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Mayo: Exámenes y Serenatas Capítulo 5 Este año Luis tendría la ventaja de jugar en casa, en otras palabras, tendría apoyo de toda la tribu. Era tanta nuestra unión que todos (amigos y amigas) nos sentíamos competidores y nos emocionaba ver a Luis en acción. Además el torneo se jugaría sobre arcilla, superficie que más le favorecía. Al inicio del torneo, creo que su mamá todavía le estaba dando la bendición, cuando se presentó la primera sorpresa: fui con Luis a la oficina de prensa para ver el sorteo de los juegos de primera ronda y nos dimos cuenta de que le tocó jugar contra Pollo Sáenz, su amigo de fatigas tenísticas. La amistad con el Pollo Sáenz fue para Luis otra oportunidad de demostrar esa grandeza de alma de la que casi nadie se daba cuenta porque buen cuidado tenía él de no presumirla. El Pollo era un muchacho un poco mayor que nosotros que desde niño destacó en los torneos de tenis. Su familia siempre había tenido muy buena posición económica y él, cuando llegó a la universidad se salió de control y se consagró a la fiesta y a la bebida. Después de unos meses comenzó con algunos problemas de droga y acabó en el hospital por una intoxicación. Con el susto recapacitó y se propuso cambiar. El problema era que nadie quería aceptarlo en su círculo de amistades porque en los dos o tres años de mala vida y malas amistades había dejado muchos resentimientos, ofensas y mal ejemplo que ahora no podía borrar tan fácilmente. Luis se propuso darle apoyo y creo que hizo una gran labor con él. Le ofreció su amistad y le propuso entrenar juntos y tratar de llegar bien al nacional. Ahora para su mala fortuna, el sorteo hizo que se vieran las caras en la primera ronda. Tanto esfuerzo juntos para que de buenas a primeras uno se quedara fuera. Se dice fácil pero después de lo arduo que fue el período de preparación se siente el desconsuelo. Cuestan esas sorpresas. Hace falta disciplina y una voluntad recia para pasar tardes enteras y un buen rato de la noche golpeando una pelota. Y luego los fines de semana: jugar un rato el sábado por la mañana no está mal, pero ver cómo las canchas y el club se van quedando solos y tú todavía tienes que correr, hacer gimnasio y seguir con saques y tiros cruzados tiene su mérito. Eso sí que lo sabía Luis: es difícil decir no a los amigos cuando te invitan a salir un sábado por la noche. Y después de una tarde de fatiga, no es fácil pensar que los amigos están bailando y gozándola, mientras que uno solo en casa espera que den las diez para irse a dormir tratando de convencerse de que ha sido la mejor decisión. El triunfo nunca es gratis. - ¿Cómo haces para no hartarte? - le pregunté en una ocasión. - Te voy a contestar con una frase que me gustó en las pláticas del padre Carlos: vivir es elegir pero también elegir es renunciar. Es muy cierto porque evidentemente no se puede tener todo en la vida. Todo tiene un precio. Yo le admiraba que fuera fiel a sus principios y decisiones; siempre sacaba el ejemplo de que los principios personales eran como las cuatro estacas que clavan los campistas para sostener su casa de campaña: si están firmes, tu casa está de pie, si están flojas tu casa se derrumba. Total que el que salió perjudicado acabó siendo Pollo Sáenz. Fue un buen comienzo que se confirmó a medida que Luis seguía avanzando ronda tras ronda. Después de unos días, para alegría de todos, consiguió pasar a la final. Aquel domingo pasé a recoger a Ana y Pao. Era un día de cielo limpio, hinchado de luz, una mañana de colores intensos. La belleza del día se combinaba con el extraordinario ambiente que había en la cancha, atestada de un público mayoritariamente juvenil y muy