Un apostolado de...
Legionarios de Cristo - Una congregación sacerdotal joven y entusiasta al servicio del Papa y de la Iglesia.
Regnum Christi - Un movimiento católico de hombres y mujeres que trabajan por extender el Reino de Cristo en la sociedad.
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Nada es coincidencia.
Todo es permitido y pensado por Dios. ¡Nada se le escapa! Y precisamente en esto se encuentra nuestra seguridad; esto nos hace verdaderamente felices.

Soy de nacionalidad italiana, crecí en el sur de Francia, en la Costa Azul, cerca de Mónaco y la mentalidad, las costumbres de los dos países se mezclaron en mi manera de ser. Crecí en el seno de una familia católica, pero mi madre era la única practicante. De ella aprendimos desde niños a rezar por la noche antes de acostarnos. Íbamos a misa los domingos y en eso consistía toda nuestra práctica religiosa. Al hablar de la fe católica siempre nos decía: «Es lo mejor que les puedo dar, a pesar de no saberlo explicar».

Estudié en un colegio público, sin ninguna manifestación externa de la religión. La inquietud de mi madre de transmitirnos la fe me llevó a los siete años a cursar el catecismo de mi parroquia. Ahí me preparé para recibir la primera comunión y la confirmación. No podía entonces explicar la razón, pero para mí era algo muy importante y me gustaba sentarme en la primera fila para escuchar bien. ¿Por qué había en mí una actitud diferente a la de los demás niños? Dios preparaba el terreno donde se desarrollaría la semilla de la vocación.

Así transcurrió el tiempo entre los siete y los once años. ¿Y después? ¿Qué pasaría cuando los cursos se acabasen? ¿Quién me hablaría de Dios? El párroco me propuso ser catequista para el siguiente curso. No daba crédito a lo que oía... Yo sólo tenía once años y medio. ¿Por qué me pedía eso a mí? Fui catequista durante cuatro años consecutivos, hasta que cambié de colegio y mis horarios no me permitieron seguir con esa actividad, ya muy arraigada en mi corazón.

Durante ese tiempo, Dios iba trabajando silenciosamente en mi alma. Sin que hubiese llegado a conocerlo íntimamente, no podía alejarme de Él. En mi vida había una certeza: Él era Alguien muy importante para mí. ¿Por qué iba a misa? ¿Por qué seguía rezando por las noches antes de acostarme? ¿Por qué tenía principios que para muchos ya eran anticuados? Aquella certeza me movía y me impulsaba a seguir viviendo así. Con todo, yo era una chica del todo normal, muy deportista y con muchas amistades.

Un domingo asistí a misa, pero había algo diferente: un joven de unos dieciocho años ayudaba al párroco en el altar. Al finalizar la celebración eucarística, el padre me llamó a la sacristía para presentármelo. Se preparaba para ingresar al seminario diocesano el próximo curso, y mientras tanto estaría estudiando en mi colegio. El joven me invitó a participar en el grupo de oración que uno de los capellanes del colegio había organizado. Yo, por timidez, le dije que sí, esperando que se le olvidara buscarme. Pero no se le olvidó.

Al día siguiente ya estaba en el patio para llevarme con uno de los capellanes. Este sacerdote me animó a participar en el grupo. Me comunicaron el día y la hora de la reunión, pero nunca llegué a la cita. Algunos días después, el joven me buscó de nuevo y me dijo que me esperarían la próxima vez. Cuando llegó este día, mi sorpresa fue grande al salir de mi curso de historia y ver delante de la puerta del salón al joven. Esta vez no me podía escapar. Llegamos juntos a la sala. El padre me recibió: «¡Por fin! La estábamos esperando desde la semana pasada. Mucho gusto».

Quedé profundamente impresionada por su porte, su presentación externa. Nunca había visto un padre vestido de sacerdote. Me pareció una persona especial. Me fue explicando la dinámica de la reunión. Trataba de introducirme y hacerme participar, tarea ardua para él debido a mi timidez. En seguida, el padre comprendió que no tenía formación, que había mucha ignorancia, que mi vida cristiana era muy "por encima", y que Dios tenía un gran proyecto para mí. Entonces formuló una pregunta mágica: «¿Quieres empezar una amistad con Jesucristo?». Despertó el gran deseo de decir sí y de ilusionarme por algo tan grande que no alcanzaba a entender pero que mi corazón intuía. El padre empezó a atenderme en dirección espiritual. Hablábamos de todo, pues era importante formar mi persona en todos los sentidos: el aspecto humano, el espiritual, el intelectual y el apostólico. Me enseñaba a orar; me explicaba los sacramentos, los pasos de una buena confesión, cómo acercarme a la comunión, cómo hacer después mi acción de gracias... Y cada vez me dejaba una tarea por realizar.

