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El deseo más grande de mi corazón
Testimonio de Stefanía Teconi.
Estaba muy comprometida en mi parroquia y en muchas otras actividades, pero no me llenaban. Siempre buscaba más y más. ¿Qué buscaba? Yo tampoco lo sabía. Sabía que la única cosa cierta era que sólo con Él a mi lado mi vida cobraría sentido, y otra vez escuchaba su invitación. No podía decirle que no. ¡Está bien! ¿Quieres que sea religiosa? Pero, por favor, ¡sin velo! (claro, estaba convencida de que no existían religiosas sin velo...).
 



Nací en una pequeña ciudad del norte de Italia, cerca de Milán. Mi infancia se desarrolló en el seno de una familia católica y tuve una buena educación religiosa. Me gustaban las actividades que se organizaban en la parroquia y siempre participaba con mucho interés. En varias ocasiones escuché hablar de la vocación a la vida religiosa o consagrada, pero la veía como algo muy lejano.

Un verano, cuando tenía entre 18 y 20 años, fui a visitar un monasterio de clarisas con los equipos de la parroquia. Recuerdo perfectamente el testimonio de una monja muy joven que nos contó su vocación. Tenía unos bellísimos ojos azules, llenos de luz, y su voz serena y feliz concluyó su testimonio con estas palabras exactas: La vocación es el deseo más grande que traemos en el corazón.

Después de este día mis preguntas existenciales comenzaron a hacerse más intensas: ¿Cuál es mi vocación? ¿Cuál es mi deseo? ¿Monja? ¿Mamá? Lo que en realidad me asustaba era esa nueva perspectiva de vida que yo nunca había considerado, la de una vida consagrada a Dios.

Fui a la capilla y hablé con Él con mucha sencillez. Sabía que no me podía pedir algo que no le podía dar. La única cosa cierta era ésta: yo no podía estar lejos de Él. Tenía que resolver esta duda lo antes posible. Me puse de rodillas delante del Sagrario pidiéndole que me explicase todo con claridad. Él me decía: ¡Monja!, ¡monja!, ¡Pero esto no me gustaba! Le expliqué que no podía ponerme falda y tampoco velos, y que prefería casarme y ser mamá.

Convencida de que éste era el verdadero deseo de mi vida, le pedí una tregua. No quería enfrentarme con la realidad. Quería vivir como si nunca hubiese pasado nada. Pero mi conciencia no me dejaba en paz; cada vez que escuchaba o leía el pasaje del joven rico del Evangelio comenzaba a replantearme nuevamente mi vida. Llegó un momento en que no podía escuchar los cantos de misa, las palabras me molestaban y todo me hablaba de vocación: Tú, ven y sígueme. Fui una y otra vez delante del Sagrario a intentar explicarle por qué no quería seguir su camino, pero ¡mi explicación no sólo no le convencía a Él sino que tampoco me convencía a mí!

Los años pasaron. De vez en cuando me surgía la duda. Mi vida había cambiado: había terminado mis estudios, tenía coche, tuve algunos novios, muchos amigos y una vida como la mayoría de los jóvenes. Estaba muy comprometida en mi parroquia y en muchas otras actividades, pero no me llenaban. Siempre buscaba más y más. ¿Qué buscaba? Yo tampoco lo sabía. Sabía que la única cosa cierta era que sólo con Él a mi lado mi vida cobraría sentido, y otra vez escuchaba su invitación. No podía decirle que no. ¡Está bien! ¿Quieres que sea religiosa? Pero, por favor, ¡sin velo! (claro, estaba convencida de que no existían religiosas sin velo...).

En noviembre de 1999, participé en las actividades de Juventud Misionera en Italia. Me gustaba ir de misiones. Las chicas me parecían simpáticas. Todo era tranquilo y no tenía tiempo de pensar en mis dudas, hasta que una de las chicas me invitó a una reunión para comentar el Evangelio y aplicarlo a la vida. Fue ahí donde algo nuevo se cruzó en mi camino. Antes de empezar la reunión me presentaron a dos chicas que nunca antes había visto: eran dos consagradas del Regnum Christi. ¿Dos qué? ¡Las religiosas sin velo! ¡Sentía temor! Pero me parecían buenas y simpáticas.

Continué mi vida ordinaria. Tuve mis primeras direcciones espirituales y participaba en todo lo que me proponían. Después de algunos meses, el 26 de junio de 2000, me incorporé al Movimiento Regnum Christi y poco después me fui a México de misiones. Ahí conocí algo más del Movimiento y me encantaba responder a todo lo que Cristo me pedía. Nunca hablé de mis inquietudes vocacionales con nadie, hasta pasada la celebración del LX Aniversario de la fundación de la Legión de Cristo y del Regnum Christi.

Después de haber experimentado un clima de familia, paz y alegría y, sobre todo, habiendo visto filas interminables de consagradas que me hacían reflexionar cada vez más sobre mi vocación, hablé con una consagrada. Me invitó a participar en el Triduo Sacro de Semana Santa en Roma. Fue el Viernes Santo más difícil de mi vida. Lloré y lloré; me inquietaba el ver a las consagradas siempre felices. Ahí me decidí: ¡este verano iré al candidatado!

Me sentía feliz. Ya había dado el primer paso hacia lo que durante años había rechazado. Su voluntad ahora era clara. ¡Las religiosas sin velo y un novio como nadie lo tiene en la tierra: realmente perfecto!... Eso era lo que Dios quería para mí. Era Jesús y estaba esperando mi desde hacía mucho tiempo. Finalmente, el 8 de Septiembre del 2001, ¡fue mi esposo!

                                                                                                                                                                                                       
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