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Mi cuarto estaba forrado de carteles de grupos como Metallica
P. Juan Gonzalo Callejas, sacerdote de la Unión Lumen Dei
P. Juan Gonzalo Callejas LD
Mi cuarto estaba forrado de carteles de grupos como Metallica, Iron Maiden, Sepultura... y en una de las paredes yo había pintado con mi mano el infierno. Recuerdo entre otras cosas que cuando salía a la calle, llevaba sobre el pecho una cruz invertida de unos 15 cm., y otra pequeña en la oreja. El P. Juan Gonzalo Callejas es sacerdote hilaste (ambiente contemplativo) de la Unión Lumen Dei. Actualmente trabaja en la productora de radio y televisión NSE en Trujillo, Extremadura.


 

¿Cómo se desarrolló su infancia desde la óptica cristiana?

Mi infancia se desarrolló en un ambiente muy piadoso, pues mis padres siempre nos dieron ejemplo; no faltaban a Misa. Baste decir que mi padre es un hombre de dos Misas diarias.

 

¿Qué fue lo que lo llevó a separarse de Dios? 

Las malas amistades y la música. A los doce años me junté con chicos de mi escuela que me enseñaron a abrir candados, a robar logotipos de los coches... A los catorce ya vendía y compraba armas blancas. Por todo esto dejé los sacramentos, y aunque iba a Misa, lo hacía para evitar los castigos de mis padres.

 

Usted dijo que la música también tuvo algo que ver en este proceso de pérdida de Dios. ¿A qué se refiere?

Ciertamente la música fue decisiva en el rompimiento frontal con Cristo. A los catorce o quince años compré mi primer disco de rock duro, el larga duración de Ozzy Osbourne, The ultimate Sin (el último pecado): esta fue la puerta abierta al influjo satánico que caracterizaría mis años de adolescencia. Desde entonces empecé a vestir de negro de pies a cabeza, a llevar el pelo de punta con los laterales casi al cero, con cadenas en la cintura y en las botas. Mi cuarto estaba forrado de carteles de grupos como Metallica, Iron Maiden, Sepultura... y en una de las paredes yo había pintado con mi mano el infierno. Recuerdo entre otras cosas que cuando salía a la calle, llevaba sobre el pecho una cruz invertida de unos 15 cm., y otra pequeña en la oreja.

 

¿Y sus padres, no le decían nada?

Claro que sí, pero no les hacía ningún caso. Ellos comprendieron pronto que era tiempo perdido hablarme a mí de Dios, y se dedicaron a hablarle a Dios de mí. Mi soberbia me incapacitaba para creer en Dios, ante todo porque mi rebeldía reclamaba alzar el hacha de guerra contra las creencias de mis padres. Pero como necesitaba creer en algo, conseguí libros de magia blanca, magias de todos los colores... y entré en el mundo del esoterismo.

 

¿Cómo influyeron sus amigos en este cambio? 

Entre ellos había de todo. Yo sabía que muchos de ellos tenían armas, que traficaban con drogas, que otros se dedicaban a robar, otros lavaban dólares... Pero un día me di cuenta en serio de dónde estaba metido: uno de los principales me invitó a que lo acompañara a hacer un negocio; llegamos a un bar de mala muerte, se acercó al coche un hombre con cara de mal vecino, y empezaron a pactar sobre el precio de un muñeco, que cerraron en unos 600.000 pesos, unas 30.000 ptas. (200€).

 

Yo le pregunté qué era el tal muñeco, y me quedé de una pieza al darme cuenta de que estaban comprando una vida humana. Yo siempre respeté mucho la vida de los demás, por eso no me agradó saber que algunos de mis amigos negociaban con ellas.

 

La muerte fue uno de los factores que me ayudaron a entrar en razón. Un viernes uno de los nuestros se saltó un Stop y un vehículo lo embistió de tal suerte que en el impacto le cercenó una pierna y lo arrojó a 10 metros de distancia. Se desangró. Cuando mis amigos arrancaron la tapa del ataúd sellado, se me grabó ese rostro de dolor supremo, en el cual se dibujaba un grito de sufrimiento eterno. Me di cuenta de que el infierno existía y que mi amigo quizá estuviera en él. El mejor amigo del difunto me dijo que en vida le había contado cómo secuestraban policías y los llevaban a los extrarradios de la ciudad, donde los acribillaban a quemarropa, vaciándoles completa la 9 mm en la cabeza. Yo estaba realmente impactado. Tanto, que otra noche, uno de la pandilla me preguntó por qué estaba tan pensativo... Yo le contesté: Le he estado dando vueltas en la cabeza a la idea del cargo de conciencia que debía sentir el que quitase la vida a otro hombre... Y me quedé más frío con la respuesta que me dio: Yo al único que no he podido olvidar fue al primero que maté, pero a los otros los he eliminado como si fueran perros.

