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El Pecado: la respuesta negativa del hombre a Dios
Extracto de artículo de Catholic.net

 

¿Te has preguntado alguna vez porqué hay niños que viven abandonados en la calle, porqué hay millones de inmigrantes en las fronteras de países en guerra, porqué el mundo sufre violencia sistemática en su cuerpo y en su alma?

¿Porqué miles de jóvenes viven atrapados en la droga, en la pornografía y el alcohol?

¿Porqué vemos a miles de familias destruidas por la infidelidad, el adulterio y la falta de respeto?

Hay una sola respuesta para esto: por el pecado.

 

Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, dándole una misión específica: asegurar su felicidad terrena y eterna a través del cumplimiento de las leyes que Él mismo le ha dado y con la guía de la conciencia recta. Pero desde el momento que lo creó libre, se hace posible el pecado. Para que esto no sucediese, forzosamente tendría Dios que privar al hombre de su libertad, reducirlo a un estado semejante al animal, y así sería incapaz de amar.

Dios nos da la vida, la inteligencia, la voluntad, la libertad, la conciencia, y las leyes para que cumplamos con nuestra misión.

Dios no puede ser responsable del mal uso que hagamos con nuestra libertad. El pecado es, por lo tanto, unainiciativa del hombre, es una negativa a colaborar con  el Plan de Dios en una circunstancia determinada.

 

El pecado es una falta contra la razón, la verdad, la conciencia recta.

San Agustín dice que el pecado es toda palabra, acto o deseo contra la ley de Dios.

 

La definición clásica de pecado es la transgresión  u desobediencia voluntaria de la ley de Dios.

 

El pecado es por lo tanto, la mayor tragedia que le puede ocurrir al hombre: en pocos momentos ha negado a Dios y se ha negado también a sí mismo.

El pecado y la amistad con Dios son como el agua y el aceite: incompatibles. Por eso, todo pecado significa el alejamiento o aversión a Dios, aún cuando el que lo comete no odie a Dios y ni siquiera pretenda ofenderlo.

 

Además el pecado lesiona el bien social, la inclinación al mal que existe desde el pecado original, que se agrava con los pecados actuales, influyen en la sociedad. Las injusticias del mundo son producto del pecado del hombre, y sean de carácter, político, social. Es lo que conocemos como pecado social, pues la libertad de todo ser humano tiene una orientación social.

 

Todo pecado lesiona el cuerpo místico de Cristo, por lo tanto repercute en la Iglesia.

Juan Pablo II nos dice en su exhortación apostólica que No existe pecado alguno, aún el estrictamente individual, que afecte exclusivamente al que lo comete.

 

Los tres factores que nos hacen pecar son:

  1. El demonio: nos presenta realidades desfiguradas, como si fueran deseables y buenas, aunque realmente sean malas. Su objetivo es el mal, y actúa con coherencia con su objetivo pretendiendo su gloria y no la de Dios. Debemos afrontarlo enfrentarlo con la santidad, pues se aleja de allí donde está Dios, a través de la oración y los sacramentos nos protegemos del pecado.
  2. Lo negativo del  mundo y su ambiente, como la falta de educación, el ocio, los malos ejemplos, los problemas familiares, así como también los atractivos: el poder, las riquezas, la fama, etc...
  3. Por último está  la carne: instintos humanos que no están sometidos a la inteligencia, los vicios, los malos hábitos y el simple egoísmo que nos hace buscar sólo nuestra propia satisfacción.

 

La Tentación.

 

La tentación es sólo una inclinación que no debe confundirse con el pecado, pues en este último se da el paso, ya que no es lo mismo sentir que consentir.

Sentir es una reacción de los sentimientos ante algo que provoca reacción o rechazo. Consentir es un acto de voluntad, es una decisión. No es pecado sentir, para que haya pecado, tiene que intervenir la voluntad, sólo cuando decidimos aceptar la invitación hay pecado.

Es por esto que hay que huir de toda ocasión de pecado, es decir de las situaciones que favorecen la aceptación del pecado.

                                                                                                                                                                                                       
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Un apostolado de los Legionarios de Cristo y del Movimiento Regnum Christi al servicio de la Iglesia.

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