario si te mantienes fiel a este amor. Pero aún hay más, mucho más. El celibato es amor y, como cualquier otro amor, el celibato es imitación. Amor en la imitación Ser célibe significa escoger precisamente el mismo estilo de vida que Cristo escogió para sí. El mismo también que escogió María. Se trata éste de un punto clave. El celibato del consagrado busca ser como Cristo. Quiere ser como Cristo. Toma cualquier medida necesaria para ser como Cristo. La Iglesia ha sido llamada a ser Cristo en sus miembros, algunos de los cuales están llamados a reproducir en su vida la misma virginidad y celibato de Cristo mismo. Cuando te consagras a Cristo como célibe, predicas con tu vida. Enseñas a la gente que ningún placer del mundo puede compararse con el amor a Jesús y con lo que significa estar con Él por toda la eternidad. Si alguna vez te sientes débil, el camino mismo que has escogido te recordará todas estas verdades. Amor en la dedicación La consagración total del celibato nos libera de todo para poder dedicarnos completamente a las cosas de Cristo. Hace posible un tipo de servicio y dedicación que sería imposible de obtener en otras circunstancias. Nadie mejor para comprenderlo que el misionero seglar casado. Las responsabilidades como padre constituyen el camino de santidad para todo casado e implica una inversión de recursos, de tiempo y de energías que no pueden dedicarse más ampliamente al apostolado. El cuidado mutuo de la pareja conlleva implicaciones muy reales y prácticas. Mucha gente casada llega a necesitar un grado más de fe para percatarse que el servicio que prestan a sus cónyuges es más importante a los ojos de Dios que la misma actividad apostólica fuera de sus deberes primordiales como casados. Hay parejas que, deseando hacer apostolado, encuentran una primera área de tensión en esta combinación. Por eso decía san Pablo: «Yo os quisiera libres de preocupaciones. El no casado se preocupa de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor. El casado se preocupa de las cosas del mundo, de cómo agradar a su mujer; está por tanto dividido. La mujer no casada, lo mismo que la doncella, se preocupa de las cosas del Señor, de ser santa en el cuerpo y en el espíritu. Mas la casada se preocupa de las cosas del mundo, de cómo agradar a su marido. Os digo esto para vuestro provecho, no para tenderos un lazo, sino para moveros a lo más digno y al trato asiduo con el Señor, sin división» (1 Corintios 7, 32-35). El amor matrimonial y la entrega mutua forman ya un signo del amor de Cristo a su Iglesia y del modo como Él se entregó por ella. Nos lo decía el Apóstol en su carta a los efesios: «Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella» (Efesios 5, 25). Demos, finalmente, un paso más adelante: el amor conyugal, por ser un reflejo del amor de Cristo y de su propio sacrificio por la Iglesia, nos ayuda a comprender la naturaleza de la célibe dedicación a Cristo, que consiste en la imitación de su amor exclusivo y sacrificado al Padre y a las almas. Así, pues, si sientes que a lo mejor nuestro Señor te está ofreciendo este don, ponte a dar una vuelta con Él a solas. Tal vez quiera desposarte con tu alma y te ofrezca el anillo. No te preocupes. Es natural que tu corazón lata lleno de emoción mientras le dices que «SÍ». |
Arantxa pregunta:
La Santidad no es un lujo de pocos, sino destino de todo bautizado <Aciprensa, Agosto 20> Seis nuevos beatos entre septiembre y octubre <Zenit, Agosto 19> Aumentan las sectas satánicas en Italia <Zenit, Agosto 19> | |||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
| Un apostolado de los Legionarios de Cristo y del Movimiento Regnum Christi al servicio de la Iglesia. | ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
| Sitio oficial de los Legionarios de Cristo El sitio oficial del Movimiento Regnum Christi Contáctanos Copyright 1999-2008, Legion of Christ. | ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||