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La música va por dentro
Dios quiso que escuchara una canción en la que se repetía este estribillo: "Ven y sígueme".
P. José Ignacio Martín, L.C.

 

Efectivamente, la música iba por dentro. Siempre me había gustado la música, y puedo decir que no podía vivir sin ella: iba a las emisoras de radio para ver en vivo cómo hacían los programas; ayudaba los domingos a los periodistas deportivos y conocía bastante bien cuáles eran los números uno del momento.

Pero Dios quiso que yo escuchara una canción en la que se repetía este estribillo: Ven y sígueme. Todo empezó en una convivencia con los chicos de la parroquia, cuando Don Luis, el sacerdote encargado, me preguntó si había pensado qué responder a Dios cuando me llamara por mi nombre. Esa pregunta me dejó pensativo.

En 1986, aquella pregunta se hizo de nuevo presente como la estrella de Belén. Los jóvenes de la parroquia habíamos fundado la Asociación Belenista de Cantabria. Nuestro objetivo era resucitar las tradiciones navideñas en la ciudad: concursos de nacimientos y villancicos en parroquias y colegios; exposiciones artísticas, preparar nacimientos, Misas Belenistas con niños, entrega de regalos el 6 de enero y un sinfín de actividades que me hicieron conocer todo lo que Cristo hizo por mí.

El ver cómo muchas familias acudían a la Iglesia para rezar al Niño Jesús significó una profundísima melodía del amor de Dios que me dejaba algo inquieto.

Paralelamente a esto, Don Luis me invitó a formar parte del grupo parroquial VIRTUS, donde adquirí algunos compromisos cristianos como orar por la mañana y por la noche, visitar a Cristo Eucaristía, reuniones semanales, sacramentos, apostolado. Además, acudía a él para hacer "juntos" la traducción de la clase de latín. En estas visitas me enseñaba mi fe, la doctrina de la Iglesia, etc. Yo, feliz porque él me traducía la Guerra de las Galias de Julio César.

Y la música seguía por dentro. Me puse muy contento un martes por la tarde cuando no llegó el profesor a dar la clase a última hora. Fui a Misa -nunca lo había hecho entre semana- aprovechando que después teníamos la reunión semanal. Como no había nadie ayudando al sacerdote, subí al presbiterio para acolitar y, después de la Misa, en la sacristía, vi cómo Don Luis le decía a un religioso que yo quería ir a Salamanca a conocer su seminario. Era el H. Arturo Díaz, L.C., ahora ya sacerdote. Ese día pasó por ahí para saludar a unos sacerdotes que conocía.

No supe quién escribió esa canción pero el estribillo era claro: ven y sígueme. Fui al Noviciado de la Legión de Cristo en Salamanca en enero de 1987. Ese fin de semana experimenté varios contrastes que no olvido: el frío y la nieve del exterior de la casa se disipaba con el calor y la alegría de cada uno de los hermanos novicios.

En los ejercicios espirituales de Semana Santa tomé la decisión de cambiar camino. Avisé que pasaría el verano en el Noviciado para comprobar que aquello era para mí.

Pero hubo obstáculos. En abril de ese año me ofrecieron un trabajo como "Disc Jockey" en una discoteca de Santander. Accedí, a pesar de saber que pondría en peligro mi decisión. Con todo, rezaba el rosario de camino a la discoteca todos los días y le pedía a la Virgen que me ayudara. El candidatado empezaba en julio y debía confirmar mi asistencia.

Por esos días hablé sobre el tema de la vocación con un buen amigo, que más tarde también se hizo sacerdote. Me dijo que, en realidad, la única ayuda que podía ofrecerme eran sus oraciones, pues se trataba de una decisión que debía tomar yo delante de Dios. El 6 de julio, a las cuatro de la mañana, dejé de trabajar en la discoteca y cuatro horas después partía rumbo a Salamanca para empezar el candidatado.

No he mencionado nada de mi familia hasta ahora. Cuando era pequeño, me enseñaron la fe y en ese momento, cuando tuve que decirles que quería ser sacerdote, me enseñaron a vivir esa fe. A pesar de que mi padre tenía cáncer (yo era el único que no lo sabía), no intentaron retenerme en casa, sino que me ofrecieron su apoyo para seguir el llamado de Dios. Me animaron siempre y cuando mi padre falleció ―unos meses más tarde― mi madre me siguió apoyando incondicionalmente, a pesar de sus propios sufrimientos. Ese día escuché de nuevo: Ven y sígueme, renové mi decisión de seguirlo hasta la muerte, pues percibí que mi padre, con su dolor y sufrimiento compró la fidelidad de su hijo sacerdote.

Ahora, mi familia de la tierra, mi familia legionaria y mi familia de la Iglesia, me están enseñando muchas canciones. De todas ellas la que más me gusta es ésta: sé fiel hasta la muerte.

El P. José Ignacio Martín, L.C., nació en Salamanca, España, el 18 de agosto de 1969. Ingresó a la Legión de Cristoen 1987 después de finalizar sus estudios de Preparatoria en Santander. Hizo su noviciado en Dublín; Trabajó en Guadalajara (México) como administrador y animador de grupos juveniles del Instituto Cumbres de esa ciudad. Cursó sus estudios en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum de Roma.

 

                                                                                                                                                                                                       
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