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La tempestad arrecia... Nuevas reacciones Capítulo 9. Melchor ha vuelto a casa. Resuena en su conciencia el eco de dos determinaciones: No estoy dispuesto a ser como todo el mundo. No quiero dejar vacío el puesto que Dios me ha designado... Después de comer ha comenzado a preparar sus cosas para el viaje. Se da cuenta de que nada de lo que hace pasa ahora desapercibido para los de su casa. Parece que le están espiando sin tregua. Pasan una y otra vez donde quiera que él se encuentre. Le lanzan miradas más que elocuentes, gestos de desaprobación, comentarios de todo tipo... La tempestad arrecia. Las olas se alzan impetuosas. Esas nuevas reacciones de oposición se abaten contra la decisión de Melchor. Pero él sujeta con coraje el timón y mantiene el corazón entero, a pesar de sentir su alma rasgársele a tiras ante la incomprensión de sus seres queridos. Esa tarde ha tenido que tragar mucha saliva su garganta y mucho amargor su corazón. Las actitudes adoptadas por su esposa, sus hijos y sus amigos ante su decisión de seguir la estrella, laceran sin tregua su ánimo. Varias veces ha vuelto a estar a punto de dar al traste con todo... Sin embargo, no lo ha hecho. Melchor alberga en su interior una esperanza cierta. Dios no puede llamarle a la amargura. Todo eso tiene que ir pasando como pasan los nubarrones de una tormenta. Su estrella sigue encendida en el firmamento aunque por momentos no la vea. Tras los truenos y relámpagos vendrá la calma. Tarde o temprano la actitud de sus más allegados que ahora le hace sangrar, irá cambiando. Dios lo sabe. Melchor sólo lo sospecha. Dios llama a la felicidad. Melchor nunca ha dudado de ello. No puede ser de otro modo. Intuye que esa felicidad suya indiscutible al seguir el llamado, irá disipando las nieblas y derritiendo el hielo en la mente y el corazón de sus íntimos. A su tiempo, como el cambio de las estaciones, se irán sucediendo en ellos la aceptación, el apoyo, el santo orgullo ante su opción de partir al Oeste. Esa noche volvió Melchor a visitar a su anciano amigo Eleazar. Tenía que hacerlo. Lo necesitaba. Hablaron mucho y despacio. Y el alma de Melchor se llenó de nueva luz y seguridad. Esa noche comprendió mejor algunas cosas. Comprendió que cuando el amor es sincero y auténtico, la felicidad de aquel a quien se ama es lo primero y lo único importante. Vio con mayor claridad que decir yo te amo es lo mismo que decir yo quiero a toda costa y por encima de todo que tú seas feliz. Y que, por el contrario, no quererlo o querer sólo lo mejor para sí, es indiferencia y egoísmo, lo opuesto al amor. Y volvió a darse cuenta de que lo mejor, la joya más preciada para cualquier persona es su felicidad, su realización. Sí, esa noche, por el consejo de su amigo, Melchor vio confirmada su intuición: ante la dicha y la satisfacción de quien se ha entregado totalmente a Dios, antes o después se revela la autenticidad del amor de sus seres queridos. Tú, Melchor de hoy, que has empezado a ser coherente con la opción que has tomado, ves levantarse, como olas vehementes, nuevas reacciones contrarias de aquellos a los que más quieres... No te inquietes. Ten coraje para sostener fuertemente asido el timón. Mantén la brújula de tu corazón hacia el Oeste: el querer de Dios. Confía. Los que de verdad te amen, al verte feliz y realizado, llegarán a admirarte y ofrecerte su apoyo incondicional. No importa lo que tarden. Lo harán. La estrella que sigue brillando para ti, brillará también para ellos. Tú, Melchor, que ya has dado muestras suficientes de que tu decisión va en serio... Ves ahora cómo se te acerca esa hermana tuya que tanto te quiere y empieza a reprocharte: ¿cómo es posible que Dios quiera que una familia se separe así tan repentina y drásticamente? ¿cómo puede querer que tú te vayas dejando tanto vacío, dolor y desasosiego en casa...? Y tú experimentas cómo otra vez te sube por dentro un bramido y tienes que estrujarte el corazón para no mandar a la China el llamado de Dios... Coraje, Melchor. Aguanta. Confía. Llegará el día, no demasiado lejano, en que recibirás una carta de tu misma hermana en la que leerás con infinito agrado: qué gusto me da ver que eres feliz. Además, te tengo envidia. Me encantaría poder ser tan feliz como tú.... Y a lo mejor, hasta también ella, a la vuelta de unos años, termina consagrándose a Dios. Porque la vocación, al igual que la felicidad, es como un microbio, se contagia... Tú, Melchor, que ya has empezado a preparar tus cosas para partir... Oyes desde tu cuarto que llaman a la puerta; y te das cuenta de que es tu novia y que se ha puesto a hablar en voz alta con tu madre; y de repente escuchas, entre sollozos, que le pregunta cómo es posible que les vayas a hacer algo así, que si no tienes entrañas para ver cómo las