
Dios salió al paso de modo inesperado
El sacerdote Ramón Díaz-Guardamino, originario de Bilbao.
Una inquietud que me acompañó durante la carrera era darme cuenta de cómo buena parte de la humanidad carecía de lo necesario para vivir dignamente....
Nací hace treinta y cuatro años en Bilbao (España), en una familia de la que recibí mucho cariño, mi fe católica y una muy buena formación. Soy el séptimo de siete hijos.
Cuando tenía nueve años, nos trasladamos a Madrid. Aunque al inicio hubo momentos difíciles para la familia, tuvimos siempre lo necesario. A los quince años, como cualquier otro joven, intensifiqué bastante mi vida social, y aunque en los estudios era en general bueno, en algunas materias era el mejor de la clase; en otras, ni siquiera aprobaba: llegué incluso a suspender Religión.
En mi vida espiritual no era muy constante. Aunque tenía deseo de permanecer cerca de Cristo y ser su amigo, había temporadas en las que tendía a olvidarlo, y otras en que tenía una vida espiritual bastante intensa, iba a misa entre semana, buscaba tener dirección espiritual, o acudía a retiros de fin de semana, lo que no era común entre mis amigos. Siempre conté con el apoyo y la disponibilidad de los sacerdotes del Opus Dei, en cuyo colegio Retamar estudié. Esto me ayudó mucho a mantener viva la llama de la fe incluso en momentos de dificultad, después de temporadas en que tenía casi abandonada la práctica religiosa.
Una inquietud que me acompañó durante la carrera era darme cuenta de cómo buena parte de la humanidad carecía de lo necesario para vivir dignamente. Me daba cuenta de cómo el ambiente y la sociedad en que yo vivía era como una burbuja en la que no faltaba nada, al menos en el plano material, y fuera de la cual se vivía en la indigencia, esto despertaba en mí la necesidad de hacer algo para que eso cambiase, por eso había decidido dedicar un año de mi vida a ayudar en las misiones una vez que terminara mi carrera universitaria. Además, me parecía interesante ampliar mis horizontes al conocer a personas de otras culturas, y con otras necesidades, pues estaba convencido de que a muchos necesitan muy poco para ser felices y encontrar a Dios.
Desde los ocho años, durante los veranos, pasaba un mes en el extranjero para aprender idiomas; en los últimos años estaba aprendiendo francés. El tipo de vida no era precisamente el más adecuado para acercarme a Dios, sino más bien lo contrario. Sin embargo, al acabar el cuarto año de universidad, cuando me disponía a planear mi último verano como estudiante, decidí anticipar mi proyecto misionero con la idea de ir varios meses a ayudar a un lugar de misiones como preparación para el año que pensaba dedicar a ello al terminar mi carrera. Así que puse manos a la obra, y comencé a buscar un lugar, alguna congregación religiosa o grupo que tuviese misiones en las que pudiera ayudar durante el verano. Era ya el mes de junio y, preguntando a unos y a otros, después de hablar con varias instituciones, alguien me aconsejó que hablara con los Legionarios de Cristo, a quienes yo no conocía; no me supo dar más datos. Busqué en la guía telefónica, y llamé; me pusieron en contacto con un joven laico del Movimiento Regnum Christi que llevaba un grupo de jóvenes españoles a México con la organización Juventud Misionera. Sin embargo, el grupo -que saldría hacia México en menos de dos semanas- ya estaba completo. Le dejé mi número de teléfono por si había alguna baja a última hora, y así fue: uno de los jóvenes tuvo que quedarse estudiando durante el verano por haber suspendido un examen.
Me llamaron unos días antes de que saliera el grupo y enseguida saqué el billete de avión, acudí a las reuniones de preparación, compré lo necesario, etc. En el grupo que iba desde Madrid había algunos conocidos del colegio, lo cual me ayudó a integrarme desde el inicio. Llegados a México, estuvimos un par de días en la Ciudad de México, en donde me impresionó especialmente la fe sencilla de las personas que había tanto en la Catedral Metropolitana como en la Basílica de Guadalupe.
A mediados de julio llegamos a Michoacán, uno de los estados más pobres de México, donde misionaríamos en dos lugares distintos durante un mes completo. Llegamos al primer pueblo, totalmente indígena y muy pobre. A pesar de su población -de varios miles de habitantes- carecía de teléfono y otros servicios básicos. Las casas eran prácticamente cabañas cuyo suelo era el mismo terreno, y en general carecían de agua corriente. Sin embargo, la gente tenía lo necesario para comer y vivir con cierta dignidad: les bastaba tan poca cosa... Se dedicaban a trabajar la tierra. Nosotros vivíamos todos en una sala de la parroquia, en sacos de dormir.