ruidoso, haciendo de aquel evento una auténtica fiesta. En la tribuna estaban todos felices. Nosotros con algo de suerte y un par de mentirillas piadosas nos ubicamos en primera fila, justo detrás de las sillas donde los jugadores dejan sus raquetas. El ambiente era muy motivador y seguro que a Luis le influyó vernos ahí sentados a todos sus amigos en primer plano. El hecho es que salió inspirado y jugó como una fiera. En uno de los intervalos me puse de pie para estirarme un poco y sacudir la tensión y las piernas. Como un rito que impone la curiosidad repasé con un sobrevuelo rápido de la mirada los alrededores de la cancha, que estaba repleta de gente. Mis ojos se detuvieron al descubrir la silueta del P. Carlos. Él estaba de pie en la salida del pasillo que llevaba a los vestidores. Alcancé a ver que saludaba a Luis con un movimiento de su mano y mi amigo respondía de igual manera. En ese momento recordé la conversación en la que Luis me había mencionado su inquietud vocacional y la relacioné con las frecuentes visitas que hacía al P. Carlos. Mi curiosidad andaba bien alborotada. Sobre todo porque Luis no me decía nada del tema cuando yo le preguntaba por el motivo de esas entrevistas. Después de unos minutos volví a buscar con la mirada al P. Carlos en la salida de los vestidores: ya no estaba. Esa noche nos reunimos en casa de Luis todos los amigos para felicitarle por su victoria. El Antro era demasiado pequeño para tanta gente. Aprovechando la reunión planeamos la serenata que queríamos llevar a nuestras mamás el 10 de mayo y hasta nos pusimos de acuerdo para estudiar en los exámenes finales que ya estaban a las puertas. Luis se sentía feliz pero realmente se portaba como siempre. Me regaló unas revistas de autos que le habían llegado -sabía que eran mi pasión-. Nos enseñó unas postales que su hermano le había enviado de Europa y fotos con su familia. Como era de rigor nos presumió la recién conquistada placa conmemorativa del torneo. Entre los comentarios salió a colación la presencia del padre Carlos. Luis no quiso detenerse en el tema. Yo que seguía intrigado por el asunto, insistí: - ¿No te diste cuenta? - ¡Ah sí, buen detalle, ¿no? - concluyó despreocupadamente. Me dio la impresión de que mi comentario le alteró un poco, como si hubiese recordado algo importante. En ese momento entró en la habitación Pancho -el hermano de Luis- para saludarnos y pasamos al cuarto de la tele. Era una noche muy agradable. La película trataba de un enfermo terminal y su manera de enfrentar la muerte. La trama ideal como para organizar un debate. Al final todos estábamos impresionados y cada quien comentaba su punto de vista. Luis quiso ganar argumentos y se sacó una historia del bolsillo. Era la historia de un negro de Louisiana en época de la esclavitud. Este hombre quería bien a su patrón debido al buen trato que de él recibía. Un buen día el patrón fue sorprendido por la muerte. En su misma habitación fue velado por amigos y familiares. Acurrucado en un rincón, el negro lloraba a su patrón y entre sollozos se le escuchaba decir: - no está en el cielo. Al oirlo se acercó uno de los familiares y recriminándole por sus palabras le preguntó: - ¿Qué te pasa? ¿Por qué dices eso? - Mi amo dijo el negro- siempre que hacía un viaje se aseguraba de prepararse para que cuando llegara todo resultase con éxito. Él tenía el orgullo de platicar a dónde iría en sus viajes para que todos viéramos sus triunfos-. Luego concluyó diciendo: En esta ocasión nunca platicó que haría este viaje. No se preparó. - No se asusten -explicó Luis- me lo platicó un misionero por aquello de que hay que estar preparados porque no sabemos ni el día ni la hora. Hablando de estar preparados se