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Corazón y coraje. Capítulo 6.
A la mañana siguiente, Melchor se despertó temprano, bastante pronto. Se sentía descansado y más feliz. En su vida brillaba una seguridad más. Abrió la ventana. El sol también se levantaba, pálido, fresco. Una niebla plateada cubría las montañas de los alrededores. Un rocío fresco se columpiaba en las hojas de los árboles. Melchor empieza a pensar, a darle vueltas. El mundo gravita en su alma. Su corazón es una gran balanza donde la felicidad, la vida, los amigos, compañeros, la esposa, el trabajo y el hobby pesan. Melchor no sabe lo que trae entre manos. No alcanza a vislumbrar la trascendencia y la proyección de una decisión. Por el momento, su única seguridad es un llamado de Dios, una invitación que le anima a dejarlo todo y a saltar. ¿Dónde? No hay agarraderas humanas. Y para colmo no sabe, no puede explicarse. Quizás nunca sabrá dar razones ni de lo que realmente ha visto. Pero sabe que tiene que partir. Algo le deja intranquilo. Es un viaje a lo desconocido: una aventura. Y como todos los viajes, como cualquier salida, implica riegos, peligros,... -Tienes que irte y pronto ordena esa voz interior de la conciencia. -Pero todavía no estoy listo. -Lo sé. Además nunca lo estarás -ha vuelto a objetar la voz. -Estoy de acuerdo, pero ya empiezo a inquietarme... El alma de Melchor se convierte por momentos en un ring. En cada esquina se miden, se estudian los dos púgiles. Lo de Melchor no es nada fácil. Se requiere de un gran corazón y de mucho coraje para dejarlo todo: poco o mucho, no importa. De un lado aparece: ¡Todo! ¡Qué difícil y que duro resulta poner caras, nombres, sonrisas, abrazos a la palabra : todo! Cuando esas cuatro letras dejan de ser algo abstracto y se encarnan: papá, mamá, Verónica, la moto, el balón, el tenis, la disco, el esquí, la empresa, las vacaciones, el viaje... En la otra esquina del pugilato, como una sombra, el destello del llamado: la aventura de salir; el marcharse a un lugar del Oeste, los lomos de un camello, el desierto que debe atravesar, meses, quizás años.... Peligros de fieras, de salteadores, el tifus... Nada fácil lo de Melchor. Nada fácil. Tendrá que aguantar muchos golpes, saber encajar y esperar. Toda vocación supone, desde el inicio, una cierta ruptura. A Melchor la estrella le pidió dejar personas, ambientes, amistades... Dejar lo más querido, lo que llevamos en lo más profundo de nuestros corazones. ¡Duele! Pero es ley de vida. El termómetro del amor es el dolor. Lo que cuesta, vale la pena. Esos primeros momentos de la vocación se ven asaltados también por huracanes y torbellinos. Y no es de extrañar. Al demonio, al padre de la mentira y señor de las tinieblas, le interesa arrancar cualquier germen de vocación. Es algo muy normal. Satanás es el enemigo número uno de Cristo. No duerme, no descansa. Su odio le lleva a velar continuamente para arrancarnos del camino del cielo. El demonio nos conoce muy bien y sabe lo que puede hacer un sacerdote, una religiosa o un alma consagrada. Satanás es un perito: ha estudiado nuestra psicología, nuestros gustos, nuestras tendencias y debilidades. Está atento para darnos el golpe, sobre todo a los que han recibido el llamado de la vocación. Satanás es viejo, es astuto, es sabio. Como buen general, empleará todas sus fuerzas y sus armas para arruinar la vocación. Le va en ello la salvación de muchas almas, a las que odia con aberración infernal. ¡No te dejes engañar! Responde con energía. Vive con fervor y donación. Lucha, acogiendo el llamado, siguiéndolo. Es la mejor derrota que le puedes infligir a tu mortal enemigo. El demonio te asediará durante toda la vida. Pero no hay que temer. Cuentas con la gracia de Dios como aliado. Si eres fiel y respondes y te entregas, Satanás vivirá celoso. Lo que experimentas ahora es el inicio de la lucha. Te tentará. Te quitará la paz. Te desanimará. Te querrá hacer desistir. Te engañará. ¡No le hagas caso! No dejes entrar en tu alma la menor sombra de duda. No desistas. Melchor aguantó la embestida. Melchor fue fiel. Si el telescopio de Melchor apuntara a su corazón, ¿qué paisaje veríamos? ¿Un sol radiante? ¿Verdes praderas? ¿Nubes primaverales? ¡No! Unos fuertes vientos han desatado un remolino interior. Por un lado soplan Dios, las almas; por el otro las renuncias, el dolor, las dificultades. Afuera, la gente, los demás no se dan cuenta. Melchor, tu vocación no es fácil. Melchor, ahora va en serio. Se acabaron los juegos y los ensayos. Si te cuestan estos primeros pasos, es porque vas por buen camino. Tienes una vocación ardua, difícil. Toda vocación es un llamado al sacrificio, al dolor, a la renuncia. Y cuesta porque no te has querido conformar. A ti, Melchor, no te basta con ser un buen cristiano y no matar a nadie, ir a Misa los domingos y dar limosna. Ni siquiera te has conformado con vivir en gracia, con sujetar las pasiones