Permíteme, querido lector, que a estas alturas de nuestra conversación tenga una confidencia contigo: como hombre de ciencias, siento un cierto mareo después de haber escrito varias páginas sin introducir un solo número. Como el tema no es propicio a las cifras, deja que me vacune introduciendo una fórmula matemática, un teorema que me he formulado:
FELICIDAD = f (RESPUESTA); f > 0
Si eres colega, ya habrás descifrado el mensaje; en caso contrario, no te preocupes: lo traduciré al lenguaje habitual. La felicidad de la persona que recibe la llamada de Dios está en función de su respuesta. Cuanto más generosa sea esta, mayor será su felicidad. Este teorema tiene una segunda parte: es igualmente aplicable a sus padres.
Procedamos a su demostración. Cada vez resulta más evidente algo que, para cualquier mínimo conocedor del género humano, era ya irrefutable: el hombre tiene necesidad de trascendencia. Nadie como San Agustín, experimentado luchador herido en cientos de batallas, lo ha expresado con tanta claridad: Dios nos creó para El, y nuestro corazón no descansará hasta que le alcancemos. Y digo que cada vez resulta más evidente por la simple observación del mundo que nos rodea y en el que nos encontramos: ante un abandono progresivo de toda visión trascendente, ante la invasión masiva de planteamientos materialistas lo que importa es tener y hedonistas la búsqueda del placer como bien supremo, el hombre se encuentra profundamente insatisfecho, y en los últimos años proliferan de manera espectacular las organizaciones de carácter filantrópico (ONG, movimientos de solidaridad), que desarrollan una labor muy positiva de atención y ayuda a los más necesitados. Sin embargo, resulta triste verificar que cuando detrás de las personas implicadas en estas actividades no existe una visión trascendente, terminan con una sensación de impotencia y frustración ante lo que, por inevitable, les parece injusto. Ciertamente, por mucho que los conocimientos técnicos avancen de año en año, jamás lograrán vencer totalmente al dolor físico o psíquico y a la muerte. Si se carece de la visión cristiana no resignación ante lo inevitable sino valoración positiva del dolor como participación en la Cruz de Cristo, la consecuencia ineludible es la amargura y la tristeza ante la impotencia humana.
Por el contrario, cuando esos deseos de trascendencia se enfocan de acuerdo con lo que exige la naturaleza humana, el servicio a los demás como consecuencia de una entrega a Dios y de una vida de intimidad con El, todo lo positivo y lo que consideramos negativo cobra una dimensión diferente, adquiere un sentido que de otra manera nunca acertamos a descubrir, y se entiende en toda su hondura la expresión de San Pablo: todo es para bien. La consecuencia lógica es la paz y la felicidad de la persona.
Existe un segundo argumento para consolidar nuestra tesis: uno de los factores que más puede alterar la estabilidad de la persona es la inseguridad: como madre o como padre recordarás, posiblemente, algunos de los peores momentos de la vida de tu familia, y es muy probable que bastantes de ellos los identifiques con situaciones de enfermedad de algún hijo, sobre todo antes de conocer el diagnóstico exacto. O tal vez ante momentos de inseguridades económicas.
Muy superior es el desasosiego ante la duda a la hora de tomar decisiones trascendentales. Y la decisión de mayor enjundia podría definirse como ¿qué hago de mi vida?
Cuando un adolescente se plantea esta cuestión, es lógico que le invada la intranquilidad.
Te pido de nuevo que intentes ponerte en la piel de tu hijo. Se presentan ante ti dos caminos, y sabes que tu elección va a condicionar gran parte de tu vida futura. Estás nervioso, inquieto. Imagina ahora que, en un determinado momento, ves con nitidez cuál es el camino adecuado y, a pesar de que parece más escarpado, tomas la decisión firme de seguirlo. ¿Cuál no será tu paz, después de los momentos de duda pasados, cuando des el primer paso?
Tu hija, tu hijo, ha pasado por el mismo trance. Hasta que, en un momento de especial intimidad con Dios, ha conocido su Voluntad, y ha decidido cumplirla. A partir de ese instante, la paz y la serenidad han invadido su alma.
La segunda parte del teorema, la que atañe a la felicidad de los padres, presenta la paradoja de que, siendo la más difícil de detectar a simple vista, exige sin embargo menos demostración.
En efecto, la primera idea que le puede venir a la cabeza a un padre cuando su hijo le comunica una decisión de entrega de su vida, es la del alejamiento físico del hijo. En ese momento, cualquier otra consideración suele pasar a un segundo plano.
Si alguna vez experimentas, o has experimentado esta sensación, no te preocupes: se trata de la reacción lógica del corazón. Basta que dejes pasar los primeros momentos. Entonces, ese mismo corazón, y la cabeza, te dirán lo sabes bien que tu felicidad correrá paralela a la de tu hijo; que en la medida que le veas contento y sereno, tú también lo estarás. Y si pasados esos primeros momentos la paz sigue sin llegar a tu alma, te sugiero que busques ayuda y comprensión: habla con alguien que, como tú, haya pasado por ese trance. O con alguien que conozca bien a tu hijo, a tu hija. Desahoga tu intranquilidad; no te quedes con ella dentro: es mejor echarla fuera para que deje sitio a la alegría y a la paz.
Además, ¿no recuerdas la promesa de Jesús para los que le sigan? Aquel que deje todo para acompañarle recibirá el ciento por uno en la tierra, y la Vida Eterna. ¿Qué más quieres para tu hija, para tu hijo? Y por otra parte, ¿qué no tendrá preparado Dios, que es ante todo Padre, y que entregó a su Hijo, para aquellos que, identificándose con El, entreguen también a sus hijos a su servicio? ¿Y si, además, esa entrega se hace con alegría, que es compatible con el dolor propio del corazón de madre o de padre? Deja pasar el tiempo. Comprobarás la realidad de la promesa evangélica: no habrás perdido un hijo: habrás ganado centenares de hijos, que estarán a tu lado permanentemente.
Apoyado en su incuestionable autoridad, avalada por la experiencia propia y ajena, nos transmite esta idea Juan Pablo II:
A los padres les digo, confiando en su sensibilidad cristiana, nutrida de fe viva, que podrán ellos gustar la alegría del don divino, que entrará en su casa, si un hijo o una hija es llamado por el Señor a su servicio. (Juan Pablo II. Mensaje para la XXIX jornada mundial de oración por las vocaciones. Vaticano, 1 de noviembre de 1991).