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Tengo otros planes. Capítulo 14. Dependiendo con qué tono lo digas, tu declaración puede ser o bien una afirmación categórica para poner fin a toda discusión (la muralla perfecta) o bien una objeción moderada. Podría ser también señal de haber caído en la cuenta de que nuestros caminos no son sus caminos para disgusto personal. Sea lo que sea, esta declaración nos lleva a considerar una verdad más clara que el agua: la vocación no es obra nuestra, si bien jugamos un papel fundamental al seguirla. Cuando tenemos ya nuestros planes y la idea de la vocación empieza a asomarse ahí también o, al revés, cuando estamos ya casi totalmente decididos a seguir la vocación y de repente otros planes empiezan a meter su cuña, resulta muy conveniente tomar nuestro tiempo para preguntarnos unas cuantas cosas acerca de los propios planes: en qué consisten, cuál es su valor y cuál es nuestro compromiso real en ellos. ¿Qué «planes»? Nuestros «planes alternativos» se presentan bajo muchas formas y tamaños. Van de lo más específico a lo más genérico, de lo más factible a lo meramente utópico. Cuando los usamos para poner trabas o «peros» a nuestra vocación, tendemos a enfatizar su lado positivo y su valor, y a resaltar los motivos altruistas por los cuales los preferimos. Mientras que a la hora de decidirse los planes personales pueden presentarse como lo más importante en la propia vida, la experiencia me ha enseñado que esos mismos planes que constituían la razón para no seguir la vocación terminan las más de las veces en el bote de basura por el menor pretexto. La prudente lección que hay que aprender es ser más críticos en nuestra resolución. Define los planes que atentan contra tu vocación y pregúntate si con sinceridad te comprometes a llevarlos a cabo. ¿Qué estás dispuesto a hacer de verdad para realizarlos? Hacerte esta pregunta te ayudará mucho a ver si los tomas a pecho o simplemente como pretexto. Esto no significa que planes que vayan en serio sean un signo de que no hay vocación. Poner los planes personales sobre el tapete nos ayuda, sin embargo, a ver con qué seriedad los debemos tomar. No deberías perder tu tiempo en los que son vagos e insubstanciales. A los que van en serio hay que tratarlos de modo diferente. ¿Por qué? Nos pueden venir estos planes, ideas o sueños por muchas razones. Unos cuantos pueden ser auténticas vocaciones a determinados estados u oficios de vida y señalan lo que Dios quiere de uno. Tendrán que respetarse a fondo. La mayor parte de ellos se identifican con esperanzas y deseos normales que cualquier persona sana alimenta en su propia vida conforme se va conociendo a sí mismo y sus propias capacidades. El contenido es secundario. Lo fundamental es saber si me indican lo que Dios quiere que haga o me revelan lo que Dios me está pidiendo abandonar para poder hacer lo que de verdad quiere de mí. Algunos serán, tal vez, escapismos. Cuando no podemos enfrentarnos a la cruda realidad que nos rodea, nos evadimos a un mundo de fantasía. Toda ambición y toda vocación contiene, de hecho, hasta cierto punto, un elemento de fantasía. Lo cual no es tan malo como suena. Se trata de un proceso que comienza en nuestra infancia, cuando jugamos a ser grandes, y que puede obtener efectos muy provechosos. Nos ayuda a soñar y a elevar nuestras miras. El problema es otro. Hay personas que nunca llegan a adaptarse a la realidad; no saben aplicar su deseo de mejorar y de crecer en la vida a la situación concreta en que se encuentran. En vez de posponerse metas que sean alcanzables, aunque difíciles (como, por ejemplo, el muchacho que busca conseguir esa beca en deportes y está ahí todos los días entrenando en la pista), viven en un mundo de fantasía, un mundo en que sus sueños son por lo general totalmente desproporcionados a lo que están dispuestos a poner en práctica. El Evangelio nos enseña a ser realistas en nuestras determinaciones: antes de empeñarte en cualquier empresa construir una torre, por ejemplo , cerciórate de que tienes los medios para terminarla, no sea que las primeras piedras de tu obra inacabada revelen a los viandantes que tuya fue toda la necedad... Por otro lado, no es que tengamos que estar a merced de sueños de poca monta. Podemos aspirar a lo noble. Podemos hacer opciones sobre cosas que van más allá de los límites impuestos por la pura ambición humana o por nuestras solas fuerzas. Evita el mercado de «sueños» Estate atento para no caer en la actitud del «piénsate rico y lo serás», sea en tus planes alternativos, sea en relación con tu vocación. El número de millonarios en el mundo no está en proporción al número de libros y cassetes sobre «cómo hacerse rico en poco tiempo» que se han vendido. Los grandes logros en la vida pueden comenzar, sí, en una primera idea o sueño, pero requieren después mucha dedicación. Si piensas que la salvación y la redención de nuestros pecados es el «sueño perfecto», algo maravilloso en sí mismo, conseguido gratis, tienes razón. Pero eso no es todo. También es verdad que tenemos que «completar en nosotros lo que falta a la pasión de Cristo». Una vez redimidos, tenemos que vivir como redimidos. Para ello es necesario cargar con la propia cruz y hacerse dignos de Cristo. Si no llenamos nuestra vida de buenas obras hechas en gracia de Dios, nos podemos esperar que vuelvan «otros siete demonios peores que el primero» a tomar posesión de nuestra «casa». Ciertamente, es muy bueno mostrarse escéptico ante el planteamiento comodón de «ganancia sin esfuerzo», pero no por eso debemos caer en otro tipo de escepticismo. Sabemos que hay cosas que nos parecen imposibles de realizar, pero que Cristo nos pide de todos modos que las hagamos. No espera que seamos irrealistas. Espera, sin embargo, que tomemos en cuenta toda la realidad, que contemplemos todo el cuadro, ya que «tales cosas son imposibles para el hombre, pero para Dios todo es posible». En conclusión, cuando tengas otros planes, pregúntate de qué clase son con el fin de asegurarte de que no se trata de pura fantasía de escape y de que no estás considerando la llamada de Cristo como una más. ¿De dónde? Algunos de estos planes alternativos son ideas que otros nos han metido en la cabeza. Alguna vez habremos oído hablar del padre que obligaba a su hijo a ser lo que no quería ser o del niño de mediana capacidad que, teniendo un padre famoso, se pasa la vida intentando de ser como él sin lograrlo. Se trata, con todo, de casos más bien raros. A veces los planes brotan de deseos genéricos; las más de las veces uno se da cuenta de ello. Otras veces surgen de la toma de conciencia que uno adquiere de sus propios talentos y posibilidades reales. Esta conciencia los hace atractivos, los convierte en retos. Quien tiene vocación se da cuenta, a la vez, que abandonar esos proyectos es quizás el precio que Cristo le pide para seguirle. Otra fuente muy concreta de «planes alternativos» se halla en el mundo, que nos sugiere lo que tenemos que buscar y cómo deberíamos encontrar nuestra felicidad. Pregúntate, entonces: tus planes alternativos, ¿son mundanos? ¿Giran exclusivamente en torno al éxito material? ¿La única meta consiste en «ganar todo el mundo»? En tu cuadro, ¿han entrado tu alma y las almas de los demás? Su valor Si estás batallando en este conflicto entre tus planes y la posible llamada de Dios, te podría resultar muy útil y provechoso preguntarte cuál tiene un valor más duradero y eterno: la vocación que Dios te puede estar regalando y sus frutos o tus planes y sus frutos. Con todo, el único mérito de tal actitud y planteamiento reside en que, conforme vayas reflexionando sobre esta cuestión, tú puedas ir escuchando a Dios que te habla en tu corazón. En efecto, no estás tratando de definir cuál es la mejor llamada en sí misma, sino cuál es la mejor para ti, pues es la que Dios quiere para ti. Pide ayuda al Espíritu Santo. Al ir reflexionando, dale la oportunidad de hablar. La cosa no es tan paradójica como suena. |
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