me vinieron o a la memoria los exámenes finales que me tenían francamente preocupado. Para mi alivio quedamos en reunirnos para estudiar las materias más difíciles: mate y lógica. Tato siempre decía que la lógica no servía para nada. Yo le respondía que era lógico lo que decía. Y todos se reían. Pero el que sí tomaba en serio la materia era el mismo profesor, a quien desde hacía muchos años en el colegio lo conocían como " Todo el período de exámenes estuvimos reuniéndonos en el Antro con la intención primordial de estudiar. No era mentira. Pero muchas veces terminó aquello en largas conversaciones y en andanzas nocturnas para dejar gallo. Así fue; mayo pasó a ser el mes de las serenatas...y de los exámenes. En una de esas noches de mezcla de bohemia y repaso estudiantil, sin buscarlo conscientemente, puse en un aprieto a Luis. El me perdonará pero yo propuse el primer gallo y la idea no cayó mal a pesar de lo agradable de la partida de dominó que interrumpíamos de vez en cuando para soltar algunas preguntas de arte. El primero en secundarme fue Tato: - ¿Serenata?. Perfecto, ¿pero a quién?- - Yo sé - dije siguiendo mi ocurrencia y con una sonrisa de pillo iluminado sugerí: - a Pao. - No, mejor no - habló Luis. - ¿Por qué? - preguntó Rafles. - Porque precisamente no hay un porqué. - Si le gustas y te gusta al menos hay uno - dije tratando de convencer. Toda la tribu alargó un sonoro ¡ooh! y entonaron un rítmico: Pao, Pao, Pao.... Terminamos por cargar las guitarras y dirigirnos a casa de Pao. La cuestión ahora residía en que no hallábamos la calle; claro que tampoco representaba mayor dificultad. Sugerí preguntar a un poli que rondaba por ahí. - ¡No! ¡al poli no! - bromeó Rafles, haciendo alusión al incidente del colegio femenino. Terminó bajándose y preguntando él mismo. Cuando por fin dimos con la casa nos situamos enfrente y pregunté: ¿Con cuál abrimos? - Coincidir - contestó Luis antes de que yo terminase de hablar. Para mí esos momentos eran un regalo. Se podría decir que esas noches de mayo las hizo Dios en un momento de especial inspiración. Al cielo le faltaba una nada para ser negro y, así, se quedaba en un azul misterioso que ninguna técnica para igualar colores sería capaz de reproducir. Se podía contemplar aquel estampado infinito de estrellas durante horas sin pensar en nada y en tantas cosas a la vez. La atmósfera te acariciaba la piel dejando una sensación de frescura suave. Bajo este escenario quién no se inspiraba. Pao no salió pero el encendido repentino de la luz tras una ventana fue el fino agradecimiento. Nuevamente, en medio de esas circunstancias de oscuridad, risas sosegadas y notas musicales, me llamó la atención un detalle: ya para cerrar la serenata Luis volvió a pedir coincidir. Este era el primer gallo de la noche y yo presentía que Luis se estaba enamorando. Antes de dejarle en su casa me preguntó si un corazón puede soportar dos amores. - Es mejor decidirse por uno - le respondí. - Ese es el problema -. Y dejó caer una sonrisa forzada. Vaya pregunta pensé-. Ya empezó éste con sus misterios de nuevo. Efectivamente Luis había vuelto a su actitud reservada, y la sombra que desapareció durante las misiones envolvía otra vez su rostro. En ese momento yo ya no sabía si sus dudas provenían de la lucha entre el cariño que empezaba a nacer por Pao y el llamado al sacerdocio que antes había mencionado o porque había otra muchacha. Ahora sé que no había otra chica, simplemente Luis estaba tan confundido que no sabía cómo explicarle sus sentimientos a su mejor amigo que era yo. La cosa es que, con la serenata, floreció una relación más estrecha entre Luis y Pao. Todos daban por hecho un noviazgo, y un noviazgo muy bonito por cierto, pero