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Voz de Dios, Silencio de Dios.
Capítulo 3

         Vamos a ver por lo menos la experiencia de Dios de uno de los profetas.

 

El profeta Elías

 

            Elías destacaba entre los profetas. De hecho supo ganarse un puesto especial en el corazón del pueblo de Israel. Era todo lo que un profeta debería ser: fogoso, tenaz, valiente, sin temor de predicar la verdad a unos reyes perversos, vencedor en su pleito con los falsos profetas de Baal (lee 1 Reyes 18, 17-40 e imagínatelo). Y sin embargo, tenía también sus debilidades humanas: obedeciendo al Señor, se enfrentó al rey y a la reina, pero luego huyó por temor a la represalia; sintió cansancio y pidió a Dios que le dejara morir para librarse de tanto sufrimiento y de tanto peligro...

            En el libro de los Reyes vemos con frecuencia al Señor dándole a conocer su palabra, aunque casi nunca se nos dice cómo. A veces se le aparece un ángel como mensajero. Pero en una ocasión se le pide que salga a encontrarse con Dios mismo personalmente. Vale a  pena meditar en este pasaje que tiene mucho que enseñarnos. Leámoslo primero:

           

«Dios le dijo: Sal y ponte en el monte ante Yahveh. Y he aquí que Yahveh pasaba. Hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebrantaba las rocas ante Yahveh; pero no estaba Yahveh en el huracán. Después del huracán, un temblor de tierra; pero no estaba Yahveh en el temblor. Después del temblor, fuego, pero no estaba Yahveh en el fuego. Después del fuego, el susurro de una brisa suave. Al oírlo Elías, cubrió su rostro con el manto, salió y se puso a la entrada de la cueva. Le fue dirigida una voz que le dijo: ¿Qué haces aquí, Elías?» (1 Reyes 19, 11-13).

 

            En seguida se entabla una conversación entre ellos dos. Elías se deshoga con Dios. Le platica de su celo por Él, de cómo se ha descarriado la gente, de lo solo que se siente, del peligro que corre su vida. Dios, entonces, le dice lo que tiene que hacer, le encomienda una nueva misión.

            Tal vez nos parezca extraño, incluso absurdo y contradictorio, que Elías se cubra el rostro con el manto para salir a ver al Señor. Pero es que Dios, para los israelitas, era «fuera de serie». Eran bien conscientes de la majestad de Dios, de su trascendencia, de su total superioridad sobre el hombre. Tanto era así que no podían «ver el rostro de Dios y seguir viviendo». Por respeto, por admiración y por humildad Elías se cubre el rostro. Así nos percatamos de que era en verdad Dios el que pasaba.

            Este pasaje nos dice algo interesantísimo sobre la experiencia de Dios.

            Hay un gran terremoto, un viento huracanado capaz de quebrar las peñas, un fuego devorador. Todos ellos son signos del poder de Dios. Pero no son Dios. Dios no está en ellos. Luego viene el susurro de un suave brisa... el susurro del silencio. El profeta reconoce la presencia de Dios y sale a verlo cara a cara.

 

 

La experiencia de Dios

 

            La historia de Elías nos ayuda a pensar más a fondo sobre lo que entendemos por «experiencia religiosa» o «experiencia de Dios». En el fondo, ¿cuándo has sentido la presencia de Dios? ¿Cuándo has experimentado a Dios? ¿Qué es lo que te hace reconocer que tal o cual experiencia era realmente de Dios?

            A veces subestimamos el valor del silencio. Damos quizás poca importancia a sus beneficios.  Esperamos que nuestra experiencia de Dios nos «toque», nos «mueva», nos «agite» por dentro. Pero no suele suceder así. La experiencia suele parecerse más a un silencio en calma o a una suave brisa que a un terremoto. Lo normal es que experimentemos a Dios en la profundidad y en la paz interior de nuestra alma, que es donde nacen la convicciones profundas.

            No basta pensar que Dios nos ha hablado para asegurar que así ha sucedido. A todos nos pueden engañar fácilmente nuestras propias experiencias interiores, subjetivas. Quizás muchas de ellas se parezcan más a los vendavales y huracanes que a la suave brisa o al silencio en calma en que el profeta reconoció la presencia de Dios. Sólo en la tranquilidad interior del alma, dominada por la gracia, la palabra objetiva de Dios, la verdad de la revelación y las convicciones fundadas en la fe (y en la obediencia), podemos realmente experimentar a Dios.

 

El valor del silencio

 

            La experiencia hecha en el silencio puede ser mucho más fascinante que los temblores sísmicos. En el silencio pasan cosas que nunca sucederán en el torbellino del ruido. Es en el silencio, por lo general, donde comprobamos la validez de nuestras experiencias hechas con la gente y a base de emociones. ¿No decimos acaso que necesitamos tiempo para pensar en tal asunto? Y cuando estamos presionados por las ofertas y sentimos que nos estamos dejando arrastrar por la propaganda, ¿no buscamos un momento de silencio para pensar con calma lo que queremos?

            Por más que nos disguste el silencio, terminamos buscándolo cuando tenemos cosas importantes en juego. Confiamos mucho más en el silencio y en lo que acontece dentro de nosotros durante una reflexión silenciosa que en nuestras decisiones tomadas en medio del ruido y del ajetreo de emociones pasajeras.

            ¿No es verdad que a veces, cuando hemos tenido tiempo para nosotros mismos, nos hemos arrepentido de haber seguido a la multitud?

            Todos los que han buscado a Dios sinceramente a través de los siglos y de los milenios han sentido la necesidad de desconectarse de lo exterior para hablar con Él y, sobre todo, para escucharle a Él. Ahí están los monasterios y santuarios de todas las religiones, ahí los lugares de oración en el desierto, en las montañas más remotas, lejos de las pisadas de la gente.

