Contenido Testimonios ![]() Preguntas frecuentes ![]() Multimedia ![]() Actividades vocaci... ![]() Camino vocacional ![]() Libros y Artí... ![]() Reflexiones ![]() Enlaces Oraciones ![]() Guía de Adora... Contáctanos
Boletín por E-Mail |
| ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
Ya en el Oeste... Capítulo 11. Melchor un día se enteró de que Dios quería que fuera al Oeste. Y dijo: Me voy al Oeste. Y se fue al Oeste... Y cumplió la voluntad de Dios a pesar de todo. Años después, ya en el Oeste, una tarde, Melchor sacó del fondo de un viejo armario algunas cartas. Se sentó frente a su ventana que en ese momento dejaba ver un hermoso atardecer. Y a la luz de un candil, comenzó a releerlas con pausa una tras otra. Su mirada traslucía un gozo profundo que las lágrimas, que a ratos se le escapaban, no pudieron empañar. Carta de Eleazar, el sabio. Amigo Melchor: Ayer mismo llegaban a mis manos tus páginas. Me las entregó un conocido mercader originario de esta región que por lo visto se cruzó contigo allá por Judea y al que tú le encargaste que me las trajera. Te lo agradezco mucho, Melchor. He leído con detenimiento esos pliegos en los que vas contando todos los acontecimientos y las experiencias de tu viaje y permanencia en el Oeste. Me dio mucho gusto saber que te fueron muy útiles las provisiones que te recomendé: las mantas, los dátiles e higos, el puñal, la cantimplora... y todo lo demás... Recuerdo muy bien tu partida. Vi en tus ojos lo que pasaba en tu corazón. Sabía que ese desgarrón y esa amargura al alejarte te acompañarían varios días. Y por lo que cuentas, después no han dejado de reavivarse de vez en cuando. Es normal. No eres de palo. Sabes amar. Dejar y distanciarte de lo que amas cuesta. Cuando se vuelvan a despertar esos sentimientos, no te abatas ni te aflijas. Renueva tu amor por quien lo has dejado todo y que ahora debe llenar tu vida. Me alegro de que hayas mantenido firme tu fe en la estrella, a pesar de habérsete ocultado varias veces. Sé que no es fácil seguir confiando cuando parece reinar en el alma la más densa oscuridad. A nadie le gusta seguir avanzando a tientas, sin otra seguridad que la de saber que la estrella del llamado sigue brillando aunque ahora no se alcance a ver. No dudes nunca de su existencia; aunque se espesen las tinieblas y arrecien las pruebas. La vocación es para siempre, es eterna, como el amor de Dios que te llama. No puede extinguirse. Tal y como me pediste, he saludado de tu parte a Ramsés, el peregrino. Volvió a pasar por aquí hará un par de semanas, sembrando por doquier, como de costumbre, buenas inquietudes con sus historias. Se alegró mucho al saber de ti. Me dijo que quizá te escribiría pronto. El otro día me encontré en la plaza a David, tu amigo. Charlamos un rato. Hablamos de ti. También él desde niño quiso irse al Oeste ()recuerdas?), pero sus padres no lo dejaron entonces porque era pequeño, ni lo dejaron después, porque les era demasiado útil en casa. Por cierto, ya se casó. Con todo, aún percibo en él rasgos de insatisfacción y sé que difícilmente se le borrarán. Bien, Melchor, empiezo a fatigarme. Ya sabes que a mi edad me cuesta mucho escribir. A decir verdad, me cuesta ya hacer cualquier cosa. Siento que mis días se acortan. He hecho muchas cosas en mi larga vida y muchas de ellas me han hecho muy feliz. Pero hay una que me ha colmado de dicha como ninguna otra: el haber podido ayudarte a cumplir la voluntad de Dios. Moriría satisfecho sólo por eso. Verás cómo el día que tú lo hagas por alguien sentirás lo mismo. No insistas en darme las gracias, mi recompensa es tu misma felicidad y la de aquellos a los que tú ayudes a ser felices. Un fuerte abrazo. Eleazar. Carta de Mohammed, el camarada. ¡Hola, Melchor! ¡Cuánto tiempo! ¿verdad? )Cómo te trata la vida, eh? A juzgar por las líneas que me mandaste con Mustafá, el mercader, veo que te va de maravilla. Qué bien, colega. Pues, a mí tampoco me va tan mal. Hasta he podido comprarme un camello deportivo, es decir, un dromedario... Bueno, para serte sincero, a pesar de que cualquiera podría pensar que no me falta nada, no es así. Me falta algo que tú, en cambio, sí tienes y en abundancia. Leo esto en tu carta: Mohammed, no sé si me sigas considerando un loco, pero lo único que te digo es que nunca había sido tan feliz como lo soy ahora. Sí, Melchor, eso es lo que yo no tengo: felicidad auténtica. Me das envidia. Creo que el tonto lo he sido más bien yo y no tú... Voy a confesarte otra cosa. Antes de que tú te fueras, antes incluso de que se te metiese en la cabeza la bendita idea de irte al Oeste; yo ya había visto la misma estrella y había sentido lo mismo que tú. Pero me hice el sordo a sus reclamos. No fui capaz de romper con mi egoísmo. Demasiadas cosas hermosas y posibilidades atrayentes brillaban