Luis callaba. Yo no entendía ese silencio. Las salidas, la química, las porras, el gallo. Todos lo veíamos tan claro y obvio, sin embargo Luis insistía en callar. Hoy sé lo que entonces no imaginaba y me doy cuenta de que estuve empujando y alentando una relación en la que no tenía derecho a inmiscuirme. Tengo entre mis manos una pequeña hoja sacada de las páginas de su diario y, camuflada detrás de un tachón, leo tres veces una misma frase: ¿Qué hago? ¿Qué hago? ¿Qué hago? Si Luis optaba por el silencio, su diario hablaba y yo, meses después, atrapado en su lectura, veo encajar las piezas de lo que hasta ese momento había sido para mí un misterioso rompecabezas. Ahora entiendo que mi amigo jamás quiso traicionar a Pao. No quería lastimar el corazón de una chica que aún no estaba seguro de amar, a pesar de que sentía inmensas ganas de quererla. Viéndolo bien, esa actitud es ya una forma de querer a alguien. Su diario nos podrá describir mejor que nadie los sentimientos que bullían en el corazón de Luis. 20 de mayo Serenata a Pao Estoy feliz. ¿Cómo podría no estarlo?, Sé muy bien que a Pao le encantó que le llevara serenata. Y la verdad, me emociona saberlo. La vida toma otro color cuando sabes que le interesas a alguien. Sientes tu alma volar como corre el fuego tras la explosión. Sin embargo, hay algo que no encaja. De regreso en casa me encuentro en una disposición de ánimo incómoda, que llega incluso a lo enojoso. Pero no me importa. No quiero saberlo. Voy a cerrar los ojos y pensar en Pao. No puedo. ¿Por qué las cosas no son más sencillas? ¿Por qué no puedo disfrutar simplemente de lo que me gusta y ya? Sin ganas de pensar, literalmente me tiro en la cama. Mi cabeza le da vueltas a todo. Quisiera rebelarme -como si alguien me estuviera imponiendo un destino que yo no quiero-. Tanto plan para nada. Mis ilusiones, mis sueños, mi verano, todo se viene abajo. En un instante me da la impresión de que otros planean lo que debe ser mi vida sin dejarme hacer lo que quiero, pero me pregunto: ¿cómo hacer coincidir lo que quiero hacer, lo que puedo hacer y lo que debo hacer? Me duele mucho que la ilusión de mi padre de verme en la universidad se vea frustrada. Creo que no tendrá ni tendré el gusto. Pensar que hace unos meses aquello me sonaba tan bien. Me causaba emoción y en mi estómago se producía cierto cosquilleo al imaginarme por primera vez en las aulas universitarias. Me entusiasmaba verme libre de la prepa para sumergirme finalmente en ese otro universo del mundo universitario. Ahora mi vida ha dado un giro. Mi corazón entiende cuando hablo así pero mi cabeza quisiera encontrar una prueba para demostrar que todo ha sido una alucinación mía y que debo olvidarlo y volver a mis planes de siempre. Y esa razón no llega, ni llegará nunca. Yo sé que huir de mí mismo es imposible. Además ya es hora de decírselo a mis padres. ¿Qué dirá mi papá? ¿Qué dirá mi mamá? ¿Qué dirán mis amigos? ¿Y Pao? Creo que mejor no se lo diré a nadie. No, a Pao sí se lo tengo que contar. Le hablaré de este ardor interior, le explicaré que yo nunca lo pedí, que me duele ver que todo sea tan radical, que no se pueden tener las dos cosas a la vez; le hablaré con la verdad, le diré que, le diré que... que quiero ser sacerdote. ¿Entenderá? ¿Me comprenderá lo que siento por ella?. Tal vez piense que todo fue un engaño, que hasta la serenata de hoy fue puro juego. ¿Sabrá algún día que sufro al pensar que ahora mismo podríamos comenzar una relación tan bella? ¿Entenderá, como yo entiendo, que si Dios quiere esto, seguro será lo mejor para todos, aunque ahora resulte difícil verlo y aceptarlo así, difícil incluso para mí mismo?. Quizá sea mejor si sólo le digo que merece alguien mejor