 

Cuando se dio cuenta de que sus amigos andaban en tan malos pasos, ¿por qué no abandonó la pandilla?

No es tan fácil como decir hasta la vista, pues con todo esto, yo sabía demasiado, por lo cual no era fácil salir con vida de la pandilla. Además una circunstancia vino a agravar la situación: tuve una pelea con el que estaba negociando el muñeco, y me pasaron el aviso: me estaba buscando para ponerme pijama de madera. ¿Se entiende la expresión, verdad? La situación era crítica; no podía esconderme porque si no me encontraba, podía acabar con mi familia, así que me tocó enfrentarme a él.

 

¿Cómo pudo salir de aquella pandilla? ¿Cómo entró Dios en su vida?

Afortunadamente, todos los de la pandilla se pusieron de mi parte, y el que quería matarme, al verse solo, tuvo que aceptar la pipa de la paz... Dios se vale de los caminos más increíbles; como ya dije, la muerte ha sido algo así como mi directora espiritual, pues el sentirla tan de cerca me valió de Ejercicios Espirituales. Y ella me dio el toque final cuando la vi cara a cara en un accidente de auto que sufrí: en el momento del choque vi desfilar ante mí, como en secuencia fotográfica, toda mi vida. Allí me surgió la pregunta: ... ¿Y si Dios existe?, ¿y si tienes que darle cuenta del álbum que acabas de ver...?

 

Lo único que se me ocurrió fue pedir un Credo y empezar a rezarlo por las noches, pues yo no recordaba ninguna oración. Esto fue la preparación para la gracia que vendría luego a través de un grupo carismático que mi madre llevó a casa; llamaron mi atención con sus anécdotas sobre exorcismos, liberaciones, milagros y curaciones. Yo les pregunté si querían ver mi cuarto, a lo que accedieron. Al verlo, se percataron del estado lastimoso de mi alma.

 

Me propusieron romper todos los carteles y discos de rock satánico, quemar camisas, libros de magia, en fin... salir de todo lo que oliese a diablo. Yo no era capaz de decir que sí, pero interiormente deseaba liberarme de la opresión de mi alma. Les dije que hicieran lo que quisieran, y no tuve que repetirlo.

 

Acto seguido oraron sobre mí, y sentí un gozo y una paz, como si me hubiesen sacado un yunque de las entrañas. Momentos de cielo inolvidables. Claro que la lucha apenas comenzaba.

 

¿Con qué dificultades tropezó para volver a Dios? 

Cuando me dijeron que para sentir esa paz siempre, debía confesarme, les contesté: Pídanme lo que sea, iré a Misa todos los domingos, pero ¡arrodillarme delante de un cura!, no me lo pidan. Ellos me dijeron que iba a perder todo lo que había adelantado.

 

¡Vaya luchas las de esos días, qué martirio para no querer y a la vez buscar el tribunal de la misericordia! Al fin la Virgen me dio fuerzas y logré vencer.

 

La Virgen, ¿qué papel jugó Ella en su conversión?

Si no fuera por Ella no estaría aquí respondiendo a sus preguntas. Recuerdo algo que ocurría con alguna frecuencia en mis años de descontrol, y era que cuando a alguno de mis amigotes le daba por blasfemar contra María, yo me enfrentaba diciéndole: Con la Virgen no te metas, que lo que es con Ella es conmigo. A Ella no la toques.

 

Era esa devoción que me quedó desde pequeño, cuando mi madre me hacía rezar todas las noches, y estoy seguro de que esa lucecita fue la que me salvó del abismo.

 

¿Cómo sintió la vocación sacerdotal?

Después del cambio, me entregué a la oración, Santa Misa diaria... luego me vinculé a la Renovación Carismática, dirigía grupos, y me convencí que debía dejarlo todo (la universidad, mi novia...) para buscar lo que Dios quería de mí. De manera particular me convenció la actitud de mi novia respecto de mi vocación. Algo naturalmente inexplicable, un día me dice: El Señor me ha dado a entender que Él quiere que tú le sigas, y que yo no soy quién para interponerme. Esto, tan increíble partiendo de ella, me ayudó a afianzarme en mi determinación de seguir al Señor.

 

¿Cómo conoció a Lumen Dei?

Regresaba de una Misión que hicimos los de la Renovación Carismática en la selva amazónica, y en el aeropuerto de Bogotá me encontré con un sacerdote de sotana y crucifijo al pecho. Tan desacostumbrado estaba yo a ver sotanas que le pregunté: ¿Es usted católico? El padre se rió diciéndome que sí. Me dio alguna propaganda de sus actividades en la capital, y más adelante, de forma providencial, alguien me invitó a clases de Teología, que resultaron ser en la sede de Lumen Dei, con el sacerdote que había conocido en el aeropuerto. No había sido casualidad. Hice Ejercicios Espirituales... y llegó el día en que pedí el ingreso en la comunidad.

                                                                                                                                                                                                       
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