            Si quieres escuchar a Dios, necesitas silencio.

 

Dónde encontrar el silencio

 

            Parecería que habría que ir a alguna parte para encontrarlo. Pero Cristo es mucho más moderno, más flexible y más a la mano de lo que nosotros pudiéramos ser y pensar.

            Nos pide que encontremos ese silencio dentro de nosotros mismos para que le hagamos un sitio en nuestra alma que no esté invadido por el mundo. Allí podremos entrar en secreto y elevar a Él nuestra mente y nuestro corazón. Allí podremos estar a solas con Él.

            Muy fácil decirlo, sí, pero «del dicho al hecho hay buen trecho». No es tan fácil dejar toda distracción para entrar en la habitación interior de nuestra «casa», o sea, de nuestra alma, cerrando la puerta al mundo y platicando con nuestro Padre, que conoce bien nuestras necesidades. Sin embargo, no cabe la menor duda que, hasta que no alcancemos esa meta, hasta que no logremos sacar esos momentos de silencio para dialogar con Él, nuestra experiencia de Dios será prácticamente inexistente y siempre estaremos cojeando en nuestra búsqueda de Dios y de respuestas profundas.

            De todos modos la cercanía de Cristo nos llena de esperanza. Siempre que le dediquemos un pensamiento, Él está realmente con nosotros. A Cristo le interesa más que hagamos la lucha por elevar nuestra mente y nuestro corazón a Él a que «vayamos a algún lugar» especial para hacerlo.

            Eso no quita que siempre resulte más fácil entrar en el silencio interior cuando buscamos las circunstancias externas que nos ayuden. Podemos, por ejemplo, buscar un tiempo para ir a una iglesia. Vete allí, visita al Señor antes o después de clases o durante la comida o de regreso del trabajo. Busca  tus momentos para hacer oración solo en casa antes de comenzar el día o al caer de la tarde.

           

Los frutos del silencio

 

            Sigue leyendo ahora lo que le sucedió a Elías después de encontrarse con Dios en el silencio.

            Dios le ordena seguir adelante y le describe su misión. No lo consuela. No le rebaja el sacrificio que le va a pedir. No condesciende a los temores del profeta. Le manda de regreso para que haga precisamente cosas que van a encender los ánimos de los poderosos: ungir a nuevos reyes, ungir a otro profeta para que continúe su obra.

            No pocas veces caemos en el error de rezar con la esperanza de poder librarnos de ciertas responsabilidades y de evitar de algún modo que se nos enliste para la batalla. Más de alguna vez nos desanimamos al experimentar sequedad en la oración. Nos olvidamos que esa es otra forma del silencio de Dios en la que también deberíamos encontrarle. Sentimos la tentación de buscar experiencias que sean emocionantes en mayor o en menor medida, experiencias que después nos impiden considerar los aspectos más molestos de nuestro seguimiento de Dios, como por ejemplo, el dar la cara por nuestros principios, el darle a Dios la primera oportunidad en nuestra vida.

            Para tener la fuerza para hacerlo necesitamos una auténtica experiencia de Dios en el silencio y en la calma que caracterizan su presencia. De este silencio y unión con Dios nacen las convicciones profundas que nos permiten hacer frente a la vida.

 

Otra forma de silencio

 

            La mujer cananea (Mateo 15, 21-28) tuvo experiencia de otra forma de silencio más parecida a la de la sequedad en la oración.

            Se acercó a Jesús con una petición. Resultado: ninguna señal de respuesta. Su insistencia debió durar un buen rato. Los discípulos trataron de hacerla callar, pero ella no les hizo ningún caso.  Exasperados, se acercan a Jesús para pedirle que la despache, «porque viene gritando detrás de nosotros».

            Jesús la atiende, pero su trato parece ser aún peor que su silencio. Lo único que la mujer consigue es una aparente negativa: «No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de Israel». ¿No se parece esta respuesta a la que dio a María en las bodas de Caná: «Mujer, ¿qué nos va a ti y a mí»?

            Y sin embargo, tanto María como la mujer cananea crecieron en su experiencia de Dios a través de este silencio de Dios. Para María debió ser casi insoportable el silencio de Cristo, el ocultamiento de su divinidad durante tantos años en Nazaret. Contrastaba totalmente con lo que Ella había vivido durante su nacimiento entre los ángeles, los pastores y los Reyes Magos.

            Sin embargo, ambas mujeres habían captado el misterio del amor de Cristo. En aquella aridez espiritual habían crecido en su fe y en su plena confianza.

            Por eso, cuando la mujer cananea obtiene como única respuesta a su petición un rechazo aparente en tono más bien ofensivo «No es bueno tomar el pan de los hijos y arrojarlo a los perrillos» , no se da por vencida. Se reconoce a ella misma en la comparación, acepta la verdad de que no tiene derecho a pedirle nada, pero lo hace de todas maneras.

            La reacción de Cristo es todavía más aleccionadora. La alaba por su fe. Era precisamente esa fe el don que Cristo mismo le estaba concediendo mientras ella rogaba y Él la probaba. Y la mujer acogió el don y lo hizo fructificar

 

Conclusión

 

            En definitiva, del silencio de Dios surge la fe que puede mover montañas.

            Cuando pidas a Dios que te hable de sus planes sobre tu vida, no te des por vencido. Busca tú mismo el silencio para poder hablar con Él y también escucharle. Acepta su silencio y no sueñes con grandes emociones cada vez que te pones de rodillas. Pídele sobre todo que aumente tu fe y te dé fuerzas para aceptar su modo de tratarte.

 

                                                                                                                                                                                                       
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