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Juan Pablo II. (De su libro Don y misterio) ¿Cuál es la historia de mi vocación sacerdotal? La conoce sobre todo Dios. En su dimensión más profunda, toda vocación sacerdotal es un gran misterio, es un don que supera infinitamente al hombre. Cada uno de nosotros sacerdotes lo experimenta claramente durante toda la vida. Ante la grandeza de este don sentimos cuan indignos somos de ello. La vocación es el misterio de la elección divina: "No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca" (Jn 15, 16). "Y nadie se arroga tal dignidad, sino el llamado por Dios, lo mismo que Aarón'' (Hb 5, 4). "Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que nacieses, te tenía consagrado: yo profeta de las naciones te constituí" (Jr 1, 5). Estas palabras inspiradas estremecen profundamente toda alma sacerdotal. Por eso, cuando en las más diversas circunstancias -por ejemplo, con ocasión de los Jubileos sacerdotales- hablamos del sacerdocio y damos testimonio del mismo, debemos hacerlo con gran humildad, conscientes de que Dios "nos ha llamado con una vocación santa, no por nuestras obras, sino por su propia determinación y por su gracia" (2 Tm 1, 9). Al mismo tiempo, nos damos cuenta de que las palabras humanas no son capaces de abarcar la magnitud del misterio que el sacerdocio tiene en sí mismo. Esta premisa me parece indispensable para que se pueda comprender de modo justo lo que voy a decir sobre mi camino hacia el sacerdocio. (...) En el otoño de 1942 tomé la decisión definitiva de entrar en el seminario de Cracovia, que funcionaba clandestinamente (...) El hecho debía quedar en la más absoluta reserva, incluso para las personas más allegadas. Comencé los estudios en la Facultad teológica de la Universidad Jaghellonica, también clandestina, mientras continuaba trabajando como obrero en la Solvay. Durante el período de la ocupación el Arzobispo Metropolitano estableció el seminario, siempre de modo clandestino, en su residencia. Esto podía desencadenar en cualquier momento, tanto para los superiores como para los alumnos, severas represiones por parte de las autoridades alemanas. Permanecí en este seminario peculiar, al lado del amado Príncipe Metropolitano, desde septiembre de 1944 y allí pude estar junto con mis compañeros hasta el 18 de enero de 1945, el día -o mejor dicho, la noche- de la liberación. En efecto, fue durante la noche cuando la Armada Roja llegó a los alrededores de Cracovia. Los Alemanes, en retirada, hicieron explotar el puente Debnicki. Recuerdo aquella terrible detonación: la onda expansiva rompió todos los cristales de las ventanas de la residencia arzobispal. En aquel momento nos encontrábamos en la capilla para una celebración en la que participaba el Arzobispo. El día siguiente nos dimos prisa en reparar los daños. (...) Se completaban así los años de la formación del seminario. (...) La preparación para el sacerdocio, recibida en el seminario, fue de algún modo precedida por la que me ofrecieron mis padres con su vida y su ejemplo en familia. Mi reconocimiento es sobre todo para mi padre, que enviudó muy pronto. No había recibido aún la Primera Comunión cuando perdí a mi madre: apenas tenía 9 años. Por eso, no tengo conciencia clara de la contribución, seguramente grande, que ella dio a mi educación religiosa. Después de su muerte y, a continuación, después de la muerte de mi hermano mayor, quedé solo con mi padre que era un hombre profundamente religioso. Podía observar cotidianamente su vida, que era muy austera. Era militar de profesión y, cuando enviudó, su vida fue de constante oración. Sucedía a veces que me despertaba de noche y encontraba a mi padre arrodillado, igual que lo veía siempre en la iglesia parroquial. Entre nosotros no se hablaba de vocación al sacerdocio, pero su ejemplo fue para mí en cierto modo el primer seminario, una especie de seminario doméstico. (...) La maduración definitiva de mi vocación sacerdotal, como he dicho, tuvo lugar en el período de la segunda guerra mundial, durante la ocupación nazi. ¿Fue una simple coincidencia temporal? o ¿había un nexo más profundo entre lo que maduraba dentro de mí y el contexto histórico? Es difícil responder a tal pregunta. Es cierto que en los planes de Dios nada es casual. Lo que puedo afirmar es que la tragedia de la guerra dio un tinte particular al proceso de maduración de mi opción de vida. Me ayudó a percibir desde una nueva perspectiva el valor y la importancia de la vocación. Ante la difusión del mal y las atrocidades de la guerra era cada vez más claro para mí el sentido del sacerdocio y de su misión en el mundo. El estallido de la guerra me alejó de los estudios y del ambiente universitario. En aquel período perdí a mi padre, la última persona que me quedaba de los familiares más íntimos. También esto suponía, objetivamente, un proceso de alejamiento de mis proyectos precedentes; en cierto modo era como desarraigarse del suelo en el cual hasta ese momento había crecido mi humanidad. Pero no se trataba de un proceso únicamente negativo. En efecto, en mi conciencia contemporáneamente se manifestaba cada vez más una luz: el Señor quiere que yo sea sacerdote. Un día lo percibí con mucha claridad: era como una iluminación interior que traía consigo la alegría y la seguridad de una nueva vocación. Y esta conciencia me llenó de gran paz interior. Esto ocurría durante los terribles acontecimientos que iban desarrollándose a mi alrededor en Cracovia, en Polonia, en Europa y en el mundo. Compartí directamente sólo una pequeña parte de cuanto mis compatriotas experimentaron desde 1939. Pienso, de modo particular, en mis coetáneos del instituto de Wadowice, amigos míos muy queridos, entre los cuales había varios judíos. Algunos eligieron el servicio militar en el año 1938. Parece que el primero que murió en la guerra fue el más joven de la clase. Después conocí sólo a grandes rasgos la suerte de otros caídos en varios frentes, o muertos en campos de concentración, o enviados a combatir en Tobruk y en Montecassino, o deportados a los territorios de la Unión Soviética: a Rusia y Kazakistáán. Supe estas noticias primero de forma gradual, y después de manera más completa en Wadowice, en el año 1948, con ocasión de la reunión de mis compañeros en el décimo aniversario del examen final. Se me ahorró mucho del grande y horrendo theatrum de la segunda guerra mundial. Cada día hubiera podido ser detenido en casa, en la cantera o en la fábrica para ser llevado a un campo de concentración. A veces me preguntaba: si tantos coetáneos pierden la vida, ¿por que yo no? Hoy sé que no fue una casualidad. En el contexto del gran mal de la guerra, en mi vida personal todo llevaba hacia el bien que era la vocación. No puedo olvidar el bien recibido en aquel difícil período de las personas que el Señor ponía en mi camino, tanto de mi familia como conocidos y compañeros. |
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