o ser un poco mejor. Sabes que Jesucristo ha descansado su mirada en ti y que te quiere para siempre. Por eso, Melchor, corazón y coraje. Corazón, porque sólo las almas que tienen un corazón inmenso, grande como el universo, pueden tener vocación. Coraje, Melchor, porque ¡Ay...! Corazón y coraje, Melchor. Te lo digo. ¿Te lo canto? Te lo deseo. Son los dos ingredientes de una vida nueva, de una vida feliz. Corazón, porque te han llamado a amar. Tienes vocación al amor. Desde ahora amarás más y mejor, más seres, más cosas. Coraje, Melchor, mucho coraje porque en este camino vas a encontrarte de todo. Corazón y coraje, Melchor, porque sentirás un fuerte tirón, como si el alma se te deshiciera en mil pedazos. -Hijo, ¿por qué nos haces eso? -Ernesto, ¿ya no me quieres? -¿Por un convento vas a dejar el banco? -Estás en la flor de la vida -Espérate un año... Madura -¡Estás loco! -La familia sin ti no va a ser lo mismo -¿Y el dinero? -Eres un cobarde y un desgraciado. Tienes miedo... -Cuando te salgas ningún chico te querrá -Pensábamos que nos querías... Melchor, ¡cierra los oídos exteriores! Escucha a Dios. Ama y honra a tus padres, obedeciendo a Dios. Llegará un día -me lo ha dicho la estrella- en que todos, los familiares y los amigos, todos absolutamente verán con gusto tu separación. Ahora te sienten perdido, alejado, traidor. Pero no ven, no alcanzar a imaginar que ahora los quieres más, más profundamente. No lo entenderán. ¿Cómo les explicas que unos padres que entregan un hijo o una hija a Dios se convierten también en padres de muchas almas? ¿Cómo les haces entender que ellos, por medio tuyo, serán también ellos misioneros, salvadores de la humanidad, porque todo lo que hagas les corresponde? ¿Cómo les convences de que la mejor manera de manifestar el amor, el cariño y el aprecio es ser fiel a los planes de Dios? A muchos Melchores y Melchorcitas les ha sorprendido la voz de Dios: déjalo todo y sígueme. A algunos en el momento más inesperado de su vida, cuando menos se pensaban. No es fácil. Cambiar la dirección de una vida con sus sueños, sus ilusiones, sus amistades, y poner en su lugar otros de carácter espiritual, no es nada fácil. Y Melchor tiene que cambiar sus monedas por otras. Cambio de ideales, cambio de afectos, cambio de cariños, cambio de amistades, cambio de vida. Todo cambio implica dolor, dejar algo, romper con alguien. Adiós, nena. Adiós, mamá. Adiós, papá. Amigos, me voy al seminario@. La vocación pesa, duele. Es Dios. Es Dios quien habla y pide. Melchor ha afinado el oído. Ese torbellino interior, esa lucha titánica entre Dios y todo lo demás le ha provocado lágrimas. Melchor llora en el alma. Sólo algunos lo notarán, quizás mirándole atentamente a los ojos. Es un dolor profundo, puro, transparente, hondo. -Estoy deshecho... Lo sé... Me cuesta... ¿Pero quién soy yo para pedirle cuentas a Dios? Dios se ha fijado en mí, me está invitando a seguirlo. Solo hay dos posibilidades: aceptarlo o matarlo. Sentir que en medio de esa lucha algo va cambiando, es una señal positiva. El peligro en esos momentos no acobarda: anima. El hielo no paraliza: despierta. El calor del sol no quema: calienta. El viento deja de azotar: acaricia. En medio de ese torbellino aparecerán también las grandes luces, las voces, las personas, las estrellas que dieron lugar al llamado. Entonces se tiene la sensación de tocar el misterio con la palma de la mano. Uno se imagina ya en la misa, predicando; en un confesionario, absolviendo corazones arrepentidos... Rezando en la clausura, cuidando enfermos..., recorriendo misiones, surcando mar y cielo. Entonces nos vemos como puentes entre dos desiertos. Puentes pobres, débiles. Puentes solitarios. Puentes entre Dios y los hombres. Puentes incomprendidos, olvidados, pero escenarios del amor de Dios. En esos momentos se comprende que la vocación no es un gusto ni un sentimiento, porque sigue ahí, dentro de nosotros, aunque se desgarre el corazón. Vocación que es elección. Elección que es también separación. Toda la vida que nace se separa de su origen. Es ley de vida. La vocación es separación, pero no aislamiento. Es un cierto apartamiento, pero no es soledad. Es mucha renuncia, pero nunca vacío. Es sacrificio, cruz, dolor, pero jamás empobrecimiento. Todo depende de lo que tienes dentro. Mejor todavía, de lo que eres por dentro. Si te has dejado conquistar por Jesucristo, si has comprendido el valor de una sola alma, si quieres amar a Dios por toda la eternidad, no podrás detenerte. Seguirás a toda costa, sin cuartel. Al ¡Sígueme! salta la respuesta, como la flecha del arco. Es necesario volar, dejar la vida a las espaldas. La meta está oculta en el misterio del tiempo. Aunque lejana, es fascinante. Exige gastar lo que uno es. Pero no vamos solos. Melchor sabía que en las jorobas de su camello había dos sillas. ¡Ánimo, Melchor! ¡Corazón y coraje! |
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