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Carta a papás de chica que quiere consagrarse Para aquellos cuyos hijos han escuchado la invitación de Cristo a seguirle. ¡Venga tu Reino! Muy estimado en Cristo: Contesto con mucho gusto a la carta que hizo el favor de enviarme, exponiéndome el problema que se ha creado en su casa a raíz del deseo de consagrarse a Dios por parte de una de sus hijas. Ante todo, quiero agradecerle su muestra de confianza al exponerme su situación, y la franqueza con que me presenta sus puntos de vista. Créame que sus líneas me han tocado el alma. No soy capaz de permanecer indiferente ante un padre que sufre a causa de su amor a los hijos. He pensado en su dolor, y he estado reflexionando sobre su situación, para comprender a fondo su estado de ánimo, su desconcierto, su visión del problema. Por otra parte, no es Ud. el primer caso que me encuentro en esa actitud. Ya puede imaginar que en los más de cincuenta años que llevo al frente de esta Obra que Dios me pidió fundar, he podido conocer muchos padres de familia a los que les ha costado entregar sus hijos al Señor. Algunos supieron al menos llevarlo con paciencia. Otros se cerraron a cal y canto, se cerraron en su negativa, y consiguieron apartar a sus hijos de la senda de Dios; o les dejaron seguirla tan amargados que amargaron durante mucho tiempo la vida de sus hijos. He querido por ello buscar un tiempo para reflexionar de nuevo con calma sobre esa realidad. Quizás mis observaciones puedan iluminar su alma y ayudarle a resolver serenamente su problema. Quizás podrán servir también algún día a otros padres de familia que se encuentran como Ud. se encuentra hoy. Permítame que le hable yo también con toda franqueza y sencillez, y con la convicción que nace de haber meditado muchas veces todo esto ante Dios. Ante todo, me deja perplejo el contraste entre esos casos que le refería, y las actitudes de otros padres de familia, numerosos, que encuentran en la vocación de sus hijos un inmenso gozo. Con mucha frecuencia recibo cartas de padres o madres de diferentes países, que me escriben para decirme que están profundamente felices desde que su hijo o hija les comunicó su deseo de consagrarse a Cristo. Me hablan de su familia; de cómo le habían pedido a Dios un hijo sacerdote, o de que nunca se habían esperado semejante regalo; me cuentan quizás sus dudas iniciales; me piden que rece por ellos para que sean siempre generosos con Dios... Me deja perplejo, sí, ese contraste radical. ¿Por qué unos padres exultan de gozo ante la vocación de un hijo, y otros se hunden en la tristeza? ¿Por qué unos dan gracias a Dios por ese don, y otros se le enfrentan indignados como si de un ladrón se tratara? ¿Por qué unos lloran de alegría -quizás con un deje de nostalgia- y otros lloran de rabia amarga? Que no vengan a decirme que unos no quieren a sus hijos y los otros sí. No puedo admitir semejante injusticia contra quienes ofrecen a Dios al hijo de sus entrañas. Que no me cuenten que los que tienen muchos hijos no sienten la partida de uno de ellos, como la sienten los otros. Los hechos los desmienten; y hablar así es también injusto con los mismos hijos: como si se tratara de cabezas de ganado, más o menos numerosas; como si no fuera cada uno amado por sí mismo con un amor irrepetible. ¿Qué sucede en realidad? Desde luego hay que tener en cuenta las múltiples diferencias que se dan en cada caso. Diferencias de temperamento y sensibilidad, tanto de los padres como de los hijos; diferencias en el tipo de relación y de clima que se ha creado en la familia; diferencias en la historia de cada uno y de la familia como tal, etc. Sin embargo no basta. Y estoy convencido de que no son esas diferencias las que marcan la línea divisoria entre unas actitudes y otras, Analizando esa multiplicidad de casos, he llegado a la conclusión de que la diferencia radical está en la concepción y la actitud vital que cada padre de familia tiene ante las realidades que entran en juego en la vocación del hijo: actitud ante Dios, ante los hijos, ante la vida de consagración, y ante la Organización en la que ellos desean consagrarse.
(Continuará la siguiente semana...) |
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