a mi alrededor. Preferí dejarme seducir por su brillo efímero y no por el de la estrella. Yo no fui generoso. Y no podía soportar que tú si lo fueras. Por eso me opuse a tu decisión. Ahora sé que me equivoqué y te pido disculpas. Bueno, Melchor, quiero que sepas que ahora cuentas con mi admiración, respeto y apoyo. Necesito que me escribas y me hables más sobre el secreto de tu felicidad. Un abrazo de tu amigo, Mohammed Carta de su madre. Hijo querido: Cuando vimos llevar a Mustafá, el mercader, diciendo a voz en grito que traía cartas tuyas, se me llenó el alma de ilusión. Todos en casa hemos leído atentamente tu carta. Tu padre, desde entonces, está mucho más sereno y su actitud ha dado un cambio increíble. Incluso, el otro día, antes de acostarnos, volvió a leerla y me dijo: ¿Has visto lo feliz que se le ve? ¿Quiénes somos nosotros para oponernos a su felicidad? ¿Sabes?, he llegado a pensar que seríamos unos verdaderos tontos y amargados si no nos alegráramos con él. Tu hermana en cambio, no ha que querido hasta el momento hacer casi ningún comentario en relación a tu carta. Pero yo sé, lo intuyo, que también está cambiando. Noto en ella como que le cuesta aceptar que tú seas tan feliz haciendo lo que haces. Pero, ya verás, el día que lo acepte, hasta te tendrá envidia. Tu hermano pequeño aún no se acostumbra del todo a estar sin ti; pero imagino que será cuestión de pocas semanas más. Y tu madre, hijo mío... Tu madre... ¿Sólo Dios sabe lo que me ha costado devolverte a Él! Sólo una madre es capaz de saberlo. Pero ahora comienzo a comprender que no es eso lo que importa. No me importa lo que sangre mi alma por el desgarre que supone nuestra separación física. No me importa que se hayan desvanecido otros sueños (más bien egoístas) que teníamos sobre ti. Lo que me importa es que seas feliz. Eso es lo único que siempre he querido y quiero de ti, porque te amo. Saberte feliz a ti, me hace dichosa a mí, aunque te lo diga llorando. Quiero que sepas que ya empiezo a sentirme orgullosa de que Dios se haya querido fijar en un hijo mío y llamarlo para sí. Empiezo a ver que es un verdadero honor y no una vergüenza como algunos equivocadamente piensan. Ánimo, mi hijo, sigue así. Sé feliz. A los que te amamos nos basta saber que lo eres para serlo también nosotros. Un abrazo muy fuerte, Tu madre que tanto te quiere. Y tu padre también. Carta de Ramsés, el peregrino extranjero. Recordado Melchor: Hace un par de semanas recibí los saludos que me enviaste a través del bueno de Eleazar. Gracias por acordarte de mí. Yo tampoco he podido olvidar tu mirada de aquel día cuando terminé de narrar la historia de la silla vacía. Vi en tus ojos algo que me hizo intuir la gran batalla que estabas librando en tu interior. Por eso te dije lo que te dije. Me alegro mucho de que hayas decidido no dejar vacío el sitio que te corresponde. ¡Felicidades! Sé que al ocupar ya esa silla (que podía haberse quedado vacía si no hubieras sido generoso), eres muy feliz. No puede ser de otro modo. El secreto de la felicidad, como bien sabes ahora por experiencia, no es hacer lo que nos gusta y agrada, sino aquello que nuestro Creador y Señor quizo para nosotros al crearnos. Sólo ahí se encuentra nuestra realización y plena satisfacción personal. Voy a despedirme, pues lo mío no es escribir, sino hablar. Pero antes, tengo que decirte que en mi repertorio de historias ya he empezado a incluir la tuya. Se titula: El Mago y la estrella. No te imaginas el éxito que tiene y el bien que está haciendo... Bueno, Melchor, sigue adelante con coherencia y a pesar de todo, pase lo que pase. Intuyo que son muchos los que necesitan de ti y de tu ejemplo. No vayas a defraudarles. Hasta pronto. Ramsés Melchor aquella tarde, con la lectura de estas cartas, volvió a revivir su vocación, su poema de amor. Una estrella, una mirada, una sonrisa, una invitación, un paso hacia la entrega. Después temores, dudas, repliegues, deseo de olvidar y mandarlo todo a volar, egoísmo, y... Un nuevo reclamo e invitación, nada de exigencia absoluta o imposición... Reflexión más profunda y serena, hasta que por fin rompió con su sensibilidad, con sus egoísmos. Dios le pedía todo su ser y él se lo entregó sin regateos. Y desde entonces, con el corazón rebosante de gozo, ha seguido luchando para ser coherente al amor prometido. Melchor sigue en el Oeste. Es feliz. Dios así lo quiso. |
| ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
| Un apostolado de los Legionarios de Cristo y del Movimiento Regnum Christi al servicio de la Iglesia. | |||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
| Sitio oficial de los Legionarios de Cristo El sitio oficial del Movimiento Regnum Christi Contáctanos Copyright 1999-2008, Legion of Christ. | |||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||