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En el mundo hay muchas maravillas, pero que la única, verdadera y duradera es Dios. Kristina Piñero Torres nació el 25 de agosto de 1971 en Xalapa, Veracruz, México. Realizó estudios de francés en Suiza y de Administración de Empresas en el Tecnológico de Monterrey. Cursó estudios de humanidades en el International Centre of Educational Sciences en Roma. Trabajó en la formación de jóvenes en Madrid y México y en el equipo directivo del centro de formación de Educadoras Internacionales de Monterrey. Actualmente dirige una academia de lenguas en Estados Unidos. Ofrecemos a continuación su testimonio vocacional. *** Frente a una de las grandes maravillas del mundo, el Taj Mahal en la India, fue donde por primera vez me pregunté cuál era el sentido de mi vida y para qué me había creado Dios. Me encontraba ante aquel templo, objeto de veneración para muchas personas. Impactaba ver la cantidad de personas que se encontraban reunidas en el lugar: gente de todo tipo, de todas partes del mundo; gente diferente. Muchos eran turistas que, maravillados por la majestuosidad del lugar con las piedras preciosas, el mármol, los jardines... recorrían las avenidas fotografiando todo lo que podían. Otros, en cambio, eran fieles hindúes que venían a adorar a su dios, Shiva, y a los otros muchos dioses de su religión. Acudían a alabarlo con ofrendas florales, plantas, alimentos... Aunque yo iba sólo como turista, dejé por un momento de disfrutar de la belleza artificial de aquel monumento y sentí una especie de tristeza al saber que aquellos buenos hombres, aquellos fieles de tanta buena voluntad y con sus ofrendas y sus cantos, no conocían a Cristo... ¡Reverenciaban vacas y buscaban ser buenos en la vida para ver si podrían reencarnarse en una vida mejor! Al mismo tiempo experimenté un fuerte reclamo que me llevó a pensar que mi vida no era sólo para vivirla, sino para hacer algo por los demás. Tenía 18 años y me encontraba en la India realizando un viaje de Navidad con las compañeras del colegio en el que estudiaba francés durante un año. Después de visitar la ciudad de Agra, fuimos a Calcuta, lugar que también me marcó por su pobreza. Es casi indescriptible: niños muriendo de hambre, leprosos pidiendo ayuda, mujeres abandonadas, enfermos... Este segundo factor reforzó esa inquietud de hacer algo por los demás. Sentía que no podía conformarme con seguir igual después de aquel viaje y de aquellas experiencias. Entonces le pedí a Dios que pusiera en mi camino un medio que me ayudara a vivir mi cristianismo con autenticidad y a hacer algo grande por Él. En ese momento yo no le conocía mucho y no sabía con cuánta seriedad toma las peticiones de sus hijos, sobre todo si es para nuestro bien y el bien de los demás. Lo descubrí tres meses después, cuando descubría el Movimiento Regnum Christi. En Semana Santa conocí a una compañera que me llamó la atención. Era una chica a la que se le veía muy feliz. Me explicó que estaba trabajando dos años en la Iglesia a través del Movimiento y que su labor consistía en ayudar a jóvenes a acercarse a Dios y a hacer algo por Él. Mientras ella hablaba, me di cuenta de que eso era lo que yo quería hacer, que ese era el medio que Dios presentaba en mi vida para encauzar mi inquietud. Al terminar el año de estudio de francés, comencé la carrera de mercadotecnia en el Tecnológico de Monterrey, Campus León. Desde que llegué ahí comencé a colaborar en el Movimiento Regnum Christi, me involucré en varios proyectos de acción social y estuve en la mesa directiva del Tecnológico. Empecé a salir con algunos chicos, pero, sinceramente, nadie me llenaba, hasta que conocí a uno que compartía los mismos intereses e ideales que yo. Nos hicimos novios y al ver que la relación se iba formalizando, recordé que un día le había prometido a Dios darle un año de mi vida. Sabía que ese era el momento. Se lo conté a mi novio y él me apoyó incondicionalmente, pero acordamos primero formalizar la relación antes de que yo me fuera. La experiencia de ese año ofrecido para la Iglesia en el Regnum Christi fue muy enriquecedora. Primero, por el crecimiento espiritual: fui constatando que Jesucristo me llenaba cada día más. Irlo conociendo me hizo darme cuenta de su divinidad, pero también descubrí su humanidad, al verlo en cada persona y acontecimiento. También por percibir la necesidad que la gente tiene de Dios. En mi apostolado trabajaba principalmente con adolescentes y podía constatar, a medida que pasaba el tiempo, cómo las niñas cambiaban al acercarse más a Dios y al hacer algo de acción social en bien de los demás. Estas dos experiencias alimentaron una creciente inquietud de hacer más. Nunca había pensado en la posibilidad de ser religiosa o de entregar mi vida a Dios. Había estudiado en algunos colegios con religiosas, pero no había entrado en mis planes aquella forma de vida. Había crecido en un ambiente de fe, de respeto y aprecio por la vida consagrada. Sin embargo, aunque mis padres me enseñaron siempre a valorarla, no me había sentido nunca atraída hacia ella. De todos modos, me daba cuenta de que lo tenía todo, pero había algo que me faltaba y no sabía que era. Esta pregunta que había resonado tantas veces en mi interior, volvió a repetirse durante la Semana Santa de ese año. Le pedí a Dios que me hiciera ver qué quería de mí y el Sábado Santo percibí con mucha claridad que Él me llamaba a consagrarle mi vida. Él había permitido mi pasado, en el que había sido feliz, aunque nunca plenamente, porque Él me había pensado para darle toda mi vida. Ahí estaba aquello grande que yo había soñado hacer; ahí se realizaban mis deseos de hacer más por los hombres, de enseñarles la verdad que muchos no conocían, Jesucristo. Él me había ido conquistando poco a poco y ya no pude decirle que no. |
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