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Los caminos de Dios en mi vida me han llevado a descubrir sus dones y a entender que lo que recibimos es para dar. Stephanie Maitland, nació el 24 de enero de 1978 en Toronto, Canadá. Cursó estudios de humanidades, filosofía y teología en los centros de formación de Wakefield (Rhode Island, USA) y de Monterrey (México). Actualmente trabaja en Roma en la investigación sobre temas relacionados con la mujer, la familia y la cultura. Ofrecemos su testimonio vocacional. *** «Si conocieras el don de Dios y quien te lo da...». Los caminos de Dios en mi vida me han llevado a descubrir sus dones y a entender que lo que recibimos es para dar. Pero también me han dejado vislumbrar otro aspecto que da el último sentido y valor a todo lo demás. Desde niña, tanto en mi casa como en la iglesia, me encontraba rodeada de una rica tradición religiosa. Cada domingo, y los viernes y sábados primeros de mes mi familia asistía a la misa. Yo era miembro del coro con mis padres, mientras mis dos hermanos mellizos acolitaban. Toda mi familia se reunía cada noche en la habitación de mis padres para rezar el rosario. Casi por ósmosis aprendí a saborear el eco centenario de las oraciones de la Iglesia, la belleza y la frescura de la liturgia y de los valores cristianos. Además, por la catequesis en casa, en el colegio católico de primaria y en la misma parroquia, aprendí a dar razones de mi fe. Mis compañeras de clase de secundaria y primero de preparatoria se declaraban protestantes, hindúes, musulmanas, ateas o simplemente "nada". Admiraba sus cualidades y su popularidad, quería ser admitida en su grupo, pero también anhelaba compartir con ellas mi fe, que para mí era esencial. Por otra parte, disfrutaba de la compañía de los jóvenes de mi parroquia. Nos veíamos cada semana en la misa y la catequesis. También colaborábamos en obras de caridad como miembros de la Legión de María y nos reuníamos para fiestas y paseos. Estaba convencida de que mi fe y el ser una adolescencia normal eran compatibles. A los catorce años crecía en mí el propósito de llegar a ser una joven humanamente íntegra y simpática, pero también firme y fervorosamente católica. Dios vino en mi ayuda con el don de conocer al Movimiento Regnum Christi y el ECYD. Mis hermanos empezaron a asistir a retiros en New Hampshire (Estados Unidos) con los sacerdotes legionarios que visitaban nuestra ciudad. Poco después, unas señoritas consagradas nos invitaron, a mí y a mis amigas, a una convivencia en Rhode Island. Era el verano de 1992. Allí conocí el ECYD. Me encantó la alegría y espontaneidad de esas niñas con quienes podía compartir la misma fe e ideales. Las historias de lo que habían hecho otros miembros del ECYD me abrieron los ojos a lo que una niña convencida puede realizar por la salvación de las almas. También me di cuenta de que Cristo era y es una persona que piensa, que siente, que busca entablar una relación y un diálogo de tú a tú... conmigo. Me llegó por correo un folleto de promoción, que se convirtió en mi tesoro secreto. Los rostros felices y sencillos que destacaban entre las fotos de vivos colores me recordaban la paz y el entusiasmo que había sentido en la convención del ECYD. Plasmaban la belleza de los ideales que se despertaban en mi alma al leer la descripción de su vida, su espiritualidad y apostolado. ¡Qué hermoso debería ser darlo todo para una causa de trascendencia eterna, darse sin reservas, sin fronteras! El verano de mis quince años quise participar en otra convención del ECYD. Quería recibir el empuje espiritual que necesitaba para empezar bien mi segundo año de preparatoria. Sin embargo, dado que las fechas se adecuaban mejor, al final asistí durante diez días a un curso en el centro estudiantil de señoritas consagradas del Regnum Christi. Me sentía en casa: entre otras cosas, me sonaba familiar el himno mariano en latín por las noches y me animaba el ambiente caritativo y dinámico de las actividades. Pero el punto clave fue acercarme a Cristo. Me di cuenta de que todos mis éxitos, todo lo que tenía, se lo debía a Cristo, pero que yo a veces le había dejado a un lado. En una meditación me planteé la pregunta: "¿Qué sentía Jesús cuando el joven rico a quien amaba no fue capaz de dejar sus posesiones para seguirle? Y si me pidiera dejar todo para seguirle, ¿sería yo capaz de hacerlo?". Tenía que decirle que sí. No quería volverle la espalda a Cristo como el joven rico. No quería perder mi oportunidad y quedarme con la duda el resto de mi vida: "¿Y si, de hecho, ese era mi camino?". Apoyada por mis padres, entré deseosa de darle todo a Dios. La vocación a la vida consagrada se me presentaba como un reto y un regalo. Recuerdo un momento en el verano antes de mi consagración. Tenía 16 años. Contemplaba con ilusión la vocación que me estaba ofreciendo Jesucristo. A la vez sentía miedo de no poder corresponderle como debía. De repente se me ocurrió: no debo mirarme tanto a mí misma, ni a la vocación en sí. Todo eso está en sus manos. Levanta los ojos y busca a Cristo, busca su mirada, busca su Corazón. Valora más el dador que el don, contempla más al compañero que la ruta que caminas. Ahora ya llevo ocho años de consagrada... y no puedo dejar de maravillarme y darle gracias a Cristo por el don de mi vocación y de su amistad esponsal. Hoy me toca a mí repartir lo que Él me ha dado: su verdad que es luz y esperanza, la Buena Nueva de la salvación, su perdón, su paz, su Iglesia. Como cofundadora del Movimiento Regnum Christi me ha encomendado un espíritu, un carisma y una serie de tradiciones auténticas para entregar fielmente a las futuras generaciones. Cada momento vivido dentro de su voluntad significa invertir para la eternidad el tiempo y los talentos que me ha prestado. A veces cuesta cuando la misión exige algo que "no se me da". El plan ingenioso de Dios siempre superará nuestros esquemas y posibilidades humanas. Sin embargo, voy comprobando que tanto para Él como para mí, lo que más cuenta no es el don, sino el amor del que lo da. |
Promover evangelización y cultura católica arraigada en la familia, pide el Papa Benedicto <Aciprensa, Hoy> Examen de conciencia sacerdotal <ForumLibertas, Hoy> Messori, ser católicos hoy <Zenit, Hoy> | |||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
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