que yo y que otro es mi camino. Ya sé, le diré que es la chica más guapa del mundo y seguro encontrará quien la quiera bien. La verdad ni me va a entender ella ni nadie porque esto no tiene ni pies ni cabeza. Lo mejor será olvidarme de todo. Creo que esto de ser sacerdote es un sueño que no es para mí. Todo ha sido una alucinación mía. Me dejaré de líos y mañana mismo buscaré a Pao para decirle que me haría feliz si quisiera ser mi novia. Ni llamados ni nada: son inventos míos. Ya no quiero saber nada. ¿Cómo pude pensar que Dios me llama a ser sacerdote?. La verdad todo está claro: Pao me quiere y yo a ella. Iniciaré mi carrera y buscaré mi vida. Mejor así. Ya no tendré que explicar este asunto que ni yo mismo entiendo bien. Ya no tendré que convencer a mi papá. Yo lo respeto pero a pesar de ser muy buena persona y excelente papá, nunca fue educado en un ambiente religioso. Nunca sabré qué hubiera dicho mi mamá. Me la imagino diciéndome que es otra pose mía. Quizá en el fondo a ella le hubiera gustado que uno de sus hijos fuera sacerdote. Está dicho: dejaré todo por la paz. Luis María Unas páginas más adelante, Luis retomaba el tema de su lucha interior que parecía no terminar. 23 de mayo Señor dame la paz. Pensé que quedaría en paz y no es así. Quise declarar mi amor a Pao y no pude: sé que no debo, que sería jugar con ella y con Dios. Ahí dentro de mí está esa experiencia que se ha repetido últimamente. Algo muy fuerte y claro pero imposible de describir con palabras. En muchos momentos de oración, en las misiones, aquella mañana en casa de don Aurelio, hay algo que me dice que estoy hecho para servir a Dios. Cuando vuelvo a esos momentos y me pongo en manos de Dios encuentro una gran paz, pero cuando pienso en todo lo que dejo atrás vuelven mis angustias. Le conté al P. Carlos todas mis dudas y luchas internas: que si Dios me estaba llamando a ser sacerdote para qué hace que, precisamente ahora, conozca a una chica como Pao; que yo también puedo servir a Dios de otras muchas maneras; que me hace mucha ilusión estudiar en la universidad; que se me hace hermoso formar una familia, tener hijos, ... La verdad es que la respuesta del padre Carlos ya la sabía pero me cuesta mucho aceptarla. Todo eso significa que soy un chavo normal. Dios no me llama porque no pueda ser un buen padre de familia o no me pueda enamorar de una muchacha o no me parezca hermoso tener hijos o triunfar profesionalmente. Dios me llama porque quiere que deje todo eso que es tan bonito para darme algo que El tiene preparado para mí. Me puso el ejemplo de Abraham. Cuando era ya un hombre grande que se disponía a disfrutar de sus logros y su prestigio, Dios se presentó en su vida y le pidió que dejara todo para empezar otra vida que El le tenía preparada. El padre Carlos terminó con algo que me dejó muy tranquilo: - Mira Luis, La vida es como una hoja de papel. Tú tienes dos opciones. Una es escribir tus condiciones y mandársela a Dios para que la firme y otra es firmarla en blanco y mandársela a Dios para que El escriba las condiciones. La primera es la que toma la mayoría de los hombres y Dios respeta su libertad. Pero la segunda, aunque nos da miedo, es, sin duda, la más inteligente. Si Dios te está llamando, no tengas miedo. El no sabe fallar. El, mejor que nadie, sabe como hacernos felices. Lo que pasa es que su imaginación es tan grande que nos asusta, pero confía mucho en El, no puedes estar en mejores manos. El no te puede fallar. Tiene razón. En el fondo es un problema de fe y confianza en Dios. Yo necesito saber si esto que siento es una verdadera vocación y estoy decidido a averiguarlo. Señor, dame paz. Luis María |
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