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Con sólo diez años.
Estoy seguro que mi decisión conllevaba más madurez que la de muchos jóvenes, los cuales poseen ilusiones más pasajeras como emborracharse y pasarla bien el viernes en la noche.

 Roma, 08 de mayo de 2006. Ofrecemos a continuación el testimonio vocacional del H. Samuel Sanabria, L.C., oriundo de Cuenca, España. Actualmente se encuentra cursando sus estudios en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum, en Roma, preparándose en su etapa final antes de la ordenación sacerdotal.

 

****

 

En el evangelio se nos narra: «Un señor salió a contratar trabajadores para su viña. A unos los llamó desde la mañana quedando con ellos en un denario. Invitó a otros a mediodía acordando la misma cantidad de dinero. Por último llamó a más personas que se hallaban, al atardecer, en la plaza del pueblo arreglándose con el pago de un denario, como a los anteriores» (cf. Mt 20 1,16).

 

Dios llama cuando quiere y de la manera que Él quiere. No hay dos historias idénticas de una vocación. ¿Por qué me refiero  a esta parábola si lo que quiero es contar la historia de mi vocación? Muy sencillo, por que sentí la inquietud vocacional a primerísima hora, cuando apenas contaba con 10 años.

 

¡10 años! «¡No sabía lo que hacia! ¡No le ha podido dar tiempo de pensarlo bien!». Frases como éstas pueden pasar por la mente del lector. Comprendo que quizá no se comprenda, pero, a pesar de todo, es Dios y sólo Dios quien lo quiso así.

 

Un llamado sorpresivo

Nací en una ciudad de España tranquila, sencilla y religiosa: Cuenca. Desde niño comencé a tener muchos amigos y amigas. Era juguetón en la escuela y algo disciplinado. Me gustaba el fútbol. Soñaba en ser cantante (de hecho una profesora nos dejaba de vez en cuando representar obras teatrales; un grupo de amigos solíamos cantar, en vez de hacer teatro). Sin embargo, yo era de los pocos del grupo que participaba con frecuencia en la vida parroquial. A pesar de esto, nunca se me ocurrió que el sacerdocio sería una posibilidad de vida. Conocía a varios sacerdotes, leía las invitaciones para pasar el verano en el seminario menor de Cuenca, pero mi ilusión era el matrimonio. Pero, cuando conocí al primer sacerdote legionario de Cristo vi que yo podía ser como él, y esto significó para mí una sorpresa y una novedad.

 

Una elección inmediata

Una convivencia y una semana en el verano fueron suficientes para vislumbrar que éste podría ser mi camino. Un sí generoso. Una elección inmediata. En mi mente de niño significaba una ilusión basada en la fe y en el amor. Lo único que estaba claro es que yo poseía un corazón enorme que no podía más que amar a todos, entregándome con totalidad; esta motivación permanece grabada en mi corazón y no ha cambiado con la edad.

 

Contrariedades en mi vocación

Al final de la semana de prueba en el verano sentía que ese era mi lugar. Aunque ignoraba lo que Dios quería para mí, consideraba con claridad que ese era el momento y no había otro, la palabra más tarde se me hacía imposible. Mi mamá sabía perfectamente que este insistir mío era algo que procedía de Dios y; con esta motivación, ella convenció a mi padre de que yo siguiese este nuevo camino. Existía algo más que me costaba abandonar: mis amigos y el estilo de vida que llevaba, mi ciudad, la ilusión por ser cantante, el fútbol... pero Dios me iba otorgando la fuerza para vislumbrar en el horizonte, con plena claridad, la ilusión de que algún día llegarían al altar.

 

En el seminario menor.

Me integré con facilidad; especialmente en el segundo año. Todo era muy normal: mis compañeros, las oraciones de todos los días, los tiempos de diversión y deporte... Pensaba en mi familia; no con nostalgia, sino con verdadero amor. El seminario menor constituyó un lugar de felicidad donde maduré paulatinamente y forjé grandes ideales en mi vida.

 

Una decisión seria.

Terminé el bachillerato en el seminario menor, y con esto la decisión para dar el paso al noviciado. Durante esos días me convencí más de esa primera frase que quedó grabada en mi corazón: «mi corazón es muy grande y debo de entregar mi vida totalmente a Dios y a los demás». Así comenzó una nueva aventura que me lleva a este momento que se acerca más a mi ordenación sacerdotal.

 

¿Por qué con 10 años?

Cuando me dicen frases como: «¿Por qué tan pequeño si no sabía usted lo que hacía? ¡Qué lástima que entró usted tan joven! ¡Ha perdido lo mejor de su vida!», sinceramente me duele que piensen así. Pienso que nadie se escandalizó porque Ronaldinho, a los 10 años o quizá más pequeño, decidiese ser futbolista y se entrenase a diario. Y pienso que nadie se hubiera molestado si David Bisbal hubiera comenzado su carrera de cantante con diez años, como lo hicieron Parchís o Timbiriche en los años ochenta.

 

Dios es el que me guió como un pastor a su oveja. Estoy seguro que mi decisión conllevaba más madurez que la de muchos jóvenes, los cuales poseen ilusiones más pasajeras como emborracharse y pasarla bien el viernes en la noche; o de otros, a quienes yo he conocido, que acabaron con sus ilusiones después de una sobredosis de droga. Puedo asegurar que, si hubiera seguido en el ambiente de mis amigos, quizá me hubiera alejado más de Dios y no hubiera sido generoso con Él. Cuando a mi madre le preguntan por qué me permitieron entrar al seminario desde pequeño, ella responde que todo surgió del Espíritu Santo, pues ella admiraba mi felicidad y eso era para ella suficiente.

 

Para siempre.

Ahora sé que si Dios lo quiso así, tiene un sentido. Dios me llamó y yo respondí libremente, por eso soy libre y sobre todo, lo más importante: Soy feliz porque quise elegir este camino.

 

                                                                                                                                                                                                       
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