Me sorprendió en particular el aprecio tan grande de las personas de allí por los misioneros. En las casas ofrecían para comer lo mejor que tenían, como a enviados de Cristo, y no esperaban de nosotros sino que les hablásemos de Dios. Es algo que chocaba frontalmente con la mentalidad con la que iba; creía que esperarían de nosotros más bien ayuda material, mientras ni siquiera pedían nada de eso: no se sentían tan necesitados como suponíamos.
Durante dos semanas desarrollamos un intenso trabajo: visitamos los hogares buscando ayudar a todos a fortalecer su fe, resolver distintos problemas y responder a sus dudas. Invitábamos a todos a las catequesis que se tenían por las tardes en distintos grupos: niños, jóvenes, etc. Preparábamos a los que tenían hijos sin bautizar para bautizarlos durante la misión. También a las parejas que convivían sin estar casadas, para que pudieran celebrar el matrimonio en esos días. En el segundo lugar en el que estuvimos otros quince días hicimos un trabajo similar.
A la vez que enseñábamos la fe a aquella gente, yo sentía que esa misma fe iba tomando más fuerza en mí. Sobre todo sentía que ya nunca viviría mi fe como hasta entonces, que en adelante le daría más importancia, que no la dejaría en un segundo lugar, sino que la tendría como lo más importante. Tenía intención de vivir como cristiano más comprometido que hasta entonces.
Sin embargo, Dios salió al paso de modo inesperado, y durante la misa de despedida, el último día de estancia allí, pude sentir de un modo muy intenso que Dios me estaba llamando a dejarlo todo y seguirle. A pesar de tratarse de un sentimiento interno, era algo que no me dejaba lugar a dudas. Me prometía una plenitud de felicidad inimaginable en un camino para mí desconocido, que consistía básicamente en llevar su salvación a los demás. Se quedó en mí mente y en mi corazón como una certeza que la salvación de una sola alma -aun de alguien desconocido- valía todos los sacrificios y renuncias del mundo. En el mismo instante en que, reflexionando, me di cuenta de esta realidad, tomé la decisión radical de responderle «sí», dejarlo todo y seguirle.
A la salida de misa sentía el deseo enorme de decírselo a todos, y así lo hice en el desayuno. Acogieron la noticia de mi vocación con mucha alegría y sorpresa. Pronto estaba de vuelta en España y, después de hablar con los superiores para pedir mi admisión al noviciado en ese mismo año, di la noticia a mis padres y al resto de mi familia. Si bien, mi madre habría preferido que esperase un año, nunca me ha faltado su apoyo y el de toda mi familia a mi vocación.
Entré en el noviciado en septiembre de 1992, en verano de 1994 emití los votos religiosos, e inicié los estudios humanísticos, y las asignaturas del año que me faltaba para terminar mi licenciatura en Ciencias Empresariales, que había dejado inconclusa en la Universidad.
Después fui enviado al Centro de estudios superiores de la Legión de Cristo en Roma, iniciando los estudios de filosofía en la Pontificia Universidad Gregoriana. Fue algo muy especial haber podido estar muy cerca del Papa en numerosas ocasiones.
En abril de 1997, la repentina muerte de una de mis hermanas en accidente de tráfico fue para mí y para toda mi familia una auténtica prueba. Ella tenía apenas treinta años y se iba a casar en unos meses. Sin embargo, puede ver de un modo muy especial el aprecio de todos mis familiares por mi vocación y pude constatar que una vocación es un verdadero signo de la vida futura.
Unos meses después fui enviado a Venezuela, para tener allí el período de prácticas apostólicas, en un colegio por dos años. Durante este tiempo aprendí que la fórmula para ser feliz en la vida religiosa es estar siempre al servicio de los demás.
De regreso en Roma, he seguido recibiendo innumerables gracias. Quizá lo más significativo haya sido estar tan cerca tanto del Fundador como del Santo Padre. Fue un enorme privilegio poder vivir en Roma el Gran Jubileo del año 2000. Han sido unos años de estudio, trabajo y oración que me han ido preparando para recibir el gran don del sacerdocio.
Ahora pido a Dios que me conserve toda la vida en su santo servicio, y que me dé todas las gracias que necesito para cumplir con la gran misión que Él mismo me ha confiado.
El P. Ramón Díaz-Guardamino Delclaux, nació en Bilbao el 18 junio de 1970. Estudió en los colegios Gaztelueta en Bilbao y Retamar en Madrid. Estudió Ciencias empresariales en el C.E.U. San Pablo de Madrid e ingresó a la Legión en 1992. Emitió su profesión religiosa el 15 de agosto de 1994 y recibió su ordenación sacerdotal el 24 de diciembre de 2003.