Las semanas pasaron y al término de dos meses me presentó el Movimiento Regnum Christi como ayuda para vivir mi fe y seguir formándome en ella, y también para empezar a dar a los demás lo que yo había recibido. ¡Qué tarea más maravillosa! ¡Dar a Cristo a los demás! Me comprometí entonces con Cristo. El tiempo pasaba y Cristo representaba siempre más para mí: era fundamental. Sin embargo, muchas veces pensaba: Lo tengo todo: mis padres, mis hermanos, una bonita familia muy unida, alegre; mis estudios, el deporte, las amistades, un novio maravilloso, la estima de todos; me va bien en la vida, todo parece sonreírme, no conozco el sufrimiento... Entonces, ¿por qué siento que me falta algo? ¿De qué me sirve todo esto? ¿Qué sentido tiene?

Había empezado a estudiar enfermería. Me encontré con el sufrimiento y la soledad de muchos enfermos y ancianos, y con la indiferencia de muchos de sus familiares o de las enfermeras y de los doctores. ¿Qué podía darles yo? ¿Cómo consolarlos? ¿Cómo acompañarlos en el sufrimiento y cerca de la muerte? Esto me inquietaba. Sentía que Dios me pedía más. Ciertamente no pensaba en una posible vocación a la vida consagrada a Dios. Aunque dejaba abiertas las dos puertas, matrimonio y vocación a la vida consagrada, creía que mi camino ya estaba trazado hacia el matrimonio. Pero en el fondo de mi alma no había paz.

Un día, en una peregrinación a Lourdes, comprendí todo. Un pedazo de madera lo arrastraba la corriente del río. Entonces entendí: ¿Ves ese pedazo de madera? Si se quiere detener para no dejarse llevar por la corriente, tiene que salirse del agua.

Esa frase me sacudió fuertemente de pies a cabeza. Si no podía amar a Dios como me lo pedía mi corazón en el ambiente donde vivía... tenía que salirme de él para que la corriente no me arrastrara adonde yo no quería. ¿Consagración total a Dios? ¿Dónde quedarían mis sueños de hermosa familia, de pareja ideal, de hijos maravillosos, de ser la mejor de las esposas y la mejor de las madres?

Me acerqué a la gruta y me pasé un largo rato con la Virgen, suplicándole que cogiera mi mano y no me soltara. Los meses pasaron, las inquietudes no. Quería vivir como si nada hubiera pasado, pero era imposible olvidar tal experiencia. En la Semana Santa viajé a Roma en peregrinación con varias de mis amigas, con el fin de vivir mejor los misterios de la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Y de nuevo lo mismo... Si no puedo en mi ambiente tendré que retirarme... ¿Qué significaba esto? ¿Por qué esas inquietudes? ¿Por qué yo?

Dejé de orar... Pero Dios no me dejaba. Estaba presente, aunque en silencio, porque le obligué a callar. Me cuidaba a través de la Virgen. Se lo había pedido y cumplía fielmente a pesar de que yo huía. Quería decir no a Dios que me invitaba a dar un paso más en la generosidad, en la confianza, y me arrancó un sí. Decidí irme unos meses a Roma para vivir con las señoritas consagradas del Movimiento Regnum Christi para reflexionar y, sobre todo, darle un tiempo a Dios y la oportunidad de que Él me dijera qué quería de mí y para mí.

Poco a poco su voz se hizo más clara. Era evidente que Dios me quería para Él, porque para Él me había creado y había dispuesto toda mi vida como lo había hecho. Pero yo quería una certeza muy humana... Él me pedía fe, creer en su amor, confiar en su bondad. Todos los días le decía: Señor, hazme ver lo que quieres. Y Él "me contestaba": «El que me sigue no anda en tinieblas». Si seguía a Cristo ya se haría la luz, ya podría ver. Cuando le dije: Sí, Señor, lo que tú quieras, en ese mismo momento se disipó toda duda y tuve la certeza del llamado de Dios. Nunca más he vuelto a dudar.

Nada es coincidencia. Todo es permitido y pensado por Dios. Nada se le escapa. Aquí está nuestra seguridad. Y esto nos hace verdaderamente felices.

 

                                                                                                                                                                                                       
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