dejas a ellas... Y tú sientes más que nunca que sí tienes entrañas porque te están hirviendo dentro, y te vienen ganas de mandarlo todo a rodar... Corazón, Melchor. No desesperes. Confía. Aguanta. Vale la pena. Algún día las verás satisfechas presumir a una de ser tu madre y a la otra de haber sido tu novia; y a ambas de haberte preparado para el Señor... Tú, Melchora de hoy, que quizá estás cerrando la puerta de la oficina donde acabas de presentar la dimisión de tu prestigioso puesto de trabajo porque has decidido consagrarte a Dios... Y mientras bajas por la escalera golpean en las paredes de tu corazón, como un viento helado, las últimas palabras de tu mejor amiga: No entiendo cómo haces esta locura. Espero que no tengas que arrepentirte. Tú entonces experimentas que tu deseo de darte a Dios se enfría, baja grados a ritmo de vértigo y amenaza congelarse dentro de ti. Y estás a punto de despojarte de él y mandarlo lo más lejos posible... No te precipites. Ten de nuevo coraje. Reaviva en tu corazón las brasas de la ilusión. Confía. Piensa que más adelante escucharás de esa misma compañera otras palabras (muy calientes esta vez), de admiración y enhorabuena. Y quién sabe si no serás precisamente tú el instrumento del que Dios querrá valerse para salvar su alma... Dios puede permitir que sobre el campo de tu corazón, donde ha sembrado el llamado, caiga fría la nieve de la indiferencia y la oposición de los demás. No temas. La nieve del invierno -aunque le duela a la tierra- no abrasa los campos ni destruye la semilla. Al contrario, forma un aislante para que la tierra conserve el calor suficiente y la semilla pueda germinar y crecer. Es normal que vuelvan a asaltarte las dudas y los miedos. Dios quiere saber hasta qué punto has puesto en Él y su voluntad tu confianza. Es normal que vuelva a arreciar en tu alma el combate por la generosidad. Dios sigue pidiéndolo todo y tu egoísmo también. Es normal que los lazos que te unen a tus seres queridos tiren de tu alma y la desgarren al tener que alejarte de ellos. Dios no quiere que se rompan sino que se alarguen. Es normal que haya luchas, incertidumbres, crisis interiores. Dios las permite para que, como abono fertilizante, hagan crecer y madurar de prisa tu hermosa vocación. No te tambalees ante la incertidumbre, pisa firme en Dios. No te rindas al egoísmo, el amor que anida en tu corazón es mucho más fuerte. No te equivoques al creer que cortas los lazos de tu amistad. Comienza a amar más y mejor desde el plan de Dios. No te asustes ni desesperes ante las pruebas y dificultades, aprovéchalas para crecer más rápido y fuerte. Dime, Melchor; dime, Melchora, ¿qué ganas con mandarlo todo a volar? Nada. Y pierdes mucho. Pierdes quizá la posibilidad de ser plenamente feliz. ¿Qué logras sofocando caprichosamente el fuego de la llamada? Humo y más humo que terminará asfixiándote. El humo de la insatisfacción y el descontento. ¿Qué consigues prefiriendo acoger en tu corazón los engañosos reclamos de tus seres queridos en vez de a la invitación de Cristo a seguirle? A lo mejor llegarás a enterrarlos pasados algunos años. Pero mucho antes ya habrás sepultado también la grandeza de alguien llamado a ser sacerdote, apóstol, consagrado a Dios... Sueña más bien en la realidad de lo que ganas. Sueña con la felicidad que acompaña todo amor. Recuerda que la vocación es una amistad, un llamado al amor. Amar a Dios, que es poseerlo y hacer lo que le agrada, te colmará de dicha. Sueña con la satisfacción y el gozo de entregarte por los demás, acercándoles a Dios, haciéndolos felices, salvándoles. ¿Acaso Dios no vale más que unos padres, que unos hermanos, que una esposa y unos hijos? ¿Dudas de que Dios pueda darte mucho más que todos ellos? ¿Piensas quizá que Dios no sea suficiente para colmar tus ansias de felicidad, de amar y ser amado? ¿Crees que tiene precio la salvación de una sola alma de las que dependen de ti? Cuando Melchor cayó de rodillas ante el Niño Dios, debió desbordársele el alma y lloró de alegría. No dudó ni lo más mínimo de que todo había valido la pena por vivir ese instante de cielo en la tierra junto a Dios. La dicha de haber cumplido su voluntad, no la cambiaría Melchor ni por todo el dinero, ni por todos los honores, ni por todos los amores y amistades de esta tierra. Estaba convencido de que el gozo de haber marcado por el desierto del mundo un camino hacia el Salvador para otros Melchores y Melchorcitas, no podía pagarse ni con todas las riquezas del universo. Pues, bien, Melchor o Melchora, sé que aún te quedan cosas por preparar para la partida... ¡Ánimo! Ve a hacerlo. Pero mientras lo haces, mira adelante con confianza, suéñate como Dios te sueña: feliz, satisfecho, realizado, fecundo, cumpliendo por amor su voluntad... |
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